domingo, marzo 27, 2005

Baires

Desde que llegué no he escrito ni una miserable línea, cero acerca de todas las costumbres raras de este país. Ahora que estoy sola en casa, con ganas de salir pero sin atreverme todavía (ponen la Lulú de Pabst a las 20 en el Malba, tendría que ir), para entretenerme, ¿contaré cosas? ¿Es mi pobre mundo suficiente como para poder contar? Si cuento que me comí un millón de sandwiches de miga en el avión que me trajo a Argentina, ¿hay alguna manera de que pueda parecer interesante para alguien?
Si de pronto vuelvo a acordarme de que mi hambre siempre fue hambre de intensidad. Si vuelvo a pensar que las cosas en las que yo me fijo está bien que las adorne de palabras. Si puedo atreverme a decir: vi a María Kodama en el Havanna de Arenales y Rodríguez Peña. Si pudiera contar historias de choripanes y que me parecieran brillantes.
Lo que pasa es que me acerco a la escritura como socorro, desperdicio el lujo que siempre tuvieron para mí las palabras y las uso de esparadrapo y mercromina, olvidándome de que cuando más curan es cuando son más resonantes, más palmeras de artificio. Quizá ahora estoy bien, ahora que pasamos el equinoccio. Se puede reír todo el mundo pero yo seguiré pensando por siempre que el solsticio de diciembre es siempre daga asesina para mí, y hasta tres meses después por mucho que me empeñe no puedo resurgir.
Ahora me debo un millón de cuentos y un millón de paseos y regocijos. Acompañé a Martín esta tarde hasta el 110 y él me regaló un poco de sol. Ayer por la tarde me senté en el suelo de la terraza del Centro Cultural Recoleta sobre un periódico, al sol. Antes de ayer fui a ver a un señor que trabaja en el piso 8 de un edificio frente a la facultad de odontología, Alvear al 2100. Espié las calles por la mañana cuando me fui por Santa Fe en sentido contrario. Ahora puedo leer lo que escribí otro día sin que me den ganas de borrarlo todo. Ahora puedo. Y la diferencia la marca sólo la vuelta de mi espíritu. Hola, hola, hola.

jueves, marzo 24, 2005

Padre

Entre sus palabras, puedo componerme perfectamente la tragedia, en todos sus detalles asquerosos, dolorosos y dolidos. Y se calla y se encalla, no entiendo nada. Entro dentro de su construcción, lo conozco y sé sus motivos, pero me pregunto hasta dónde puede sufrir sin romperse, en qué momento se quebrará, en qué momento odiaré a esa mujer más que nunca.

Perseguida

En todo momento veo cosas que pasan, tramas que pasan por debajo, las motivaciones que no me incumben siempre se ven claras para mí. Claro, tengo que vivir creyendo que lo que yo pienso es la verdad, creer que mis certezas son ciertas. Como por ejemplo esa visión del parasitismo que sería de la otra rama. Porque normalmente mi visión novela de la vida resulta ser acorde a la verdad, cuando me vienen relámpagos de lucidez sobre mí misma sé que debería escuchar. Cabeza loca, me digo. Cigarra, me digo. Contravengo a los valores que creo que tengo. No miro más allá. Me aposento en ese pilar sobre el que fundé el resto de mi vida (tantos otros pilares fundadores cayeron antes) y no veo más. Y si estuviera equivocada. No me importa. Y sí ya sé que estoy equivocada. No me importa.

lunes, marzo 21, 2005

1997

Un día de septiembre, en la terraza de la casa de la calle Pagés, él hizo referencia a la cinta grabada de La doble vida de Verónica, matándome. Cuando lo había vuelto a ver, sosteniéndose en el umbral de la puerta del pasillo, todos los meses que habían pasado se secaron así, se diluyeron en sus hombros de estatua de Calígula.
Él me abrazó. Con cariño. Una cosa de no creerse. Yo podría haber llorado, sin más, podría haberme dejado caer para siempre y haberle dicho: dime que me quede.
Cuando se lo recuerda, duele un poco, queda resquicio del otro dolor que existió. Pero también hay que respirar bastante hondo porque se corta la respiración. El día que nos despedimos me besó. Y me dijo. Me dijo, y siempre seguiré pensando que fue por profesionalidad. Ella llevaba una camiseta amarilla y blanca de tirantes. Él nos tocó y nos dejó ir. Luego los otros me preguntaron, qué te dijo, sabiendo que yo moría por cada una de sus conjunciones y huesos y suspiros. Me besó, dije solamente.
Ya nunca más él y yo fuimos más de él y yo. La siguiente vez, cinco meses más tarde, él se había enamorado y yo me había muerto. Siempre un trozo precioso de la vida que tuvimos será la casa de Agua de Cartuja número 22, las cajetillas de Pall Mall vacías, la guitarra que él tocaba, su cuadro encáustico con el hueso amarillo, un jueves por la tarde solos en la casa él y yo, la Gran Vía de su mano, la noche del guante y sus dedos acariciando lento la parte de atrás de mis rodillas, mi nuca, la otra noche después en que Dani nos dejó su cuarto, los días últimos de junio en que lo esperé, su abecedario secreto en la plaza. Y será siempre él el poema de las paredes desconchadas y la mayor traición.