domingo, octubre 19, 2003

The dreamers

Ayer Judit y yo fuimos a ver la película de Bertolucci. Qué lástima de emociones desperdiciadas. París estaba allí, hubo algunas escenas maravillosas (en la cocina, en el cine viendo un Samuel Fuller, el póster de Marlene Dietrich, los hermanos puros Les enfants terribles, todo el mundo fumando sin parar, la llamada de teléfono Truffaut), y estaba allí preparada para recibir a alguna especie de Brando joven cayendo hacia algún abismo, y todo lo que había era una película de instituto, un americano despreciable y ñoño, una revolución del 68 como de portada del Superpop, un desperdicio de la posibilidad.
Pero me quedo con los guantes negros largos desaprovechados, la casa desaprovechada, la basura desaprovechada, los huevos fritos desaprovechados, la boina roja, Garrell imitando a Léaud, los hermanos, siempre.
Después del cine fuimos a tomar café a Puerto Sherry, a un bar lleno de cuadros pop ni siquiera pesadillas regentado por una señor con chaqueta de terciopelo fucsia. Judit tenía un día la vida es una mierda, el café estaba hecho sin amor y sin ganas, las sillas eran de terraza de chalet, la carta era de cenas-ensaladas para extranjeros y para treintañeros cocainómanos que pagan hipotecas. Y el planeta se hunde, vamos en un coche, llueve sin emoción, al menos el mar estaba como debe.

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