jueves, mayo 23, 2013

De Rodrigo García



Uno retoca hasta tal punto
lo que cree que ha vivido,
que nadie debería afirmar
en realidad haber experimentado
gran cosa
Lo vivido no existe, existe
el comentario de aquello vivido
los retoques, lo borrado con el 
codo, la tinta derramada,
la aparente ligereza o la aparente
gravedad de un hecho
¿Quién ha vivido
sino en espejos?

martes, marzo 26, 2013

No morir en cama


 De Héctor Viel Temperley
He decidido no morir en cama
por muchas cosas importantes,
porque tengo malos recuerdos de cama,
por el asma en la cama
y porque existe el mar, por ejemplo,
el mar que tiene un cinturón de espuma
de cien metros o más
de ancho algunos días,
uno, dos, tres, cuatro,
cinco rompientes
para caerse y levantarse,
tan seguidas que ni hombre ni mar
hallan instante
de arrojar la herradura
de espuma de sus hombros,
celda de espuma, sello
que al fin salta en pedazos.

He decidido no morir en cama
ni aun como mar abierto
en una cama.
Aunque termine el tiempo
de jugar al león sobre la arena,
junto a los hijos o a la hembra
sobre la seca arena,
he decidido no morir en cama
porque no sé para qué sirve 
ese morir en cama, 
no sé para qué sirve
ese morir de cara al techo.

(Yo no sé, por ejemplo,
por qué hay sacerdote
a la hora de morir
y no hay sacerdote
a la hora de nacer.
Por qué, si no se nace
jamás
para quedar
de cara a un techo.
Lo sé yo que he nacido
de verdad una vez,
una vez y otra vez,
un cinturón de veces,
de celdas y de sellos
de espuma hechos pedazos).
Aunque termine el tiempo
de la tierra firme,
ay, muy a mi pesar, porque en la tierra
firme
hay sombras muy profundas
que perfuman las violetas,
he decidido no morir en cama.
Total, para dormir
después de haber llorado
no hace falta una cama;
basta un tronco de árbol
para apoyar la espalda
y dormir, después de haber llorado.

Uno, dos, tres, cuatro,
cinco veces o siempre
yo jugaré al león
junto a las olas,
haré reír a la hembra o a las hembras
o a los muchos cachorros,
que podrían ser más, que podrían ser más...
Pero morir en una cama, no.
Por cosas como el asma,
por cosas como el techo,
por cosas como el alma,
que no muere.

miércoles, enero 30, 2013

Loulou baila (Una estructura de sombras en el continente americano)

                                                                                                                             
                                                                           Transformado de un Roberto Bolaño para Javier Raya
Loulou baila
Loulou llega a pueblos limítrofes en horas oscuras
Loulou no tiene dinero, malgasta el dinero, busca un poco de dinero en habitaciones minúsculas y húmedas
Loulou no usa pijama
Loulou anda con hombres duros que tienen vergas grandes y duras que el tiempo va cuarteando y emblandeciendo
Loulou coge sus vergas con una mano para que meen largamente sobre acantilados y desiertos
Loulou viaja en trenes de carga por los grandes espacios de Norteamérica
Los grandes espacios de las películas de serie B
Películas violentas en donde el alcalde es infame y el sheriff es un hijo de puta y las cosas van de mal en peor
Hasta que aparece Loulou disparando a diestra y siniestra
Pechos reventados por balas de grueso calibre se proyectan
Hacia nosotros
Como hostias de redención definitiva
Loulou hace el amor con camareros
En habitaciones masculinas suciamente decoradas
Y se marcha antes de que amanezca
Loulou viaja en transportes miserables por los grandes espacios de Latinoamérica
Loulou comparte el paisaje del viaje y la melancolía del viaje con cerdos y gallinas
Atrás quedan bosques, llanuras, montañas como dientes de tiburón, ríos sin nombre, esfuerzos vanos
Loulou recoge las migajas de la memoria sin una queja
He comido, dice, he culeado, me he drogado, he conversado hasta el amanecer con amigos de verdad
¿Qué más puedo pedir?
Loulou deja a sus hijos desperdigados por los grandes espacios de Norteamérica y Latinoamérica
Antes de recibir con el rostro vaciado de esperanza la visita de la Flaca, de la Calaca
Antes de recibir con el rostro arrugado por la indiferencia la visita de la Madrina, de la Soberana
De la Pingüina, de la Peluda, de la Más Fea del Baile
De la Más Fea y la Más Señalada del Baile

jueves, diciembre 20, 2012

La llamaban Lou



De Guillaume Apollinaire, traducido por mí casi sin rima
Hay lobos de toda clase
Conozco al más inhumano
Mi corazón, que el diablo se lleve
y deje ante su puerta
es sólo un juguete entre sus manos.

Los lobos en otro tiempo eran fieles
como lo son los perritos chicos
y los soldados amantes de las bellas
galantes en honor a ellas
Igual de gratos que eran los lobos

Pero ahora los tiempos son peores
Los lobos tigres se han vuelto
y los Soldados y los Imperios
Los Césares Vampiros vueltos
Son tan crueles como Venus

Tomé mi decisión a lo Rouveyre
Y monté en mi gran caballo
Pronto me iré a la guerra
Sin piedad casto y la mirada severa
Como esos guerreros de los que Epinal

Vendía Imágenes populares
Que Georgin grababa en madera
Donde están esos guapos militares
Soldados pasados Dónde están las guerras
Dónde están las guerras de antaño

viernes, noviembre 30, 2012

Cómo hacer pestiños


Ingredientes:

-2 kilos de harina
-1/2 de aceite de oliva virgen
-Un vasito de matalahúva o anís verde
-Medio litro de oloroso
-Un vaso de almendras
-Un vaso de ajonjolí o sésamo
-Un vaso de zumo de naranja
-Un copa de anís
-Miel
-Dos cucharadas de azúcar

Para preparar pestiños:

Se juntan las mujeres de la familia a pasar la tarde (hacer pestiños sola no sólo sería tristísimo sino imposible). Hay que cortar una naranja amarga a la mitad y freírla bocabajo en medio litro de aceite de oliva, junto con un vasito de matalahúva, cuidando de que no se queme el aceite. Después se apartar del fuego. Hay que dejar que se enfríe mientras se pone a entibiar medio litro de vino Oloroso. Tamizar dos kilos de harina en un lebrillo, añadir un vasito de almendras tostadas y picadas, otro vasito de ajonjolí tostado y molido y otro vasito de azúcar glas. Mezclar bien. Hacer un hueco en el medio y echar un vaso de zumo de naranja, el aceite colado, el vino, y una copita de anís. Amasar hasta que la pasta sea suave y untuosa. Hacer una bola con la masa y dejarla reposar una hora o más, tapada con un trapito limpio. Luego hacer bolitas de tamaño de canica grande. Cada bolita se aplastará con ayuda del rodillo. Hay que darle una forma más o menos cilíndrica al pestiño arrollándoselo en un dedo y cerrándolo con otro. Freír en aceite no demasiado caliente.
Una vez que estén fríos los pestiños poner a calentar miel con un poco de agua y azúcar en una cazuelita. Cuando hierva, apartar del fuego y dejar que se enfríe un poco. Enmelar los pestiños en el lustre.

lunes, septiembre 03, 2012

Porque el río nunca vuelve

En Asunción la soledad es otra cosa. Pensaba eso, mientras caminaba por el centro ya amanecido, cuando aún el calor no había empezado a pesar. Me orillaba hacia la plaza donde el ángel desnudo extiende sus alas; saludaba a la tereresera y le pedía que me machacara unos yuyos (karanda’y, jaguarete ka'a, cedrón), que me diera yerba sin menta y una bombilla toda plateada sin cositos dorados. La veía sacar el agua para mi jarra de un cubo de plástico, poner los hielos. Me sentaba en un banco bajo las hojas enormes de los árboles asalvajados y las plantas que en otra latitud lejana no serían más que tristes huéspedes de una maceta y aquí se trepan por la vida y lo que encuentren. Un día convido a tereré a mi vecina de banco y dejo que me pregunte y me sonría. Paraguay. Por la extraña mecánica de mis cosas y de mi desastrado quehacer de sonreírle con luz a todo el mundo, se nos sientan dos chicuelos que andan haciendo encuestas por la plaza a los que andan terereando en la escalinata del ángel o por los otros bancos; les rellenamos varios cuestionarios con personalidades inventadas mientras la guampa del tereré viaja de mi mano a las manos paraguayas. Bajo este sol ellos llevan manga larga, ella incluso un chal tejido, porque aún es el otoño, aún es mayo. Yo me regocijo los brazos al sol; desde el chiflido del viento, la lluvia del temporal y ese desapego triste de Montevideo de los que vengo, este calor me descalza el alma. Pasa el chipasero y compramos chipa. Cómo es ese sabor en la plaza del chipa dulce y caliente y el tereré con yuyos helado. Cómo es el sabor del chicle de canela, del choclo molido en el chipa guasú, el olor de las plantas abrasadas por el calor y protegidas por la humedad, el acento paraguayo que es como un abrazo entrecortado por el cómo que viniste hasta acá. En ninguna otra parte la soledad es esto, este arrellanarse en los otros desconocidos que pasan, esta victoria sobre el daño o el recuerdo, el panteón en mitad de las plazas bajo cuya sombra las señoras tejen bolsos, el zapatero que en mitad de la plaza me arregla el tacón de la bota. Llegarán Ricardo o Alicia a buscarme, iremos al mercado 5 o al Lido, a comer puchero de gallina, sopa paraguaya, pastel mandi'o, lejos de Asunción en sus extensiones más allá, Avenida de España afuera, donde antes yo viví, desde donde llegaba en colectivos altos tan américalatina hasta este centro arrastrando una soledad que era otra cosa y desde la que jamás jamás hablé con la tereresera.

sábado, agosto 18, 2012

Pequeñas poetisas pretenciosas

Me afeito las piernas mientras pienso en Aira diciendo pequeñas poetisas pretenciosas. Me afeito, sí, porque después de depilarme me pasé la mano por la pierna, con deleite, y no encontré deleite. Pensé en unas manos de hombre recorriendo mis piernas y el tacto me disgustó, así que le robé a mi padre una maquinilla de ésas modernas que parecen coches de carreras para afeitarme. Las piernas. Y mientras me afeito las piernas pienso en Aira diciendo pequeñas poetisas pretenciosas. Luego cuando ya me encremo y sopeso con la mano la tersura (te dedico eso, Aira) volví a recrear una mano una de señor acariciando mi pierna y ahora sí me gustó el resultado y ahora sí entendí un poco cómo funciona el mundo. Me entristecí como si, pequeña poetisa pretenciosa, me pasara una borla de polvos de arroz pero en vez de arroz de tristeza. Planché el vestido azul guardado para las festividades morales. Saqué unos tacones de su caja. Busqué en el cajón un sujetador y unas braguitas de encaje morado o más que morado violeta. Me vestí. Disfruté mucho del roce del borde del vestido subiéndome por la pierna rasurada y desnuda. Me pinté los ojos. De azul. Busqué unos pendientes franceses de esmalte y piedras celestes y rojas. Ya no pensé más en Aira. Salí a la calle, y me fijé en la manera en la que el tacón al caminar me elevaba la grupa (quizá sea el vestido envolvedor que me obliga cada vez que me lo pongo a ser consciente de mi cuerpo caminando agarrado o abrazado o sujeto por la tela. Azul.) Enfilé la calle desierta que bordea el parque y ahí me puse triste y me dolieron las certezas, como dirían las pequeñas poetisas pretenciosas. Me entristecieron, obviamente, aquellas manos imaginarias con las que me medí el deleite de las piernas. Entendí un poco el mundo que se afeita las piernas y se coloca los encajes y se recrea en la grupa móvil al caminar para que unas manos de hombre vengan a recamar en sus piernas suavísimas y fragantes algo que perdiera ese hombre en algún lado. Dónde perdí yo la capacidad de convocar esas manos desde su deseo hasta mis piernas. École. Ese pensamiento me detiene en mitad de la calle desierta que recorre el costado del parque porque no me gusta pillarme in fraganti pensando ese tipo de cosas. Así que así vestida y adornada pateo un poquito con los tacones el asfalto. Camino por un par de calles oscuras y llego a casa de mis amigos que sin camiseta comen pizza y ven Terminator, me miran con asombro la vestimenta, me sientan en una tumbona del patio y me alargan unos dulces japoneses de pasta de arroz y fresa, me hablan de trenes que recorren enteros países centroeuropeos en ocho horas y de vuelos a Helsinki, conceptos a mi alcance. Me quito los tacones. Las piernas, visibles en toda su longitud con ese vestido de tramposa, no puedo quitármelas, una lástima. Vuelvo a acordarme de Aira diciendo pequeñas poetisas pretenciosas. Él, claro, como no tiene piernas…

viernes, agosto 17, 2012

Con la lengua llena de amor y de agonía

Desde que me quedé sin corazón voy regalando un montón de corazones de plástico de mentira que tengo en el almacén, me digo. Lo escribo. Se lee raro. Lo leo raro, porque a veces sí me parece tener un corazón recién nacido, así como yema en su rama, por ejemplo cuando tú me miras. Y esto sí que se lee raro porque parece una gacela de amor imprevisto pero sin categoría. (Quizá lo más parecido a saber que se tiene un corazón sea meterse de lleno en la grasa universal.) Mentí ayer desde encima de mi taburete, el taburete en el que me sostuve y al que me agarré firme y fuerte para no dejarme caer en la irresistibilidad desde la altura del lugar seguro de siempre, desde las ganas que se crecen siempre antes de encontrarnos y después, cuando como por acaso se posa tu mano en algún lado mío y así, debajo de tu mano, me crecen la sangre y la ceguera. Mientras eso no pasa ando siempre mintiendo desde encima de mi taburete igual que me mientes tú, para paletear más tierra sobre algo parecido a una ternura que anda guardada hace años, ahí, debajo de esa desesperante corriente que barre el mundo cada vez que, finalmente, me besas. Y esto que también parece una gacela baratucha vendría a decir que hace años que tengo ganas de sacarme las katiuskas y meterme descalza a chapotear en el fango y si sale con barba San Antón. No puedo decírtelo, sin embargo, porque me enferma el miedo, y entonces sólo te miro, igual que me miras tú mientras nos mentimos con las manos y la boca y al mirarte veo o quiero ver, en tus ojos, igual que tú verás en los míos, algo que se le escapa al arrebato que nace en el primer arranque del beso. Coleccionamos errantes las ciudades, tú y yo, y de entre todas las ciudades que coleccionamos ésta, en la que nos conocimos, en la que el cielo es un elefante en cuyo lomo brilla el triángulo del verano mientras tu mano o tu boca, ya no sé, me buscan, en esta ciudad quisiera descansarme un rato en tu mirada, enlazada a tu cintura, una vez asesinadas las ganas. Para saber. Para saber si tenemos para darnos otra cosa además de la fuerza de los dientes.

viernes, agosto 10, 2012

Ustedes están solos al abrigo del tiempo


Me mirabas como haciéndote a ti mismo una pregunta, como calibrando cuánto pesaría yo en los brazos de tu vida. O me equivoco y sólo intentabas averiguar si el puzzle que parezco tiene armado. O me equivoco y sólo pensabas en desnudarme y tumbarme sobre cualquier horizonte, un rato. Quizá no me mirabas y tengo que antes de interpretar las pistas decidir si son realmente pistas o no son nada, si ponerme a estudiar o no criptografía cual máquina de signos que no tiene signos para alimentarse y busca busca las trufas de su afán y si no encuentra inventa. Tú, que aún eres un Tú aleatorio, como todos los nuevos tús, apareces cargado de promesas, porque sin referencia ni suelo siempre es más fácil aposentar el trampolín de la posibilidad. Todo lo bueno y la chispita se colocan tan fácilmente en el cesto de la novela nueva.
Me crecen las ganas de construirme una vida porque quiero tener algo que enseñar y compartir, algo que no sea el viaje. Todos hablamos de nosotros mismos, yo quiero escuchar otras cosas que no sean yo, otras cosas que sean tú. Cómo es tu vida, ¿es alta? ¿Es de tu anchura? ¿Está dispuesta a tu tamaño? ¿Cómo es tu casa? ¿Cómo son tus martes? De qué lado cortas la manzana. ¿Te acuerdas ya de cómo nos conocimos? ¿Empezaste a trazar mapas del tiempo y de nuestras ciudades paralelas? ¿Recuerdas cómo iba vestida? Háblame de ti, estoy cansada de oírme hablar de mí. Yo recuerdo tu voz, el bolsillo de tu pantalón, tu constante manera de ofrecerme el perfil, regalándote a mi mirada. Ahí te ríes. Ahora pensarás en mí así: tú me mirabas.
Llevo tantos primeros besos imaginados que luego murieron en el baldío que no quiero imaginarme uno tuyo. Por favor, no me beses nunca.

martes, julio 10, 2012

Esta canción que pregunta por ti

Tú puedes con esto y con más, se dijo a sí misma, cínica, dientes apretados, pies manchados sobre la tierra inhóspita que nunca la dejó quedarse. Como me voy a ir, le dijo en voz alta, puedo decírtelo, aunque quizá sea vanidad, no importa, el caso es que ahora que sé que me tengo que ir y antes de que llegue la decadencia de mi cuerpo, antes de que no pueda sostenerme en pie o sentirme indolorida, te lo voy a decir: estoy triste de irme porque me voy a perder saberte, y verte los días y esa manera nueva que tengas de peinarte, o tu sonrisa de dentro de seis años, tus ojos cerrados una tarde de siesta bajo el sol, tus pasos por el mundo acompasándose a los míos, un vestido que me eligieras, todos los besos. Y sólo te lo digo porque me iré, porque es imposible que viva siempre, así, porque camino rápida y tengo que irme pronto, y no quiero perderme sin que sepas que cuando te veo veo cosas que no han pasado y que quizá no pasen nunca: una camisa blanca tuya planchada colgada en una percha, esperándote, los pasadores que yo te pusiera en los ojalitos de sus mangas, un jueves en el que nos despertara el gato, todas las cafeteras, una calle más importante que las otras, un puñado de monedas que me dieras mirándome a los ojos, para el autobús, para el pan, para el rito. Y esta canción muy alta resonando por nuestra casa, contra las paredes de nuestra casa y de nuestra vida goutée à deux, malheureuse ou heureuse, palabras al oído, cada una de las noches en las que durmieras a mi costado, las peores lágrimas, el mayor amor, los mediodías y todos los domingos por la tarde, el olor tuyo perenne en mis manos cuando te alejaras, periódicos recortados, una manera de mezclar hielo y alcoholes sólo nuestra, el punto de las carnes y el color de los pescados, el sexo, servilletas dobladas, carreteras bajo nuestra vida, los campos cubiertos de nuestros manteles o nuestros caballos, mis poemas leídos con tu voz atándose a una vela, tus libros que yo acariciara, botones desabrochados, cremalleras subidas, vasos nuevos de cristal, lagos, mares, ríos, tempestades, lluvias pequeñitas tras los cristales. Y te lo digo porque es a ti a quien quiero decírselo ahora que me voy y no queda otro remedio que desaparecerme con esta tierra que nunca me prestó terreno para meterme pies y crecerme enraizada. No hago esto para que te sientas obligado a la pena, sólo quiero que veas como yo veo las estrellas arriba de los dos, encima nuestra, estrellas y más estrellas que podríamos habernos mirado en quietud efervescente, cualquier noche, hoy, anoche, dentro de siglos, como si fuésemos a existir para casi siempre como ellas parece que existen, y no es así, y por eso he venido a decirte que cuando malrespiro si estás cerca es por todo ese tiempo que no vamos a hacer existir nunca, por todos esos instantes clavados en alfileres importantes y todos esos instantes que se escapasen insignificantes pero tesoros porque nuestros. Esto no es una tristeza, es mi manera, es la única forma que conozco de decir que cuando resuenan las trompetas para el fin también resuenan para la celebración del rato que queda hasta el fin. Ah, sí, mírame así como me miras ahora que te digo que voy a irme y sólo por eso te confieso que quisiera quererte hasta llegar a todos los bordes y todos los abismos y todas las alegrías y las fiestas y una vida que nos mantuviera despiertos y embarcados de aquí a China, si yo fuera un tú tuyo, si yo fuera ésa de la que dijeran “es suya”. No es más que esto lo que quería decirte, dientes apretados aunque sin miedo, llena llena del dolor más horrible de todos, que es el dolor de no existir, el dolor por adelantado de no existirnos, el dolor de no poder abrir nunca mis manos sobre las tuyas.

sábado, abril 28, 2012

Con tal de que la vida deponga sus espinas

Cuando pase el tiempo y yo esté triste de nuevo (porque así es como es, a veces me toca dolerme retorcida, el alma contra el suelo) me acordaré de ese día que subí con mi sobrina a los columpios en la hostería del lago Gutiérrez, de cuando canté en el bar lesbiano de Pelotas al que me llevó Bitisa, de cuando bailé cumbia en Cholula con Araceli, de los kilos de mezquite que arranqué de su árbol bajo el Cerro Quemado en medio del desierto huichole para alimentar a los caballos, del café al que me invitó Carlos Aranda en Río Gallegos. Cuando llegue un día en el que yo vuelva a estar triste me acordaré de que me pueden volver a pasar cosas así, en pleno desahucio, de que en un Buenos Aires envenenado aún un muchacho en Santa Fe y Pueyrredón puede guardarse mi barquito de papel en su cartera, de que aún en un Buenos Aires hostil Martín Anzorena puede abrirme su casa y su Givenchy para que yo tenga dónde dormir y dónde darle a Clarisa naranjas con chile y mezcal o de que Jorge me puede llamar desde Neuquén para contarme que el General San Martín cantaba coplas gaditanas mientras yo en Villa Luro sentada contra el viento frente a la vía del tren bajo las hojas verdes del árbol de la casita de madera le hago un dibujito de un mar y un faro que dejarle colgado en la puerta a Roberto Docampo, de que aún en un Buenos Aires extrañado de volver a tenerme entre sus filas puedo ir al Colón con Amaya y Enrique Azurza a respirar música. Cuando llore de rabia por las ausencias me acordaré de que pude ver a Gloria por última vez en San Juan y Boedo en un bar tanguero. Cuando todo esté feo, cuando alguien se porte mal conmigo, cuando no sepa qué carajo estoy haciendo con mi vida, porque así es como es no sólo este último año sino siempre, me acordaré de cuando Alejandra y yo mirábamos los disparos que había en el techo en una cafetería del DF, de cuando metí los pies en el Paraná por primera vez en Corrientes, de cuando tomé con Javi tequilas en Puebla; cuando vuelva de nuevo a sentir que todo me da lo mismo recordaré cuando el Ruso me rescató del abandono y del vagabundeo por las calles sin asfalto de El Chaltén, de cuando Helga me frotó con alcohol y hielo todo el cuerpo comido por los jejenes del atardecer en Itatí, de aquellos dos días que pasé con Ana en la playa de Piriápolis, de mis tardes en la librería de segunda mano rodeada de señores brasileños que me convidaban a chimarrão, de Odyr preparándome el té en su cocinita de artista, de aquellos mediodías en que me sentaba al sol en la azotea de Esteban con la gata Lola y los libros marxistas, de cuando Cristina y yo nos tirábamos en la moqueta barilochense a hacer feldenkrais y partirnos de la risa, de cuando paseé con Esti por el Rosedal y se me rompió la sandalia y la até con su goma del pelo, de aquel día en que la señora rusa con la que escuchaba a Volodia me arrancó de su huerto verduras y más verduras para que yo las cocinera en aquel pueblo perdido de la Pampa, de cuando Gaël Favennec me trajo de Asunción mi único regalo de cumpleaños, de las noches que pasamos en vela Sole y yo contando contracciones y esperando que la bebé Victoria se decidiera a nacer, del picnic que preparé para que Cecilia y yo nos tiráramos con mantelito en los bosques de Palermo, de la noche que apareció Guido y me regaló un cuaderno, de una tarde en Cuernavaca en la que dormí a un bebé en una hamaca colgada en el patio de una casa patricia, de aquellas noches que pasé encerrada en Montevideo con los maquetadores para terminar el libro del teatro de verano. Y así todo lo feo, la parte fea de las cosas, todo, se tornasolará frente a eso, frente a lo que apreso sin apresar las veces en las que puedo, al fin, tranquilamente respirar y vencerle a las espinas. Como cuando. Como cuando Unai me manda a dormir desde Londres por skype.

jueves, abril 26, 2012

Por encima del mar, desde la orilla americana del Atlántico


¡Si yo hubiera podido, oh Cádiz, a tu vera,
hoy, junto a ti, metido en tus raíces,
hablarte como entonces,
como cuando descalzo por tus verdes orillas
iba a tu mar robándole caracoles y algas!
Bien lo merecería, yo sé que tú lo sabes,
por haberte llevado tantos años conmigo,
por haberte cantado casi todos los días,
llamando siempre Cádiz a todo lo dichoso,
lo luminoso que me aconteciera.
Siénteme cerca, escúchame
igual que si mi nombre, si todo yo tangible,
proyectado en la cal hirviente de tus muros,
sobre tus farallones hundidos o en los huecos
de tus antiguas tumbas o en las olas te hablara.
Hoy tengo muchas cosas, muchas más que decirte.
Yo sé que lo lejano,
sí, que lo más lejano, aunque se llame
Mar de Solís o Río de la Plata,
no hace que los oídos
de tu siempre dispuesto corazón no me oigan.
Por encima del mar voy de nuevo a cantarte.

miércoles, abril 11, 2012

Como ahora te pones en la tarde que ya es la noche


Clara Cangutia
Nada era más tranquilizador y felicidad que unos visillos blancos en la ventana moviéndose con el vientito o con la brisa y un sol entrando por la ventana, mientras el té se entibiaba en la tetera y el Gato Calígula dormitaba en alguna parte del sillón o del sofá o de la cama. Cualquier otro visillo blanco del planeta me remite a esos momentos Aduana o Ministriles de retilante y doméstica (perdón) felicidad. Un día cada vez, no es tan difícil vivir si es así. El tiempo de la tranquilidad aunque sea breve hay que devorárselo. Como cuando. Como cuando hacia el sur el sol brilla por Durazno y me atrevo a mirar las casas y los árboles entornando los ojos y gambiteando una sonrisa, y paso por la plaza Juan Ramón Gómez y veo a la misma hora cada día al señor vagabundo que vive ahí, sentado en una casapuerta con una señora que extrañamente lo visita, mateando. Como cuando. Como cuando camino debajo de la luz de la luna llena por la calle Libertad, la luna de Pascua que alguna vez no hace tantos años admiré sobre Campo del Sur. ¿Se puede tomar luz de luna? Sí, y luego no te deja dormir y te muerde bajo la piel y te late suavito por dentro de la cabeza su latido lunar, como una inlunación. Como cuando. Como cuando vengo a ver las plantas de Luciana y miro con satisfación y alivio las hojitas verdes nuevas que les crecen bajo mi cuidado. Un día cada vez, una cosa cada vez, no es tan difícil la vida si es a bocaditos. Como cuando. Como cuando ahora me tomo un té mientras dejo que el sol entre por la ventana para que se alimenten de luz las plantas y me alimente a mí el viento que juega con los visillos blancos. Descalza en casa ajena me pregunto si este momento de sosiego como cuando no será un abuso de confianza con quien me dejó la llave para que viniera a cuidar sus plantas. No debe serlo, porque las plantas absorben mi luz, como si yo la luna.

Bares de Montevideo con ventanas y diciembre

Todas las puertas abiertas al mundo de la calle y a la pelusa de los castaños de Indias, los fluorescentes encendidos a las nueve de la mañana, el bar haciendo esquina empoderándose de Maldonado y Río Branco, la coruñesa que debe de llevar aquí tantos años como las mesas de formica preguntándome de dónde soy, si estoy de paseo, con un acento tan puramente montevideano mientras me cuenta que ella no es ciudadana sino sólo residente después de 51 años y que a sus padres se los llevaron a enterrar a Coruña porque ellos lo pidieron expresamente antes de morir tan lejos.
El café en este país es poco recomendable, como no sea para mirarlo debajo de su espuma y dentro de su vaso, generalmente tan añado como el resto de las cosas. Duralex. Made in Spain. En Barrio Sur todo está tiernamente reutilizado. Los carros de los cartoneros son iguales en sus mulas y sus armados de madera a los de Paraguay o Corrientes, sólo que sin niños desharrapados encima. El mundo Montevideo es tranquilo y parece no tener compás ni prisa, todo pasa despacito al son de lo que se vive. El mundo Barrio Sur donde te comes una milanesa con guarnición por diez pesos más de lo que te cuesta un té sobre 18. En el micromundo de este bar las señoras que hacen cola para la puerta de al lado esperan sentadas aquí adentro; entra un señor con suéter de cuello de pico metido por dentro del pantalón y gorro de estibador, al que luego veo unas cuantas cuadras más arriba lavando coches; entran señoras con carritos de la compra y camisas que llevan lavándose desde 1985. En el micromundo de este bar hablan del fin del mundo y de una ola gigante que va a arrasarlo todo así que no hay que preocuparse por la jubilación. 27 años tiene la chica que detrás de la barra parece terriblemente más baqueteada que yo, que dentro de dos días cumplo 36. El mundo misterioso de los bares populares abiertos a la calle más barrio que el barrio, a esta calle que se llama Wilson Ferreira Aldunate aunque la sigan llamando Río Branco. Unas cuadras más allá subiendo Maldonado la calle más barrio que la calle se llama Paraguay. Allí otra coruñesa regenta otro bar anclado en la nostalgia gallega lleno de señores en mangas de camisa beligerantes a ciertas horas y a otras sólo contempladores del pasar del tiempo amarillo. Barrio Sur. Si hubiera llegado a Montevideo hace 60 años me habría puesto un bar y cocinado grandes ollas de potaje o puchero y colgado una jaula con un canario al lado de la puerta. Geranios. Todo el atrezzo de andaluza con empeño de estar lejos y sentir nostalgia, porque la nostalgia es ya una pertenencia. Hay todo un entramado de casas regionales de los inmigrantes viejos repartidos por la ciudad, gente que llegó en el tiempo de los barcos y se quedó y cincuenta años después sigue suspirando. Lo que yo soy, ¿encaja en Montevideo? Yo que crecí fuera de Manhattan o de l'Île Saint Louis, yo que siempre cabalgo más deprisa que mi deseo, ¿tengo sitio en este mundo de bares estribo, bares barridos por el viento a través de las ventanas?

miércoles, abril 04, 2012

No sé pero valieron como el más largo amor

MOntevideo
Cada mañana por la rambla con mi bicicleta valoro el día, le mido la actitud y el viento a favor o en contra y los estados marinos, la lluvia cuando la hay sobre mi capucha, el sol de frente o perfil según la hora, la luz rabiosa o discreta o triste, el horizonte partido siempre en dos colores, todas las gamas del azul o de los verdes insultantes o de asquerosos marrones revueltos, el plomo de los grises, alguna vez el negro de la tormenta: cada mañana una mañana distinta, cada día un día distinto. A veces incapaz de someter la sudestada entre las ruedas tengo que bajar de la bicicleta y caminar empujándola; otras veces pedaleo tan rápido que no me dura el trayecto ni tres canciones. Así, cada día es un día distinto sin que dependa su gallardía o su deshonestidad ni de su número ni de su nombre, sino de cómo esté colgado en la rambla cuando yo le paso por encima con mi bicicleta. Recuerdo Madrid, recuerdo subir por la calle Lavapiés cada mañana para meterme en el metro para llegar al trabajo. Sin cielo, sin agua, sin rambla. Sin Montevideo. Sin América detrás o debajo de los pies. Recuerdo Tilburg, recuerdo bajar hasta la estación para tomar el tren y cuarenta minutos después aquel tramo de césped que cruzaba siempre descalza, por placer. Sin cielo, sin agua, sin rambla, pero con Europa entre los dedos. Y eso, cada mañana por la rambla o el tren de Tilburg, es el gozo del trayecto. Siempre en cada sitio hay cosas que no te gustan, siempre de cada sitio vas masticando recuerdos tesoros conforme los creas. Siempre en cada sitio te encuentras con la terrible pero pacificadora soledad, con la temida pero tranquilizadora compañía. Pero en la rambla con el día sólo estoy yo, en la rambla con la tarde y el regreso sólo estoy yo. Siempre yo y las lágrimas o una risa de bronce o el sentarse en la piedra hasta que se cae el sol, siempre sacar algo del bolso (un plátano, una galleta, una manzana, una bolsa de papas fritas, un cuaderno, un libro). Siempre algo que salga de mi bolso y que me salve. Letras mías. Sólo mías. Un mundo solo mío, en la rambla, camino al trabajo o camino a ninguna parte, Montevideo enfrente y a los lados, la playa Ramírez que habré caminado descalza y sola, de noche, cuando ya había empezado el otoño o cuando todavía no había empezado el verano. Solo mío lo que vi. Una pareja que empezaba a quererse, se notaba en la manera de escorarse ella contra él, con una botella de vino se acomodaba en la arena de arriba, contra el murallón, los pies bien asentados en la arena. Dos mujeres dejaban velas azules en un hoyo cerca de la orilla, como cuando Iemanjá. Un grupo de muchachos entrenaban y se metían en el agua, vestidos. Montevideo. Esa curvita desde donde se ve mejor Montevideo. Y yo mirándolo desde fuera las cuántas veces que habré paseado, sola o con Lourdes, nunca desde dentro, siempre desde fuera, extranjera, examinadora, con la vara de medir en los ojos y en las manos. Montevideo adonde vine a descansar, a dejar de crear lazos de raso, a estar sola, a que cada día fuera un día distinto del otro sin que se diferenciaran por sus nombres sino por el hueso de su corazón. Y aquí estoy, muerta de miedo porque una vez más no estoy en mi sitio, porque una vez más despertenezco.

lunes, marzo 12, 2012

Angustias

Mantilla
Recuerdo las fotos de mi madre vestida de mantilla. De luto. De negro. Porque se moría el cristo. Del brazo de mi padre por la calle Lealas, yendo a ver la procesión de la Soledad. Yo nunca me vestí. Hace unos años le pedí a mi madre que me prestara su mantilla y su peineta para el viernes santo. Para disfrazarme, le dije. Se ofendió. ¿Acaso no son signo de oprobio y sometimiento? A Dios. Al Hombre. Pero ella no lo ve así. Ella se veía guapa. El signo de su femineidad. El vestidito negro. Los pendientes de brillantes. El pelo bien estirado debajo de la peineta de carey. Los zapatos de tacón. El lunar al lado de la boca pintado con lápiz negro. Caminar por la calle Lealas del brazo del novio tan guapo recién licenciado del servicio militar. De donde yo soy, ser mujer va unido al luto. Al luto y al azahar al que huelen las calles en semana santa, cuando empieza la primavera y florecen los naranjos amargos de las calles y te vistes de luto. Al mismo azahar que te cosen en el dobladillo del vestido cuando te casas. Porque de donde yo vengo todo lo que es ser mujer estaba supeditado al hombre. Primero al padre: para todo había que pedirle permiso. Después al hombre que llegaba de la calle y que te pretendía, te hablaba y luego venía a tu casa a pedirte a tu padre, comercio entre hombres, para que cambiaras una potestad por otra, un recato debido a otro recato debido. Y cuando tu padre o tu hombre se morían, te vestías de negro de pies a cabeza y así te quedabas. Porque de donde yo vengo, ser mujer está unido implacablemente al luto. Como el jueves santo y el viernes santo, mientras las calles olían a azahar y tú te enlutabas porque se moría otro hombre que tenía preeminencia sobre ti, porque se moría el cristo, y te ponías vestido negro y mantilla y te pintabas poquito y salías a la calle del brazo de tu novio. Con el consentimiento de tu padre.
Recuerdo las fotos de mi madre tan joven, más joven que yo, vestida de mantilla, segura de su femineidad, poseída por su femineidad, enmarcada por su sometimiento. Y yo, que nunca me vestí de mantilla, que no me sometí ni al padre, ni al marido, ni a dios, tengo que buscar continuamente dónde reside mi femineidad, porque de donde yo vengo ser mujer está unido implacablemente a la presencia o la ausencia de un hombre. Y me pregunto cómo me vería con la mantilla, la peineta y los zarcillos de brillantes de mi madre. Seguramente guapa, con esa belleza que da la tranquilidad del yugo.

domingo, enero 15, 2012

Los dioses son amantes del secreto

Montevideo
Una casa llamada Mi sueño en alquiler. Mi primer cadáver de gaviota. Un honestísimo recepcionista de hotel al que besé y abracé. Las mujeres gordas flacas feas bonitas con gafas sin algunos dientes malbaratadas o erguidas sambando con tacones con los que ya sería imposible caminar al sol hasta la rotura, Barrio del Sur. Las ventanas desde las que una vez en otro país soñé que me asomaba. El sillón orejero desfondado tapizado de terciopelo color vino que cambia cada día de ubicación entre Durazno, Canelones, Ejido, Michelini. El Río de la Plata chocando las piedras. Jaime Roos bajando de un taxi. Un atardecer desde el Santa Catalina. La tormenta eléctrica sudestada sobre el mar. Las bolsas de plástico que revolotean por el aire empujadas por el viento, la luz anaranjada de las farolas, los hombres solos mal vestidos que contribuyen a hacer la noche amenazante. Afuera los tambores y adentro yo sangrando. Una novia feliz con traje de encajes antiguos. Viernes inflamados y domingos tristes. Un anochecer añil con el lucero recién levantado dedicado en mi cumpleaños. La marca detrás de mis rodillas de haberme sentado al borde de la piedra del embarcadero. Palmeras que me recuerdan mi casa. La calle Sarandí en bicicleta. Las cosas pensadas que sólo se mostraron en la sonrisa. Árboles inmensos bajo los que caminar calles a la sombra. Un trompetista boliviano en el Parque Rodó tocando Darn that dream. Platos antiguos en los que alguna vez sirvieron el postre. Corresponsales de corbata desanudada, borrachos y crueles. Un sombrerito celeste y otro colorado que me pruebo en el espejo de sus ojos.

viernes, enero 13, 2012

Los niños matadores de dragones que se robaron el corazón de la vagabunda

Playmobil
Ustedes que me dejan cantarles nanas a sus hijos para que se duerman cuando paso por sus casas, ustedes que me dejan jugar con ellos a los barcos, a los piratas, a mancharnos de barro o de pintura, ustedes que me dejan cargarlos con mi brazo izquierdo y apoyarlos sobre mi cintura, subirlos a los columpios, colocarles la bufanda, meterlos en la bañera para sacarles el fango del río, ponerles el pijama, acostarlos en sus camas y aguantar sin lágrimas el embate de que me pidan que los arrope y les cuente un cuento de dinosaurios. Ustedes que me dejan a sus hijos para que los pasee por el bosque y les invente canciones de lagartijas y monstruítos andariegos que van a buscar fresas a los Urales o que me quite con ellos los zapatos y chapotee en el arroyo. Ustedes que me dejan compartir el pan con chocolate con sus hijos y separar los chícharos de las papas y hacer montañitas de comida rodeadas de ríos de salsa. Ustedes que me dejan compartir sus secretos susurrados y sus cajones de tesoros, contribuir con caracolas, muñecas de trapo, hojas secas y piedras a la construcción de sus universos, esconderme con ellos en las cavernas inventadas de sus cuartos y armar faros con linternas, entrarlos despacito al agua del mar. Ustedes que me colocan a sus bebés recién horneados en el regazo para que les cante Ferme tes jolis yeux car tout n'est que mensonge y les quite el llanto. Ustedes que me dejan coserles tocados y hebillas a sus hijas adolescentes, regalarles zarcillos y libros, que me cuenten a sus espaldas sus amores. Ustedes que no saben que cuando me voy lejos recuerdo a sus hijos entre mis brazos como míos que fueron un rato y se me chicotea el corazón, porque si supieran no me dirían los niños se asoman a menudo sobre mi hombro, te buscan y te besan, o la beba dice que vos sos siempre la más linda. ¿Vieron cuando dos personas se acercan más para luego alejarse? ¿Conocen ese último abrazo que da ganas de matarse? Por ese abrazo procuro no despedirme nunca, menos de sus hijos. ¿Vieron cuando dos personas transforman una palabra cualquiera en un relicario donde guardan significados privados? Luego cuando los caminos se separan esa palabra secreta deja de ser delicia para volverse infierno. Es lo mismo con los niños, hay palabras que convocan la tempestad o sirven para dormirlos o escalar el muro de sus risas; cuando de lejos en mis exilios sucesivos recuerdo esas palabras malbaratadas en sus vocecitas, se me resquebraja el alma. Y es ahí, en mi ausencia en la vida de sus hijos, donde me mido, realmente, el fallo, el error, la falta, el trastorno, el desarraigo, lo que me duele.

domingo, enero 01, 2012

El amor que no podía ocultarse. Jardiel Poncela


Durante tres horas largas hice todas aquellas operaciones que denotan la impaciencia en que se sumerge un alma: consulté el reloj, le di cuerda, volví a consultarlo, le di cuerda nuevamente, y, por fin, le salté la cuerda; sacudí unas motitas que aparecían en mi traje; sacudí otras del fieltro de mi sombrero; revisé dieciocho veces todos los papeles de mi cartera; tarareé quince cuplés y dos romanzas; leí tres periódicos sin enterarme de nada de lo que decían; medité; alejé las meditaciones; volví a meditar; rectifiqué las arrugas de mi pantalón; hice caricias a un perro, propiedad del parroquiano que estaba a la derecha; di vueltas al botoncito de la cuerda de mi reloj hasta darme cuenta de que se había roto antes y que no tendría inconveniente en dejarse dar vueltas un año entero.
¡Oh! Había una razón que justificaba todo aquello. Mi amada desconocida iba a llegar de un momento a otro. Nos adorábamos por carta desde la primavera anterior.
¡Excepcional Gelda! Su amor había colmado la copa de mis ensueños, como dicen los autores de libretos para zarzuelas. Sí. Estaba muy enamorado de Gelda. Sus cartas, llenas de una gracia tierna y elegante, habían sido el lugar geométrico de mis besos.
A fuerza de entenderme con ella sólo por correo había llegado a temer que nunca podría hablarla. Sabía por varios retratos que era hermosa y distinguida como la protagonista de un cuento. Pero en el Libro de Caja del Destino estaba escrito con letra redondilla que Gelda y yo nos veríamos al fin frente a frente; y su última carta, anunciando su llegada y dándome cita en aquel café moderno -donde era imprescindible aguantar a los cinco pelmazos de la orquesta- me había colocado en el Empíreo, primer sillón de la izquierda.
Un taxi se detuvo a la puerta del café. Ágilmente bajó de él Gelda. Entró, llegó junto a mí, me tendió sus dos manos a un tiempo con una sonrisa celestial y se dejó caer en el diván con un “chic” indiscutible.
Pidió no recuerdo qué cosa y me habló de nuestros amores epistolares, de lo feliz que pensaba ser ahora, de lo que me amaba...
—También yo te quiero con toda mi alma.
—¿Qué dices? —me preguntó.
—Que yo te quiero también con toda mi alma.
—¿Qué?
Vi la horrible verdad. Gelda era sorda.
—¿Qué? —me apremiaba.
—¡Que también yo te quiero con toda mi alma! —repetí gritando.
Y me arrepentí en seguida, porque diez parroquianos se volvieron para mirarme, evidentemente molestos.
—¿De verdad que me quieres? -preguntó ella con esa pesadez propia de los enamorados y de los agentes de seguros de vida-. ¡Júramelo!
—¡Lo juro!
—¿Qué?
—¡¡Lo juro!!
—Pero dime que juras que me quieres —insistió mimosamente.
—¡¡Juro que te quiero!! —vociferé.
Veinte parroquianos me miraron con odio.
—¡Qué idiota! —susurró uno de ellos—. Eso se llama amar de viva voz.
—Entonces —siguió mi amada, ajena a aquella tormenta—, ¿no te arrepientes de que haya venido a verte?
—¡De ninguna manera! —grité decidido a arrostrarlo todo, porque me pareció estúpido sacrificar mi amor a la opinión de unos señores que hablaban del Gobierno.
—¿Y... te gusto?
—¡¡Mucho!!
—En tus cartas decías que mis ojos parecían muy melancólicos. ¿Sigues creyéndolo así?
—¡¡Sí!! —grité valerosamente—. ¡¡Tus ojos son muy melancólicos!!
—¿Y mis pestañas?
—¡¡Tus pestañas, largas, rizadísimas!!
Todo el café nos miraba. Habían callado las conversaciones y la orquesta y sólo se me oía a mí. En las cristaleras empezaron a pararse los transeúntes.
—¿Mi amor te hace dichoso?
—¡¡Dichosísimo!!
—Y cuando puedas abrazarme...
—¡¡Cuando pueda abrazarte —chillé, como si estuviera pronunciando un discurso en una plaza de Toros— creeré que estrecho contra mi corazón todas las rosas de todos los rosales del mundo!!
No sé el tiempo que seguí afrontando los rigores de la opinión ajena. Sé que, al fin, se me acercó un guardia.
—Haga el favor de no escandalizar —dijo—. Le ruego a usted y a la señorita que se vayan del local.
—¿Qué ocurre? —indagó Gelda.
—¡¡Nos echan por escándalo!!
—¡Por escándalo! —habló estupefacta—. Pero si estábamos en un rinconcito del café, ocultando nuestro amor a todo el mundo y contándonos en voz baja nuestros secretos...
Le dije que sí para no meterme en explicaciones y nos fuimos.
Ahora vivimos en una “villa” perdida en el campo, pero cuando nos amamos, acuden siempre los campesinos de las cercanías preguntando si ocurre algo grave.

viernes, diciembre 23, 2011

J'aime le souvenir de ces époques nues

J'aime le souvenir de ces époque nues
Hay una calidad del mundo que está siempre apabullándose bajo la palma de la mano pero que es difícil de ver, porque el mundo tiene dos caras y las dos son el envés. La valía del momento vulnerado se puede transparentar si la deseas contemplar verdaderamente y si él, ciervo, no se percata de tus maneras de coleccionista; tampoco importa, no vamos a entrar en esto, porque de lo que quería hablar es de lo que nos conmueve y de la belleza que nos deja diferentes, de esas felicidades que si imaginadas incluyen siempre silencio, agua que se mueve, otro país con sus luces prendidas en la orilla de enfrente, palmeras y alguna barquita de madera desvencijada, esa felicidad imaginada de las noches cuajadas de estrellas (por qué el verbo cuajar, Corominas, por qué) y en el mejor de los casos un vino entre dos y en el mejor mejor de los casos que el otro de los dos sea el hombre con el que te estás queriendo. Entonces si estás atento debajo de la selva malvada de la realidad de pronto te encuentras con los pies enterrados en un escenario de felicidad asalvajada imaginada así, y el otro de los dos es alguien vulnerable sin serlo, alguien que se ha enajenado la debilidad hasta alcanzar el pedernal, alguien que te habla sin parar de sus maneras de ver y de su ver, alguien que en el fondo, lo presientes, intenta defenderse de ti y se afila el abandono, alguien con escudo, un escudo suyo que esgrime bajo la noche cuajada de estrellas que es perfecta porque podría ser una noche de felicidad imaginada a pesar de ti viviseccionando la maravilla del mundo en vez de solo sentir el Paraná por encima de su hombro, en vez de solo cerrar los ojos y sentir el vértigo por dentro de su hombro, como por la tarde en el saliente con el banquito pintado de colorado sobre el río, apoyados los dos en la baranda mientras él calibraba, lo sabías, la conveniencia de otro beso, mientras él medía, lo sabías, hasta qué falta de límite abrirte la mano y la palabra.
Hay un modo de ser del mundo que es el único modo por el que vale arrastrarse de tramo en tramo, y no es la revolución ni es la busca ni es el asombro ni es el quiero saber qué hay más allá, detrás detrás de las cosas y de las enredaderas que trepan la pared de las verdades y le tapan las verdades a la verdad, detrás detrás de la belleza que crece en el muro de las palabras y a la que solo le hacen sombra algunos espléndidos silencios, y es esto (no me discutáis): un hombre y una mujer hablando bajo las estrellas y un río que se navega a sí mismo y arrastra su fango y su valía; un hombre y una mujer besándose un poco, porque sí, sin prisa y con calidez, la posibilidad abierta de que la flor del tiempo se coma a bocados de corola el firmamento clareado a través de los árboles, las luciérnagas tembladoras (porque tiemblan, no me censuréis el verbo), son todas las noches nuestras que han pasado hasta que llegara esta noche en la que se abre la compuerta de esa verdad de que para este hombre yo soy una mujer y no un contrincante, de que hay un biombo entre nosotros y que es ese biombo frontera sin embargo el que nos abre un mundo transparente y solo para dos en el que yo no soy un rival sino una mujer. Hay un único modo posible de ser del mundo ahora que es él contándome su estirpe y su abolengo del abajo, es él siendo todavía una pasión de ser y de cambiar y de mover las cosas, su vibrante inteligencia, su habilidad de hilvanar palabras y reírse, sus manos que me rozan pero que de mí se guardan, sus ojos, su reserva construida en el silencio izquierdo de su vida. La calidad del mundo agazapada en el envés del mundo ahora es él siendo él sin remedio y preciosamente, soy yo intentando quedarme quieta y despierta a su lado esperando que venga nuestra noche sin que haya que empujarla a través de la puerta cerrada, soy yo siendo tan desconsideradamente destrozadora yo hasta que me recoloco la falda moral de agradecimiento al mundo o a mí misma después de todos los dolores y todas las cegueras o después de todos los dolores ciegos, es esto, esta tregua en el calor del norte, este rato de días que pasan sin más que pasar, días en los que se espera de nosotros que seamos buenos, días en los que me río y canto y estoy disponible cuando me llama el mundo, cuando el mundo se acalla, cercando la vía para lo posible del momento de felicidad en que la ola de su modo se crece bajo el pulso por dentro de la muñeca, alcanzando debidamente su horizonte y durmiéndonos en el ahogo consciente de que algo, algo está pasando entre el hombre al que estoy queriendo tanto y yo hasta que me vaya y se diluya en la corriente del mundo mi paso por Corrientes.

miércoles, diciembre 21, 2011

Fui al río


De Juan L. Ortiz

Regresaba.
-¿Era yo el que regresaba?-
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo el río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

domingo, diciembre 04, 2011

Si monumentum requiris circumspice

San Telmo de noche
Los trenes cada noche que parten y pierdes si los dudas sobre las calles que no existen sobre las calles, los botones que se cierran sobre las blusas con las que se viste la posibilidad, las coronas de gloria a la orilla de la mano, las ganas que de noche dan de que sea de noche, de que no termine nunca el trayecto empezado, de que bajo el pie no se acabe nunca el parapeto desequilibrador. Noche, dame los ojos que empezaron, anoche, acerca el tacto del mundo a mi mano, méteme en la boca la carnecita de tu nocturnidad, descúbreme bajo tus estrellas el lujo del ser, caliéntame la sopa del mar, entrégame a tus hilos, róbame la voz, súbeme al tren que salió rodando sin que sospecháramos que fuera un tren con trayecto sobre las vías que no se ven sobre las calles que cruzamos, amarrados al ruido de las hojas bailadas en los árboles. Noche con voz y con nombre donde caminan los aguerridos y descansan las guerreras, noche sin significado, envuélveme en tu colcha con brillitos, devuélveme a casa sana y salva y sin daño y sin tristeza, devuélveme a casa anochada y sin desnoche, déjame bajar intacta de ese tren sin forma de tren, déjame verlo marchar, sin mí, hacia lo inexistente.

Me darás mil hijos, Montevideo

Atardecer en la rambla
El primer día en otro país, el primer día en otra ciudad, algo que puede ser espléndido o maldito pero siempre es resaltado y colorado como día festivo en el calendario. Después de tanto viaje se me pasaron las ínfulas y casi también las pretensiones, podría vivir sólo de la intensa sensación de posibilidad que da llegar a una ciudad nueva y pasearla sin rumbo, a merced de los hambres (el hambre de comer y otras veces otros tipos de hambres más insaciables), a merced de los espacios públicos a veces tan acertados como esas cafeterías antiguas donde te adopta el camarero y hay tetera de verdad o este paseo salpicoteado de lo que llaman aquí mar y no es el mar, como la tibieza del granito donde me ando raspoteando los pies sentada en la costanera o el malecón o como quiera que se llame aquí ese paseo que rodea la orilla del río aquí llamado mar separándolo de la ciudad pero albergando la ciudad, la piedra menos ostionera que la piedra gaditana mía desde donde veo a los niños más negros que los niños gaditanos míos chapotear en el agua marrón entre las piedras, a las señoras tan señoras como las señoras mías que bajan de su casa con la silla plegable bajo el brazo para sentarse un rato al sol, desde donde envidio esa manera de vivir marítima que a veces tuve de gaditana chica; sentada en la rambla que es como aquí se llama el paseo alrededor del agua, con las piernas estiradas sobre el granito y dentro de la única falda que pude sacar de la maleta sin deshacerla, me siento por un rato dueña de un cachito de mi vida, sin un adónde tener que ir, con el único empuje de los hambres, aspirándome entero mi primer día en otra ciudad y en otro país hasta que en la noche el 116 me transita por calles desconocidas hasta Pocitos, por calles que en el tiempo por venir tal vez lleguen a ser mías, por los restaurantes llenados de sábado que veo a través de las ventanillas y me preguntan si cenaré ahí alguna vez; el 116 que me lleva hasta las primeras personas que conozco a las que quién sabe de qué manera o de qué ninguna manera me ligaré. Todas las preguntas de primer día en otra ciudad, en otro país, que me hago en el taxi de vuelta a Ciudad Vieja, la delicadeza de los señores que sin estar obligados me protegen del exterior malvado (el taxista, el conserje del hotel), las nuevas costumbres y manejos que tengo que aprender, la nueva inflexión de las palabras, que son paralelas Durazno y Canelones. El primer día en otra ciudad a la que no sabes si pertenecerás, ese día que puede ser conciliatorio o pesadilla o la nada misma pero que ya no se librará jamás jamás de la marca de su nombre.

Préstame un nido de luz

Préstame un nido de luz
Amo este tiempo umbral en el que aún no ha pasado malo ni ha pasado nada bueno, este llegar a las estaciones de autobuses latinoamericanas y pulsarle la locura, la nebulosa y el minutero a la ciudad que espera fuera. Ahora, aquí, en la latencia de las cosas, en la fealdad de la estación moderna, columnas al espacio, hombres con guitarras que bajan de los autobuses, cinco perros que cabalgan la estación inmensa y sin estrenar vacía, dos monjas que ni cabalgan ni se hallan, mi maleta mexicana manchada de mugre internacional tirada en el enlosado aún sin ensuciar y elegido entre lo menos acogedor de lo poco acogedor, este tiempo antes de entrar en esa ciudad construida sin amor, sin que después de su fundación haya tenido su renacimiento o su barroco, poco conmovedora en su arquitectura a pesar de las señas de identidad taxis amarillo nuevayork y trolebuses conducidos por mujeres y amarrados a su recorrido fijo por sus cables en el techo, a pesar de los cospeles que me divierte comprar en las casetitas de metal, a pesar de que te tropieces a veces con esos edificios construidos con cuidado y con piedra, a veces con alguna palmera altiva y grácil (las palmeras no siempre son altivas, hay que recordarlo), o con una veredita tapizada de árboles con el sol en juego, ahí donde te conmueves y bailas el paso hasta los carteles saturando las fachadas y las marquesinas no con kitsch sino solo con falta de delicadeza, hasta esa corriente de agua que se cruza por un puente tan poco asomable, adornado de farolas rebuscadas pintadas de plateado que dan luz naranja día y noche. Aquí, ahora, en el tiempo en el que aún no ingresé en la ciudad recuerdo Córdoba como la ciudad que en realidad es para mí, esa ciudad con placita para tomar mate con los amigos, las librerías de segunda mano desbordando tesoros, esos recorridos de amigo amable a amigo amable, ese pozo de luz en el medio de la geografía argentina, ese recodo de descanso, las tiendas de telas donde se gestan camisetas azules con el hombro descubierto que serán cosidas luego al resguardo de la casa bajo la tormenta implacable, la invitación perenne que me hace Córdoba a venir a dejarme caer en el amor de los buenos.

Arena, caimán y miedo sobre Buenos Aires

Arena, caimán y miedo sobre Buenos Aires
El cuadro es de Cristina Otamendi
La estructura secreta de lo escrito empieza en alguna frase del medio que le otorga el sentido a toda la palabrería. Cuando se empieza a escribir siempre hay leit motiv adorno pero no idea vertebral fraguadora, hay que encauzar el escrito hasta lo que él quiere significar. Quizá eso busco con tanto desorden en mi vida, como si estructurar unos párrafos pudiera compararse a vivir una vida. Ahora, por ejemplo, si quisiera meter en una burbuja algo como un momento contado, ese instante chiquito que se apresa en una red de palabras, como glosando una vida, o creando una vida, o recreando una vida, cazaría ese yo sola recorriendo la ciudad de un lado al otro, alargando los trayectos sobre las horas, calculando las posibilidades de cualquier atisbo de brillo que se pueda curtir al sol y convertir en prenda portátil (el olor a verde arrancado, el azul desesperado, los trenes entreverados). Soy la viajera aún aquí adentro, como si la ciudad fuese una gigantesca metáfora de mi viaje, ese intento de presenciar lugares-momentos bonitos, el mundo como conciencia de posibilidad. Ando sin norte y sin sur, se me clava la ciudad con sus edificios y sus secretos que yo conozco, esas cosas misteriosas de una punta a otra de la ciudad que nadie sabe a la vez como sé yo al mismo tiempo de todos los barrios, la más rica torta de ricota de Villa Luro, la mitad de la calzada en San Juan por la que camino cuando ya es demasiado de noche, el trozo de césped donde es mejor sentarse en Plaza Vicente López, esas esquinas de Rivadavia por Congreso que me gustan tanto de Buenos Aires y me reconcilian tanto con Buenos Aires. Cuando paso la tarde en el Británico comiéndome con los ojos las ventanas y las mesas y ese suelo con pintitas, o me siento en las escaleras del hall del San Martín esperando para entrar al cine, me gustaría que me dibujaran los trayectos, que alguien que viniera atrás mío desde Constitución por Juan de Garay donde amas de casa mal peinadas se prostituyen en chándal delante de las puertas de los albergues transitorios, alguien que me siguiera hasta Cochabamba y Catamarca y bocetara ese mientras me acuclillo a la vez de la calle del niño hipotenso que sangraba por la nariz, el mientras le doy un sobre de azúcar patagónica que llevo en mi bolso desde Río Gallegos. Me gustaría que alguien me viera en esa misma esquina subir al 8 y decirle 2,20 al conductor, y luego sentarme en el suelo del autobús al lado de la puerta, con el #Waltz 2 en el oído y mi bolsa de naranjas. Pienso que nadie trazará con lápiz sobre el mapa mi dibujo mientras pasa Buenos Aires por afuera mío. Buenos Aires, esa ciudad desalojada de cariño, esa ciudad desmontada y fea, esa ciudad hermosura de casas de Flores y de placitas plantadas de tipás altísimos de ramas retorcidas, esa ciudad que atravieso jabalina sin que nadie me registre cuando apoyo la frente en la barra de aluminio del vagón del subte una noche que lloro de Pueyrredón a Lacroze mordiéndome las lágrimas, o ese viernes en que desesperadamente sola cruzo la 9 de julio por Juncal bajo la lluvia y bajo mi chaqueta negra amiga de tantos años. Todos estamos solos, dicen las voces que me sirven de cronista sin dibujarme. Pero ustedes están solos al abrigo del tiempo, les digo, yo sola solo me dibujo como un alma insignificante que cruza a la Plaza Once para esperar el 41 mientras mordisquea unos alfajorcitos de maizena, dulcería que deshago entre los dientes igual que esos cachitos de tiempo bendecidos porque no hacen daño y conforman la estructura secreta de lo que no puede escribirse de mi vida.

martes, noviembre 29, 2011

Zapatos de tacón de alta montaña

Río de las vueltas
He visto la luz colorada sobre los picos nevados al atardecer. Y qué. Podría igualmente no haberla visto. He subido algunas montañas y he respirado el silencio antiguo al que le queda poco y caerá pisoteado por la modernidad. Y qué. Podría no haberlas subido. Vi el amanecer frío por entre la entrada al pueblo. Podría no haberlo visto. Subí un cachito de montaña para ver el desastre que están haciendo en el valle con tanta construcción, estaba todo nublado de nubes rosadas, naranjas y amarillas, y el mundo era de unos colores deslavazados e inexistentes en lo real que yo recuerdo: amarillos sin número Pantone, pajizos, verdes increíbles y ese celeste extraño hielo del río de las Vueltas. Un señor que corría sendero abajo, asfixiado y con reloj, al pasar por mi lado tan sentada en una piedra lejos de la droga de la vida, confrontando lo real que recuerdo con lo real de los que en una casita lejana crían caballos, me dijo que corría porque perdía el autobús para volver al Calafate. Le contesté que de vez en cuando es bueno perder la prisa y los autobuses a ver qué pasa y le regalé una piedrita verde. Podría no haberle dicho nada. Él corrió más rápido. Luego subí arriba del todo, puro capricho, podría no haber subido. En el silencio de la laguna vi el viento sobre el agua fabricando ojos de pluma de pavo real, vi otras nubes tapando el Fitz Roy, más blancas, más enfadadas, contemplé, así, en arrobo, un cachito del celeste del glaciar, me quité las botas y los calcetines y me mojé los pies para escándalo de los cuatro turistas que desde la otra orilla se abrazaban a sus cortavientos polares. Allá arriba con los pantalones remangados y los pies a temperatura de congelación me di cuenta como tantas otras veces de que todo da lo mismo, y de que esa sapiencia tampoco sirve de nada, porque podría no haberla tenido. Bajé la montaña. Aunque también podría perfectamente haberme quedado allá arriba.

Ciudades abiertas, ciudades cerradas

Beirut
Hay ciudades feas y horrorosas donde la gente vive incomprensiblemente porque la ciudad no los quiere ni los bientrata, pone a su paso feas calles y quita los árboles y llena todo de trasuntos inútiles como esas papeleras que tienen el fondo de rejilla, como para que todo lo que se tire dentro caiga al suelo o peor, para poner dentro una bolsa de plástico donde recoger las basuritas. Las ciudades son como la gente, algunas te acogen en su seno y te siembran sus calles de castaños de Indias que te den sombra y hacen crecer la brisa y las yerbitas entre los adoquines, te abren el embozo de la cama en la que te dejan descansar hasta bien entrada la mañana y los desayunos se hacen con mantel y sobremesa; otras ciudades te escupen sin recato y no te dejan entrar y se rodean de fosos e imposibilidades y malignidad, aunque estas ciudades son preferibles a las otras ciudades cocktail-party a las que la anfitriona que te invita con tarjeta de borde dorado sabes que no te quiere nada, ciudades que te engañan con sus amabilidades educadas durante años para luego dejarte caer en el pozo húmedo de la soledad con apariencia de chisporroteante sociabilidad; otras ciudades son pura fachada sin alma y se pasan la vida peinándose y parloteando sobre sí mismas sin nada encontrable que justifique su ombliguismo; están las ciudades que no le dan importancia a su aspecto porque por dentro son lo suficientemente buenas como para que su desaliño no parezca feo sino entrañable, esas ciudades llenas de casas viejas de grandes balconadas y patio con columnas y plantas, donde los vagabundos duermen al sol contra el viento (los vagabundos consiguen darle a las ciudades la impresión de ser pacíficas) y cafecitos y vecinos sentados en las veredas con sus sillas sacadas de casa al tardor; otras ciudades se dejan estar y a pesar de su derrumbe son voraces, dentro de su decadencia no tienen guata ni calor sino hambre, desastre y cólera; otras ciudades pretenden ser modernas y son sólo asquerosas y rastreras y amantes del plástico; y mis favoritas son sin duda las que crecen al lado del mar pero no le dan la espalda al mar sino las piernas, y se crecen alrededor de las aguas y de lo que cambia y de los que van y vienen en los barcos y traen tesoros o milagros o historias tenebrosas y lejanas, y están llenas de callecitas que hacia allá se encaminan y que te dejan ver a lo lejos la esperanza de lo azul. Y luego está Buenos Aires, que antes era un pirata seductor y ahora es como la nueva novia de tu mejor amigo: cascabelito amistoso por fuera, llena de bilis y con ganas de asesinarte por dentro, capaz de sutiles tejemanejes para sacarte de circulación y capaz de conseguirlo porque, al fin y al cabo, ella es el sexo y tú eres la cafetería.

viernes, noviembre 25, 2011

Concisão tem pátios pequenos onde o universo eu vi

Raúl Garré
La foto es de Raul Garré
Pelotas, esa ciudad de primeras yerma y arruinada y sin embargo de segundas bullicio y esplendor que te deja participar y te cede espacio para compartirte, esa ciudad de calles sopladas de noche por el viento gaúcho incombatible aunque vayas arropada en un pico de crochet mexicano, tapizada de suelos misteriosamente compuestos que no puedes dejar de mirar cuando caminas e imaginar las súbitas decisiones de los dueños de colocar acá y acullá una losa diferente a las demás, a veces de dibujo tan precioso que pataleas un poco sobre la acera porque sólo hay una, una única losa rosa, granate y crema, o amarilla y celeste y así no se puede apreciar el diseño geométrico completo que resultaría de cuatro, ocho, dieciséis cuadrados intrincados iguales a ése. Pelotas, esa ciudad de la que no puedes decir las plazas pobladas porque al menos dos de sus plazas están deshabitadas e inhóspitas, una llena de plantas crecidas sin tapujos a su amor y sin veredas y sin bancos y la otra con esa hermosura de depósito de agua tristemente pasado del óxido y del verde a la pintura rojo carreta. Luego Caboclo el ubicuo te cuenta que nadie va a pasearse ahí porque era donde castigaban y colgaban a los negros en los tiempos de la esclavitud, tiempos de los que no hace tanto tiempo, esos negros esclavos a los que antes y después de castigar enganchaban a una especie de esfera abierta flotante forrada con cuero a la que subían los patrones para que los transportaran por el agua y para que la ciudad pudiera tener un nombre de origen terrorífico. Pelotas, esa ciudad con casas pastelitos coloreados adornados de merengue unas, otras que por fuera son sólo una puerta y una ventana y por dentro un alargamiento interminable de cuartos y pasillos y patios donde llueve o desde donde mirar las estrellas, todas con contraventanas batientes y temibles rejas por dentro y por fuera de las puertas, seguridades que no se corresponden con la aparente apacibilidad de las calles al viento y al sol, calles que según cuentan se transforman por la noche en fuero de las hordas, noches que pese a eso también son campo de batalla de la música y de las voces espantosamente evocadoras, entonadas, profundas, felices, trastornadoras de almas y de suelos neumáticos de los músicos y cantantes pelotenses. Pelotas, esa ciudad de alegre melancolía si tal cosa pudiera existir, esa ciudad de cúpulas marítimas y pájaros marineros sin que haya mar cerca, esa ciudad de vocación fantasmagórica sacada de un sueño borroso, esa canción tocada en un instrumento de treinta y dos cuerdas, esa milonga.

martes, noviembre 15, 2011

Vuestras fronteras sólo existen en los mapas

Pelotas. Depósito de agua.
Todo lo que escribo sobre Pelotas me sale con aire tristonho, creo que es por culpa de Vitor Ramil. O quizá no. Esta ciudad llena de perros tristes que pasean solos por las aceras emparchadas de losas hidráulicas de distinto dibujo, mosaico del desgano, con sus casas abarrocadas pintadas de colores de una paleta envidiable e inencontrable en ningún otro sitio, intensamente imaginaria, con sus aguas podridas y marrones y sin embargo reverenciadas cada tarde por la visita de los pobladores, con ese aire decadente y abandonado de lo que tuvo un momento de fulgor y luego cayó en el olvido, con sus árboles salvajes, sus plazas de cualquier manera, su tristeza feliz, sus calles de adoquines del tiempo de la esperanza. Es difícil hablar de Pelotas porque pareciera una ciudad imaginada, como si muchos la hubiesen creado a su melancolía para usarla de fondo de retrato o de escenario para historias de viajeros de paso y de viento de frontera, famas revolcadas, letras de milongas. Pelotas es un poco portuguesa y un poco paraguaya y un poco brasileña y un poco uruguaya y un mucho su viento. Pelotas es tierra de nadie, es un lugar sin lugar verdadero, colgado en la niebla de lo que no se sabe si es o se soñó, como el sabor leve y sin color por fuera y amarillo dolor por dentro de los pasteizinhos de Santa Clara, como el sonido irreal y antiguo de los cascos de los mulos arrastrando carros que entra por las ventanas junto con los cantos de los pájaros raros. Pelotas es una literatura.

É sempre mais dificil ancorar um navio no espaço

Entre el anfiteatro escalonado con las hierbas crecidas a los pies de las gradas y el escenario horizonte, ese pool of mud como lo llama Alice. Entre el Quadrado y el mundo, un puente desnudo. El Quadrado, ese lugar de encuentro en la tarde (esa hora que yo llamo el tardor aunque tardor sea otoño en catalán) de espectadores que vienen todos a tomar chimarrão. Alrededor, casitas bajas con los depósitos de agua de ese color azul de la llama de gas colocados de cualquier manera en la azotea, y un bar de madera. Arriba, ese celeste siempre distinto de los cielos extranjeros, las nubes blanquísimas condensadas en gordura, bajas y extendidas, al alcance de la mano. Por todos lados, el viento que implacable me vuela el pelo y la rebeca menos azul increíble que el celeste del cielo o el añil de las caixas d'água, ese viento que sopla permanente y que espuma en verde fango las aguas donde bailan las barquitas pintadas de blanco, azul y naranja. Y el barco enorme y atracado y abandonado, acariciándose al óxido imperioso del tiempo que pareciera que hace que ningún barco zarpa o atraca aquí. Vidas pasadas cada tardinha (eso que yo llamo el tardor), esperando que sea éste verdaderamente el lugar de encuentro, cuando el sol se pone tras el puente y la luna sale del otro lado naranja como la cáscara de las bergamotas que es como se llaman aquí las clementinas, a no ser que haya nubes que tapen la línea de lo lejos, a no ser que el viento gaúcho haga insoportable el chimarrão, cebado con esa yerba color verde radioactivo que se toma en esta tierra fronteriza, a no ser que ya se hayan cantado todas las canciones sobre la luna que se recuerden mientras se la espera, redonda y brillante, a que cambie el color del mundo.