sábado, agosto 05, 2006

El síndrome del tomate perita

Cuando dos personas así enamoradas viven juntos pasan muchas cosas domésticas que según como uno o dos se las tomen pueden ser venenosas o risibles. No sirve de nada negar la evidencia de que hay parcelas de la realidad que no sirven para nada y sin embargo ocupan nuestro tiempo y nuestro pensamiento, ése que siempre reservábamos para versos de Blas de Otero, o ideas de Barthes que nos reconcilian con nosotros mismos, y que a veces se deja invadir por moscas inconvenientes como pueden ser, por ejemplo:
-para qué cosas son mejores los tomates peritas que los de toda la vida (el gazpacho, las salsas de tomate, la sopa de pescado)
-cuál es la mejor marca de detergente.
-las fechas de cumpleaños de los primos del otro.
-cuándo hay que cambiar las sábanas.
-el vencimiento de las facturas.
Etcétera por favor. El peligro que corre el amor es que se lo sustituya paulatinamente por ese sentimiento entre resentido y cumplidor que se tiene hacia los compañeros de piso. Mis padres por ejemplo son una máquina de engranajes perfectos de la domesticidad, su frigorífico y su despensa son el sueño de una familia hambrienta de catorce personas. Qué decir de su amor sepultado por los filetes de pollo catalogados en el congelador, de los sábados por la mañana y por la tarde pasados en supermercados y fruterías, así, a dúo.
Por eso hay que bautizar las cosas, ponerles un nombre de catálogo para identificarlas y matarlas en la cuna. Y esta cosa de la que hablo se llama desde hace tiempo el síndrome del tomate perita. Marco Aurelio prohibía hablar de la comida, el vestido, el dinero, y la salud, esas temas tan tentadores cuando uno anda en la cocina, o cuando la cocina es el único punto de encuentro en muchos días, son como rompedores del pudor que nace absurdamente con la convivencia, siempre se es más atrevido con los desconocidos, no le vas a soltar a ese chico tan bien apoyado en la pared con su camiseta raída y su barba enmandibulada ¿no crees que los tomates peritas son mejor para el gazpacho que los otros?
La casa suele ser una tentación de calidez en medio del infierno que puede llegar a ser la Ciudad, un refugio que puede ser prisión; sin embargo qué mejor no sería que el sol brillara suave y las noches cálidas fueran de sentarse bajo un parterre sobre la piedra y charlar con los que llegan con vino e historias, que se oiga el mar rompiendo no muy lejos, y que luego puedas volver a casa caminando, que no haya televisión que encender antes de irse a dormir.
Así que el secreto de una buena convivencia es nunca prohibirle al otro que le ponga comino a los chícharos (a no ser que sea una metáfora), y que nunca jamás te vea fregando la bañera con su pijama preferido puesto. Y vivir frente al Egeo o el Caribe, si te toca llorar es mejor frente al mar.

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