sábado, noviembre 04, 2006

Las cosas cambian

 Sin lugar a dudas, ahora no hay Balenciaga que valga, quién necesita traje de mañana, de tarde, de cóctel, de noche, quién se puede cambiar de ropa cinco veces al día y que los forros de su ropa sean de seda natural. Recuerdo siempre las fotos del vestido en el Hola que andaba rodando por casa de mi tía Isabela, el de la boda de los duques de Cádiz, unido indisolublemente a los patrones de papel, la tabla de cortar, la Singer a pedal, los cuellos de guipur y pechos de encaje guardados en una caja. Nada que ver imagino con el taller del Maestro pero es como nostalgia mía pensar en la costura tan indisoluble a Audrey Hepburn en Charada con todos los Givenchys como a las mujeres de mi familia. Menos mal que Isabela me enseñó a hilvanar a la antigua.

Avenida Rivadavia cicatriz

 Me volví andando de la consulta porque hácía una mañana esplendorosa y ahora ando con el sentimiento de despedida colgado todo el tiempo, ahora es desde que el jueves decicí que una vez todo cerrado me vuelvo, aunque volver no sea volver porque no vuelvo a ningún sitio en el que haya estado antes. La plaza Once estaba como suele, imagino, un sábado por la mañana. Creo que me costará menos la despedida ahora en la primavera, cuando hace sol y no ese perenne cielo gris y sudestada cochambrosos. También es más fácil si organizo reuniones bateau lavoir a las que no viene nadie y tengo que bajarles los porotos a los cartoneros.
Estoy sensible demasiado y como si estuviera esperando algo, síndrome Libertador San Martín, no sé, quizá debería ir hasta el bajo y pasear por los arcos del Paseo Colón para acordarme de las arcadas de El Puerto debajo de las que se pone el señor ése que vende las carnadas para los pescadores y las navajas todavía vivas, pregutarme cómo estará el mar.

Mientras tanto

 Fuimos al Gaumont a ver Mientras tanto, y en una escena una pareja va a hacerse una prueba de fertilidad a un hospital. Después de mis tristes periplos por los hospitales de esta ciudad, incríblemente reconocí los azulejos y las puertas y le dije a Martín "es el Clínicas". Efectivamente era el Clínicas como vimos en los títulos, lo que me puso medio triste medio hilárica.

martes, octubre 03, 2006

Museo Nacional del Grabado


Los martes voy al museo nacional del grabado que es en realidad una viejísima casa colonial llena de corrientes y dos salas de exposición que nadie visita pero de donde se sustrajeron tranquilamente 590 obras como si tal cosa. Hay un patio lleno de muebles de oficina pudriéndose bajo la lluvia. Hay un profesor que desde que lo conozco tiene sólo dos alumnas. Una soy yo y la otra va cambiando, primero tuvimos a Yoko, esa gran berlinesa con la que fui al concierto de la Negra en el Rosedal, y ahora está Ana Mª, una señora así señora que imprime relieves de telas. El taller es como mi colegio cuando era pequeña, techos altos, paredes encaladas, muchísimo frío, sillas de plástico. En verano el patio aún estaba libre y a veces me sentaba en un banco a recibir los rayos venenosos del sol malvado. Tomamos mate cocido y yo intento atreverme a ser artista, lo malo es que aún llevo conmigo la maldición del borracho-profesor que en septiembre del 97 me sentenció a muerte.

lunes, octubre 02, 2006

Les yeux revolver

 C’est, entre autres griefs, pour son « regard noir » qu’un salarié avait été licencié d’un centre d’appel de la banlieue de Nancy. Il vient de gagner son procès aux prud’hommes de Nancy. L’ex-employeur a été condamné à verser 13 500 euros d’indemnisations à l’homme aux yeux revolver.

lunes, septiembre 18, 2006

La guerra electrodoméstica

La tele que ya no funcionaba antes y sólo sintonizaba un canal de Avellaneda, Canal7 (las peores noches son en las que te descubres descubriendo a una actriz amiga en Un cortado) y a veces Telefé, ahora ni siquiera se enciende. Es una suerte, qué puedo decir. Mi ordenador ha decidido funcionar a la velocidad de un Spectrum de 16k y cuando está de buenas, de un Dragón 32. La lavadora da descargas eléctricas. La radio sólo funciona en la cocina. En este estado de cosas podría dedicarme al grabado y los acrílicos, si pudiera estar sentada, claro. La primavera luce fuera con impudicia mientras yo dejo crecerme las raíces de un color que no veíamos hace tres años.

Rotulador rojo

Lo peor de ser correctora es tener que enfrentar esas páginas mal escritas y llenas de conceptos estúpidos, intentar dilucidar la idea que el autor vislumbró lejana y no consiguió expresar ni por asomo o putas, y transformar esas frases desquiciadas en algo legible con contenido. Todo por dos pesos cada mil caracteres. Sí, todo por dos pesos. Me pregunto en qué clase de mundo vivimos que permite que personas que citan la obra “La rayuela”, de R. Cortázar, sean autoridades en el mundo de la pedagogía. Me gustaría colgar cabeza abajo a esa gentuza o ponerlos a ordeñar vacas, o atarlos a una silla de enea desfondada y que alguien les leyera las obras completas de Piaget en chino durante el resto de la eternidad.

Little girl blues

El mate frío, el gato que me ignora, lunes por la noche, me doy cuenta de que no me hace la más mínima falta subir a un escenario a cantar para ser pero que no estaría mal. Tengo ganas de salir hasta que amanezca y después de una noche aburrida y quizá nefasta pensar que nos lo pasamos bien. No importa ningún plan porque estoy encerrada en casa y por culpa de la maldita obra social que no tengo y de haber decidido vivir en el tercer mundo, me tengo que tragar los ligamentos rotos hasta que me toque en la lista de espera. Me enrabio tremendamente al acordarme de todos esos días que elegí quedarme en casa cuando tenía movilidad, juro por los muertos de mis ancestros cartagineses que cuando pueda volver a apoyar la puta pierna no volveré a casa en quince días, me pienso recorrer todos los antros porteños, andar por las peores calles a las peores horas, hacer amigos raros que luego pueda invitar a casa y me llamen a cualquier hora para consternación de Juan Martín. Y si ya me da el soponcio planeo aviones que me devuelvan a mi país de origen, aviones que no puedo pagar y en los que no podría resistir doce horas con la pierna en este estado. Jódase, Pérez. Soy una idiota.

jueves, septiembre 14, 2006

Tener un buen lejos

Creo que es lo mismo que cuando mi madre me dice que soy una novelera, las cosas con buen lejos me arrastran por una literatura o un barro por el que me arrastro así ensangrentada de emoción. Cuando termino de revolcarme y escribir miro para arriba con la cara llena de toda esa porquería y me digo: ¿qué hago aquí? Me levanto y me limpio, el tiempo que tardo en encontrar otra literatura en la que chapotear renuncio a quitarme los restos de la otra. De charco en charco, se podría titular también, mi vida.

jueves, septiembre 07, 2006

Isn't it romantic?

 No hay nada como una canción de Rogers y Hart para pensar en vestidos de sedas y satenes y guipures, cuando todavía no se conocían los tejidos sintéticos puercos, en esa sensación de llevar medias buenas que hacen frufruses al rozarse, la nuca perfumada y las muñecas preparadas, las hebillitas minúsculas de unos zapatos de tacón, lejos muy lejos de las historias de producto interior bruto, nuevo cine argentino, padre triste, Tinelli, Aznar dando por culo. Ojalá la vida fuera un baile para el que te preparaste con ayuda de una amiga. Por lo menos lo desindultaron a Videla.

viernes, septiembre 01, 2006

llueve

El gato del word ahora juega con una mariposa. Hoy termino la traducción maldita del guión de los peruanos. Hace seis semanas que no tomo anticonceptivos y soy otra, no más accesos de locura total en los días 12 y en general. Es viernes por la noche y todo el mundo hace sus planes y yo me tengo que quedar en el sofá con la pierna escacharrada y vestida de pordosiera, Julia Luz se va a bailar, Martín va al cumpleaños de Maracacamián, Calígula duerme cual marmota en invierno, no sé dónde andan todos los demás. La perspectiva de ver los Tenenbaums o Liberty Valance sola o con muchas palomitas se me hace triste, a los enfermos les gusta que alguien los acompañe un viernes por la noche.

L'orgueil de la maison

Ha venido Calígula a mendigar amor, maullando como si tuviera hambre, me lo he subido al sofá y en un rato se ha cansado de chuparme los dedos y de restregarme su cabeza. Qué cosa. Porque bien mirado un gato es un animal inservible, así en términos asquerosamente prácticos, es como una chinoiserie, un gato. Es totalmente superfluo ver como se despierta de sus siestas y se estira y bosteza y te mira ojos verdes mientras sale del letargo y tan tranquilo se relame y va a beber su agüita. Por qué se vuelve importante que se arrime por la tarde a mi costado en el sofá y mientras yo traduzco y sufro él duerme y duerme y se acurruca y no hay otra cosa en su vida más que estar y pisar con sus patas elegancia las losas del salón. Por qué necesito que venga a verme de cuando en vez con el nanas en la boca para que se lo tire y él vaya a buscarlo.

Buenos Aires para turistas inquietos


Desde mi casa burbuja, desde este piso 23, recuerdo Buenos Aires en este encierro titulado quién me manda a mí a esquiar, así como su fuera otra cosa de lo que es, como a veces recuerdo Barcelona si pienso en sus bordes buenos, o Estrasburgo si recuerdo sólo el último mes que pasé allí, o etcétera, me acuerdo de Buenos Aires como si hiciera tres años que no viviera más en él. Y tiene esa chispita de ciudad que luego encuentras tan poco cuando estás dentro, esa chispita que puede ser una condensación de Carolla a la enésima potencia con sus cócteles y scoutings y tienda exacta donde comprar esas merceditas con lacito. También la recuerdo como al principio, cuando llegué y pensé que éste era mi lugar y mi sitio, antes de que la argentinidad me empezara a machacar los deditos y las iniciativas, y Buenos Aires fuera todavía Tuñón y Gombrowicz. Desde arriba no sé si tengo ganas de sacar la cabeza por la ventana y escupir o volver a salir e intentarlo de nuevo, ya que estoy, ya que nunca viví tanto tiempo seguido en el mismo sitio desde que iba al instituto.

jueves, agosto 31, 2006

Cosas que le gustan a Calígula

Ravel, el jamón de york, el dulce de leche, dormir en mi barriga cuando trabajo en el ordenador, la patata cocida, el dulce de batata y el pollo, la mermelada de fresa, comerse las bolitas de madera que le quedan a mi jersey marrón comprado en Inglaterra, Yves Montand, morderle el pelo a Caroll y a Pato, tumbarse encima de los cuadernos, asomar la cabeza por la ventana del lavadero, la corteza del pan de molde, el estropajo de aluminio.

miércoles, agosto 16, 2006

Siempre quise una novia con diéresis

Eso me dijo una vez Manu, también me dijo: hay que tener en cuenta esas cosas. Esas cosas son la literatura. A Martín todo le parece incomprensible y absurdo y deshilachado y susceptible de matemática porque alguien murió. Yo nací muerta y todo me parece comprensible si está novelado o en fílmico o en partitura, y si no lo está yo le pongo las acotaciones para poder digerirlo. Mis mundos son siempre de mentira porque los arreglo yo antes de dejarlos entrar en mi organismo, los recorto y los encuadro o les busco el referente, el plano grúa, o me imagino a Dédalus bajando la escalera de caracol. Me gusta estar presente en lo que pasa, me gusta morirme cada día y sufrir y ser feliz en un minuto y hacer y deshacer y no poder más y querer más y ser un desastre de sentimentalidad y desarraigo y también fortaleza y capacidad, no sé de qué, pero lo que sea lo tengo que ser ya, antes de que se me apague.

lunes, agosto 14, 2006

La felicidad era la idea

Me miro los ojos tristes, recuerdo otros ojos míos menos tristes, ¿no será conjuntivitis? Mi vida es como Elis Regina cantando, somos contentos pero esa intrínseca melancolía inagotable que nace en cualquier zona susceptible de que se la acuse de no estar bien pulida existe siempre quizá por apetencia nuestra quizá porque va con la firma. Todo es reflejo rosa afuera en los miles de edificios y el río color gris Vargas, mi gato me busca para jugar, ele va voltar tarde, sigo traduce que te traduce, el viernes canto. Ésa es la idea, la felicidad, para eso cruzamos el océano y dijimos que lo volveríamos a cruzar mil veces, qué tramposas las palabras.

Él es el centro y los suburbios

Él es el centro y los suburbios de mi vida, mi vida llena de listas y de ciudades ahora extendida a la única lista y a la única ciudad suya, cómo podría irme a ninguna otra parte si ya las visité todas, guardo los folletos, y ni ganas de lejos de volver, ni de ir a Filipinas como Nerea. ¿O sí?

Su voz

Qué cosa que en una habitación enorme llena de gente yo escuche su voz, lejos, detrás mía, a otros dirigida, y como en la canción, en todo su ancho distinga la voz tan tierna de mi bien amado y cierre los ojos y sonría y piense “es su voz”.

viernes, agosto 11, 2006

Lentejas

Hice lentejas para un montón de gente, y casi puedo hacer un estudio sociológico, porque cuando vivía en Francia e invitaba a las personas había otros menús (entradas, plato principal, acompañamiento, quesos, postre, café), y cuando vivía en España e invitaba a otras personas había otros menús (entradas, plato principal, acompañamiento, quesos, postre, café), aquí en Argentina tengo que hacer una olla de lentejas y que Julia Luz traiga dos kilos de pan del oeste, y ni postre ni san postre. Lo único invariable es que siempre hay vino y compañeros de viaje.

Goza la perra

Hace ya muchos años, cuando yo era tan joven que no lo sabía, la vida era una especie de siempre que transcurría sin horarios y llena de sobresaltos. Tuve amigos y noches y paseos nocturnos y música y todo eso que los que están vivos tienen cuando son tan jóvenes que sólo tienen que devorar días y más días porque siempre quedan días. Ahora no sé dónde están todos esos con los que compartí desmanes y tangentes, y es mejor así.

Lejos del puente Carranza

Colgué el plano de Cádiz en la pared encima de la estufa, para verlo todas esas veces que me arrimo al calorcito, y así de paso se lo enseño al gato. Le señalo y le digo, mira, Calígula, aquí te dejaré suelto si te portas bien, en el Campo del Sur, para que con el acento porteño te cameles a las gatas gaditanas.

domingo, agosto 06, 2006

Yrigoyen

Julia Luz viene a casa y es como si viviera aquí, porque si no viene falta algo en la casa para que sea casa, que es la visita que viene y que parece que viviera aquí. La casa tiene un alma amarillenta de ese amarillo gastado de cojín favorito de una casa de verano, el que la haya tenido, o de baldosas de casa de Mercedes de Baza, como las tuve yo. La casa nunca da miedo, y eso ya dice mucho en su favor. Es naranja y calor en la cocina, sólo se equivoca en el dormitorio donde se hace la remolona y se deja caer sin explayarse. El gato conoce los mejores sitios y me da envidia cuando se arrebuja en el suelo enfrente de mí mesa, o en el respaldo del sofá. La casa se abre a las afueras de la ciudad y domina el cielo y es orgullosa y es mía. Nunca había vivido tanto tiempo seguido en la misma casa desde que salí de la casa de mis padres, nunca me había pesado tan poco un lugar. Lástima que me pesen el alma y los pies.

Otro souci de soi

A veces no hay manera de salir de la rebeca cochambrosa que te pones para estar en casa y marranear aunque salgas a la calle vestida de Lauren Bacall en Mi desconfiada esposa, llevas el espíritu cochambre-derrota dentro. Otras en cambio, y esto es una cosa hinezplicavle, aunque andes por casa con la camiseta ésa grande que le dieron a Martín en una competición de natación, y una cola deshecha y las gafas llenas de churretes, estás más elegante que Gene Tierney en Laura. Debe de ser eso que llaman la belleza interior.

sábado, agosto 05, 2006

García Lorca

Envidio a veces a los que no tienen incrustado en la sangre ese sentimiento trágico de la vida que a mí me regalaron al nacer, el fatalismo que no sé si viene de la tierra en que nací, o de esa madre Bernarda Alba que me tocó en suerte, de Cartago o Casablanca, de las coplas de doña Concha Piquer o del Camarón, ay, Cádiz, qué lejos estás.
Yo no puedo vivir con tranquilidad un día tras otro día, no puedo no puedo, se me enciende la máquina dramática por dentro y no hay suficiente combustible en el planeta para alimentarla como ella quiere. Me hubiera pasado las noches desgarrándome las vestiduras después de que el gato rompiera el tarrito de arena de Egipto, por eso no veo los telediarios, el mundo tiene que estar igual de desastre que siempre o peor, el salvajismo de la humanidad multiplicado por mil en esta época de inmediatez, rápido, rápido, asesinemos rápido no sea que a los periodistas les guste más otra sangre lejos muy lejos. La otra noche vimos La pelota vasca, y de verdad que se me inflama la vena de arrasar el planeta a sangre y fuego, como cuando veo las pelis de Costa-Gavras, instaurarme Iskander y que florezca de nuevo la civilización impuesta, pero también me dan ganas de vestirme de luto y llorar al pie de un árbol en cuclillas hasta que se me seque el alma y decir, por dios, los hombres, inconscientes y vanos hombres incapaces de quedarse en casa e ir de noche a la taberna sin que les entre ese soplo de conquista y beligerancia.

El síndrome del tomate perita

Cuando dos personas así enamoradas viven juntos pasan muchas cosas domésticas que según como uno o dos se las tomen pueden ser venenosas o risibles. No sirve de nada negar la evidencia de que hay parcelas de la realidad que no sirven para nada y sin embargo ocupan nuestro tiempo y nuestro pensamiento, ése que siempre reservábamos para versos de Blas de Otero, o ideas de Barthes que nos reconcilian con nosotros mismos, y que a veces se deja invadir por moscas inconvenientes como pueden ser, por ejemplo:
-para qué cosas son mejores los tomates peritas que los de toda la vida (el gazpacho, las salsas de tomate, la sopa de pescado)
-cuál es la mejor marca de detergente.
-las fechas de cumpleaños de los primos del otro.
-cuándo hay que cambiar las sábanas.
-el vencimiento de las facturas.
Etcétera por favor. El peligro que corre el amor es que se lo sustituya paulatinamente por ese sentimiento entre resentido y cumplidor que se tiene hacia los compañeros de piso. Mis padres por ejemplo son una máquina de engranajes perfectos de la domesticidad, su frigorífico y su despensa son el sueño de una familia hambrienta de catorce personas. Qué decir de su amor sepultado por los filetes de pollo catalogados en el congelador, de los sábados por la mañana y por la tarde pasados en supermercados y fruterías, así, a dúo.
Por eso hay que bautizar las cosas, ponerles un nombre de catálogo para identificarlas y matarlas en la cuna. Y esta cosa de la que hablo se llama desde hace tiempo el síndrome del tomate perita. Marco Aurelio prohibía hablar de la comida, el vestido, el dinero, y la salud, esas temas tan tentadores cuando uno anda en la cocina, o cuando la cocina es el único punto de encuentro en muchos días, son como rompedores del pudor que nace absurdamente con la convivencia, siempre se es más atrevido con los desconocidos, no le vas a soltar a ese chico tan bien apoyado en la pared con su camiseta raída y su barba enmandibulada ¿no crees que los tomates peritas son mejor para el gazpacho que los otros?
La casa suele ser una tentación de calidez en medio del infierno que puede llegar a ser la Ciudad, un refugio que puede ser prisión; sin embargo qué mejor no sería que el sol brillara suave y las noches cálidas fueran de sentarse bajo un parterre sobre la piedra y charlar con los que llegan con vino e historias, que se oiga el mar rompiendo no muy lejos, y que luego puedas volver a casa caminando, que no haya televisión que encender antes de irse a dormir.
Así que el secreto de una buena convivencia es nunca prohibirle al otro que le ponga comino a los chícharos (a no ser que sea una metáfora), y que nunca jamás te vea fregando la bañera con su pijama preferido puesto. Y vivir frente al Egeo o el Caribe, si te toca llorar es mejor frente al mar.

Mi padre

Hace más de un año que no veo a mi padre, nunca había pasado tanto tiempo en mi vida sin verlo, a mi padre, una vez estuve cinco meses, y cuando volví él había envejecido cinco años. Cómo estará ahora mi padre, es incomprensible que yo esté en este país con el mate en la mano, mirando cómo desmontan la cárcel de Caseros por la ventana, mientras mi padre en alguna parte del otro lado del océano ve cómo pasan sus días pensando que su padre murió a los 63, cuándo me tocará a mí.
Mi padre en su sillón con las gafas puestas escribe sus poemas sobre espigas o marineros, hace muchísimo calor y mi madre no quiere salir, y por otra parte salir adónde, a dar un paseo cansado con esa mujer enferma enganchada de su brazo.
Me lo estoy perdiendo, a mi padre, ese hombre que se vendió a mi enemigo y me mató, ese hombre que a veces malo y a veces bueno siempre fue mi padre, siempre fue un libro, la preocupación por mis fiebres y mis desplantes; y al final no fui yo la hija más descastada ni más díscola, al final yo soy los padres de mis propios padres, unos padres irresponsables soy porque mientras ellos ven el sol ponerse en el Atlántico yo miro la cúpula del Congreso verde, achicharrada de mierda, reflejar poco a poco ese sol moribundo que está harto de alumbrar esta mierda de planeta. Me importan esa misma mierda los israelíes, los palestinos, los tutsi y los coreanos, porque hace más de un año que no veo a mi padre.

miércoles, agosto 02, 2006

Almuerzo en soledad número 97

Escucho el cd de Elis que me grabó Dani en tiempos inmemoriales, para asegurarme el sostenimiento de la melancolía. El día es frío pero no de ésos tan fríos que el cielo se queda limpísimo de azul y el sol brilla y nos queda una esperanza, es un día de invierno de mierda, nunca volverá el verano en la orilla parece. Calígula duerme en mi regazo como hacía de pequeño, la casa está ordenada hasta enfermizos límites, tengo faringitis. No sé si me preparé polenta o tortilla francesa, mis comidas solitarias últimas. Antes comía otras cosas, son épocas. Creo que es termómetro indiscutible del estado del alma lo que uno come cuando come solo.

viernes, julio 28, 2006

Canción de amor de Otegui-Pérez

Yo antes caminaba andenes a paso rápido para verte salir del único ascensor.
Ahora seis ascensores multiplican la posibilidad del desencuentro.
Antes de tarde, de noche o de mañana íbamos a algún lugar con rocas y ese mar-charquito falso.
Antes yo podía medir tus angustias en el motor muerto bajo la lluvia de Jesulín.
Ahora te ahogas solo y no hay ayuda en carretera a la que esperar, juntos, a que termines de girar, y escupas, y vuelvas.
Todo era frágil y leve y peligroso y huracán, nadie nos creía.
Ahora todo está sentado y por escrito y castrado como el gato, todos asienten moviendo la cabeza.
Seamos nuestros un rato cuando la vida nos golpea, a veces no puedo respirar de rabia de existir, no sé dónde estás; si pudiéramos recostarnos en un césped o rompeolas o taza de café,
Si hubiera cinco minutos secretos para volvernos a conocer,
Para decirnos tú no sabes, sí, sí que sé.
Las dos ciudades fueron malvadas y asesinas, y yo siempre fui una loca hambrienta, y tú un bichito rabioso.
Sin embargo fuimos Barcelona. ¿Y si ahora, contra su voluntad, domáramos a esa mula bonaerense?
Sólo nos falta una frase dicha bajo el sol, o en el colectivo, o al cruzar una avenida peligrosa. Sólo nos falta tiempo, una tranquilidad, una mano como cuando me alargas el mate.
-No te mueras más sin mí-

sábado, julio 08, 2006

Segunda canción de amor de Otegui-Pérez

No hay un libro de instrucciones que nos diga dónde poner las piecitas de la vida para que todo gire y gire sin aceite lubricante pero hay un libro del amor que no está escrito y sabe todas las cosas todas necesarias para las distintas felicidades pequeñas y posibles.
Hoy mientras estaba en la cocina pensaba en cómo sería que volvieras hoy a casa, porque yo te estaba esperando y tenía tantas ganas de verte, es como si los horarios me interrumpieran el curso de lo que debiera ser-pasar. Está bien este tiempo en el que me doy cuenta de que volverás a casa en algún momento, que no se acabó Otegui-Pérez, que seguimos sabiendo el uno del otro y que aún si me dejas puedo morder tu barbilla. Siempre cargo con el principio de incertidumbre de esta historia, y por eso cada vez que nos encontramos en un lugar que no es nuestra casa me pongo considerablemente nerviosa y me da el pánico escénico. Quisiera comprarme un sombrero diferente para cada cita. Lástima que ahora tienes tantos horarios que no queda espacio para cafés o solecitos ni sombreros nuevos.

Hoy tiene la hache triste hoy

Llegó el frente frío para hacerle frente a esa incomprensible oleada de humedad tropical que agradecimos en realidad porque no hay nada que más nos estorbe que el frío y la ropa, capa y más capas. Ahora en El Puerto hace calor y la gente va a la playa y se baña tranquilamente en los océanos, se come un helado en cucurucho de sabores normales como vainilla, turrón, fresa o chocolate, nada de mandarina-mango, super-extra-dulce-de-leche-triple, o frutos-del-bosque-recogidos-al-amanecer. Cómo sería volver, me pregunto, un rato, sin que nadie se dé cuenta de que has vuelto, ver mis viejas películas, sufrir los momentos ésos reencuentro y el dolor de despertenecer porque quise irme, la falsedad de las Ítacas una vez que bajas del tren y te abrazan y luego llegas y esta todo igual, la vida de los otros.

Amor verdadero o falso

Creí que se me pasaría con el tiempo pero cada vez estoy peor, creí que sería igual que siempre fue, introito, tema principal, variaciones, y poco a poco el ritardando y el fin. Pero no, aquí persiste no incólume sino enfurecido mi amor barcelonés (a veces echamos de menos Barcelona, esa oscuridad nocturna construida con las manías ahorrativas catalanas, las palmeras, la fiebre general de estar allí, Vía Laietana), transportado a través de un océano al parecer moribundo, todo lleno de bifenil polibromida, nos morimos, pero yo sigo empeñada, a pesar de todos los embates malsanos de la economía destruida de este país, a pesar de la viveza criolla, de que San Telmo se pervierta a precio dólar, a pesar del peso de la montaña barilochense. Quizá es que todos los demás son amores ambientales y éste nuestro es amor amor, ni encoge ni destiñe.

We all want something beautiful

No es tan difícil de comprender, me parece, esa pulsión tan compartida por el brillo, todos aspiramos a tener algo que pueda ser cantado, y algunos a componer esa canción que nos canta a nosotros en los momentos en que nos tapamos la cabeza con la sábana de felicidad terrible o de terrible desgracia.
Lo que quiero decir: nadie quiere ser anónimo o no ser nunca acariciado, acabar con una gabardina parduzca y un gorro de lana merodeando por las estaciones, que nadie jamás lea tu blog o te hurgue el bolso a escondidas. Nos da miedo estar solos porque nos da miedo sufrir solos, queremos espectadores que otorguen sentido a nuestro teatro privado de existir.
Y si se quiere, se puede recordar que estamos siempre a punto de morir y quizá se perciba mejor la muerte en esos instantes ínfimos de infinita plenitud, en la alegría garrapiñada, en el sexo, dentro de una casualidad, o cuando simplemente caminamos juntos por la avenida Belgrano y cruzamos, juntos, la 9 de julio.

viernes, julio 07, 2006

400 pesos

A veces me abrocho el ego y uso pañuelo y zarcillos largos como solía y salgo a la calle, cualquier trámite es excusa para que me parezca una aventura. Si puedo ir contigo unas cuadras es mejor caminar como si estuviéramos dentro de una película. Si estoy sola observo a los dos hermanos del subte hasta Perú con cara de tristeza de volver a casa, o a ese señor que esta mañana en Sarmiento iba tirando unas muestras de champú al suelo y luego se escondía en un portal a atisbar si alguien se agachaba a recogerlas.
Hoy ha terminado mi paseo en fracaso porque hacía mucho calor y yo llevaba puesta mi rebeca larga de lana negra y estuve a punto de perecer en Diagonal Norte y Mitre del sofoco. En la cola delante mía un señor intentaba que le pagaran hoy para comprar sus medicinas. A me dieron la miserable paga por trabajar en el festival de cine, y me volví a casa haciendo la estupidez una vez más de equivocarme de sentido y dar un hermoso rodeo.

martes, julio 04, 2006

Lennie Tristano

Tiene el ranking mundial de lo que va de mes con Intuition. Luego a veces el disco de Zizi Possi (me conformo en mi vida con grabar un disco así de maravilloso), y el Hejira de Joni.

lunes, julio 03, 2006

El transformador

Fui con Julia Luz a un concierto de jazz contracturado, a esta hermosísima casa que llora y en la que alguien, alguna vez, seguro, me apuesto el cuello y el anillo de casada, fue feliz. Ay, casi nos transportamos en el tiempo con todos esos jóvenes en tricota y chicas despeinadas, mientras uno está tan lejos, leyendo a Crével, eso dijo Cortázar cuando aún nosotros llevábamos tricota y no nos peinábamos jamás de los jamases. Ahora leemos a Crével y recordamos con nostalgia. Pero, en fin, estuvimos allí respirando los aires veinteañeros, viendo cómo es posible juntarse en una casa que fue una casa y ahora es un centro de conspiración por el que pasan los que pasaron siempre mientras tuvieron la edad de pasar. Los viejos sofás, los cojines en el suelo, las cortinas improvisadas, la música que aún rabiosa quiere ser única y expresar. Y yo queriendo entrar, toc toc, pero qué lejos estoy, además sólo podía escuchar la casa que decía, volved, volved. También pensaba en que en realidad me gustaba tanto estar allí, con Julia Luz y la chica tan guapa amiga suya, pero que si me pusieran dos bandejas así con guarnición, en un lado eso, la casa, el concierto, las personas y las consignas del general Marcos, y en otra, Martín, yo me volvía tan tranquila a casa. Me parece que me estoy convirtiendo en mujer.

sábado, julio 01, 2006

El tren del oeste

Este país, para qué voy a decir más. Ayer me fui a Castelar en el tren repleto de personas viajando al oeste, nadísima que ver la manera de transportarnos a nuestro destino con la manera de transportar a los hermanos argentinos que viajan en dirección norte, parece que ellos tienen el culo y el tacto más sensible que los que van a Moreno, que debe de ser como el matadero municipal, conforme van llegando los pasajeros en los vagones los sacrifican. La estación de Retiro es como la de Wroclaw, pero la estación de Once es como la de Calcuta. En fin, yo llamo a la revolución.

Contra la estupidez de este mundo

Ya lo he escrito en los azulejos de la cocina, sólo queda reírse o morir. Yo me río pero sola me muero. En realidad estoy muy contenta pero me siento a escribir y soy incapaz de escribir las chispitas que son algunas veces los cafés, las noches, el agua para el mate, sólo la queja. Estoy muy distraída y no cronometro los momentos, vivo después, no tengo las aletas de la nariz preparadas para el abordaje. Alunada. He puesto Hejira en cuatro reproductores diferentes del ordenador, intento respirar ahora y sólo ahora pero todo está reverberado como la música. Vivo dentro de una pecera aunque prefiero pensar que vivo bajo el océano. O quizá soy el océano y prefiero pensar que vivo en una pecera porque me asfixia todo ese espacio sin aprovechar.
Dibujo el dragoncito. Grabo en la plancha. Preparo el almuerzo. Miro por la ventana y veo la nube verde moco que flota sobre la ciudad ni siquiera amenazante, sólo fantasma que se va. También luego hay un reflejo rosa del sol reverberado sobre las losas del salón. Puedo proponer café con leche y apoyar la taza en el suelo, creer por un segundo en la placidez y una tregua pequeña hasta que se vaya el reflejo y la nube verde devenga marrón.

19 meses

Hoy vino Julia Luz a tomar mate y reírse. Luego salí a la calle y no tuve frío. Hoy para conjurar esa tentación del sentir frío y así convocar todas mis inclinaciones de anciana me puse medias de rayas y zapatitos. Y salí a la calle después del atardecer. No es fácil, señores, me siento como los convictos de las películas norteamericanas cuando salen y son incapaces de adaptarse a la vida “de fuera”, me cuesta dios y ayuda arrojarme a esa jungla porteña que no tiene nada que ver con lo que esperábamos. Yo esperaba una París acriollada, mente calenturienta cebada de la literatura de un montón de falsarios. Ya he dicho un millón de veces que a veces Buenos Aires es Buenos Aires, aunque a lo mejor lo que ocurre es que a veces yo sintonizo con el pulso de la ciudad y me quedo quieta, callando, ejercicio que me resulta casi imposible estos días de negación. Ayer, en el 110, bajando por Las Heras, por ejemplo, me tuvieron las ganas ésas de no bajar nunca y seguir seguir, hasta el océano o donde fuera, calles y cuadras y la ropa de la gente que cambia según el barrio. Luego se me pasó, bajé, escuché el acento y me extrañé, como si no hiciera 19 meses que vivo aquí.

Canning y Corrientes II

Volví a ir a Villa Urquiza, no iba desde el año pasado, fui en el 110 desde Las Heras, me pasé de parada, no me di cuenta hasta que vi la puerta de su antigua casa. Luego caminé contrasentido dos cuadras, así que tuve que andar cuatro cuadras para atrás y me sentí como una idiota.
La casa nueva es como de recién casados, toda blanca y con puertas acristaladas de suelo a techo que dan a un patio pequeñito. Tomamos té y galletas con ajonjolí y cortamos el patrón de un pantalón. Las dos andamos barruntando ataques y murmuraciones, así que es mejor que escupamos juntas para que no se nos asusten los niños. Atardeció y todo estaba oscuro porque todavía no hay electricidad. Me fui cuando volvió Chapa a casa, me equivoqué de nuevo de sentido y caminé en total 13 cuadras gratis en este segundo despiste geográfico. Hacía frío y estaba fastidiadísima, sobre todo por estar fastidiada, todas las tiendas estaban cerradas y Canning a esa hora es como lo más triste, sólo quería llegar a casa y hacerme un Cola-Cao, abrazar al gato, encender la estufa. Desear eso me deprimió todavía más, es muy patético de mi parte que una temperatura de 11 grados y un poco de viento en contra y ser tan estúpida como para equivocarme constantemente de sentido puedan con mis ganas de ser en la ciudad. Luego ya me fui en el subte hasta Uruguay y vencí y entré en el San Martín, me senté un rato en las escaleras a ver si así recuperaba la visión de la alegría de las cosas. Al menos me sentía a salvo, no sé de qué, pero a salvo, me quedaría a vivir en ese vestíbulo. Decidí quedarme a ver Lear, pero no la estrenan hasta el sábado, así que me levanté y arrastré los pies hasta Talcahuano y luego hasta casa, compré naranjas de zumo y efectivamente abracé al gato, encendí la estufa y me sentí levemente derrotada, aunque no lo suficiente porque me reí de mí misma y supe que esto también pasará. Tengo entradas para el domingo para Lear y para el miércoles para el Wojteck.

Canning y Corrientes I

Ayer estuve de nuevo en Canning y Corrientes, después de muchísimo tiempo, esta vez fui a otra casa, a visitar a la misma Caroll de entonces que ahora vive a ras del suelo con grandes ventanales (bow-window, las llaman en este país anglófilo y traidor) y ladrillos de menos de 70 años. También ha cambiado a aquellos compañeros variopintos y enajenados por un señor más domesticador y divertido.
Al salir y como es mi costumbre me equivoqué de sentido y aparecí en Córdoba. Tuve que dar la vuelta, todas las tiendas estaban cerradas, hacía ese frío feo que te da ganas de estar de vuelta en casa como si tuvieras 75 años, y entonces te deprimes por no soportar las bajas temperaturas y el airecillo helador característico de esta ciudad, y por sospechar de todo transeúnte.
Al salir del metro no tenía ganas de andar las seis cuadras hasta casa, así que entré en el San Martín y me senté en las escaleras. El San Martín es para mí el Tiffany´s de Holly Golightly, sé que absolutamente nada malo me puede pasar mientras estoy dentro. Aún así estaba tan inquieta, inquietud tristísima de la que te empuja a mirar escaparates cualesquiera, de ferreterías, papelerías o tiendas de pañuelos, y te hace arrastrar los pies por Corrientes, estúpidamente intentando multiplicar la posibilidad. Me quedé sentada un tiempo considerable, no sé, un millón de años, me imaginé tomando un café en el Gato Negro y luego quedándome a ver el Woyzeck, pero en vez de eso me fui a casa y abracé al gato y le dije: no hay manera.

viernes, junio 30, 2006

alioli

Anoche preparé un alioli y le puse anchoas. Esto es importante porque en otro tiempo me hubiera parecido una asquerosidad. También preparé una ensalada de arroz y esto también es importante porque en otro tiempo no muy lejano, cuando veía a Pepa en su casa frente al Hipercor comer arroz frío me parecía una asquerosidad. Con todos estos disgustos superados el placer de cenar es mayor. Martín volvió de su rodaje maquillado y agotado y charlamos un poco, terminé de leer Peter Pan, recordé mis recorridos de autobús del día, me dormí. Luego él me despertó como en los viejos tiempos.

miércoles, junio 28, 2006

San Juan

Fue San Juan, hicimos una fiesta en casa, muchas mujeres, cada una disfrazada de sí misma y con sus cosas y sus seres y sus dientes y muñecas. Fue bonito verlas a todas juntas agrupándose según distintos patrones, ascos y preferencias. Se miraban unas a otros preguntándose si eran ellas o no las favoritas. También había muchachos tan disímiles que parecían escogidos cada uno de un sector poblacional. Martín estaba contentísimo de ver al señor pantuflas charlotear con el señor dos apellidos y medio. Yo ahora que estoy así como lunar me puse contenta de que hubieran venido hasta casa.

viernes, junio 23, 2006

Fille putain

estaba pensando en eso de llegar a la tardecita y ponerte las bermudas de la selección jamaiquina de fútbol o una pollera harapienta de feria con un estampado fabuloso, boludear un rato por la casa en patas, fumarte un caño y salir a dar una vuelta. pensaba en eso y en coger. en coger toda la tarde, así desde que terminás de almorzar hasta que tenés que salir de raje y toda arrebatada porque tenías una cena hacía dos horas, ponele. te vas a los piques con el corpiño de la bikini en el bolso y te atás el pelo como viene porque se te pegotea en el cuello. menos pachorra tibiecita abajo de las frazadas y más tomarte tres mojitos al sol con la comida. o sea, menos pijama y más sábanas transpiradas, menos cenas y más bares, menos larva y más vampiro, menos casas y más calle. esos findex que estás todo el día yirando por ahí, que a la mañana hacés compras, almorzás en tal lugar, después vas a tal otro, merendás un licuado granizado o un frappuccino o te pasás todo el día de la cabeza en la pileta, chapoteando en la colchoneta inflable, rostisándote como una puerca. ducharte con agua fría, salís de la ducha y te da para encremarte y perfumarte porque no te congelás y, por sobre todas las cosas, no te molesta el pelo mojado mientras te vestís. es más, llegás a la madrugada toda pegoteada y te das un duchazo vigorizante y cogés todavía medio húmeda y el pelo se te va secando con el garching y después te queda todo frufrú mal, así onda de mil maravillas. o no, directamente no aguantás ni unos metros y cogés de parada en el pasillo, en la mismísima puerta de tu casa y no te da piel de pollo del fresquete. no cargás abrigo, ni añorás la estufa y la mantita de lana de mirar tele en el living y un torpedo de frutilla de repente es el almuerzo perfecto. que amanezca a las seis de la mañana y camines con el sol que te encandila y si tenés sandalias muy todo el pie al aire seguro te salpicás porque las veredas están recién baldeadas y no te jode ni un poco. dios, de salir el sol a rajar la tierra se me solucionarían todos los problemas.

viernes, junio 16, 2006

Se llama Mordedor

Me he tenido que comprar un mordedor de ésos que usan los bebés cuando le salen los dientes, para descargar rabia. No sé qué rabia, pero llevaba un mes con insomnio, quedándome dormida al amanecer y despertándome con una mandíbula incrustada en la otra. Lo compré el viernes y lo mastico mientras traduzco, estoy bastante más contenta y sin malas intenciones, y ¡duermo! Sueño con matrimonios gordos que escapan del revisor porque no han pagado el billete y no aprieto las mandíbulas entre otras cosas porque me duelen tanto de tener todo el día el mordedor ése con forma de hipopótamo metido en la boca.

viernes, junio 02, 2006

Costanera

Si sigues caminando adónde llegas. Quizá a la costanera donde el río marrón o pardo o chocolate o mierda no brilla y sufre sus pescados muertos y sus botellas de plástico.
Si sigues caminando en otra dirección puedes llegas al barrio donde todo es de colores porque está lleno de extranjeros que compran cuotas de modernidad a precios exóticos, comen en platos cuadrados, llevan gorros de lana tejidos por señoras que luego al llegar a casa removerán polenta.
Me acuerdo de Barcelona que era como una farsa porque en mi cabeza existía otra Barcelona previa que sigue incólume en mi cabeza a pesar de que haya vivido en otra Barcelona, aparentemente la verdadera, que me rechazaba con mala saña. Pero Buenos Aires es diferente, a veces creo que tampoco existe, pero es más como un engaño colectivo (si todo el mundo se fuera y la dejara desierta, ¿seguiría siendo Buenos Aires?), y otras veces está ahí, desnudo bocarriba expuesto ante tus manos, aparentemente con todas sus puertas abiertas, y luego es falso, es sólo la ilusión de la posibilidad.
Me canso de no saber cómo tratar a las ciudades para que me acojan, y de mentir, porque Buenos Aires me extendió su alfombra desde el primer día y es mío muchas veces, y otras lo siento tan lejos como la Costanera y por eso no me molesto en ir a buscarlo.

miércoles, mayo 31, 2006

Viene otra noche

Yo pudiera ser un pijama aquí dentro, o podría abrigarme largamente y visitar la ciudad, o un cine. Seguramente claudicaré ante la estufa y no seré ninguna ilusión saliendo de casa porque por mucho que hable sé que cruzaré la avenida, iré al Gaumont, veré una horrible película argentina y luego volveré a cruzar la avenida y volveré a casa con la misma impresión con la que me fui. ¿Y no nos importa sólo el trayecto? Sólo la guerra ganada de ponerse el abrigo y bajar en el ascensor hasta abajo, la cale, esa cosa ruidosa y llena de falsas promesas. Qué haremos. Es martes. No tengo dinero y el que tengo como imbécil lo coloco en el sobre del alquiler, mientras.
Hay cosas que me entristecen el corazón y no lo puedo evitar. Disimulo, y luego no disimulo otras cosas que ni me entristecen el corazón ni la punta del dedo meñique. Veo ante mí un camino equivocado. No me gusta por donde estoy andando ahora. Quiero salir y patear de rabia y luego no descansar ni un rato y seguir, en cualquier otra dirección quiero cambiar el rumbo estúpido que lleva el barco, capitán, me amotino y no volveré jamás a hacerle caso. No quiero hacerme caso, estoy completamente equivocada.

Cuántas guerras tendré que ganar para ganar un poco de paz

Si bajo la lluvia existiera una casa que yo pudiera visitar, autobuses, cuestas, atrevimiento. Iríamos al sitio donde hubiese una guitarra y vasos sucios en el fregadero.
Si existiera ese lugar a media luz y lleno de gente que fuma, llega y se va, yo iría, con botas y sin pensarlo, a estar, a ser, a pensar que ése era el comienzo de la felicidad mais que le commencement.
Cuándo existirán las señales luminosas que marquen los sitios en los que hay que permanecer, más de lo previsto. A veces se sabe y nace una burbuja de ansiedad por vivir, vivir, vivir, almacenar lo que se vive en el mismo segundo que nace, luego sabemos que vendrán horas de esterilidad y canciones solas, almacenamos existencia plena para el invierno.
Hoy creo que éste debería ser el lugar al que me gustara caminar bajo el solo o la lluvia hasta llegar. Estoy sólo yo pero desde cuándo eso nos arredra. Si tengo que inventar me inventaré. Si tengo que construir castillos extraños de realidad, lo haré.
Yo domaré a esta mula.

jueves, mayo 25, 2006

La perspectiva Nevski

Voy a contratar a la Paca de despertador. Qué mujer. Me escribe diciéndome que llega el verano al hemisferio austral, que no se puede descansar porque hay mucha luz, que todavía recuerda aquellos julio y agosto que pasó en San Petersburgo, un horror luminoso. Ipso facto yo me muero de verme con la rebeca y los calcetines encerrada en un apartamento de Avenida de Mayo, yo que quería ser Lou Andreas Salomé. Pero el amor me detuvo en mi periplo y mi viaje hacia el infierno y ahora soy Lou Otegui Pérez, que nadie se ría, en ruso Salomé debe de ser poco exótico. La vida es ancha. He llegado a Buenos Aires que es su ciudad para la gente que aquí mora pero para mí es Buenos Aires, Argentina. Algún día pasaré dos meses en Ucrania en invierno, en verano estará toda la yerba pelada. Iré a África. Pero ahora es, en realidad, algún día pasaremos dos meses en Ucrania, iremos a África. Lo que es una novedad reconfortante y muy divertida, a ver si no qué hago yo en Ucrania, comprar la literatura del país, pensando que algún día aprenderé el idioma, buscarme un amante ucraniano y probar las delicias también culinarias, cansarme luego de tener que partir en un tren o en el autobús tortura de Eurolines, y si voy a África, a contemplar sola cómo las percas asesinas del lago Victoria acaban con la esperanza del mundo.
Cuando Manolo me escribió una vez
Me narcotizas. Inaceptablemente.
yo lloré tanto no porque yo quisiera ser una novia, sino porque su visión del amor era la de estar en calcetines y pijama encerrado en un apartamento, aunque luego, claro, la adopté durante años y me negué a pertenecer temiéndole a esa imagen de vieja Penélope improductiva. Luego y ahora sé que todo lo que se pone en la olla cuenta. No es el amor el que narcotiza, sino las pocas ganas de ser y las muchas ganas de colgar el sombrero de la inutilidad en la culpa de alguien.

miércoles, mayo 10, 2006

Tomaba manojitos de cerillas

Tomaba manojitos de cerillas, de tres en tres, de cinco en cinco, y los encendía. Luego los tiraba. Y decía que algo se moría cada vez, en el aire. Detrás brillaba la cúpula del Congreso porque era el centenario, nunca más sería el centenario, se cocían las patatas en el fuego, luego el alioli, ella era entonces pelirroja.
A veces reconciliarse con la vida propia es tan fácil como mirar por la ventana al mismo tiempo que el gato mira por la ventana, que haya un cenicero de bronce en la casa, acordarse de una canción del Clube da esquina, pensar en una noche, un día, por Vía Laeitana.

viernes, marzo 24, 2006

Robo

-Lo malo de ser una esnob es que sólo te sientes en el centro de las cosas en situaciones como ésta.
Eso le dije a Gugu la cordobesa mientras el coche recorría a toda velocidad las calles de Mar del Plata y yo le contaba cómo había salido corriendo con Juliette Binoche escoltadas por dos guardaespaldas de un cine al que habíamos entrado al final de Caché por sorpresa para hablar con el público sin micrófonos y sin luces ni nada. El director de
Cinema, aspirinas e urubus intentaba apretarme la rodilla con su propia rodilla, mientras cantaba Tomara y Quem te viu quem te vê a voz en grito, y en realidad yo pensaba que lo bueno de ser una esnob es darse cuenta de que se está en el centro de las cosas en momentos como ése.