sábado, octubre 29, 2005

La felicidad era esto

Es extraño. Esa desconocida manía mía de hurañearme cuando todo lleva ese aire perfecto glissando. Quién puede entender la enfermedad cuando, no sé, miro por cualquiera de las ventanas y puedo ver la cúpula del Congreso tan verde como cualquier claraboya luxemburguesa, o la llamarada de la fábrica por allá por el sudeste, la cárcel de Caseros. Y eso no es nada comparado con la vista interior, esto es, el amor.
Cada día empieza a ser un día. Separado. Ojalá pudiera decir que he aprendido a respirar, pero no sé, espero siempre el revés. Pero ocurren historias. Historias que no sé contar porque estoy embebida de nuevo en mi propia historia, en sólo ser y sólo ver con ciertos ojos un día y otro día. Puedo contar historias de enfermeras y médicos sanguinarios y médicos buenos de la Fundación Araoz donde él estuvo internado. Puedo contar que pero no me importa nada, ni la primavera extraña de esta ciudad, ni Calígula con pelo brillante, ni una canción muy bonita que no recordaba de Chico con Bethania. Y sólo sé de algunas horas en las que estamos él y yo y pasan cosas, otras, que nadie sabe y no se pueden computar.
Así que, no sé, soy feliz.

sábado, octubre 01, 2005

Después de Pinter

Salimos del teatro Beckett y andamos 22 cuadras de Corrientes para llegar a casa de Carolina. Ella estaba con la cinta métrica en el cuello, haciendo un patrón de chaqueta, camiseta amarilla. Es bonito ir a ver a Carolina a las 2 de la mañana y encontrarla así, con la luz graduada y el pelo recogido. En la esquina de Corrientes y Canning se tiraban piedras y corrimos hasta la parada del colectivo.

Calígula aprieta la tecla Del

Siempre hay alguna vez autobuses de madrugada, y siempre hay su cabeza en mi hombro y él dormido y hay yo que nunca estoy segura de llegar a casa y lo despierto antes, o después, y es una lástima, se está tan bien de madrugada en los autobuses. A veces confundo las calles de Villa Crespo con las del Poble Sec, el 168 con el N8, todo es la misma ciudad por la noche si Martín está dormido y yo miro por la ventanilla el nombre de las calles y me alegro al reconocer.