sábado, septiembre 13, 2003

Primer Chillida

Mi tío aparcó en una calle que daba a Goya, me quería enseñar la plaza Colón y luego algo que “merecía la pena”, quería conocer mi parecer de “joven”, er mi primera reacción sin que él me indicara antes su opinión. Como ya lo conocía un poquito supuse que sería una plaza llena de travestis o punkies. Anduvimos kilómetros mientras él me contaba historias de cuando estaba pluriempleado para poder sacar adelante a su familia, me contó una historia que quisiera poder narrar aquí en todas sus inflexiones de persona antigua. El caso es que llegamos a una plaza bajo un puente; en cuatro de los pilares estaba sujeta una escultura, Chillida fijo, sobrecogedora. No se me ocurrió otra palabra, me quedé muda. Y extasiada. Mi tío decía (y yo lo oía lejos) que el Rey había venido a inaugurarla porque ya había muerto el dictador, que la escultura se trajo de Francia porque ya no estaba prohibida, y me miraba y esperaba que yo dijera todas esas cosas que él no puede decir: degenerados, caraduras, etc. Aunque muy contento me contó que la gente se cagaba en la escultura y no dejaba de preguntar qué dónde demonios estaría la sirena. Pero a mí que Chillida siempre me había parecido una nada en las fotos, estaba allí anonadada con el hormigón armado. Qué chulada. Por eso mi tío siempre será “la persona que me llevó allí”.

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