sábado, julio 01, 2006

Canning y Corrientes II

Volví a ir a Villa Urquiza, no iba desde el año pasado, fui en el 110 desde Las Heras, me pasé de parada, no me di cuenta hasta que vi la puerta de su antigua casa. Luego caminé contrasentido dos cuadras, así que tuve que andar cuatro cuadras para atrás y me sentí como una idiota.
La casa nueva es como de recién casados, toda blanca y con puertas acristaladas de suelo a techo que dan a un patio pequeñito. Tomamos té y galletas con ajonjolí y cortamos el patrón de un pantalón. Las dos andamos barruntando ataques y murmuraciones, así que es mejor que escupamos juntas para que no se nos asusten los niños. Atardeció y todo estaba oscuro porque todavía no hay electricidad. Me fui cuando volvió Chapa a casa, me equivoqué de nuevo de sentido y caminé en total 13 cuadras gratis en este segundo despiste geográfico. Hacía frío y estaba fastidiadísima, sobre todo por estar fastidiada, todas las tiendas estaban cerradas y Canning a esa hora es como lo más triste, sólo quería llegar a casa y hacerme un Cola-Cao, abrazar al gato, encender la estufa. Desear eso me deprimió todavía más, es muy patético de mi parte que una temperatura de 11 grados y un poco de viento en contra y ser tan estúpida como para equivocarme constantemente de sentido puedan con mis ganas de ser en la ciudad. Luego ya me fui en el subte hasta Uruguay y vencí y entré en el San Martín, me senté un rato en las escaleras a ver si así recuperaba la visión de la alegría de las cosas. Al menos me sentía a salvo, no sé de qué, pero a salvo, me quedaría a vivir en ese vestíbulo. Decidí quedarme a ver Lear, pero no la estrenan hasta el sábado, así que me levanté y arrastré los pies hasta Talcahuano y luego hasta casa, compré naranjas de zumo y efectivamente abracé al gato, encendí la estufa y me sentí levemente derrotada, aunque no lo suficiente porque me reí de mí misma y supe que esto también pasará. Tengo entradas para el domingo para Lear y para el miércoles para el Wojteck.

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