lunes, septiembre 26, 2005

Tuñón y Caeiro

Me vendo barata al desatrevimiento. Pero quién sabe lo que es para mí darme cuenta en un segundo de que me domestiqué, de que cedí y me volví luna, de que prefiero quedarme en casa de pronto siendo geógrafo y que otros me traigan los datos. Me canso. Elijo y luego me canso de mi elección. Nada más fácil, se dice, cambie usted el sentido de su marcha. Uf. Eche veinte centavos en la ranura. Bueno. Hecho. Y ya está, es cierto que se empieza a ver la vida color de rosa si echas la moneda.
Estanco, anoche leí de nuevo. Quizá por eso se me ha ido la olla hoy, porque era mi poema y estaba yo y fui yo en él otras veces y ahora escribo listas de supermercado y traduzco guiones de documentales de televisión, y todo es bueno puesto que lo escogí, pero a veces me digo y si no me tapo la cabeza. Y esas mismas veces me digo que yo no tengo talento ni quiero ser una portada. Entonces me siento y escribo 35 mails para al menos escupir algo en palabras y no convertirme en ostra lingüística dentro de esta casa vacía o llena de mantelitos y cubiertos y platos con cenefas y sin un sofá y sin un amor, y sin dios sin vos sin mí.
Luego a veces, también, tenemos miedo al ver la incomprensión en los ojos de los otros, en sus ojos. Porque quizá no seamos apropiadas para el mundo y lo único que nos quede sea verter nuestras tristes sucias deslavadas palabras en un papel y que se piense que artesanalmente construimos y queremos construir cuando esto son sólo lágrimas o gritos que no nos atrevemos porque somos mayores y dejas de pensar que a alguien le interesa saber o ser pañuelo o acercarse a prepararte un té con clavo y canela. Porque quizá lo que pasa es que espero y yo debiera ser mi propia proa.

domingo, septiembre 25, 2005

El payaso y la enana

Un día que quizá fue ayer (confundo los días), una enana se encaramó a una silla de un bar innoble frente al Congreso, y se tocaba y retocaba el pelo, un pelo asqueroso, como requemado hace 5 meses en la peluquería pero tratado con cariño visón. Primero trenza, luego suelto, luego trenza. La enana encaramada reía y reía mientras su marido payaso borracho la miraba torvo o torcido o amargado o harto desde otra silla de otra mesa. Y es así la vida realmente, las mujeres enanas que luego saltan de las sillas y van al piano desafinado y tocan algo poco parecido al cuaderno de Ana Magdalena, las mujeres que engordaron y se quedaron criando hijos desvalidos en casa, y luego resulta que las desprecian por no seguir en brillo, por no seguir trepando trepando la cuerda hasta Sirio, hasta Antares, hasta alguno de esos sitios que no existen pero están a la alcance para que se piense que sí que se puede, arriba, más arriba. Ése es sólo el espacio que se vislumbra en el beso, en la piedad, en el hambre, en algún miedo o vértigo o esquina de la calle. Quién puede decir que estaremos a salvo de nosotros mismos, de nuestra ansia por seguir, de no dejarnos morir como un caracolito.

Hoy

Y las estufas. Y los libros que imaginas que podrías escribir si tan sólo te sentaras y no tuvieras que lavar la ropa, o ir a comprar una bombilla y el pan, rellenar papeles, pedir hora para la ecografía, si sólo tuvieras de nuevo veinte años y todo el tiempo y la primavera de ese año para sentarte y escribir. Vivimos y luego cuando no nos dejan vivir más porque todo se enreda en las patas de la mesa, queremos contar que vivimos mientras nos recostamos cerca de la estufa para no tener frío mientras afuera llueve y los que viven se mojan el pelo, los abrigos, las ganas.

viernes, septiembre 09, 2005

El florero azul

La ciudad rechina de piqueteros y gente enfadada, gente hambrienta, gente que durmió anoche en cualquier parte y otros que durmieron en brazos de las chicas. Qué raro que sople el viento y yo vea desde aquí los edificios lavados por la lluvia pero tan sucios como siempre. Por lo menos no es una suciedad Lieja, ésta es orgullosa y queda bien porque es decadencia y no desidia. Las fresias que compré el sábado pasado sobreviven en el florero azul pero se han ido despeluchando (un día vi cómo caía exactamente una flor amarilla sobre el estante), el cielo es gris, blanco, gris, blanco, gris, yo doy vueltas como peonza sobre sí misma, sobre mi propio piecito reventado de girar siempre siempre sobre sí mismo. Hay veces que es fácil decir “sigo”, y sigues. Hay otras veces en que no es fácil pero sigues igual, cayendo como la flor amarilla desde el florero azul hasta el estante.

jueves, septiembre 08, 2005

Don´t get around much anymore

Puedes cantar. Puedes gritar bajito mientras te convences de que todavía se puede. Pero si pudiera realmente hacer algo correría hasta perder el aliento, con el viento en la cara hasta a algún río, y vería la corriente, y la escucharía decir que no importa seguir o rendirse, que importa sólo seguir porque hace tiempo que te vendiste, gusano. No soy de las buenas, tal vez, pero a veces soy muy buena. Y eso es lo que me importa. Que clavé un clavo y que luego gracias a eso la luz de la ventana es naranja roja amarilla azul y verde a través de un cristalito traído de muy lejos. No importa que el cristal se rompiera antes de colgarlo, ME IMPORTA UNA MIERDA, renuncio a esa asquerosa manía de la perfección literaria. Quiero, un rato, vivir. Siempre que me emprenden estos ataques de ser luego me aplaco y se acabó. No quiero acabar como la enana encaramada en una silla de La Salita. Estoy loca, está clarísimo, acabaré huraña hurgando las basuras y convencida de cualquier cosa que parezca una convicción. Porque de dónde nace mi amargura que no la podemos diluir en la corriente demás de la vida. En dónde se quedó todo retorcido. Pero el humor. Pero ver de lejos. Pero. Sí sí sí, pero el camino hasta la salida hay que recorrerlo. Supongo que siempre fue así, esa convicción triste de que no se puede, no se puede, salir, en la que ni siquiera creo en serio. ¿Seré una persona triste? ¿Seré una triste, simplemente? ¿Qué soy? Alguien con miedo de saber que es de a dólar la hora. Y no lo soy. Yo sé que no lo soy. Pero dónde estoy, alors, merde.