sábado, noviembre 04, 2006

Las cosas cambian

 Sin lugar a dudas, ahora no hay Balenciaga que valga, quién necesita traje de mañana, de tarde, de cóctel, de noche, quién se puede cambiar de ropa cinco veces al día y que los forros de su ropa sean de seda natural. Recuerdo siempre las fotos del vestido en el Hola que andaba rodando por casa de mi tía Isabela, el de la boda de los duques de Cádiz, unido indisolublemente a los patrones de papel, la tabla de cortar, la Singer a pedal, los cuellos de guipur y pechos de encaje guardados en una caja. Nada que ver imagino con el taller del Maestro pero es como nostalgia mía pensar en la costura tan indisoluble a Audrey Hepburn en Charada con todos los Givenchys como a las mujeres de mi familia. Menos mal que Isabela me enseñó a hilvanar a la antigua.

Avenida Rivadavia cicatriz

 Me volví andando de la consulta porque hácía una mañana esplendorosa y ahora ando con el sentimiento de despedida colgado todo el tiempo, ahora es desde que el jueves decicí que una vez todo cerrado me vuelvo, aunque volver no sea volver porque no vuelvo a ningún sitio en el que haya estado antes. La plaza Once estaba como suele, imagino, un sábado por la mañana. Creo que me costará menos la despedida ahora en la primavera, cuando hace sol y no ese perenne cielo gris y sudestada cochambrosos. También es más fácil si organizo reuniones bateau lavoir a las que no viene nadie y tengo que bajarles los porotos a los cartoneros.
Estoy sensible demasiado y como si estuviera esperando algo, síndrome Libertador San Martín, no sé, quizá debería ir hasta el bajo y pasear por los arcos del Paseo Colón para acordarme de las arcadas de El Puerto debajo de las que se pone el señor ése que vende las carnadas para los pescadores y las navajas todavía vivas, pregutarme cómo estará el mar.

Mientras tanto

 Fuimos al Gaumont a ver Mientras tanto, y en una escena una pareja va a hacerse una prueba de fertilidad a un hospital. Después de mis tristes periplos por los hospitales de esta ciudad, incríblemente reconocí los azulejos y las puertas y le dije a Martín "es el Clínicas". Efectivamente era el Clínicas como vimos en los títulos, lo que me puso medio triste medio hilárica.