miércoles, mayo 31, 2006

Viene otra noche

Yo pudiera ser un pijama aquí dentro, o podría abrigarme largamente y visitar la ciudad, o un cine. Seguramente claudicaré ante la estufa y no seré ninguna ilusión saliendo de casa porque por mucho que hable sé que cruzaré la avenida, iré al Gaumont, veré una horrible película argentina y luego volveré a cruzar la avenida y volveré a casa con la misma impresión con la que me fui. ¿Y no nos importa sólo el trayecto? Sólo la guerra ganada de ponerse el abrigo y bajar en el ascensor hasta abajo, la cale, esa cosa ruidosa y llena de falsas promesas. Qué haremos. Es martes. No tengo dinero y el que tengo como imbécil lo coloco en el sobre del alquiler, mientras.
Hay cosas que me entristecen el corazón y no lo puedo evitar. Disimulo, y luego no disimulo otras cosas que ni me entristecen el corazón ni la punta del dedo meñique. Veo ante mí un camino equivocado. No me gusta por donde estoy andando ahora. Quiero salir y patear de rabia y luego no descansar ni un rato y seguir, en cualquier otra dirección quiero cambiar el rumbo estúpido que lleva el barco, capitán, me amotino y no volveré jamás a hacerle caso. No quiero hacerme caso, estoy completamente equivocada.

Cuántas guerras tendré que ganar para ganar un poco de paz

Si bajo la lluvia existiera una casa que yo pudiera visitar, autobuses, cuestas, atrevimiento. Iríamos al sitio donde hubiese una guitarra y vasos sucios en el fregadero.
Si existiera ese lugar a media luz y lleno de gente que fuma, llega y se va, yo iría, con botas y sin pensarlo, a estar, a ser, a pensar que ése era el comienzo de la felicidad mais que le commencement.
Cuándo existirán las señales luminosas que marquen los sitios en los que hay que permanecer, más de lo previsto. A veces se sabe y nace una burbuja de ansiedad por vivir, vivir, vivir, almacenar lo que se vive en el mismo segundo que nace, luego sabemos que vendrán horas de esterilidad y canciones solas, almacenamos existencia plena para el invierno.
Hoy creo que éste debería ser el lugar al que me gustara caminar bajo el solo o la lluvia hasta llegar. Estoy sólo yo pero desde cuándo eso nos arredra. Si tengo que inventar me inventaré. Si tengo que construir castillos extraños de realidad, lo haré.
Yo domaré a esta mula.

jueves, mayo 25, 2006

La perspectiva Nevski

Voy a contratar a la Paca de despertador. Qué mujer. Me escribe diciéndome que llega el verano al hemisferio austral, que no se puede descansar porque hay mucha luz, que todavía recuerda aquellos julio y agosto que pasó en San Petersburgo, un horror luminoso. Ipso facto yo me muero de verme con la rebeca y los calcetines encerrada en un apartamento de Avenida de Mayo, yo que quería ser Lou Andreas Salomé. Pero el amor me detuvo en mi periplo y mi viaje hacia el infierno y ahora soy Lou Otegui Pérez, que nadie se ría, en ruso Salomé debe de ser poco exótico. La vida es ancha. He llegado a Buenos Aires que es su ciudad para la gente que aquí mora pero para mí es Buenos Aires, Argentina. Algún día pasaré dos meses en Ucrania en invierno, en verano estará toda la yerba pelada. Iré a África. Pero ahora es, en realidad, algún día pasaremos dos meses en Ucrania, iremos a África. Lo que es una novedad reconfortante y muy divertida, a ver si no qué hago yo en Ucrania, comprar la literatura del país, pensando que algún día aprenderé el idioma, buscarme un amante ucraniano y probar las delicias también culinarias, cansarme luego de tener que partir en un tren o en el autobús tortura de Eurolines, y si voy a África, a contemplar sola cómo las percas asesinas del lago Victoria acaban con la esperanza del mundo.
Cuando Manolo me escribió una vez
Me narcotizas. Inaceptablemente.
yo lloré tanto no porque yo quisiera ser una novia, sino porque su visión del amor era la de estar en calcetines y pijama encerrado en un apartamento, aunque luego, claro, la adopté durante años y me negué a pertenecer temiéndole a esa imagen de vieja Penélope improductiva. Luego y ahora sé que todo lo que se pone en la olla cuenta. No es el amor el que narcotiza, sino las pocas ganas de ser y las muchas ganas de colgar el sombrero de la inutilidad en la culpa de alguien.

miércoles, mayo 10, 2006

Tomaba manojitos de cerillas

Tomaba manojitos de cerillas, de tres en tres, de cinco en cinco, y los encendía. Luego los tiraba. Y decía que algo se moría cada vez, en el aire. Detrás brillaba la cúpula del Congreso porque era el centenario, nunca más sería el centenario, se cocían las patatas en el fuego, luego el alioli, ella era entonces pelirroja.
A veces reconciliarse con la vida propia es tan fácil como mirar por la ventana al mismo tiempo que el gato mira por la ventana, que haya un cenicero de bronce en la casa, acordarse de una canción del Clube da esquina, pensar en una noche, un día, por Vía Laeitana.