domingo, diciembre 18, 2005

Lydie Fischer Sarazin-Levassor de Duchamp

Al final, la gorda ha pasado a formar parte de nuestras vidas, está en nuestro salón y en nuestro pensamiento, pobre gordita, la mariée mise à nue par elle-même. Nos reconocemos en la gorda, todas, en algún momento, al menos cinco minutos, hemos sido la gordita. Todos, queridos, al menos cinco minutos, habéis sido Duchamp.

sábado, diciembre 03, 2005

Es difícil hablar de Buenos Aires desde aquí

Hoy, por ejemplo, fui a un concierto al aire libre, al lado del río, en Antártida Argentina y Córdoba, frente a los edificios de cristal imitación rascacielos, ahí puestos para que parezca esta ciudad moderna y lustrosa y en perpetuo avance. Una conocida galería de arte en la proa de la vanguardia (es increíble que todavía piensen que existe la vanguardia) había organizado un evento coral de artes actuales. La responsable, disfrazada de Maitena disfrazada de astronauta plateado con tul verde lima al cuello, y un muchacho de pelo original, en algún momento anterior habían decidido arañarse los brazos con algo punzante, quizá nos perdimos la performance. Todo tan triste como siempre: fotocopias de fotos de chicas rasurándose el pubis la una a la otra, ramas colgando del techo a través de las cuales lienzo en grises y negros de cara con nariz aguileña, chicas disfrazadas de chicos pobres o de abuelas, asesinato de la feminidad y del champú, quejas por la censura gubernamental. Pero tocaba Hano, y por eso fuimos y empezó a llover. La dirigente de todo, intrépida luchadora contra la represión, despedazó todos los catálogos de los malos del gobierno. Todos estaban felices de pertenecer, no se sabe a qué, en todo caso pertenecer uniformadamente a algo que exige fealdad y una capacidad artística en cualquier disciplina con tendencia a la basura.
Me escapé, porque me aburro. Fui al San Martín a ver la película de Liv Ullman y estaban de huelga los del gobierno de la ciudad, así que no había proyección. Estaba todo lleno de parejas viejas visitando la exposición sobre Einstein.

sábado, octubre 29, 2005

La felicidad era esto

Es extraño. Esa desconocida manía mía de hurañearme cuando todo lleva ese aire perfecto glissando. Quién puede entender la enfermedad cuando, no sé, miro por cualquiera de las ventanas y puedo ver la cúpula del Congreso tan verde como cualquier claraboya luxemburguesa, o la llamarada de la fábrica por allá por el sudeste, la cárcel de Caseros. Y eso no es nada comparado con la vista interior, esto es, el amor.
Cada día empieza a ser un día. Separado. Ojalá pudiera decir que he aprendido a respirar, pero no sé, espero siempre el revés. Pero ocurren historias. Historias que no sé contar porque estoy embebida de nuevo en mi propia historia, en sólo ser y sólo ver con ciertos ojos un día y otro día. Puedo contar historias de enfermeras y médicos sanguinarios y médicos buenos de la Fundación Araoz donde él estuvo internado. Puedo contar que pero no me importa nada, ni la primavera extraña de esta ciudad, ni Calígula con pelo brillante, ni una canción muy bonita que no recordaba de Chico con Bethania. Y sólo sé de algunas horas en las que estamos él y yo y pasan cosas, otras, que nadie sabe y no se pueden computar.
Así que, no sé, soy feliz.

sábado, octubre 01, 2005

Después de Pinter

Salimos del teatro Beckett y andamos 22 cuadras de Corrientes para llegar a casa de Carolina. Ella estaba con la cinta métrica en el cuello, haciendo un patrón de chaqueta, camiseta amarilla. Es bonito ir a ver a Carolina a las 2 de la mañana y encontrarla así, con la luz graduada y el pelo recogido. En la esquina de Corrientes y Canning se tiraban piedras y corrimos hasta la parada del colectivo.

Calígula aprieta la tecla Del

Siempre hay alguna vez autobuses de madrugada, y siempre hay su cabeza en mi hombro y él dormido y hay yo que nunca estoy segura de llegar a casa y lo despierto antes, o después, y es una lástima, se está tan bien de madrugada en los autobuses. A veces confundo las calles de Villa Crespo con las del Poble Sec, el 168 con el N8, todo es la misma ciudad por la noche si Martín está dormido y yo miro por la ventanilla el nombre de las calles y me alegro al reconocer.

lunes, septiembre 26, 2005

Tuñón y Caeiro

Me vendo barata al desatrevimiento. Pero quién sabe lo que es para mí darme cuenta en un segundo de que me domestiqué, de que cedí y me volví luna, de que prefiero quedarme en casa de pronto siendo geógrafo y que otros me traigan los datos. Me canso. Elijo y luego me canso de mi elección. Nada más fácil, se dice, cambie usted el sentido de su marcha. Uf. Eche veinte centavos en la ranura. Bueno. Hecho. Y ya está, es cierto que se empieza a ver la vida color de rosa si echas la moneda.
Estanco, anoche leí de nuevo. Quizá por eso se me ha ido la olla hoy, porque era mi poema y estaba yo y fui yo en él otras veces y ahora escribo listas de supermercado y traduzco guiones de documentales de televisión, y todo es bueno puesto que lo escogí, pero a veces me digo y si no me tapo la cabeza. Y esas mismas veces me digo que yo no tengo talento ni quiero ser una portada. Entonces me siento y escribo 35 mails para al menos escupir algo en palabras y no convertirme en ostra lingüística dentro de esta casa vacía o llena de mantelitos y cubiertos y platos con cenefas y sin un sofá y sin un amor, y sin dios sin vos sin mí.
Luego a veces, también, tenemos miedo al ver la incomprensión en los ojos de los otros, en sus ojos. Porque quizá no seamos apropiadas para el mundo y lo único que nos quede sea verter nuestras tristes sucias deslavadas palabras en un papel y que se piense que artesanalmente construimos y queremos construir cuando esto son sólo lágrimas o gritos que no nos atrevemos porque somos mayores y dejas de pensar que a alguien le interesa saber o ser pañuelo o acercarse a prepararte un té con clavo y canela. Porque quizá lo que pasa es que espero y yo debiera ser mi propia proa.

domingo, septiembre 25, 2005

El payaso y la enana

Un día que quizá fue ayer (confundo los días), una enana se encaramó a una silla de un bar innoble frente al Congreso, y se tocaba y retocaba el pelo, un pelo asqueroso, como requemado hace 5 meses en la peluquería pero tratado con cariño visón. Primero trenza, luego suelto, luego trenza. La enana encaramada reía y reía mientras su marido payaso borracho la miraba torvo o torcido o amargado o harto desde otra silla de otra mesa. Y es así la vida realmente, las mujeres enanas que luego saltan de las sillas y van al piano desafinado y tocan algo poco parecido al cuaderno de Ana Magdalena, las mujeres que engordaron y se quedaron criando hijos desvalidos en casa, y luego resulta que las desprecian por no seguir en brillo, por no seguir trepando trepando la cuerda hasta Sirio, hasta Antares, hasta alguno de esos sitios que no existen pero están a la alcance para que se piense que sí que se puede, arriba, más arriba. Ése es sólo el espacio que se vislumbra en el beso, en la piedad, en el hambre, en algún miedo o vértigo o esquina de la calle. Quién puede decir que estaremos a salvo de nosotros mismos, de nuestra ansia por seguir, de no dejarnos morir como un caracolito.

Hoy

Y las estufas. Y los libros que imaginas que podrías escribir si tan sólo te sentaras y no tuvieras que lavar la ropa, o ir a comprar una bombilla y el pan, rellenar papeles, pedir hora para la ecografía, si sólo tuvieras de nuevo veinte años y todo el tiempo y la primavera de ese año para sentarte y escribir. Vivimos y luego cuando no nos dejan vivir más porque todo se enreda en las patas de la mesa, queremos contar que vivimos mientras nos recostamos cerca de la estufa para no tener frío mientras afuera llueve y los que viven se mojan el pelo, los abrigos, las ganas.

viernes, septiembre 09, 2005

El florero azul

La ciudad rechina de piqueteros y gente enfadada, gente hambrienta, gente que durmió anoche en cualquier parte y otros que durmieron en brazos de las chicas. Qué raro que sople el viento y yo vea desde aquí los edificios lavados por la lluvia pero tan sucios como siempre. Por lo menos no es una suciedad Lieja, ésta es orgullosa y queda bien porque es decadencia y no desidia. Las fresias que compré el sábado pasado sobreviven en el florero azul pero se han ido despeluchando (un día vi cómo caía exactamente una flor amarilla sobre el estante), el cielo es gris, blanco, gris, blanco, gris, yo doy vueltas como peonza sobre sí misma, sobre mi propio piecito reventado de girar siempre siempre sobre sí mismo. Hay veces que es fácil decir “sigo”, y sigues. Hay otras veces en que no es fácil pero sigues igual, cayendo como la flor amarilla desde el florero azul hasta el estante.

jueves, septiembre 08, 2005

Don´t get around much anymore

Puedes cantar. Puedes gritar bajito mientras te convences de que todavía se puede. Pero si pudiera realmente hacer algo correría hasta perder el aliento, con el viento en la cara hasta a algún río, y vería la corriente, y la escucharía decir que no importa seguir o rendirse, que importa sólo seguir porque hace tiempo que te vendiste, gusano. No soy de las buenas, tal vez, pero a veces soy muy buena. Y eso es lo que me importa. Que clavé un clavo y que luego gracias a eso la luz de la ventana es naranja roja amarilla azul y verde a través de un cristalito traído de muy lejos. No importa que el cristal se rompiera antes de colgarlo, ME IMPORTA UNA MIERDA, renuncio a esa asquerosa manía de la perfección literaria. Quiero, un rato, vivir. Siempre que me emprenden estos ataques de ser luego me aplaco y se acabó. No quiero acabar como la enana encaramada en una silla de La Salita. Estoy loca, está clarísimo, acabaré huraña hurgando las basuras y convencida de cualquier cosa que parezca una convicción. Porque de dónde nace mi amargura que no la podemos diluir en la corriente demás de la vida. En dónde se quedó todo retorcido. Pero el humor. Pero ver de lejos. Pero. Sí sí sí, pero el camino hasta la salida hay que recorrerlo. Supongo que siempre fue así, esa convicción triste de que no se puede, no se puede, salir, en la que ni siquiera creo en serio. ¿Seré una persona triste? ¿Seré una triste, simplemente? ¿Qué soy? Alguien con miedo de saber que es de a dólar la hora. Y no lo soy. Yo sé que no lo soy. Pero dónde estoy, alors, merde.

jueves, junio 02, 2005

Quiero un amigo en la ciudad

La ciudad no sabe nada de estas cosas. Se limita a estar mirando a las estrellas panzarriba. Turbulento y feo Bueno Aires. Brillante y tranquilo, violador. Loco inconsciente. Deberías hacerte cargo, ciudad, de mí.
Quiero un amigo en la ciudad. Un amigo que me lleve a la Costanera a ver amanecer. A un concierto al Colón el lunes por la tarde. Al café del gato negro en Corrientes. Que me haga un té con clavo a las 4:37 de la mañana. Un amigo con pañuelo que se responsabilice de mi suerte una tarde de tristeza. Que vaya a buscarme a las paradas de colectivo y me regale Sugus, azucarillos, un lápiz.
Un amigo que me lleve a Notorius a escuchar un disco de Mingus o al Konex a la Bomba del Tiempo.
Quiero un amigo en la ciudad para ir al cine club del Malba, a la plaza San Martín, al puente de la mujer de Puerto Madero a bailar un tango con tacos sujetos por un elástico o a las milongas de Almagro, al Konex a fumarnos un porro sentados en el suelo.
Un sábado a San Telmo podríamos ir y cargar con una mesa viejísima hasta su casa, mi amigo y yo. Hacer todo el recorrido del 60 con mate y bizcochos. Sentarnos en el cordón de la vereda mientras fuma. Buscar gatos. Ponerme su abrigo al atardecer por la calle Honduras, las mangas tan largas que me las tengo que remangar.
Si tuviera un amigo en la ciudad, él me dejaría notas en el buzón o en el quicio de la puerta. Podríamos comer salchichas y beber champán, subir a la azotea a poner el concierto para orquesta de Bartok muy alto, emborracharnos un día que estuviéramos tristes para acabar más tristes o un día que estuviéramos alegres para acabar más alegres. Ver los 3 Padrinos seguidos, hacer un picnic en la terraza de las columnas del centro cultural Recoleta.
Quiero un amigo en la ciudad para poder caminar de noche y esperar que pasen las cosas que pasan por la noche cuando caminas de noche. Alguien con quien ver a María Kodama cruzando Juncal en la esquina con Rodríguez Peña, con su falda larguísima de flecos y el abrigo acolchado con espirales bordadas de raso. Alguien en cuyo hombro recostarme en el bondi volviendo de madrugada de Villa Crespo.
A veces sería domingo y llovería y comeríamos pizza recién amasada o pizza de Guerrín. A veces no nos veríamos en mucho tiempo y mi amigo se quedaría en casa hasta que me durmiera. Me cantaría siempre la misma canción para que yo lo reconozca, mi amigo, a veces la cantamos los dos.
No tiene que ser tan difícil conseguir un amigo en la ciudad. A quién le molestaría hacer estas cosas conmigo. Quién no querría acompañarme jueves sí pero jueves siguiente no a los conciertos de la Biblioteca Nacional. Es absurdo hacer todas esas cosas más sola, se ensancha la soledad, se cierran las puertas de la boca.
Quiero un amigo en la ciudad que me lleve al Hispano a charlotear con los camareros viejos, al Desnivel a compartir un flan con dulce. Ahora es sábado y yo estoy sola en la cocina de una abuela de alguien que fue mi amigo en otra ciudad, con los tic-tac y el ruido consabido a motor de frigorífico. Si tuviera mi amigo él me rescataría o yo podría rescatarlo a él, cruzar tres veces seguidas la 9 de julio, felices arrebolados, ir a una casa donde fuéramos los payasos y la comidilla, mirarnos a los ojos en el subte sin saber, comentar las figuritas de mineral rosa de los escaparates de Florida, ver una peli horrible en el Cosmos, esperar a que sean las 4 y tomar churros y un submarino en La Giralda.
Si existiera mi amigo en la ciudad mañana domingo por la tarde habría un café en el Británico o en la Poesía asegurado, un banco en el parque Lezama asegurado. Pero no hay un amigo para mí en la ciudad, y yo no me atrevo a pedírselo a nadie, eso nace, en el pasaje Bollini al encontrar una cucaracha en el plato de fideos, en el auditorio del Bauen mientras el programa de Dolina, al salir del Tortoni, mientras se lee El hombre sin atributos en El Ateneo.
Muchas de estas cosas ya las hice con Juan Martín, quiero quiero siempre repetir, quiero todo lo demás. Tengo miedo de habernos perdido. Buenos Aires bandolero, devuélveme a mi amigo.

domingo, marzo 27, 2005

Baires

Desde que llegué no he escrito ni una miserable línea, cero acerca de todas las costumbres raras de este país. Ahora que estoy sola en casa, con ganas de salir pero sin atreverme todavía (ponen la Lulú de Pabst a las 20 en el Malba, tendría que ir), para entretenerme, ¿contaré cosas? ¿Es mi pobre mundo suficiente como para poder contar? Si cuento que me comí un millón de sandwiches de miga en el avión que me trajo a Argentina, ¿hay alguna manera de que pueda parecer interesante para alguien?
Si de pronto vuelvo a acordarme de que mi hambre siempre fue hambre de intensidad. Si vuelvo a pensar que las cosas en las que yo me fijo está bien que las adorne de palabras. Si puedo atreverme a decir: vi a María Kodama en el Havanna de Arenales y Rodríguez Peña. Si pudiera contar historias de choripanes y que me parecieran brillantes.
Lo que pasa es que me acerco a la escritura como socorro, desperdicio el lujo que siempre tuvieron para mí las palabras y las uso de esparadrapo y mercromina, olvidándome de que cuando más curan es cuando son más resonantes, más palmeras de artificio. Quizá ahora estoy bien, ahora que pasamos el equinoccio. Se puede reír todo el mundo pero yo seguiré pensando por siempre que el solsticio de diciembre es siempre daga asesina para mí, y hasta tres meses después por mucho que me empeñe no puedo resurgir.
Ahora me debo un millón de cuentos y un millón de paseos y regocijos. Acompañé a Martín esta tarde hasta el 110 y él me regaló un poco de sol. Ayer por la tarde me senté en el suelo de la terraza del Centro Cultural Recoleta sobre un periódico, al sol. Antes de ayer fui a ver a un señor que trabaja en el piso 8 de un edificio frente a la facultad de odontología, Alvear al 2100. Espié las calles por la mañana cuando me fui por Santa Fe en sentido contrario. Ahora puedo leer lo que escribí otro día sin que me den ganas de borrarlo todo. Ahora puedo. Y la diferencia la marca sólo la vuelta de mi espíritu. Hola, hola, hola.

jueves, marzo 24, 2005

Padre

Entre sus palabras, puedo componerme perfectamente la tragedia, en todos sus detalles asquerosos, dolorosos y dolidos. Y se calla y se encalla, no entiendo nada. Entro dentro de su construcción, lo conozco y sé sus motivos, pero me pregunto hasta dónde puede sufrir sin romperse, en qué momento se quebrará, en qué momento odiaré a esa mujer más que nunca.

Perseguida

En todo momento veo cosas que pasan, tramas que pasan por debajo, las motivaciones que no me incumben siempre se ven claras para mí. Claro, tengo que vivir creyendo que lo que yo pienso es la verdad, creer que mis certezas son ciertas. Como por ejemplo esa visión del parasitismo que sería de la otra rama. Porque normalmente mi visión novela de la vida resulta ser acorde a la verdad, cuando me vienen relámpagos de lucidez sobre mí misma sé que debería escuchar. Cabeza loca, me digo. Cigarra, me digo. Contravengo a los valores que creo que tengo. No miro más allá. Me aposento en ese pilar sobre el que fundé el resto de mi vida (tantos otros pilares fundadores cayeron antes) y no veo más. Y si estuviera equivocada. No me importa. Y sí ya sé que estoy equivocada. No me importa.

lunes, marzo 21, 2005

1997

Un día de septiembre, en la terraza de la casa de la calle Pagés, él hizo referencia a la cinta grabada de La doble vida de Verónica, matándome. Cuando lo había vuelto a ver, sosteniéndose en el umbral de la puerta del pasillo, todos los meses que habían pasado se secaron así, se diluyeron en sus hombros de estatua de Calígula.
Él me abrazó. Con cariño. Una cosa de no creerse. Yo podría haber llorado, sin más, podría haberme dejado caer para siempre y haberle dicho: dime que me quede.
Cuando se lo recuerda, duele un poco, queda resquicio del otro dolor que existió. Pero también hay que respirar bastante hondo porque se corta la respiración. El día que nos despedimos me besó. Y me dijo. Me dijo, y siempre seguiré pensando que fue por profesionalidad. Ella llevaba una camiseta amarilla y blanca de tirantes. Él nos tocó y nos dejó ir. Luego los otros me preguntaron, qué te dijo, sabiendo que yo moría por cada una de sus conjunciones y huesos y suspiros. Me besó, dije solamente.
Ya nunca más él y yo fuimos más de él y yo. La siguiente vez, cinco meses más tarde, él se había enamorado y yo me había muerto. Siempre un trozo precioso de la vida que tuvimos será la casa de Agua de Cartuja número 22, las cajetillas de Pall Mall vacías, la guitarra que él tocaba, su cuadro encáustico con el hueso amarillo, un jueves por la tarde solos en la casa él y yo, la Gran Vía de su mano, la noche del guante y sus dedos acariciando lento la parte de atrás de mis rodillas, mi nuca, la otra noche después en que Dani nos dejó su cuarto, los días últimos de junio en que lo esperé, su abecedario secreto en la plaza. Y será siempre él el poema de las paredes desconchadas y la mayor traición.

miércoles, enero 19, 2005

Bufalino

La madera del suelo tiembla al mismo ritmo que yo. Me despierto cuando la luz hace rato que traspasó las cortinas, invariablemente con recuerdos que olvidé mordiéndome los pies. Límpidas las imágenes que por culpa de la montaña asesina me despiertan cada mañana, a las diez y media, a las once, después de noches demasiado frescas o demasiado calurosas. Fastidio o enfado, según, o frases bonitas si me lo tomo con la calma que no tengo y sonrío bajo el peso de un beso y una calle.
Penoso comprobar que olvidé las decisiones que me fueron llevando de Gran Vía al Callejón del Ángel. Mi indiferencia por escribir todas esas cosas que pienso de noche y que en otro tiempo hubiera atesorado. Sentir tiempos perdidos y asombrarme de mi claridad de decisión para con decisiones nada claras.
La montaña ahora que me quita de delante el verdadero paisaje y me condena a prisión. El lago, estancado y pestilente según lo imagino o quiero imaginar cuando no es así, cuando es la mayor de las hermosuras. Soy yo la montaña amenazante, soy yo el lago muerto. 
A veces mientras aún no estoy despierta del todo me asombro levemente de mi hipoteca contraída, de las razones de mi levantamiento, cabeza loca, pero cuando ya me despierto y me atrevo a levantarme y salir a las ventanas sin cortinas, poner el café, olvido fácilmente esa verdad que en otro tiempo era mañana y noche, era cuando llovía y cuando hacía viento, cuando subía cuestas o me obligaban a vagones de metro y autobuses. Otras veces me da todo igual y sé en cada segundo mi razón y mi peso y mi palanca, la falta de necesidad de ancla y lo salto de trampolín hacia la nada que es mi vida. Mi hambre de charla. Mi soledad tan poco sola, soledad de algo que no es estar sola.
Recuerdo platos y vasos y cosas de Perec, recuerdo los muebles establecidos y los calendarios establecidos, el dolor programado cada tiempo programado y me enrabio con estupidez. Quiero matar y matarme a mí misma por la espera y la negación.
Recuerdo un tiempo en que ser yo era tan imposible y nada llevadero. Me veo ahora no siendo porque olvidé cómo se hace. Una palabra y soy. El sol y no soy.
Recuerdo también el filo de hasta hace seis años, todo aquellos sitios en los que fui y me arrastré y viví y cubrí de gloria los suelos, los hombros sucesivos, garabateé los mismos poemas que otros miles antes y al mismo tiempo y después que yo garabatearon. Fue mía una ciudad, fue mía otra ciudad, pude, tuve miedo, salí, entré, pisoteé y arañé, estuve allí siempre conmigo hasta que abandoné exhausta por los abandonos sucesivos. Nunca pensé que desaparecer me haría desaparecer. Estoy desconstruída, no sé adónde mirarme, el diámetro de mi cintura. Los huracanes que medí y bauticé y recorrí por segundo cuadrado, los que necesito que vuelvan pero no serán en esta montaña. Montaña inútil que no sirve para nada, montaña-yo estúpida, extiende tu sombra a otra parte.
Sólo se muere tres veces, dicen. Por mucho que intente, y lo intento poco, no podré decir bastante, no podré decir bien, la clase de dibujo que veo si cierro los ojos y pienso fuerte, pienso lejos en todos los caminos que no tomé, todas las opciones que ni siquiera descarté. Fui a París y fue un desastre y una guerra y un final y un principio y me gusta haber ido a París, haber querido cometer todas mis tropelías y haberlo hecho a pesar de todas las mordazas, o quizá gracias a todas esas mordazas. Sin grilletes impuestos mi vida no hubiera sido esto que tengo ahora entre mis manos, irresponsable, ciega, inútil: el encabezonamiento en llevar la contraria al pie que me pisa la cabeza, elegir confiante sabiendo que no puedo confiar nunca en mis inclinaciones porque cambian tanto como la sombra de la montaña. ¿Existirá realmente, mi inteligencia?

Cada vez escribo peor

Durante un tiempo fue más fácil vivir. Levantarse y respirar, caminar sin prisa de noche por la ciudad. Era el principio de vivir en otro lado, no demasiado emocionante ni definitivo, pero al menos era un principio. Todo parecía menos de lo que debía ser, a pesar de los paseos con las manos y las llaves de la casa nueva en los bolsillos, a pesar de un abrigo de ciudad y citas apresuradas de ciudad, de las calles oscuras entrevistas, calles por las que pasaría quizá sólo esa vez. La ciudad era una excusa para poder determinarse, para escudar decisiones en la mudanza o el cambio geográfico, un poco como siempre pero un poco más que siempre porque ya estaba harta de la huída hacia delante, tenía que volverse y pelear. Compró zapatos nuevos, botas nuevas, buscó algún rincón de la ciudad nueva que pudiera pertenecerle. Con el tiempo vio que jamás lo encontraría, sólo una leve cafetería en el enorme entramado de chaflanes, un primer piso forrado de madera clara. Era un refugio del que no se podía abusar porque cerraba a las doce de la noche así que en realidad nunca fue un refugio. Y las grandes distancias que impedían arrebatos nocturnos.
La ciudad le torció el gesto a las pocas semanas y se negó a dejarla entrar, le notó la indiferencia por pertenecer. Alguna vez haciendo trampa lograría robarle algún minuto, alguna rara tarde, un tramo de calle, aunque nunca ella y la ciudad llegaran a entenderse y ni siquiera a convivir pacíficamente. Se escupieron mutuamente a la cara, se hicieron insufribles la una para la otra, y eso que si ella se sentaba en la cafetería que pudo haber llegado a ser la cafetería, podía recordar algún desayuno, alguna sentada en la playa, paseos en la oscuridad de las calles lejos del centro, muchachos de narices frías y ganas tibias, bares con una amiga de pelo ingobernable, aquel muro al salir del metro, cerca de la playa, la mesita desde la que escribía frente al mar. Nunca se quisieron, nunca se querrían, a pesar del Passeig de Gracia tantas noches, a pesar de todas las caminatas de Su mano.