miércoles, enero 19, 2005

Bufalino

La madera del suelo tiembla al mismo ritmo que yo. Me despierto cuando la luz hace rato que traspasó las cortinas, invariablemente con recuerdos que olvidé mordiéndome los pies. Límpidas las imágenes que por culpa de la montaña asesina me despiertan cada mañana, a las diez y media, a las once, después de noches demasiado frescas o demasiado calurosas. Fastidio o enfado, según, o frases bonitas si me lo tomo con la calma que no tengo y sonrío bajo el peso de un beso y una calle.
Penoso comprobar que olvidé las decisiones que me fueron llevando de Gran Vía al Callejón del Ángel. Mi indiferencia por escribir todas esas cosas que pienso de noche y que en otro tiempo hubiera atesorado. Sentir tiempos perdidos y asombrarme de mi claridad de decisión para con decisiones nada claras.
La montaña ahora que me quita de delante el verdadero paisaje y me condena a prisión. El lago, estancado y pestilente según lo imagino o quiero imaginar cuando no es así, cuando es la mayor de las hermosuras. Soy yo la montaña amenazante, soy yo el lago muerto. 
A veces mientras aún no estoy despierta del todo me asombro levemente de mi hipoteca contraída, de las razones de mi levantamiento, cabeza loca, pero cuando ya me despierto y me atrevo a levantarme y salir a las ventanas sin cortinas, poner el café, olvido fácilmente esa verdad que en otro tiempo era mañana y noche, era cuando llovía y cuando hacía viento, cuando subía cuestas o me obligaban a vagones de metro y autobuses. Otras veces me da todo igual y sé en cada segundo mi razón y mi peso y mi palanca, la falta de necesidad de ancla y lo salto de trampolín hacia la nada que es mi vida. Mi hambre de charla. Mi soledad tan poco sola, soledad de algo que no es estar sola.
Recuerdo platos y vasos y cosas de Perec, recuerdo los muebles establecidos y los calendarios establecidos, el dolor programado cada tiempo programado y me enrabio con estupidez. Quiero matar y matarme a mí misma por la espera y la negación.
Recuerdo un tiempo en que ser yo era tan imposible y nada llevadero. Me veo ahora no siendo porque olvidé cómo se hace. Una palabra y soy. El sol y no soy.
Recuerdo también el filo de hasta hace seis años, todo aquellos sitios en los que fui y me arrastré y viví y cubrí de gloria los suelos, los hombros sucesivos, garabateé los mismos poemas que otros miles antes y al mismo tiempo y después que yo garabatearon. Fue mía una ciudad, fue mía otra ciudad, pude, tuve miedo, salí, entré, pisoteé y arañé, estuve allí siempre conmigo hasta que abandoné exhausta por los abandonos sucesivos. Nunca pensé que desaparecer me haría desaparecer. Estoy desconstruída, no sé adónde mirarme, el diámetro de mi cintura. Los huracanes que medí y bauticé y recorrí por segundo cuadrado, los que necesito que vuelvan pero no serán en esta montaña. Montaña inútil que no sirve para nada, montaña-yo estúpida, extiende tu sombra a otra parte.
Sólo se muere tres veces, dicen. Por mucho que intente, y lo intento poco, no podré decir bastante, no podré decir bien, la clase de dibujo que veo si cierro los ojos y pienso fuerte, pienso lejos en todos los caminos que no tomé, todas las opciones que ni siquiera descarté. Fui a París y fue un desastre y una guerra y un final y un principio y me gusta haber ido a París, haber querido cometer todas mis tropelías y haberlo hecho a pesar de todas las mordazas, o quizá gracias a todas esas mordazas. Sin grilletes impuestos mi vida no hubiera sido esto que tengo ahora entre mis manos, irresponsable, ciega, inútil: el encabezonamiento en llevar la contraria al pie que me pisa la cabeza, elegir confiante sabiendo que no puedo confiar nunca en mis inclinaciones porque cambian tanto como la sombra de la montaña. ¿Existirá realmente, mi inteligencia?

Cada vez escribo peor

Durante un tiempo fue más fácil vivir. Levantarse y respirar, caminar sin prisa de noche por la ciudad. Era el principio de vivir en otro lado, no demasiado emocionante ni definitivo, pero al menos era un principio. Todo parecía menos de lo que debía ser, a pesar de los paseos con las manos y las llaves de la casa nueva en los bolsillos, a pesar de un abrigo de ciudad y citas apresuradas de ciudad, de las calles oscuras entrevistas, calles por las que pasaría quizá sólo esa vez. La ciudad era una excusa para poder determinarse, para escudar decisiones en la mudanza o el cambio geográfico, un poco como siempre pero un poco más que siempre porque ya estaba harta de la huída hacia delante, tenía que volverse y pelear. Compró zapatos nuevos, botas nuevas, buscó algún rincón de la ciudad nueva que pudiera pertenecerle. Con el tiempo vio que jamás lo encontraría, sólo una leve cafetería en el enorme entramado de chaflanes, un primer piso forrado de madera clara. Era un refugio del que no se podía abusar porque cerraba a las doce de la noche así que en realidad nunca fue un refugio. Y las grandes distancias que impedían arrebatos nocturnos.
La ciudad le torció el gesto a las pocas semanas y se negó a dejarla entrar, le notó la indiferencia por pertenecer. Alguna vez haciendo trampa lograría robarle algún minuto, alguna rara tarde, un tramo de calle, aunque nunca ella y la ciudad llegaran a entenderse y ni siquiera a convivir pacíficamente. Se escupieron mutuamente a la cara, se hicieron insufribles la una para la otra, y eso que si ella se sentaba en la cafetería que pudo haber llegado a ser la cafetería, podía recordar algún desayuno, alguna sentada en la playa, paseos en la oscuridad de las calles lejos del centro, muchachos de narices frías y ganas tibias, bares con una amiga de pelo ingobernable, aquel muro al salir del metro, cerca de la playa, la mesita desde la que escribía frente al mar. Nunca se quisieron, nunca se querrían, a pesar del Passeig de Gracia tantas noches, a pesar de todas las caminatas de Su mano.