jueves, agosto 31, 2006

Cosas que le gustan a Calígula

Ravel, el jamón de york, el dulce de leche, dormir en mi barriga cuando trabajo en el ordenador, la patata cocida, el dulce de batata y el pollo, la mermelada de fresa, comerse las bolitas de madera que le quedan a mi jersey marrón comprado en Inglaterra, Yves Montand, morderle el pelo a Caroll y a Pato, tumbarse encima de los cuadernos, asomar la cabeza por la ventana del lavadero, la corteza del pan de molde, el estropajo de aluminio.

miércoles, agosto 16, 2006

Siempre quise una novia con diéresis

Eso me dijo una vez Manu, también me dijo: hay que tener en cuenta esas cosas. Esas cosas son la literatura. A Martín todo le parece incomprensible y absurdo y deshilachado y susceptible de matemática porque alguien murió. Yo nací muerta y todo me parece comprensible si está novelado o en fílmico o en partitura, y si no lo está yo le pongo las acotaciones para poder digerirlo. Mis mundos son siempre de mentira porque los arreglo yo antes de dejarlos entrar en mi organismo, los recorto y los encuadro o les busco el referente, el plano grúa, o me imagino a Dédalus bajando la escalera de caracol. Me gusta estar presente en lo que pasa, me gusta morirme cada día y sufrir y ser feliz en un minuto y hacer y deshacer y no poder más y querer más y ser un desastre de sentimentalidad y desarraigo y también fortaleza y capacidad, no sé de qué, pero lo que sea lo tengo que ser ya, antes de que se me apague.

lunes, agosto 14, 2006

La felicidad era la idea

Me miro los ojos tristes, recuerdo otros ojos míos menos tristes, ¿no será conjuntivitis? Mi vida es como Elis Regina cantando, somos contentos pero esa intrínseca melancolía inagotable que nace en cualquier zona susceptible de que se la acuse de no estar bien pulida existe siempre quizá por apetencia nuestra quizá porque va con la firma. Todo es reflejo rosa afuera en los miles de edificios y el río color gris Vargas, mi gato me busca para jugar, ele va voltar tarde, sigo traduce que te traduce, el viernes canto. Ésa es la idea, la felicidad, para eso cruzamos el océano y dijimos que lo volveríamos a cruzar mil veces, qué tramposas las palabras.

Él es el centro y los suburbios

Él es el centro y los suburbios de mi vida, mi vida llena de listas y de ciudades ahora extendida a la única lista y a la única ciudad suya, cómo podría irme a ninguna otra parte si ya las visité todas, guardo los folletos, y ni ganas de lejos de volver, ni de ir a Filipinas como Nerea. ¿O sí?

Su voz

Qué cosa que en una habitación enorme llena de gente yo escuche su voz, lejos, detrás mía, a otros dirigida, y como en la canción, en todo su ancho distinga la voz tan tierna de mi bien amado y cierre los ojos y sonría y piense “es su voz”.

viernes, agosto 11, 2006

Lentejas

Hice lentejas para un montón de gente, y casi puedo hacer un estudio sociológico, porque cuando vivía en Francia e invitaba a las personas había otros menús (entradas, plato principal, acompañamiento, quesos, postre, café), y cuando vivía en España e invitaba a otras personas había otros menús (entradas, plato principal, acompañamiento, quesos, postre, café), aquí en Argentina tengo que hacer una olla de lentejas y que Julia Luz traiga dos kilos de pan del oeste, y ni postre ni san postre. Lo único invariable es que siempre hay vino y compañeros de viaje.

Goza la perra

Hace ya muchos años, cuando yo era tan joven que no lo sabía, la vida era una especie de siempre que transcurría sin horarios y llena de sobresaltos. Tuve amigos y noches y paseos nocturnos y música y todo eso que los que están vivos tienen cuando son tan jóvenes que sólo tienen que devorar días y más días porque siempre quedan días. Ahora no sé dónde están todos esos con los que compartí desmanes y tangentes, y es mejor así.

Lejos del puente Carranza

Colgué el plano de Cádiz en la pared encima de la estufa, para verlo todas esas veces que me arrimo al calorcito, y así de paso se lo enseño al gato. Le señalo y le digo, mira, Calígula, aquí te dejaré suelto si te portas bien, en el Campo del Sur, para que con el acento porteño te cameles a las gatas gaditanas.

domingo, agosto 06, 2006

Yrigoyen

Julia Luz viene a casa y es como si viviera aquí, porque si no viene falta algo en la casa para que sea casa, que es la visita que viene y que parece que viviera aquí. La casa tiene un alma amarillenta de ese amarillo gastado de cojín favorito de una casa de verano, el que la haya tenido, o de baldosas de casa de Mercedes de Baza, como las tuve yo. La casa nunca da miedo, y eso ya dice mucho en su favor. Es naranja y calor en la cocina, sólo se equivoca en el dormitorio donde se hace la remolona y se deja caer sin explayarse. El gato conoce los mejores sitios y me da envidia cuando se arrebuja en el suelo enfrente de mí mesa, o en el respaldo del sofá. La casa se abre a las afueras de la ciudad y domina el cielo y es orgullosa y es mía. Nunca había vivido tanto tiempo seguido en la misma casa desde que salí de la casa de mis padres, nunca me había pesado tan poco un lugar. Lástima que me pesen el alma y los pies.

Otro souci de soi

A veces no hay manera de salir de la rebeca cochambrosa que te pones para estar en casa y marranear aunque salgas a la calle vestida de Lauren Bacall en Mi desconfiada esposa, llevas el espíritu cochambre-derrota dentro. Otras en cambio, y esto es una cosa hinezplicavle, aunque andes por casa con la camiseta ésa grande que le dieron a Martín en una competición de natación, y una cola deshecha y las gafas llenas de churretes, estás más elegante que Gene Tierney en Laura. Debe de ser eso que llaman la belleza interior.

sábado, agosto 05, 2006

García Lorca

Envidio a veces a los que no tienen incrustado en la sangre ese sentimiento trágico de la vida que a mí me regalaron al nacer, el fatalismo que no sé si viene de la tierra en que nací, o de esa madre Bernarda Alba que me tocó en suerte, de Cartago o Casablanca, de las coplas de doña Concha Piquer o del Camarón, ay, Cádiz, qué lejos estás.
Yo no puedo vivir con tranquilidad un día tras otro día, no puedo no puedo, se me enciende la máquina dramática por dentro y no hay suficiente combustible en el planeta para alimentarla como ella quiere. Me hubiera pasado las noches desgarrándome las vestiduras después de que el gato rompiera el tarrito de arena de Egipto, por eso no veo los telediarios, el mundo tiene que estar igual de desastre que siempre o peor, el salvajismo de la humanidad multiplicado por mil en esta época de inmediatez, rápido, rápido, asesinemos rápido no sea que a los periodistas les guste más otra sangre lejos muy lejos. La otra noche vimos La pelota vasca, y de verdad que se me inflama la vena de arrasar el planeta a sangre y fuego, como cuando veo las pelis de Costa-Gavras, instaurarme Iskander y que florezca de nuevo la civilización impuesta, pero también me dan ganas de vestirme de luto y llorar al pie de un árbol en cuclillas hasta que se me seque el alma y decir, por dios, los hombres, inconscientes y vanos hombres incapaces de quedarse en casa e ir de noche a la taberna sin que les entre ese soplo de conquista y beligerancia.

El síndrome del tomate perita

Cuando dos personas así enamoradas viven juntos pasan muchas cosas domésticas que según como uno o dos se las tomen pueden ser venenosas o risibles. No sirve de nada negar la evidencia de que hay parcelas de la realidad que no sirven para nada y sin embargo ocupan nuestro tiempo y nuestro pensamiento, ése que siempre reservábamos para versos de Blas de Otero, o ideas de Barthes que nos reconcilian con nosotros mismos, y que a veces se deja invadir por moscas inconvenientes como pueden ser, por ejemplo:
-para qué cosas son mejores los tomates peritas que los de toda la vida (el gazpacho, las salsas de tomate, la sopa de pescado)
-cuál es la mejor marca de detergente.
-las fechas de cumpleaños de los primos del otro.
-cuándo hay que cambiar las sábanas.
-el vencimiento de las facturas.
Etcétera por favor. El peligro que corre el amor es que se lo sustituya paulatinamente por ese sentimiento entre resentido y cumplidor que se tiene hacia los compañeros de piso. Mis padres por ejemplo son una máquina de engranajes perfectos de la domesticidad, su frigorífico y su despensa son el sueño de una familia hambrienta de catorce personas. Qué decir de su amor sepultado por los filetes de pollo catalogados en el congelador, de los sábados por la mañana y por la tarde pasados en supermercados y fruterías, así, a dúo.
Por eso hay que bautizar las cosas, ponerles un nombre de catálogo para identificarlas y matarlas en la cuna. Y esta cosa de la que hablo se llama desde hace tiempo el síndrome del tomate perita. Marco Aurelio prohibía hablar de la comida, el vestido, el dinero, y la salud, esas temas tan tentadores cuando uno anda en la cocina, o cuando la cocina es el único punto de encuentro en muchos días, son como rompedores del pudor que nace absurdamente con la convivencia, siempre se es más atrevido con los desconocidos, no le vas a soltar a ese chico tan bien apoyado en la pared con su camiseta raída y su barba enmandibulada ¿no crees que los tomates peritas son mejor para el gazpacho que los otros?
La casa suele ser una tentación de calidez en medio del infierno que puede llegar a ser la Ciudad, un refugio que puede ser prisión; sin embargo qué mejor no sería que el sol brillara suave y las noches cálidas fueran de sentarse bajo un parterre sobre la piedra y charlar con los que llegan con vino e historias, que se oiga el mar rompiendo no muy lejos, y que luego puedas volver a casa caminando, que no haya televisión que encender antes de irse a dormir.
Así que el secreto de una buena convivencia es nunca prohibirle al otro que le ponga comino a los chícharos (a no ser que sea una metáfora), y que nunca jamás te vea fregando la bañera con su pijama preferido puesto. Y vivir frente al Egeo o el Caribe, si te toca llorar es mejor frente al mar.

Mi padre

Hace más de un año que no veo a mi padre, nunca había pasado tanto tiempo en mi vida sin verlo, a mi padre, una vez estuve cinco meses, y cuando volví él había envejecido cinco años. Cómo estará ahora mi padre, es incomprensible que yo esté en este país con el mate en la mano, mirando cómo desmontan la cárcel de Caseros por la ventana, mientras mi padre en alguna parte del otro lado del océano ve cómo pasan sus días pensando que su padre murió a los 63, cuándo me tocará a mí.
Mi padre en su sillón con las gafas puestas escribe sus poemas sobre espigas o marineros, hace muchísimo calor y mi madre no quiere salir, y por otra parte salir adónde, a dar un paseo cansado con esa mujer enferma enganchada de su brazo.
Me lo estoy perdiendo, a mi padre, ese hombre que se vendió a mi enemigo y me mató, ese hombre que a veces malo y a veces bueno siempre fue mi padre, siempre fue un libro, la preocupación por mis fiebres y mis desplantes; y al final no fui yo la hija más descastada ni más díscola, al final yo soy los padres de mis propios padres, unos padres irresponsables soy porque mientras ellos ven el sol ponerse en el Atlántico yo miro la cúpula del Congreso verde, achicharrada de mierda, reflejar poco a poco ese sol moribundo que está harto de alumbrar esta mierda de planeta. Me importan esa misma mierda los israelíes, los palestinos, los tutsi y los coreanos, porque hace más de un año que no veo a mi padre.

miércoles, agosto 02, 2006

Almuerzo en soledad número 97

Escucho el cd de Elis que me grabó Dani en tiempos inmemoriales, para asegurarme el sostenimiento de la melancolía. El día es frío pero no de ésos tan fríos que el cielo se queda limpísimo de azul y el sol brilla y nos queda una esperanza, es un día de invierno de mierda, nunca volverá el verano en la orilla parece. Calígula duerme en mi regazo como hacía de pequeño, la casa está ordenada hasta enfermizos límites, tengo faringitis. No sé si me preparé polenta o tortilla francesa, mis comidas solitarias últimas. Antes comía otras cosas, son épocas. Creo que es termómetro indiscutible del estado del alma lo que uno come cuando come solo.