viernes, noviembre 06, 2009

Asesinato

-¿Cómo fue?
-Una grieta en la mejilla.
¡Eso es todo!
Una uña que aprieta el tallo.
Un alfiler que bucea
hasta encontrar las raicillas del grito.
Y el mar deja de moverse.
-¿Cómo, cómo fue?
-Así
-¡Déjame! ¿De esa manera?
Sí.
El corazón salió solo.
-¡Ay, ay de mí!

jueves, noviembre 05, 2009

Prá rua me levar

Não vou viver como alguém que só espera um novo amor
há outras coisas no caminho aonde eu vou.
As vezes ando só, trocando passos com a solidão
momentos que são meus e que não abro mão.
Já sei olhar o rio por onde a vida passa
sem me precipitar e nem perder a hora.
Escuto no silêncio que há em mim e basta
outro tempo começou pra mim agora.
Vou deixar a rua me levar
ver a cidade se acender
a lua vai banhar esse lugar
e eu vou lembrar você.
É... mas tenho ainda muita coisa pra arrumar
promessas que me fiz e que ainda não cumpri
palavras me aguardam o tempo exato pra falar
coisas minhas, talvez você nem queira ouvir.
Já sei olhar o rio por onde a vida passa
sem me precipitar e nem perder a hora.
Escuto no silêncio que há em mim e basta
outro tempo começou pra mim agora.
Vou deixar a rua me levar
ver a cidade se acender
a lua vai banhar esse lugar
e eu vou lembrar você.

Las momias de este amor

Me inquieto, es urgente decirme ese algo que no sé cómo, ese algo que no sé qué que resulta tan difícil de enjaular y me revolotea. No es quiera Amor, quiera mi suerte. No es no te verán mis ojos mi corazón te aguarda. No es pero yo te sufrí rasgué mis venas. Es el deseo de que no nos muramos todavía, antes de encontrar un lugar humano donde encontrarnos, un tratado de Utrecht por el que hayan pasado 35 años o un destierro Camberra permanente (debe de haber otro modo de decir esto, de cazar este bicho viviente volador).
Leo este libro horroroso de crímenes de los hombres contra los hombres, pienso en la capacidad de hacernos daño que nos ha sido regalada junto con el lenguaje, el corazón, el pensamiento, unas manos y unos ojos. Pienso en las decisiones que hay que tomar para alejar ese daño, los alambres de espino, las fronteras fingidas. Pienso en los garfios con que el daño se nos engarfia tristeza. Pienso en la aduana definitiva, en la bajada de barrera, en ese ad portas anterior: el terror a la desaparición de una civilización, al fin de un mundo, el miedo a que lo que estaba atado se desate. He estado bordeando el área sin tirar a puerta mucho tiempo, llena de temor, sin poder asimilar la consistencia pez de la violencia. El amor. Lo miro muerto despedazado cadáver, lejos, despojado. Ojalá pudiéramos tener nuestro planeta desnudo de muertos. Ojalá pudiéramos salir de estas ruinas un pueblito menos suntuoso y más apacible, menos amor, más vida. Cómo hacen los verdugos, cómo hacen las víctimas para caminar juntos una calle (en la frente besar, la memoria borrar) sin que duela lo que duele, sin que duela que no duela lo que duele cuando deja de doler. Cómo no tomar un barco urgente hasta Camberra.

Cádiz en sus bares

El Maca aterido de frío se arrebuja en su chamarreta. Antonio consulta con el Nolo y en voz alta le dice al Maca que debe 21 euros. El Maca pone una moneda sobre el mostrador y pide un coñac. Javier se termina lo que le queda de café con leche de un trago y se va a la máquina tragaperras. Desde allí le pregunta al Nolo qué número va a salir esa noche. El 37, dice el Nolo con mucho aplomo mientras le pone el café a dos abuelitas que se han sentado en un extremo y se ríen como párvulas cuando Antonio le pregunta a una refiriéndose a la otra si la niña no va a querer un molletito. Javier se compra un décimo y el Nolo le pregunta ¿sólo uno? Qué voy a hacer yo con tanto dinero si me toca, dice Javier, yo lo quiero nada más que para las trampas. Un señor con gafas oscuras y chándal al que nadie llama por su nombre no para de contarle cosas al Nolo. Se toma dos JB al hilo, se los sirve Antonio en una de esas copas con rayita, llenándosela hasta el borde. Son las nueve menos cuarto de la mañana.

miércoles, noviembre 04, 2009

Tornillos perdidos

Como se ha muerto Ayala me voy a la cafetería Ayala a tomarme un café (recomiendo al camarero). Me siento fuera con el libraco de Littell. Llueve la lluvia pelusa noviembre de aquí, esa lluvia que no tiene su repiquetear. En el suelo, un tornillo de ésos con punta y cabeza plana, para madera. Muchos años coleccioné tornillos y tuercas que encontraba por la calle, los guardaba en tarritos: tenía mi tarrito Francia, mi tarrito Holanda, mi tarrito Buenos Aires, mi tarrito Granada, mi tarrito Barcelona, mi tarrito inglés, mis tarritos generales. En el apogeo de la manía les coloqué etiquetas con fecha y lugar a esas cositas metálicas que sin ninguna explicación aparecen por los suelos. Mi primer tornillo recogido en el 93 fue un rescate de huérfano a huérfano, luego se me convirtió la colección en una maternidad; mis amigos a veces me traían los que encontraban, me imagino que murmurando pobrecita. Un día en esta misma casa y entre mudanzas mi padre clamó a los cielos y tuve que deshacer los tarros en tres montones: utilizables (en la caja de herramientas de papá debe de haber todavía alguno de mis hijitos), preciosidades (las guardé en un cristalito minúsculo que estuvo en la estantería de Aduana), y basura (ésos que tiré estarán rodando por las calles, puede que vuelvan a mí). Me entraron ganas de recomenzar mi recogida, así que levanté el tornillo plateado y limpio de lluvia del suelo, ufana me lo guardé en el bolsillo, y así de ufana me abismé en el kistch delicioso y atroz de Littell.

If your hair is wrong, your entire life is wrong

Aquí en el sur para saber si un muchacho está casado no hace falta mirar si lleva anillo, se les conoce por la pinta: el pantalón muy bien planchado, aunque sea un vaquero, camisa debajo del yersi (lo que diga la RAE), una actitud de persona peinada, cero aspecto de chico irreal Sebastian Kim (lo que vendría a ser un aura de disponibilidad viernes noche, angustia Elliot Smith, urbanismo Prada, dejadez otoñal, manos en los bolsillos y pasos resonados en los adoquines, languidez general, despeinamiento, cartelito en la frente que dice no soy recomendable). Hoy mientras esperaba mi turno en diversos aburrimientos oficiales y no leía Cómo me convertí en monja me fijé en los hombres casados que iban y venían. Qué fiaca. Durante veinticinco segundos estuve tentada de entrar en el infierno no tener inclinación por nada que no sea no tener inclinación por nada. Qué brecha en mi vida ésta de saber que ya estoy mayor para las apoteósis del churro (aunque si viniera él, encantada de despeinarlo) y menor para hacer nudos dobles de corbata a las ocho treinta de la mañana. Qué brecha en mi vida ésta post marido y pre sabe dios qué. Después de haber pasado por esa convulsiva etapa escándalo de viuda alegre, después, queridísimo, de haberte descartado porque tú me descartaste a mí antes, me pregunto si aún me queda mucho tiempo de fiaca, de óxido, de desintención, me pregunto si esta brecha en mi vida es algo permanente: frankly, my dear, I don't give a damn.

Discurso en el depósito de objetos perdidos

Perdí algunas diosas en el camino de sur a norte,
y también muchos dioses en el camino de este a oeste.
Se me apagaron para siempre un par de estrellas, ábrete cielo.
Se me hundió en el mar una isla, otra.
Ni siquiera sé exactamente dónde dejé las garras,
quién trae mi piel, quién vive en mi concha.
Mis hermanos murieron cuando me arrastré a la orilla
y sólo algún huesito celebra en mí ese aniversario.
Salté de mi pellejo, perdí vértebras y piernas,
me alejé de mis sentidos muchísimas veces.
Desde hace mucho cerré mi tercer ojo ante todo esto,
me despedí de todo con la aleta, me encogí de ramas.

Se esfumó, se perdió, se dispersó a los cuatro vientos.
Yo misma me sorprendo de mí misma, de lo poco que quedó
de mí:
un individuo aislado, del género humano por ahora,
que sólo perdió su paraguas ayer en el tranvía.

martes, noviembre 03, 2009

Oma Fiets

Hoy me encontré por casualidad con mi prima en un cruce cuando me bajaba del autobús y le robé la bicicleta, llegaba tarde a la presentación del curso de jazz. Atravesé Cádiz con esa predisposición a la atracción gravitatoria que tengo con coches, furgonetas, carritos de bebés, bolardos del cordón de la vereda. Hacía tanto tiempo que no montaba que me acordé de mi bicicleta holandesa, gris, medio oxidada, antigua, pesada, armatoste, de paseo. Me la encontré tirada en la calle en Tilburg, con la rueda de delante doblada y la cadena rota. Andrés y Dani me la arreglaron en el salón de aquella casa desastre en la que vivíamos y la monté todo el verano, los domingos lejos, entre semana al volver de la oficina me iba a la peatonal cuando yo habían cerrado las tiendas y pedaleaba arriba y abajo de la calle, aunque lloviera. En bici iba a comprar el pan, en bici me acercaba al mercadillo de libros usados, en bici me escapaba de aquella habitación Trainspotting en la que cada noche dormía sobre tres cojines en el suelo. Me tuve que acostumbrar a frenar dándole a los pedales hacia atrás, a anudarme un trozo de tela (granate) en el tobillo para no llenarme de grasa (fracasé, todavía me queda un pantalón de chándal en Bariloche manchado como recuerdo). Le tomé mucho cariño a aquella máquina que podía tener perfectamente cincuenta años. Me gustaría saber quién la tendrá ahora, si la querrá tanto como yo, lo digo aún a riesgo de parecer una letra de ranchera.

Lunas, exultaciones

Cuando la luna crece yo me crezco, cuando la luna mengua me voy haciendo guiñapito. La luna se exulta cuando yo, está grande y reflejadora y luz y entera a la misma vez que mi yo correspondiente. Cuando ella allá arriba reina eu te devoro. Cuando ella desaparece yo me sumo (es la palabra) en la devastación. No hay nada que hacer contra eso, sólo acordarse de que hay que saber morirse bien, porque esa muerte lunar es inevitable (ahora lo digo tan superada porque la luna en el mar riela, la he visto, desde la cubierta del barquito). Dentro de dos semanas me tendré que preparar el cuenco con ceniza para embadurnarme la cabeza y lamentarme de ser no avestruz. Ahora me toca descalmarme, desmoderarme, llenar el mar de espejos.

lunes, noviembre 02, 2009

Maison au soleil

Del otro lado del planeta, de la varita de Chantal, del cerro Concepción, me llegan Marta y Giovanni. Durante dos días me malcrían y me atiborran de dulces y de teatro, de jerga chilena y de historias del exilio. Yo los paseo por Cádiz y por El Puerto, los monto en mi barquito (las gaviotas descansan flotantes en el Atlántico y las comparamos con las de Valparaiso, en tamaño y graznido las gaviotas gaditanas son menos amenazantes y más pajaritos), me siento en el suelo con la chiquillería para ver al payaso sobrino moral de Chacovachi mientras ellos se quedan detrás en un banco de la plaza, como si hubieran llevado a la niña de paseo, los espero hundida en los sillones para siete del vestíbulo del hotel, abomino de la obra peruana, me bebo su cariño, coqueteo con la idea del viajero retornado que recibe a los emisarios extranjeros y coqueteo con la idea de volver a la carretera con mi maleta verde destrozada. Me pido paz y me pido enterrar la duda en un tiesto de geranios, hasta el verano. Me pido una casa al sol, me pido dejar de ser una traductora que no traduce, una escritora que no escribe, una cantante que no canta, una amante que no ama. Y que vengan a verme, todos a los que yo visité, todos a los que encontré en el camino, todos a los que quiero, mi sangre, porque hasta el solsticio, Loulou se queda.

La fuente

Mientras espero en la casapuerta a que vengan a enseñarme la casa (me parece que voy a querer ésta, está entre la Plaza San Antonio y la Alameda), una viejita cruza el patio interior y abre la cancela para salir a la calle. Me pregunta. En cinco minutos me da cuenta de la antigüedad de la reforma del edificio, de los vecinos, de los 20 años que lleva viviendo ahí, de adónde dan sus ventanas, del nombre del dueño, de las costumbres de la dueña, de la renta que pedían hace cuatro meses, de las tiendas del barrio, se escandaliza por las condiciones abusantes, me aconseja que no me deje avasallar, me dice que se llama África. Me la quiero quedar de vecina, pero debido a las condiciones abusantes y a las costumbres de la dueña no podré vivir en la calle Buenos Aires en esa casita de juguete al lado de la Alameda.

Parafernalia portátil de reconciliación con la vida

Hay cosas que me reconcilian con la vida, como un té verdadero servido en una taza bonita, azul, una taza con historia que pueda contar a la persona que esté conmigo, una taza a la que poder agarrarme, un té sobre el que soplar mientras miro por la ventana. Calígula esperándome tras la puerta. La cantata 198 versión Gardiner. Un libro como dios manda. Pasar todo el día con una amiga. Sexo con el bienamado. El mar asalvajado. Una barandilla en la que apoyarme. Cualquier película de John Ford o de Lubistch. Una botella de tequila mexicano. Una mesa fastuosamente puesta esperando a los invitados. Que llueva afuera mientras estoy dentro de un tren. Cruzar el Pont des Arts. Cruzar la 9 de julio. Picasso. Mi sobrina. Terminar una tarde de xilografía llena de madera y tinta. Cantar Lo han visto con otra o Lush life. Estrenar un abrigo. Tirarme en la arena recién salida del agua. Hablar con Gloria por teléfono. Caminar de noche, bras dessus, bras dessous. Las coincidencias. La oscuridad justo antes de que comience la función. Los viajes en coche. Buen vino en buena copa. Estrenar un cuaderno.
Por eso me he enfadado tanto esta mañana al terminar mi segundo Amis de la semana, porque es una soberana porquería, porque no es posible que alguien pueda estropear tanto un placer posible, un libro como dios manda, para hacer eso.

sábado, octubre 31, 2009

Let me spit out my bitterness

Veronese me devastó. Al salir de la obra, envuelta en la chaqueta colorada de cuello levantado, iba llorando a cara abierta. Llorando crucé semáforos y llorando me crucé con la gente que pasaba. Llorando crucé la Plaza de España y enfilé hacia el muelle. Llorando traspasé la barrera y caminé por el borde del atracadero. Para escupir mi amargura tuve que llorar así, por la calle, como si tuviera diecisiete años, como si en serio pudiera tomarme tan en serio el sentimiento. La belle de Cadix estaba amarrada y se bajaban los turistas. Me senté sobre un noray. Por uno de los ventanales iluminados del barco vi a tres chicas de uniforme bailando en el salón restaurante vacío. Dejé que me doliera la cal de los huesos un ratito más, luego subí a mi barco e hice la travesía en la cubierta, con el viento de frente, la luna a un costado, y al otro costado un profesor de Historia Antigua que amablemente me alargó un pañuelo de papel.

La omisión

Una vez nos subimos a un colectivo y fuimos a Timbre 4 a ver La omisión de la familia Coleman. Hoy en San Fernando escuché a un chico con barbita y gafas hablar con ternura evidente aunque sin nostalgia de ese gesto de tomar el bondi, llegar a Boedo e Independencia, tocar el timbre y guardar silencio por el pasillo de la casa chorizo tan porteña para no molestar a los vecinos, y convertirse en uno de los cincuenta espectadores. Con esa misma ternura evidente y sin esa misma nostalgia recordé Buenos Aires, todos los teatritos a pulmón, todas las líneas de bondi, todas las noches en que teníamos una casa a la que volver, el círculo de amigos actores que nos iban invitando a sus representaciones, aquella vida sudestada.

El último café

Llegabas siempre que llegabas con sombrero y elegantísima dama catamarqueña. Contabas historias de señora patricia mientras tomabas el té que se servía cuando venías en el juego naranja y negro. Te recuerdo hablando de la Sevilla que conociste cuando eras pequeña (tu padre era sevillano), y la simpatía inmediata, tú conmigo por andaluza, yo contigo por mujer maravillosa. Sacabas del bolso la letra de algún tango y lo cantabas allí, sentada en el sillón inmenso del salón inmenso de Chana. Tu tango preferido era El último café y es el último que te escuché cantar. Después te enfermaste y no querías ver a nadie y yo te llamaba por teléfono hasta que te moriste y fui a tu velatorio (llovía, era otoño, quizá mayo o junio, la funeraria estaba en un sitio complicadísimo, conocí a tu familia y todos sabían quién era yo). De ser tú pasaste a ser la única persona muerta que vi en la vida, pero prefiero siempre acordarme de ti poniéndote el abrigo y colocándote el sombrerito para irte, viva, alegre, María del Carmen.

miércoles, octubre 28, 2009

Un hombre no debería cantar cosas así

Cuando Edith Piaf escuchó a Jacques Brel cantando Ne me quittes pas se levantó de su asiento y se marchó muy ofendida, asegurando que no soportaba escuchar a un hombre humillarse de esa manera. Por suerte la humanidad no tiene los remilgos de mademoiselle Piaf y esa canción de arrastramiento Atrás da porta tiene la virtud de llevarnos a todos al mismo sitio (y el que no haya estado allí, mejor para él), ese lugar en el que nos agarramos de la pantorrilla del que se va y rogamos que nos deje convertirnos al menos en la sombra de su sombra, en la sombra de su perro. Todo lo que no es desgarrador es superfluo, dice Cioran, y si hay algo que es Jacques Brel es desgarrador, ergo, necesario para la vida. Otro día hablaremos de nuestro Brel local, Serrat en los setenta, ahora instauro como canción de la semana mi canción predilecta del belga trágico, Mathilde.

Mathilde

Ma mère voici le temps venu
D'aller prier pour mon salut
Mathilde est revenue
Bougnat tu peux garder ton vin
Ce soir je boirai mon chagrin
Mathilde est revenue
Toi la servante toi la Maria
Vaudrait peut-être mieux changer nos draps
Mathilde est revenue
Mes amis ne me laissez pas
Ce soir je repars au combat
Maudite Mathilde puisque te v'là
Mon cœur mon cœur ne t'emballe pas
Fais comme si tu ne savais pas
Que la Mathilde est revenue
Mon cœur arrête de répéter
Qu'elle est plus belle qu'avant l'été
La Mathilde qui est revenue
Mon cœur arrête de bringuebaler
Souviens-toi qu'elle t'a déchiré
La Mathilde qui est revenue
Mes amis ne me laissez pas
Dites-moi dites-moi qu'il ne faut pas
Maudite Mathilde puisque te v'là
Et vous mes mains restez tranquilles
C'est un chien qui nous revient de la ville
Mathilde est revenue
Et vous mes mains ne frappez pas
Tout ça ne vous regarde pas
Mathilde est revenue
Et vous mes mains ne tremblez plus
Souvenez-vous quand je vous pleurais dessus
Mathilde est revenue
Vous mes mains ne vous ouvrez pas
Vous mes bras ne vous tendez pas
Sacrée Mathilde puisque te v'là
Ma mère arrête tes prières
Ton Jacques retourne en enfer
Mathilde m'est revenue
Bougnat apporte-nous du vin
Celui des noces et des festins
Mathilde m'est revenue
Toi la servante toi la Maria
Va tendre mon grand lit de draps
Mathilde m'est revenue
Amis ne comptez plus sur moi
Je crache au ciel encore une fois
Ma belle Mathilde puisque te v'là te v'là

Libros que quiero leer este mes

Experiencia, de Martin Amis.
Calor, de Bill Bufrell.
Viva voz de vida, de Marina Tsvietáieva.
Una novelita lumpen y El gaucho insufrible, de Bolaño.
Prometo ser bueno: cartas completas, de Rimbaud.
La hora de la estrella, de Clarice Lispector.
Las benévolas, de Jonathan Littell.
Ciencias morales, de Martín Kohan.
Borges, de Bioy Casares.
Ada o el ardor, de Nabokov.
El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán.
Paisaje pintado con té, de Milorad Pavić.
Suite française, de Irène Némirovsky (tercer y último intento).

Cuando me hiciste beber en el Traful en vez de en el Limay en Confluencia

La primera vez que estuve en Confluencia me contaron que si bebía agua del Limay volvería a Neuquén. Esta leyenda prometedora de regreso seguramente se contará sobre cualquier río que no sea el Volga en enero, el Sena a su paso por París o el Guadalete en cualquiera de sus tramos. Lo problemático era que había dos ríos, el Traful afluente y el Limay (que en su manía de confluir luego confluye con el Neuquén, pero ésa es otra historia), y otra leyenda que hablaba de metales pesados y vertidos indebidos varios. Hay una foto que yo no tengo en la que se me ve acuclillada en la orilla, de espaldas y rabiosamente pelirroja, dudando si beber o no beber. Era mi primera Patagonia, mi primer trayecto a Bariloche, mi primer Valle Encantado, mi primer Anfiteatro, la primera vez que cruzaría esa carretera sobre agua llena, mi sitio favorito del camino. Al final venciendo el escrúpulo Ganges bebí, pero bebí del Traful y no del Limay porque Martín me colocó frente al río equivocado.
Volví muchas veces a Confluencia Traful, a pesar de haber bebido en el río que no era, cada vez de ida o de vuelta es una novela, cada vez son alfajores comprados en el Automóvil Club, cada vez soy yo recogiendo piedritas de la orilla y acordándome de la primera y bendita vez.

Mientras espero al procurador

En una de las capas de la ciudad las cosas siguen siendo como fueron: en la puerta de la Policía Nacional un señor gordo con camiseta de tirantes bajo la camisa apunta tu nombre y tu DNI en un libro de registro, con letra pulcra de cuadernillo de caligrafía; quizá en algún momento le insinuaron tablas Excel y se echó a llorar. A cualquier lado los curriculum los tienes que llevar impresos y dárselos en mano a porteras, secretarias, guardas varios, si insinúas mandarlo por mail te miran como a marciana desalmada. Si preguntas en las papelerías o en las peluquerías te darán el teléfono de alguien que alquila un piso en la misma calle, o llamarán ellos mismos a Pepi o a Paqui o a Milagros para preguntarles si te puedes pasar a mirar. Corre la brisa por las ventanas abiertas de las oficinas, y los que no te pueden ayudar llamarán a otra subdivisión absurda de otro departamento para averiguarte una rocambolesca posibilidad, inútil, pero regalada con amor por esos empleados públicos que pasan sus mañanas recibiendo el sol del ventanal y esperando que aparezca alguien como tú para entretenerse un rato. El procurador llega y te da dos besos y te saca el convenio sobre el mostrador de la portería. Y el mar, lleno de mar, hoy mar, hoy esperándote, hoy para no ahogarse.

domingo, octubre 25, 2009

El último tango de Ute

Ute, hace seis años que te vi en Barcelona, y en este tiempo te has vuelto loquísima, y lo que es peor, ahora vas con un bandoneonista cantando a Piazzolla, ignorando a Discépolo y a Pugliese; además de loca, tanguera selectiva. Y aunque haces las y griegas porteñas, pronuncias fatal después busqué perderte en tantos otros y aquellos otros y todos eras vos. Te colocas la boa de plumas colorada y se te cambia la rabia sentimental, te vuelves criatura en tu disfraz, qué grande Ute, aunque ahora ya me conozco los trucos de cantante se te nota que lo pasas bien, se nota que te recuestas en Jacques Brel tanto como yo. Te veo de nuevo desde arriba, en un teatro menos estirado y con menos señoras de la alta burguesía catalana. Me acuerdo de aquel concierto, recién llegada yo a Barcelona, y es inevitable establecer el paralelismo, porque ese mismo cruzar sola la ciudad y preguntarme que hacía yo allí, sin perspectiva, al borde del abismo, intentando construirme una Barcelona propia, lo llevo ahora puesto, aunque ahora llevo otras cosas puestas: llevo mi voz que entonces estaba enterrada, llevo el sentimiento pájaro perdido, llevo a esa Barcelona que al final sí me creció alrededor, como prueba irrefutable de que puedo, llevo el tango como un clavo en el alma, me tengo más transitada, te alcanzo más cerca, Ute.

sábado, octubre 24, 2009

Los pájaros perdidos

Amo a los pájaros perdidos que vuelan desde el más allá
a confundirse con un cielo que nunca más podré recuperar.
Vuelven de nuevo los recuerdos, las horas jóvenes que dí
y desde el mar llega un fantasma hecho de cosas que amé y perdí.
Todo fue un sueño, un sueño que perdimos
como perdimos los pájaros y el mar,
un sueño breve y antiguo como el tiempo
que los espejos no pueden reflejar.
Después busqué perderte en tantos otros
y aquellos otros y todas eran vos.
Al fin logré reconocer cuando un adiós es un adiós
la soledad me devoró y fuimos dos.
Vuelven los pájaros nocturnos que vuelan ciegos sobre el mar
la noche entera es un espejo que me devuelve tu soledad.
Soy sólo un pájaro perdido que vuelve desde el más allá
a confundirse con un cielo que nunca más podré recuperar.

viernes, octubre 23, 2009

Ahora que los astros me son favorables

En estas noches de Galileo, por un rato que no duelo y que no aúllo, y se me aparecen todas las historias, y las podría escribir (qué octubre que llevo), son estas horas y mañana por la mañana canto. Qué alivio despertar, qué alivio el exorcismo. Qué alegría olvidarse de ese sacamiento, qué alegría poder volver a vivir sin que se me retuerza el alma, qué alegría volver a observar con ojos abiertos.
Seguramente no me acostumbre al ritmo pausado y lento del sur. Seguramente intentaré más rápido que los demás comerme todos los pasteles. Seguramente en tres semanas volverá a trastornárseme el edificio. Seguramente seguiré siendo aburrida un rato (yo sólo funciono literata si encuentro una ola desatada que casi me ahogue) pero ahora respiro, y puedo ser ecuánime, y darme cuenta de que la vida desfase madrileña me hacía mal, y de que querer hacerte desaparecer del todo me hacía mal, y de que necesito a mi terapeuta lacaniano, y de que mañana veo a Ute Lemper. He vuelto, prometo cuentitos.

miércoles, octubre 21, 2009

La Negra Sosa

Te moriste, guacha. Te juiste, yegua. Nos dejas sin tu voz, esa voz tuya que no se puede comprender de cálida y de hondura de pozo de verano. Y sabes, Negra, tú serás siempre esa voz antes de que te viera, te quedarás siempre repartida en el aire a cantar, como en la zamba de Figueroa Reyes que me gusta tanto, serás siempre ese concentrado de vivir venas abiertas en Buenos Aires que fue ir a verte al Rosedal en el verano del 2006. Cómo lloré, Mercedes, no sabes, en ese recital, sólo de oírte y de estar allí, de ese peso acumulado de haberte escuchado tantos años desde lejos. Negrita, son tantas cosas, es Alfonsina cuando era pequeña y luego Mar del Plata en invierno, es aquel disco tuyo que escuché tanto en Estrasburgo y diez años más tarde bajar por Corrientes para ir a verte al Gran Rex; o eres sólo tú, es sólo tu voz y tus canciones del otro lado del mar, esa lucha descalza y poncho y los Andes, esas guitarras y esas cajas y esos bombos bajo tus carbones encendidos, tu inmensa garganta acogedora. Eres tú, Negra Sosa, la que se ha ido y no mi vida transcurrida contigo de través. Cómo se llora, Mercedes, si se calla la cantora.

lunes, octubre 19, 2009

Hamaca paraguaya

Me acerco a la Agencia Municipal de empleo, sospechosamente vacía. Me siento y le explico a la señorita pelirroja que llevo dos semanas aquí y que me parece inexplicable no haber encontrado trabajo todavía. Ella sin inmutarse me saca un impreso, me indica que lo rellene, y que se lo traiga "debidamente cumplimentado" dentro de 15 días, fecha en la que alguien lo recibirá encantado y lo guardará en el archivo correspondiente a la espera de que algún intrépido empresario venga a buscarlo. Salgo a la calle bien enmelada en el ritmo del sur, me encuentro con Jorge que me agarra por los hombros y me dice: te tienes que reajustar el tempo.

Y que ya no doliera y que ya no doliera

Ahora que leo tanto a Idea Vilariño, me reconforto con la idea de que si no hubiera locas arrebatadas y sentidas como yo, no habría poesía arrebatada y sentida como la de ella. Hace quizá un año y medio organicé un funeral con mi prima Elena, para enterrar con el debido rito. Saqué el Absolut del congelador y llené un cuenco de bordes azules con pepinillos en vinagre. Fuimos escuchando los réquiem de Brahms, Fauré y Vitoria a ritmo de vodka vertido en aquellos preciosos vasitos que después de tanta mudanza deben de estar hechos añicos en alguna caja. No sé si ya he contado esto porque en aquella época yo andaba tan desquiciada, tan drogada y tan desalentada que era una pena verme. Lo cuento ahora porque quizá sea necesario otro rito funerario, como dice otra loca (de mucha menos categoría que Idea pero loca al fin) hay días que están hechos para morirse o para llorar, y yo digo que si hay muerte y llanto debe haber funeral. Y lo haré, en la playa de la Concha, en noviembre, con el frío de las dos de la mañana me acordaré de otra noche de noviembre de hace cinco años, cuando mano a mano tú y yo establecimos la cosmogonía de algo que en vez de florecer celeste y lila al final se ha quebrado y putrefaccionado peor que el arroz en el tarrito del insulto. El amor se ha muerto, me dijiste esta mañana. Enterrémoslo. Debe de haber una manera menos venenosa de querernos.

miércoles, octubre 14, 2009

Aixa, Fátima y Marién

Recojo aceitunas al ordeño. Sol tremendo, tierra reseca, tarea mística por un rato. Estoy tan exhausta espiritualmente (en la derrota y en el gozo son los únicos estados en los que me noto la existencia del espíritu) que no tengo ganas de metáforas. Recogemos también membrillos y granadas, nos comemos unas naranjas directamente del árbol. Mientras el mundo se entierra en plástico a veces vengo a este lugar y es época de higos y caracoles, o de nísperos, o de uvas, o de almendras, y me acuerdo de cuando era pequeña y entrábamos los niños en el campo de algodón del vecino a llevarnos las bolitas blancas como un tesoro, hasta que alguno de nuestros padres se daba cuenta y venían a gritarnos desde lejos, siempre bajo un sol insoportable, siempre con sombreros y chicharras, siempre vigilados al milímetro y llenos de barro al caer la tarde. Ahora este campo es otras cosas, es una tristeza inmensa pero chiquita que viene y se va sin posarse al abrir la cancela, son algunos de mis muebles arrumbados en la casa cerrada, son dolores de familia viejos coleccionados en una caja de lata de dulce de membrillo de Puente Genil, junto con las figuritas del Belén y las fotos que dejó mi abuelo, soy yo con el espíritu tan incapaz de vivir que me pide una tregua de sueño de cien años, soy yo con el espíritu tan sabio de absurdo que quiere devorárselo todo de un solo bocado.

domingo, octubre 11, 2009

Pena es mi paz y pena mi batalla

A veces me asalta la pérdida como un guepardo. Es inútil hacerle frente, tiene los dientes más afilados que yo, y siempre me atrapa por sorpresa, es mejor dejarse desangrar bajo su peso a pesar de lo bien que conozco el horror de ese desangre.
A veces yo asalto a la pérdida, cazadora, con flechitas de atrezzo y melena Boticcelli. Solía revolcarme con ella en el pastito, acariciarle el lomo, le decía morite, y ella se moría de broma y yo me aferraba a su cadáver pretendido, esperando que viniera su subsiguiente resurrección. Ahora la asesino cada día un poco más en serio, y es entonces cuando sus ataques son más cruentos, se enzarza en mis calcañares porque sabe que me voy, se aprovecha fieramente de que mi marcha me pone a mí más triste que a ella. Odio esta despedida, pero o se va ella, o me muero yo.

Shelter from the storm

El dibujo es de Leonor Solans

'Twas in another lifetime, one of toil and blood
When blackness was a virtue and the road was full of mud
I came in from the wilderness, a creature void of form.
"Come in," she said,
"I'll give you shelter from the storm."
And if I pass this way again, you can rest assured
I'll always do my best for her, on that I give my word
In a world of steel-eyed death, and men who are fighting to be warm.
"Come in," she said,
"I'll give you shelter from the storm."
Not a word was spoke between us, there was little risk involved
Everything up to that point had been left unresolved.
Try imagining a place where it's always safe and warm.
"Come in," she said,
"I'll give you shelter from the storm."
I was burned out from exhaustion, buried in the hail,
Poisoned in the bushes an' blown out on the trail,
Hunted like a crocodile, ravaged in the corn.
"Come in," she said,
"I'll give you shelter from the storm."
Suddenly I turned around and she was standin' there
With silver bracelets on her wrists and flowers in her hair.
She walked up to me so gracefully and took my crown of thorns.
"Come in," she said,
"I'll give you shelter from the storm."
Now there's a wall between us, somethin' there's been lost
I took too much for granted, got my signals crossed.
Just to think that it all began on a long-forgotten morn.
"Come in," she said,
"I'll give you shelter from the storm."
Well, I'm livin' in a foreign country but I'm bound to cross the line
Beauty walks a razor's edge, someday I'll make it mine.
If I could only turn back the clock to when God and her were born.
"Come in," she said,
"I'll give you shelter from the storm."

sábado, octubre 10, 2009

Despertares

Calígula se sube a la almohada y apoya su cabezota en la mía, me enreda el pelo. Me agarra con sus manitos y se restriega, tan contento de verme que decide intentar masticar mi cráneo. Yo que vengo del sueño me sonrío primero de su compañía pero luego empiezo a preocuparme por mi parietal y mi occipital. Sostengo su amor carnívoro hasta donde me es posible, luego levanto a ese bicharraco de seis kilos de la almohada, añoro su cachorrería, la manta de forro polar de Yrigoyen, lo pongo a mi lado y le recrimino dulce sus colmillos. No me escucha mucho rato, sale brincando de la cama en busca de la bolsa de plástico anudada que le hace de ratón para que se la tire y él salga escopetado a buscarla.

Odio el plástico

El plástico no es cálido, el plástico no es frío.
El plástico dura para siempre, inalterable, y si se altera es para rayarse de manera poco estética.
El plástico no tiene esa cualidad porosa del barro, el papel, la madera, ese tacto comunicante con las cosas que contiene.
El plástico no tiene esa cualidad sostenedora del cristal, el metal, la porcelana, esa distancia incomunicante con las cosas que contiene.
El plástico no pesa.
El plástico no es tragedia cuando se rompe.
El plástico no se puede acariciar ni ser evocador como el marfil, la piedra, el cuero, la plata.
Las cosas de plástico las dejas atrás sin remordimiento cuando te mudas.