martes, julio 22, 2008

Te hubiera dado el mundo, muchacho que surgiste

Extraño Buenos Aires. Me gusta Madrid. Extraño Buenos Aires. Extraño otro lugar en el que nunca estuve. No sé adónde ir. Responsable de mi tiempo lo desperdicio porque es mío, por una vez, no hay oficinas ni monstruos a los que responder por mis horas y medias horas. Holgazaneo con Calígula. Leo. Leo. Leo. Veo películas viejas en el Mac que me hacen lagrimear en los mismos sitios de siempre. Salgo a probarme vestidos, a comprar fruta, a ver a mis amigas, a la Filmoteca. Escucho Waltz for Debby cada vez que vuelvo a casa. Holgazaneo. Cocino, leo, me ducho por la noche para acostarme con el pelo mojado. Caliento agua para llevar mate al Retiro. A veces estoy tristonha levemente, tristeza casera privada que no es triste, otras rabio veinticinco segundos, la mayoría del tiempo me mantengo indiferente, indiferencia dolida del otro lado. Calculo poco, extraño Buenos Aires, me gustaría sentarme en el Balneario a mirar el Atlántico. Leo. Plancho un vestido rojo y blanco que es imposible ponerse sin planchar. Evito las llamadas de teléfono, me corto tomates por la mitad y los como a bocaditos en la mesa de la cocina. Me gusta Madrid.

lunes, julio 21, 2008

Manejando

He conducido eso que se ve ahí, yo, la misma que viste y calza, vestida con bombachas de Aux Charpentiers y calzada con las alpargatas que me regalaron en Lobería, y eso que yo andaba por la sierra de Gredos a orillas del Tiétar. Pues eso, que conduje yo el cochecito, sin carnet, por carretera, por la montaña y el bosque, me crucé con otros vehículos más reales más de jueves que era, y sobreviví y me gustó, saltarme la ley, saltarme el miedo, manejar, en suma. Debo reconocer que me relajé en el bosque porque sabía que por ahí no andaban personas y pisé el acelerador ññññññññññññññññ. Y aprendí que para ir más despacio no hay que atascar el freno sino desacelerar. Y mojé el pañuelo que llevaba anudado en la cabeza, ése que encontré dobladito en la calle Eraso una mañana de invierno yendo para la oficina, cuando todavía viajaba en la línea 4, en el río, entre las piedras, cuando llegamos arriba al cañadón y dejamos los boogies bajo un arbolito. Sería más hermosa una foto del lugar que el de esta cosa maligna y mecánica, pero quería fardar, yo.

sábado, julio 12, 2008

Casa Velázquez

Viento entre las agujas de los pinos. No estamos tan lejos, se oyen coches, la música de un restaurante en la carretera, cómo será en este lugar el invierno. Hay sillas de hierro de parque parisino pintadas de verde y unos sofás de madera con acolchado blanco, dos casas con talleres aventanados a cada lado de la piscina. Me pregunto si el arte justifica este despliegue, me pregunto si lo que aportan al mundo y a sus vidas los becados justifica el chorrito rugiente de la piscina, las hojas caídas en el césped, la luna creciente brillante frente a mí, y al preguntarme me siento amarga. Vinieron Alfonso XIII, la reina María Cristina, Sofía de Grecia, a inaugurar y recontra inaugurar este lugar. Vine yo caminando en la noche, apoyé la frente contra la cristalera que da al patio de piedra, observé la fuente, tuve una manera de ver, sólo ver, en ese momento, ahora no miro, mido.
No estamos tan lejos y hay gatos, gente que crea, alcoholes en la mesa que nadie toma, intenciones, diversión chachi. Yo dejo de sentirme fuera y sólo quiero ver y no medir, y ésta es mi manera de mirar, tú rebuscas en Lavapiés y yo rebusco aquí, en ese momento en el que en grupo dejo de estar en guardia y me arrebujo en la manta compañía. No amargo más y encuentro a una creyente en los pantalones de México y Alsina, a un escultor portugués que necesita que le traduzca su catálogo, a un pintor que vino a verme cantar una vez y me deja su abrigo mientras espero el taxi.