martes, noviembre 30, 2004

Últimos días en Barcelona

Ahí estás. No me venciste pero para mí ceder es peor que perder. No me interesaste, no te mordí las esquinas, no bajé la cabeza ante ti, me salvé sin pelear, sin plantarte cara. Permaneciste en tu terreno y yo en el mío, no quise entrar o pertenecer o morirme dentro de ti, pasé por tu lado sin pena, sin gloria, sin hambre, Barcelona. Alguna vez una amistad convenida, te quedaste en literatura chica. Intentaste convencerme de que podías ser ciudad, te creí un rato y luego te odié por la mentira. Barcelona, qué será de ti y de mí, la una sin la otra, estaremos mejor, a pesar de las veces en Gran Vía con Passseig de Gracia con la Bersuit de fondo, a pesar de una noche que llegué a casa tan tarde que era de día. Pasé por aquí de puntillas, no escuchaste mis pisadas. Aunque siempre serás él y yo, Barcelona, el amargor de los últimos tiempos quién nos lo quitará. Me desalo, te desalo.

miércoles, noviembre 17, 2004

El Barsito

Hoy canto. Hoy no canto. Hoy canto. Hoy no canto.

El escarabajo de oro

He soñado que era Marlon Brando. Iba contentísimo y sonrisa andando por la carretera, ensayando un papel en voz alta. De pronto me doy cuenta de que me he dejado la cámara y la maleta, con un giro Guys and Dolls vuelvo a la casa de mi esposa (el hotel del último tango). Me las da ella en la puerta y sigo el mismo camino de antes diciendo: words, work, words, work.
Cuando esta mañana he seguido esa misma carretera camino del centro he encontrado cuatro libélulas muertas.

lunes, noviembre 15, 2004

Vida portuense

El viernes fui al cine con mis amigos históricos que me acogen pródiga cada vez que vengo mientras yo me dedico a despertenecer. Fuimos luego a casa de Ángeles e Isra Mario y yo, y estuvimos hasta las cinco de la mañana hablando y comiendo pescaditos salados. Martín clasificó mi velada de treintañera, él que habría estado en el CCCB, luego colado en La Paloma y llegaría a las mil quinientas a nuestra cama sin mí, mientras yo llegaba a la cama desde la que se ven trece puertas y tres espejos, con el cabecero forjado que mi madre ha puesto en el que fuera mi cuarto y mi refugio y ahora no es nada mío, contenta de los reencuentros.

sábado, noviembre 13, 2004

El olor Parra

Salí a las cuatro de la mañana del hospital, después de perderme por los pasillos al bajar por un ascensor distinto del montacamas en el que había subido. Llevaba puesto el abrigo y el chal de mi madre. Antes ya había pensado que cuando saliera del hospital tendría que ponerme su abrigo, no me había llevado el mío. No me apetecía nada, pero el relente obliga, y la imagen que cuento ahora me seducía enfermizamente también. El chal es rojo con una cenefa rosa y oro, con flecos. Me envolví bien en el marrón apeluchado y subí a casa por la carretera, con las gafas y el pelo recogido en una cola deshecha, aspirando el olor de mi madre que es el mismo de sus dos hermanas, ni colonias ni perfumes ni el distinto estilo con el que se disfrazan les puede tapar, inconfundible dentro de la fibra de su ropa o en su pelo cuando te acercas a besarlas. Del hospital a mi casa no hay más de quinientos metros, pero se me estiraron como chicle, tipo el Perseguidor.
Al llegar los dejé ambos en una silla de la cocina.

jueves, noviembre 11, 2004

Eterno azar

La sucesión de golpes que me he ido dando al escapar como si me hubiera entregado del todo al azar como único medio de sobrevivir porque no sé ser responsable de mis elecciones. Siempre veo que mi vida no es otra cosa que una sucesión de vidas mías posibles. Aquí se hace todo más patente, no en vano es mi Ítaca de andar por casa, y cada vez que vuelvo es el reencuentro y el recuento y todos los res. Los hombres a los que quise más y nunca toqué. La calle San Bartolomé, menos mía que la Maximiliaanstrasse de Munich o la rue de Seine de Paris. La calidez de Judit que sólo disfruto dos veces al año contrarreloj. Esa luz gaditana que no hay en otro sitio y me devuelve la certeza de existir después de la pobreza gris de los chaflanes barceloneses. Vengo y tengo que cuestionarme tanto que prefiero quedarme en esta casa extraña y ver Sólo tú a salir a REcorrer, intentar buscar a alguien para tomar café en el Milord, empresa casi imposible.
Está Martín al otro lado, como cosa inconcebible si se mira desde esta latitud, desde este tiempo inexistente de venir aquí, el extraño camino hasta todas mis vidas, hasta la que será ahora mi vida.
No hay nada importante o todo es importante puesto que podría no haber pasado jamás, pero hay cosas que son importantes precisamente porque no pasaron nunca.