sábado, julio 01, 2006

Canning y Corrientes I

Ayer estuve de nuevo en Canning y Corrientes, después de muchísimo tiempo, esta vez fui a otra casa, a visitar a la misma Caroll de entonces que ahora vive a ras del suelo con grandes ventanales (bow-window, las llaman en este país anglófilo y traidor) y ladrillos de menos de 70 años. También ha cambiado a aquellos compañeros variopintos y enajenados por un señor más domesticador y divertido.
Al salir y como es mi costumbre me equivoqué de sentido y aparecí en Córdoba. Tuve que dar la vuelta, todas las tiendas estaban cerradas, hacía ese frío feo que te da ganas de estar de vuelta en casa como si tuvieras 75 años, y entonces te deprimes por no soportar las bajas temperaturas y el airecillo helador característico de esta ciudad, y por sospechar de todo transeúnte.
Al salir del metro no tenía ganas de andar las seis cuadras hasta casa, así que entré en el San Martín y me senté en las escaleras. El San Martín es para mí el Tiffany´s de Holly Golightly, sé que absolutamente nada malo me puede pasar mientras estoy dentro. Aún así estaba tan inquieta, inquietud tristísima de la que te empuja a mirar escaparates cualesquiera, de ferreterías, papelerías o tiendas de pañuelos, y te hace arrastrar los pies por Corrientes, estúpidamente intentando multiplicar la posibilidad. Me quedé sentada un tiempo considerable, no sé, un millón de años, me imaginé tomando un café en el Gato Negro y luego quedándome a ver el Woyzeck, pero en vez de eso me fui a casa y abracé al gato y le dije: no hay manera.

No hay comentarios: