lunes, septiembre 18, 2006

La guerra electrodoméstica

La tele que ya no funcionaba antes y sólo sintonizaba un canal de Avellaneda, Canal7 (las peores noches son en las que te descubres descubriendo a una actriz amiga en Un cortado) y a veces Telefé, ahora ni siquiera se enciende. Es una suerte, qué puedo decir. Mi ordenador ha decidido funcionar a la velocidad de un Spectrum de 16k y cuando está de buenas, de un Dragón 32. La lavadora da descargas eléctricas. La radio sólo funciona en la cocina. En este estado de cosas podría dedicarme al grabado y los acrílicos, si pudiera estar sentada, claro. La primavera luce fuera con impudicia mientras yo dejo crecerme las raíces de un color que no veíamos hace tres años.

Rotulador rojo

Lo peor de ser correctora es tener que enfrentar esas páginas mal escritas y llenas de conceptos estúpidos, intentar dilucidar la idea que el autor vislumbró lejana y no consiguió expresar ni por asomo o putas, y transformar esas frases desquiciadas en algo legible con contenido. Todo por dos pesos cada mil caracteres. Sí, todo por dos pesos. Me pregunto en qué clase de mundo vivimos que permite que personas que citan la obra “La rayuela”, de R. Cortázar, sean autoridades en el mundo de la pedagogía. Me gustaría colgar cabeza abajo a esa gentuza o ponerlos a ordeñar vacas, o atarlos a una silla de enea desfondada y que alguien les leyera las obras completas de Piaget en chino durante el resto de la eternidad.

Little girl blues

El mate frío, el gato que me ignora, lunes por la noche, me doy cuenta de que no me hace la más mínima falta subir a un escenario a cantar para ser pero que no estaría mal. Tengo ganas de salir hasta que amanezca y después de una noche aburrida y quizá nefasta pensar que nos lo pasamos bien. No importa ningún plan porque estoy encerrada en casa y por culpa de la maldita obra social que no tengo y de haber decidido vivir en el tercer mundo, me tengo que tragar los ligamentos rotos hasta que me toque en la lista de espera. Me enrabio tremendamente al acordarme de todos esos días que elegí quedarme en casa cuando tenía movilidad, juro por los muertos de mis ancestros cartagineses que cuando pueda volver a apoyar la puta pierna no volveré a casa en quince días, me pienso recorrer todos los antros porteños, andar por las peores calles a las peores horas, hacer amigos raros que luego pueda invitar a casa y me llamen a cualquier hora para consternación de Juan Martín. Y si ya me da el soponcio planeo aviones que me devuelvan a mi país de origen, aviones que no puedo pagar y en los que no podría resistir doce horas con la pierna en este estado. Jódase, Pérez. Soy una idiota.

jueves, septiembre 14, 2006

Tener un buen lejos

Creo que es lo mismo que cuando mi madre me dice que soy una novelera, las cosas con buen lejos me arrastran por una literatura o un barro por el que me arrastro así ensangrentada de emoción. Cuando termino de revolcarme y escribir miro para arriba con la cara llena de toda esa porquería y me digo: ¿qué hago aquí? Me levanto y me limpio, el tiempo que tardo en encontrar otra literatura en la que chapotear renuncio a quitarme los restos de la otra. De charco en charco, se podría titular también, mi vida.

jueves, septiembre 07, 2006

Isn't it romantic?

 No hay nada como una canción de Rogers y Hart para pensar en vestidos de sedas y satenes y guipures, cuando todavía no se conocían los tejidos sintéticos puercos, en esa sensación de llevar medias buenas que hacen frufruses al rozarse, la nuca perfumada y las muñecas preparadas, las hebillitas minúsculas de unos zapatos de tacón, lejos muy lejos de las historias de producto interior bruto, nuevo cine argentino, padre triste, Tinelli, Aznar dando por culo. Ojalá la vida fuera un baile para el que te preparaste con ayuda de una amiga. Por lo menos lo desindultaron a Videla.

viernes, septiembre 01, 2006

llueve

El gato del word ahora juega con una mariposa. Hoy termino la traducción maldita del guión de los peruanos. Hace seis semanas que no tomo anticonceptivos y soy otra, no más accesos de locura total en los días 12 y en general. Es viernes por la noche y todo el mundo hace sus planes y yo me tengo que quedar en el sofá con la pierna escacharrada y vestida de pordosiera, Julia Luz se va a bailar, Martín va al cumpleaños de Maracacamián, Calígula duerme cual marmota en invierno, no sé dónde andan todos los demás. La perspectiva de ver los Tenenbaums o Liberty Valance sola o con muchas palomitas se me hace triste, a los enfermos les gusta que alguien los acompañe un viernes por la noche.

L'orgueil de la maison

Ha venido Calígula a mendigar amor, maullando como si tuviera hambre, me lo he subido al sofá y en un rato se ha cansado de chuparme los dedos y de restregarme su cabeza. Qué cosa. Porque bien mirado un gato es un animal inservible, así en términos asquerosamente prácticos, es como una chinoiserie, un gato. Es totalmente superfluo ver como se despierta de sus siestas y se estira y bosteza y te mira ojos verdes mientras sale del letargo y tan tranquilo se relame y va a beber su agüita. Por qué se vuelve importante que se arrime por la tarde a mi costado en el sofá y mientras yo traduzco y sufro él duerme y duerme y se acurruca y no hay otra cosa en su vida más que estar y pisar con sus patas elegancia las losas del salón. Por qué necesito que venga a verme de cuando en vez con el nanas en la boca para que se lo tire y él vaya a buscarlo.

Buenos Aires para turistas inquietos


Desde mi casa burbuja, desde este piso 23, recuerdo Buenos Aires en este encierro titulado quién me manda a mí a esquiar, así como su fuera otra cosa de lo que es, como a veces recuerdo Barcelona si pienso en sus bordes buenos, o Estrasburgo si recuerdo sólo el último mes que pasé allí, o etcétera, me acuerdo de Buenos Aires como si hiciera tres años que no viviera más en él. Y tiene esa chispita de ciudad que luego encuentras tan poco cuando estás dentro, esa chispita que puede ser una condensación de Carolla a la enésima potencia con sus cócteles y scoutings y tienda exacta donde comprar esas merceditas con lacito. También la recuerdo como al principio, cuando llegué y pensé que éste era mi lugar y mi sitio, antes de que la argentinidad me empezara a machacar los deditos y las iniciativas, y Buenos Aires fuera todavía Tuñón y Gombrowicz. Desde arriba no sé si tengo ganas de sacar la cabeza por la ventana y escupir o volver a salir e intentarlo de nuevo, ya que estoy, ya que nunca viví tanto tiempo seguido en el mismo sitio desde que iba al instituto.