jueves, octubre 09, 2003

Despeinada

La entiendo y no la entiendo, esa obsesión de los varones de la familia de mi padre por que me peine. “¿Tú no te peinas?”, “Mañana para venir conmigo a la calle te peinarás, ¿no?” Me invitan a sus casas y una vez allí, mientras me extraño de esas similitudes de sus tonos de voz, de sus gestos con los de mi padre, y viendo las bifurcaciones en sus carácteres y en sus cosas elegidas, les tengo miedo por la autoridad que no sólo representan por difusión dentro de mi cabezota enferma, sino porque ellos creen que la tienen por ser hombres mayores de la familia de mi padre, y me dicen por eso: “¿Tú no te peinas?”, “Mañana te peinarás, ¿no?”, o me llaman la atención por las cuatro cucharadas de azúcar que me pongo en el café. Pero lo del despeinamiento, es, creo, no sólo por algo que se sale de la norma en sus suelos pulidos y sus salones cerrados, sino por el desorden sexual que para ellos conlleva. Decía una vieja canción: esperaré que vuelvas despeinada de los bares cerrados, ahí se encierra la verdad.

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