martes, septiembre 30, 2008

Encarame, con cariño y con respeto pero encarame

Mi día empezó anoche, machacado de cristales machacados. Llevo desde el jueves coqueteando con la pendiente de la espiral, y ayer al fin caí caí caí, me tiré de cabeza al lavabo de agua sucia, me la tragué todita y una vez que abrillanté el fondo me mesé los cabellos Babilonia y fui la plañidera de mis propios cinco días de dolor marginal. Mi día siguió por la mañana cuando llegó Gugú, la reina mora de la entrega, mora por saudita, reina por Gugú, y juntas caminamos de la mano por el abismo peligroso spm y la avenida Córdoba. Nos tiramos en una alfombra Pizarnik con un té por la tarde y nos permitimos doscientas vueltas a la manivela sentimental, convertimos la casa de Alex en una caja china de locas. Y éramos entonces así, nosotras: dos chicas de ojos agrandados con cuadraditos de emoción y amargura agrandada en los bordes de la boca, un verso colgado de la bolsita del té, una canción Brasil, dolores convertidos en pétalos tentación de dejarse caer por la espiral abajo. Deshojamos, felices, nuestro derecho falso, lo disfrazamos de tarde nublada. Pero luego, nosotras, fuimos así: el 28 con los asientos verdes quirófano rodando rápido por Alem, la risa de vernos en un segundo al desnudo la manija que nos fuimos dando, el recuerdo vergonzoso de la alfombra Pizarnik, el miedo del dominio feroz de la química, la lucidez de vuelta, el amor que te tengo y no ejerce hace rato y que me empuja a correr desde el bajo por Córdoba hasta Florida, por Florida hasta Corrientes, por Corrientes hasta Junín, para refugiarme allí en el jersey naranja de Carolina, quitar el tapón del lavabo pocilga de la estrechez de miras hormonal. Necesito un endocrino, necesito verte, necesito acordarme siempre de quién soy.

lunes, septiembre 29, 2008

Entraña y matambrito

El sábado por la noche es Corrientes, un espacio musical en el que me desangro viva sobre los cojines del suelo, en el que me autolacero de miedo de volver a enfermarme, la peor música posible puesto que lejos de salvarme me dan ganas de trepar hasta la claraboya y tirarme desde ahí para acabar con el martirio al que me tengo sometida. También el sábado por la noche es el reflejo en esa misma claraboya de la ropa tendida arriba y una chica con una flor en el pelo, el señor músico de camisa morada desconstruyendo Cravo e canela, Corrientes y un asado en un bolichito, un café para los otros en La Giralda, llegar a casa y que la llave encaje en la cerradura.

sábado, septiembre 27, 2008

la egolatría reina sin serotonina

Sopla mucho el viento, en los pies apoyados en la mesita noto la vibración de la música desde el altavoz, Djavan me deja ser porque es mi conquista unívoca, una parte de mi ser yo que no necesita nada para justificarse. La tarde se cayó del cielo hace rato, llega la noche, fue sábado, se preparan las muchachas en otros lugares para salir, para tener sueños, para la divina tontería. Yo también salgo, me pinto los ojitos, me pongo bota de tacón chino, me tapo la enfermedad con la chamarreta de cuero.

Djavan me devuelve mi vida

Se va el día, el día que fue largo, mañana (mi única fuerza es la palabra), tarde (lo envilezco llamándolo espera), y mediodía (no te puedo pedir nada y sin embargo necesito). Es como que no quiero vivir en Buenos Aires, me he olvidado de los códigos de esta ciudad, o de este país, y no sé si me apetece volver a aclimatarme. No sé si es eso, la caída previsible de llegar, o las puras ganas de ver a Martín y que todo este malestar se dehaga desvanezca alto alto. He sido muchas Loulous y puedo ser muchas otras Loulous, me digo cruel apoyada contra la loneta blanca del silloncito de la terraza, el mismo desde el que me dijeron en enero que no me inmolara, que me mirara en el espejo y me viera bien. También me digo otras cosas, amarguras a la mañana, belicosidad en el vermouth, sosiego en la sobremesa. Las plazas en las que leí hoy, hasta llegar a la puesta de sol tras el edificio altísimo en esta terraza, el viento que poco a poco se hace fuerte, entrar cada vez de la calle y pisar mi alfombra favorita de las seis, la mullidita persa. Se va el día que fue las plazas en las que leí, el otro café en la Biela, Djavan que me devuelve un trocito sereno de clarividencia, preguntarme a qué aspiro, la tarde quieta.

viernes, septiembre 26, 2008

La Biela

Mastico unos resentimientos y una pena. Debería escupir de otra manera, debería tranformarme de color veneno a color aterciopelado, desremoverme a un estado marítimo, alegrarme de pasear otra vez esos árboles de Recoleta bajo los que me sentí en Buenos Aires la primavera 2004 que llegué. Pero es demasiada ausencia.

La ofensa al portero

Voy a la editorial, que está en Santa Fe y Callao. No me acuerdo del piso y no hay placa en el portal, así que le pregunto a un señor que está allí plantado, en actitud y aspecto cancerbero, pantalón Pampero de portero incluído, si es, efectivamente, el portero del edificio. El encargado, me dice, y no de acá, sino de allá, y me señala el siguiente portal. Vale. ¿Y el portero de acá?, le pregunto. Encargado, mamá, me dice gravemente herido su orgullo corporativo, porteros son los del fútbol (no es cierto, aquí se llaman guardametas, y los porteros se llaman porteros, pero para qué discutir). Me señala a otro señor con la misma traza de encargado que me dice cuarto d, y mientras llamo al timbre los observo, están ahí delante de la entrada, en la acera de Callao, y el ofendido le pregunta al otro ¿cómo le va, portero?, y como no me puedo contener las ganas de zozobrarle el carácter, de pisotear de alguna forma su forma de estupidez, me acerco con mi mejor sonrisa ojos azules y le digo dos puntos "Perdóneme, no le quería ofender, es que en España decimos portero, es mi segundo día en Argentina y no tenía ni idea". Ahí los dejé. Surtió efecto mi jarabe de yegua malparida, porque al salir del edificio y caminar hacia Las Heras, el titular de la cátedra me agarra del brazo cuando paso por su portal, y me pide perdón, me dice que cuando uno le dice a otro maleducado el más maleducado de los dos es el segundo (quién iba a pensar que el portero era La Rochefoucould), y que si lo miro con mis ojos no se puede ofender. Quién iba a pensar que los porteros porteños tienen alma de porteños. Digo, los encargados.

Adriano

En el caso de la mayoría de los seres, los contactos más ligeros y superficiales bastan para contentar nuestro deseo, y aún para hartarlo. Si insisten, multiplicándose en torno de una criatura única hasta envolverla por entero; si cada parcela de un cuerpo se llena para nosotros de tantas significaciones trastornadoras como los rasgos de un rostro; si un solo ser, en vez de inspirarnos irritación, placer o hastío, nos hostiga como una música y nos atormenta como un problema; si pasa de la periferia de nuestro universo a su centro, llegando a sernos más indispensable que nuestro propio ser, entonces tiene lugar el asombroso prodigio en el que veo, más que un simple juego de la carne, una invasión de la carne por el espíritu.

jueves, septiembre 25, 2008

La tragedia íntima en los parques

Plaza Mitre. Los niños se columpian mientras abuelas, mucamas y madres que no trabajan los vigilan y mientras a escaso metro y medio, una pareja se abraza en silencio, ella llora pero quieta y sin ruido, cara a la plaza. Llevan así inmóviles en su dolor siete vueltas de tobogán de mi sobrina.

E se eu tô te dando linha é pra depois te abandonar

Me siento en la terraza, rodeada de cañas, incide el sol por la derecha, veo la plaza Vicente López y oigo el ruido del tráfico de Juncal, que a nivel sensorial es como si escuchara pasar los camiones por la nacional IV desde el piso que tenían mis abuelos en Las Torres. Tomo un té y leo trocitos de un libro que me sigue gustando mucho y que encontré amarillo, roto y abandonado en un estante del cuartito de la plancha.
Éste es mi descanso, apoyarme en la mesa con pie de bambú, mirar cómo brillan los caballos chinos de bronce con el sol de media tarde, intentar escuchar bajo el ruido del 10 que va a Wilde, del 101 que va a Once, el viento entre las cañas, las piedras de ágata del colgante entrechocar entre sí, la canción que dejé sonando dentro de la casa.

miércoles, septiembre 24, 2008

Está bueno Buenos Aires

Qué decir de esta ciudad malhallada y bienhallada al mismo tiempo. Qué hora es, no importa, lo que quieras hacer lo puedes hacer, a cualquier hora, ver cantar a Maria Rita (me entero esa misma tarde), Les Luthiers, treatro muerto de hambre, pelis raras en el San Martín, la Varela en octubre, setecientos conciertos de aficionados, cenar a las cuatro de la mañana en cualquier parte, caminar caminar, cebar mate a personas atareadas, entrar en la tienda viejísima donde me compré tejidos sastre para hacerme pantalones con uno de esos pantalones puestos y enseñárselos al abuelito vendedor que se las ve con una loca, renegar del Malba, pasear por Plaza Francia, ver pasar seis 37 seguidos, tomar ristrettos enanísimos en los bares, pedir helado de dulce de leche con dulce de leche, sentarme en un sofá con Agustina a hablar y hablar, asadito en Boedo, tango en Boedo, me compro unas botas en Recoleta, baratísimas, un milagro, voy a ver a la Manzini a San Telmo, reniego también de Palermo, y no debería, se lo debo a Edu.

Cosas que odio de Buenos Aires

Los taxistas

El subsuelo del Clínicas

Me equivoqué de planta, buscando radiología, y terminé en el subsuelo, en radioterapia. Sólo funcionan las luces de emergencia, todo está en penumbra, los techos son más bajos y las paredes se rezuman, no transita nadie por los pasillos llenos de camas rotas. Delante de una ventanilla iluminada unas señoras calladísimas esperan sentadas en los bancos. Subo por la escalera a la planta baja y en la macetilla hay varias puertas medio abiertas, puertas sin pintar o pintadas de rojo, de las que salen charcos. La pared de este lado es increíble, la piel de la derrota.

martes, septiembre 23, 2008

Atrapada en Castelar

En el tren de pie me duelen los deditos porque las Adidas verdes que me compré en Once hace dos años siempre me estuvieron chicas, y en ese mismo Once viniendo para la estación escuché esta noche a un dependiente de una tienda de camisas decir que no habría trenes de doce a doce. No hice mucho caso y seguí hasta el segundo vagón de la formación del andén 1, con mi pantalón gris de hombre, el mismo que llevaba en el 98 en la Fuente de las Batallas, persiste incólume, la tela es buenísima, lo compré en Vero Modas en Birrambla. Me bifurco: un chico sentado me mira todo el rato pero yo miro todo el rato el libro de Saer hasta Morón. Llego y el gato está extraño y gruñón pero me quiere, los dos necesitamos una casa, en Asunción o donde sea.
Y al final sí, hay paro de trenes, 24 horas, de doce a doce, quería ver en el Gran Rex a la Porteña Jazz Band mañana, gratis al mediodía, claro que la alternativa no es mala: Gloria está leyendo Los galgos y se ha empeñado en hacer la tarta con ambrosía y merengue italiano.

Le souci de moi

Hace rato que no me ocupo de mí misma, así que pasé por Farmacity y luego me encerré en el baño con un tinte de L´Oréal, la Satinelle, las pinzas de depilar, las tijeras, un bote de crema Nivea, todos los potecitos de Clinique, entré Doctor Mabuse y salí Ángel azul. Eso sí, el baño impoluto alicatado en blanco del ministro se ha resentido de mi visita, así que toda peripuesta he tenido que ejercer de limpiadora, estilo Donna Reed.

domingo, septiembre 21, 2008

Eduardo Cabrera

En febrero del 98 estaba sentada con mi uniforme de pordiosera (pantalón gris de espiga, de vestir, camiseta azul descolorida, rebeca negra llena de agujeros, las Callaghan), en uno de los bancos de la Fuente de las Batallas, en Granada. Yo en realidad vivía en Estrasburgo ese año, y el por qué de mi viaje es otra historia. Leía una antología de Tuñón mientras esperaba a Dani y a Jose, era rubia y tenía 21 años. Un chico se me sentó al lado y me dijo en argentino que sentía interrumpirme, que estaba de viaje por Europa, de mochilero, y que era la chica más guapa que había visto en el continente y que por eso tenía que hablarme necesariamente. Creo que cuando sabes que el discurso es repetido en cada puerto no sólo te divierte sino que te subyuga, es el mecanismo de conquista marinero clásico. Charlamos, le enseñé el libro y él no sabía quién era González Tuñón pero tocaba el bajo. Sus amigos se reían espectadores desde otro banco, luego supe que Dani y Jose también, así que bien podríamos haber vendido entradas. No sé por qué ese encuentro se me marcó, seguramente porque después de mucho rato él se fue a coger el tren de Barcelona, un tren que tendría que haber perdido para que nos fuéramos a un hostal de la calle San Matías.
Tres meses después recibí en Estrasburgo una carta desde San Justo, provincia de Buenos Aires, en un sobre de correo aéreo bordeado de celeste y blanco. Todavía la tengo.

La negritud

Esta mañana, mientras esperaba el autobús a Capital en el cruce de Alpargatas, veía a mi alrededor lo que aquí la clase alta llama cabecitas negras, o directamente negros, y que vienen a ser los quinquis nativos, aunque la idiosincrasia es más triste, porque no son negros, serán quizá mestizos, alcatraces, cuarterones, zambos, como todo el resto de la población del país (que no me oiga en Barrio Norte la clase alta, que piensa que apellido y dirección la convierte en danesa o sueca y sobre todo en vasca), o como yo, que siendo gaditana tengo de todo en la sangre menos UnaGrandeLibre, pero acá la negritud es la miseria, y una miseria que allí no conocemos, una miseria que nace del racismo de piel y de clase, del odio terrible e insalvable que se tienen el privilegio y la desposesión, algo que duele si llevas pantalones de casimir de lana y chaqueta de cuero como yo bajo la llovizna en un cruce esperando el autobús frente al quiosco, y no duele como culpabilidad, duele así: estos señores nunca van a estar donde yo estoy, aunque a veces mi vida haya sido tener que rebuscar 20 pesos, aunque me suba al Sarmiento y en Paraguay aprenda a amasar chipá, aunque yo no tenga casa coche martas cibelinas, mi vida está en otro estadio del firmamento, es otro mi recurso, porque yo nací en otro lado, no sólo en otro hemisferio. Puede que un día todo se tuerza y yo acabe como el señor que hoy en 9 de julio y México se rebeló y empezó a golpear el autobús, a gritar enojadísimo e insultar al conductor porque en vez de ir por el Bajo íbamos a Once, pero de momento tengo euros y oficio liberal, y de ahí la herida en el cruce. Su enfado estaba dolorido, no era bronca, era desespero del mil veces pisoteado. Y aún él estaba en un autobús de tres pesos treinta, aún él no venía en el Tren Blanco de los cartoneros. ¿Hay remedio a esa línea que separa los mundos de los que empiezan más arriba y de los que están maledivos? Algo que no sea la toma de la Bastilla, está visto que funcionó como el orto.

Memória da pele

Domingo por la mañana, me bajo del micro que viene de La Plata en Avenida de Mayo, en la esquina de la que fue nuestra casa un año y medio. Voy por Paraná hasta Corrientes, peregrino al vestíbulo del San Martín y luego sigo por Uruguay hasta Santa Fe. No hay nadie en la calle, camino sola, hace muchísimo frío, y pienso que parece que no me fui nunca de Buenos Aires. La memoria de las calles cuadriláteras está en mis botas, y eso que las botas que llevo ahora nunca vivieron aquí. Subo las tres cuadras de Rodríguez Peña hasta Las Heras, llamo al portero de casa de Chana. Pensé que nunca volvería a pisar esta casa.

sábado, septiembre 20, 2008

La casita de Castelar

Enrique me lleva a Castelar a buscar mis maletas, abrazo a Calígula y se me salta todo, lloro, qué le voy a hacer. Lo extraño, al gato, por la noche al irme a dormir en las cuatro camas diferentes en las que he dormido desde que llegué al país sobre todo, y el resto del tiempo también, por mí me pasaría el día en el silloncito enfundado de blanco con él encima de mi falda. Es menester despedirme y cierro la puerta. Maúlla desesperado detrás de la madera y yo lloro meloncita. Vuelvo a abrir la puerta. Lo cojo en brazos y me siento en el escalón de la entrada un rato a perjurarle que volveré y que falta poco para que tengamos una casita. Se queda tranquilo con mi promesa, pero yo me quedo más sola una vez que lo he visto este rato. Nos vamos a buscar la casa toda tejado de la calle Galicia a la que Enrique, Jhonny y Gloria vinieron muchos veranos en la época de Alfonsín. Enrique no había vuelto desde que la vendieron, todo ha cambiado según me cuenta, en Ituzaingó. Yo estoy inmersa en la sentimentalidad caligulense y no me puedo concentrar en el momento histórico compartido. Damos vueltas por Castelar, por Ituzaingó y al fin aparece al final de un camino, enfrente de lo que fue maleza salvaje y ahora es bosquecillo basural. La casa está muy deteriorada, hay ropa tendida, suciedad, pero aún queda la pileta que hizo el padre de Jhonny y Enrique diciendo que para ellos tener estufa de leña y las plantas salvajes al lado era ser Robinsón Crusoe.

viernes, septiembre 19, 2008

El tachero que odiaba a los contadores

Me han invitado a cenar en Libertador. Llego tarde porque compré unas flores de tela en Arenales para mi tía, así que pido un taxi desde casa de Chana. Nada más subirme, el señor taxista me pregunta "¿vos no serás contadora?". Le aseguro que no, que yo de contabilidad nada de nada, él de todas formas se enzarza, sus dos hijas son contables y su yerno también y no tengo ni que darle pie al final de sus líneas, tiene carrete hasta el final de Salguero y más, para en el semáforo y mientras me bajo sigue escupiendo venenos familiares. Al menos puede focalizar odio en la profesión, espero que el colegio de los contadores bonaerenenses prevenga a sus afiliados, no sé si mandar una cartita con la matrícula, están en Córdoba y Talcahuano.

Mediodía apacible

Compro un Marcus Malbec para almorzar, como para que Martín esté patagónicamente presente, aunque el vino sea de Río Negro, Loluks prepara polenta con tuco y carne, tenemos puesta la estufa. Esta tarde vuelvo a Capital, a los colectivos y el quilombo, a las citas, a las cenas, almuerzos, desayunos, mateadas, salidas y conciertos concertados. De fondo, una música de fondo como de peli producida por Erik Stoltz. Por la ventana veo ramas de árboles y cielo blanco nublado de nubles de lluvia, no funciona la tecla d.

jueves, septiembre 18, 2008

¿Qué depende de nosotros? La capacidad de impulso y repulsión, de deseo y de rechazo

Es invierno, me doy cuenta sentada en un banco de la estación de Tigre, mientras espero que vengan a buscarme. Me puse jersey y abrigo y gorro y bufanda pero abajo me sentía vestida de verano, como si sólo estuviese de visita. De pronto noto que aquí el viento chifla y las hojas de las palmeras están volteadas y sopla gélido y húmedo y miasma el aire del río.
Me propongo que sea fácil estar contenta, el método no es la ataraxia, es cambiar de deseo: desearía estar en el Tigre sentada en un banco. Estoy, así que soy feliz. Desearía haber pasado el día con Enrique. Lo pasé, así que soy feliz. Desearía ver pasar a un señor con una bicicleta viejísima y simple pintada de rojo. Lo veo, así que soy feliz. Desearía llevar abrigo. Lo llevo, así que soy feliz. Desearía que llegara Carolina y tomarme unos mates. Llega y trae el termo, así que soy feliz.

Palermo al palo

Es el cumple de Loluks y tiene antojo de restaurante armenio en Palermo, caigo entera nada más bajar el pie del estribo en el balde de la modernidad porteña.

Del Sarmiento al Mitre


Es de noche y estoy en el Tigre, no sé cuántos kilómetros habré recorrido hoy, en los trenes pensativa porque cuando llegas tan lejos te empiezas a melancolizar y a sentir una soledad rara, además he acumulado cansancio ignorado y sueños feos, he abandonado a Calígula en Castelar por unos días, y así durante los trayectos y las vistas ventanales se exacerban las sombras. Veo la verdadera Argentina desde el asiento, los galpones y locutorios y casa construídas con cualquier cosa al lado de la vías del tren, con la mochila para varios días entre los pies, los cuentos de Silvina sin leer en la mano. Me creo una vida al margen llena de recodos para el error, días de cosas sólo mías (por mí convocadas y a veces provocadas). Recorro y me retuerzo, pero luego respiro un poco y solos mis pies llegan a la estación a la que tengo que ir, bajo desde Once por Rivadavia, enfilo Entre Ríos, tuerzo en Belgrano, llego a Solís.

martes, septiembre 16, 2008

Compañeros de viaje

En la cola de inmigración una pareja joven de españoles le contaba a otra pareja de personas mayores cómo habían organizado su viaje de diez días por Argentina solos, sin agencia (el consabido Cataratas, Calafate, Buenos Aires tango). Los otros les demostraban su admiración y alababan su valentía y poco sentido del riesgo. Justo delante estaban Adélie y su padre, mis compañeros de asiento, tranquilos en su camino hacia su velero anclado en Puerto Williams, hacia sus travesías antárticas.

lunes, septiembre 15, 2008

Gritar con las ventanillas bajadas

Es de noche, bajamos por Atocha, todo brilla, y los edificios y los caminos y calles que recorrí para ir a alguna parte o no ir a ninguna y acallarme la voz, y esos patos amarillos horrorosos que han colocado en las fuentes por la noche en blanco. Me da una pequeña asfixia de nostalgia futura, así que bajo la ventanilla del coche y grito Adiós Madrid, volveré, no te preocupes.

Luces de la ciudad

Al llegar a Madrid, por el cementerio de la Almudena, el cielo se pone amarillo delante de nosotros, amarillo girasol. Sé que es para mí, Madrid me lo dedica como corona de laurel, el sol se esconde para que yo vea este color contra los edificios.
Cuando volvemos a Paracuellos por la noche, al subir la cuesta, se ven abajo las luces del aeropuerto, y me siento Ninotchka asomada en la torre Eiffel.

La Mallorquina

En todo el año no he venido a la Mallorquina, de través y de tangente me ha tocado, el día que vinieron Marisa y Javi y Tito a casa y trajeron pastas de aquí y yo estrené mi cafetera y mi lechera de porcelana color crema (actualmente en una caja dentro de otra caja guardada en un campo cerca del circuito de velocidad de Jerez), la tarde de los Inocentes en que quedé con Paquita en la puerta y como casi perecimos ahogadas entre la multitud navideña terminamos en Bellas Artes, viendo los dibujos de Klossowski y tomando chocolate.
Ahora he venido, última oportunidad. He estado por mi antiguo barrio comprando objetos, esos de los que sin embargo me tengo que desprender, objetos irremediables y algunos no para mí: una casa nueva para Calígula (que no cabe en la suya, ahora mide 38 cm de alto, lo medí ayer con el metro de Marcos), un portatrajes para llevar los abrigos fuera de la maleta y que no me cobren sobrepeso y el sobrepeso cargarlo yo, una Moleskine para Loluks, medio kilo de jamón extremeño para Enrique, lápices acuarelables. Tomo Nescafé y un bizcocho con crema. Viene Edu ahora. Viene luego Tito, viene luego Ale. Me voy esta noche. Madrid.

sábado, septiembre 13, 2008

Drama zapato

Yo que tengo tendencias Imelda Marcos, tengo los pies de una de las hermanastras de Cenicienta. Estos son mis zapatos de cantar, que se quedan aquí.

viernes, septiembre 12, 2008

Nervios desencriptados

De pronto me noto el nervio, se me ha desanudado la prisa y un leve miedo. Hablo muy rápido, entro y salgo de los cuartos, mi viaje diario al centro se vuelve errático, caminar por la calle Luna se me trastorna en niebla Lynch. Y es que ya me voy, y vienen los momentos de las consideraciones y los encontros e despedidas, yo que pensé que no me lo iba a tomar en serio porque de provisionalidad está hecho el forro de mis bolsillos, yo que pensé que estoy curtida al sol de la invitación al viaje, hoy aquí se me demuestra que tengo tanto pánico a Troya. Es mejor con miedo, si no no hay nada con lo que enfrentarse.

jueves, septiembre 11, 2008

Loulou in love

Soy un peligro público, la verdad, porque ahora me manejo cual dorada de piscifactoría después de tres meses liberada en el océano. Entregada, estoy.

Roa Bastos

-No hay liberal ni colorado. Hay paquete y descalzo solamente. Los que están arriba y los que están abajo. Eso no más es lo que hay...

miércoles, septiembre 10, 2008

¿Y yo?

Coso bajos de pantalones, quito trebillas, plancho, concierto citas en Buenos Aires, compro recambios mont blanc, estoy nerviosa pero calma, me da sentimiento irme por mi padre viejito, por la provincia de Cádiz, y al mismo tiempo no paro de imaginarme cosas que quiero conseguir que me sucedan, cosas que quiero hacer, simplemente (escribir mis tres cuentos del año, cantar con el septeto, sacarme el título de traductora pública paraguaya, dar a veces clases de francés en el Marcel Pagnol, xilografear, hablar guaraní con los chiquillos, hacer un Let´s do it con Nico en el Notorius, conducir un coche por la ruta 40, aprender a obedecer en la milonga y ¡girar y hacer ochos!, apurar hasta el borde el fetival de mardel, montar a pelo, querer a Martín, pasar unos días en Córdoba con Gugu, unos días en Montevideo con Cecilia, estar contenta de ser yo). Aún tengo que mirar qué gubias me llevaré, qué tintas, cuáles son los tres libros que se vienen, los mates, esperar que mañana sí me manden la prueba de traducción (¡euros!), decidir cuándo salgo para Madrid, de quién me despido, ver si tengo drogas para que viaje el gato, no pensar no pensar no pensar (stop/eject, la canción más escuchada de las 25 canciones más escuchadas).

La estatua del general San Martín en la plaza de la iglesia de San José


Como estoy por la avenida paso por delante de la iglesia de San José, así que me acerco a ver la estatua de San Martín alias Esquenún, quien, según el monumento que se inauguró tres meses antes de que yo naciera, fue fiel a la patria, claro que no se sabeº a qué patria. En los bancos de la entrada de la plaza hay tres pintores, un cincuentón bujarra y dos veinteañeros que de tanto estibar en sentido figurado se han hecho viejos y me dicen un piropito. El más viejo les reprende, no le digáis nada a la muchacha, dejadla tranquila.
Yo le doy la vuelta a la estatua, allí una viejita me charlotea un poco, en Cádiz el que no hace amigos es porque no quiere. Al salir de la plaza, me llevo el premio gordo; el pintor joven más estropeado y de perilla, inquiere:
-Muchacha, ¿tú nos puedes decir quién es el hombre ése de la estatua?
-San Martín.
-¿San Martín de Porres?
-No, ése era negro.

El arriero tuerto pide amor

No me llega al hombro, lleva gorrilla de salinero, la camisa abierta y esas zapatillas de lona azul que usaba mi padre en verano para ir a la playa cuando éramos chicos. El brazo izquierdo lo tiene muerto, se lo toca mientras me habla con la mano derecha, mientras me cuenta con su acento de aquí que no se puede transcribir Mi abuelo sacaba sacos de arena de la playa de Valdelagrana, no pasó nada el pobrecito, todos los días iba y venía de Cádiz a lo de la arena. Un día le dio un infarto y no sufrió ni padeció. Por lo menos, es algo, ya quisiera uno, yo que he sido arriero toda mi vida, todo el día parriba y pabajo, anda que no he sufrido yo nada tampoco, a mí me dio el infarto ése y no me pude morir, aquí estoy sin poderme ni mover, no se deja de acariciar el brazo izquierdo guiñapo con la mano derecha. Se sube al amarillo que va para Sanlúcar y le dice al chófer mientras le alarga un puñado de monedas que se saca del bolsillo con la mano buena "¡Llévame a Chipi!". "En las Tres Piedras te dejo si tú quieres", le dice el chófer festivo, "pero para qué me pagas doble sin yo pedírtelo, ¿es que eres rico?".
Y mi arriero de la parada de autobús le contesta "¡Rico! Si no tengo dinero ni para que me pongan cuernos", y se ríe tanto de su propia ocurrencia que lo vemos desde abajo sentarse en las escaleras del autobús mientras se van cerrando las puertas.

martes, septiembre 09, 2008

Ива́н Тимофе́евич Беля́ев

El señor Belaieff dejó Rusia en la revolución y apareció en el Paraguay, donde exploró el Chaco como cartógrafo del Estado Mayor, los bolivianos ofrecían recompensas por su cabeza porque les fastidiaba la guerra. Creó el Hogar Ruso y la Sociedad Indigenista, organizó la facultad de Matemáticas y Física y, para colmo, se volvió padrino de coco y huevo de los makás. Es la primera que veo que un general sirve para algo, debe de ser porque tenía más alma de etnógrafo y lingüista que de militar: me llevo mis libros de ruso a Asunción y así me será más fácil aprender guaraní y ganarme el respeto y una profunda amistad de varias parcialidades autóctonas del Chaco.

El traductor de google

No me he podido contener, he puesto el cacharrito de traducción automática en la columna lateral, las traducciones son gloriosas, voy a aprender polaco sólo por leer lo que escribo interpretado grácilmente por el chino que vive dentro del cuadradito ése. Tan mono.

Things left unsaid

Pobre Lyle. Todo el mundo dice que solo el pobre mío no da, pero a mí el Fictionary me gusta, aunque digan que es un desperdicio DeJhonnette, un desperdicio Jhonson, su debilidad es hermosa y es como de concierto de bar de ciudad pequeña holandesa, como ése en el que le dejé una nota al pianista que tanto me gustó justo antes de dejar la ciudad.
Escuchábamos mucho el Fictionary hace años en el taller de la casa de los padres de Dani, en cassette. Ahora que evolucioné desde aquellos tiempos en los que escuchaba a Oscar Peterson y Michel Petrucciani y sé más cosas sobre tríos modernos, ahora que me parece que Jarrett podría sacar de paseo con la cabeza agachadita al pobre Lyle, llevarlo a que se cortara el pelo y decirle, mira querido, ya está, te marcaste tu pianito en Au lait, a tu altura sintética, a tu 1982, no fuerces más tu máquina, duerme duerme negrito, descansa, que ya estamos nosotros aquí para eso, ahora, aún me sigue gustando mucho escuchar esta cosita.

Dinner

Voy con Judit al Manantial a tomar algo, hoy no hacía día de playa para el cómun de los mortales, para mí sí pero me sacrifiqué por mi consabida cita judítica de cada vez. Esta vez no hubo mucha alegría de andar por El Puerto como regresadas redivivas, paseamos por la playa pero la verdad es que cuando vas vestida sí notas la temperatura indebida y el fin del verano, la arena que mola repringarse recién salida del agua es un asco en los pies si te has quitado las sandalias de persona normal. Luego nos fuimos al Dinner como para recrear los pasados pero no es lo mismo, Judit estaba con el espíritu de las navidades presentes, nos pedimos un descafeinado de sobre cada una y había un señor recién divorciado diciéndole a otro: "Tú plantas la semillita, y si la vez que no crece, pues tienes que remover la tierra."

Enmaletando lo enmaletable

Empiezo a preparar la maleta (se dice valija). Apilo soigneusement los jerseys en una perfecta montañita, al milímetro ajustados los bordes. Salgo de la habitación y cuando vuelvo Calígula está tumbado sobre mi obra deshecha, como león sobre su presa. Sabe que me voy, lo que no sabe es que nos vamos. Corre conmigo detrás pero le pierdo la pista. Estoy segura de que se ha metido en su jaula de viajar, ésa que lavé soigneusement porque no la iba a usar y guardé bajo el macetero de madera y azulejo que vino de la casa de mi abuelo cuando la derribaron, Rendona 3. Calígula, respira, que te llevo, esa decisión que me inventé que había que tomar sobre llevarte o dejarte está resuelta, te utilicé querido para no endemoniar los vértigos de anclas que se levan y barquitos que parten al mar abierto sin galleta ni carne salada ni cítricos. Te llevo porque quién sabe cuándo volveremos, y porque eres un gato nómade, la próxima a Marte, le digo hacia dentro de su jaulita. Ahí duerme la siesta ahora mientras yo decido qué meter en la maleta (se dice valija), una maleta para tiempo indeterminado y varias estaciones es una cosa complicada que además en otras circunstancias (sin transferencia) me removerían cieNo y tierra. Ahora me gusta elegir, y meter en bolsas de basura azul lo que no quiero, y convertir a mp3 hasta llenar los 40 gigas del disco duro que desentrañé del Toshiba muerto.

lunes, septiembre 08, 2008

Ahora toca Roa Bastos

Llego a la playa y huele a alga estancada. El mar está calmo pero puto, verde. Me meto en el agua enseguida y efectivamente está quieta, maléfica, turbia, femenina, cálida. Nado un rato y me crece el descontento. Como tengo que disfrutar a la fuerza, no sé si salir o no. Salgo y releo trozos de En alta mar. Rachea el levante y entonces al bajar la marea se va y viene un poniente frío pero bueno con nosotros. Vuelvo al agua y un pescado no pescado me roza los pies. Las olas ahora son de verdad y no un engaño mansedumbre. De todas formas antes, al salir del agua, ya estaba contenta, me tiré en la arena sin pisar y me hice una croqueta.

domingo, septiembre 07, 2008

La beauté sera convulsive ou ne sera pas

Disfruta, querida, me digo, ya que llegamos al fin de la transferencia, el miércoles. Y disfruto, cual enana en charco, de todo, de cualquier cosa, además voy a aprender a usar el embrague y a fijar el cablo de anclaje en el arnés con una alondra, a trabajar el cabrestante, a hacer todo tipo de cosas indebidas, y todas todas me van a gustar. Se acabó el opio.

sábado, septiembre 06, 2008

La sibila Adsense

Le mando un mail de amor al bicharraco y estos son los anuncios que google me coloca al lado:
Patologías de la voz
Master logopedia
Soluciones VoIP
Comunicaciones avanzadas

Los aristócratas del blog

Conocí a Manu y a Papic hace seis años, quizá, cuando los blogs eran más feudales que ahora, ellos siempre fueron reyes de sus tierras. Cuando fui a Baires quedé con Manu por primera vez en el Muy París. Esa vez nos despedimos en la fuentecita que hay en Rodríguez Peña y Juncal, y desde ahí escribí la historia de Manuel y el pescado, era una hermosa historia, no era Bimini pero no estaba nada mal. Esta nueva primera vez Manu me va a llevar a un bar tugurial del Abasto, por donde vive ahora, a tomar unos vinos. Manu es un poeta maldito tal y como se propuso, y la etiqueta es suya. Soy un poeta maldito, dice, y no se le abre ninguna costura y no suena a cursiva, suena sincero y limpio y manu.
Como Papic vive a siete cuadras hemos pensado invitarlo, aunque dice Manu que ahora se ha hecho famoso. ¿Declarará Diego con soltura soy famoso? Espero que lo diga en cursiva, y que venga, me haré una foto tipo Chicote con los dos, para que me la autografíen.

Tampoco es Cuba


Parece que la playa es el centro de mi día, y no es así, pero hoy me fui a releer allí la segunda parte de Islas. Es un libro condenadamente bueno (ya hablo como los dos argentos que lo tradujeron hace casi 40 años), y allí lo leo mejor que cuando lo leí al principio de la semana en el sillón aquí en casa de mis progenitores. Aunque prometí no comprar ningún libro más en la vida, le pedí a Bec que me lo mandara desde Nueva York a Asunción, en inglés, quiero saber cómo dijo Hemingway ¿acaso tiene cola de paja?
Hacía frío y no había nadie, me bañé, las olas rompían enormes lejos y llegaban espuma y una me ha fastidiado mucho el cuello, es casi una herida de guerra. Se veía todo Cádiz perfectamente, la catedral, el castillo de San Sebastián, el malecón, y Rota, pero para Rota es mejor no ponerse a mirar.

viernes, septiembre 05, 2008

El dolor de la histeria


Pero, ¿por qué concebir fantasmas y vivir en la insatisfacción, cuando en principio lo que buscamos alcanzar es la felicidad y el placer? La razón es clara: el histérico es, fundamentalmente, un ser de miedo que, para atenuar su angustia, no ha encontrado más recurso que sostener sin descanso, en sus fantasmas y en su vida, el penoso estado de la insatisfacción. Mientras esté insatisfecho, diría el histérico, me hallaré a resguardo del peligro que me acecha. Pero, ¿de qué peligro se trata? ¿De qué tiene miedo el histérico? ¿Qué teme? Un peligro esencial amenaza al histérico, un riesgo absoluto, puro, carente de imagen y de forma, más presentido que definido: el peligro de vivir la satisfacción de un goce máximo. Un goce de tal índole que, si lo viviera, lo volvería loco, lo disolvería o lo haría desaparecer. Poco importa que imagine este goce máximo como goce del incesto, sufrimiento de la muerte o dolor de agonía; y poco importa que imagine los riesgos de este peligro bajo la forma de la locura, de la disolución o del anonadamiento de su ser; el problema es evitar a toda costa cualquier experiencia capaz de evocar, de cerca o de lejos, un estado de plena y absoluta satisfacción. Por más que se trate de un estado imposible, el histérico lo presiente como una amenaza realizable, como el peligro supremo de ser arrebatado un día por el éxtasis y de gozar hasta la muerte última. En suma, el problema del histérico es ante todo su miedo, un miedo profundo y decisivo que en verdad él no siente jamás, pero que se ejerce en todos los niveles de su ser; un miedo concentrado en un único peligro: gozar. El miedo y la tenaz negativa a gozar ocupan el centro de la vida psíquica del neurótico histérico.
Ahora bien, para alejar esta amenaza de un goce maldito y temido, el histérico inventa inconscientemente un libreto fantasmático destinado a probarse a sí mismo y a probar al mundo que no hay más goce que el goce insatisfecho. Así pues, ¿cómo alimentar el descontento si no creando el fantasma de un monstruo, monstruo que nosotros llamamos el Otro, unas veces fuerte y supremo, otras débil y enfermo, siempre desmesurado para nuestras expectativas y siempre decepcionante? Cualquier intercambio con el Otro conduce inexorablemente a la insatisfacción. La realidad cotidiana del neurótico se modela, en consecuencia, según el molde del fantasma, y los seres cercanos a los que ama u odia desempeñan para él el papel de un Otro insatisfactorio.
El histérico trata a su semejante amado u odiado, y en particular a su partenaire psicoanalista, de la misma forma en que trata al Otro de su fantasma. ¿Que cómo se las arregla? Busca —¡y siempre encuentra!— aquellos puntos en que su semejante es fuerte y abusa de esta fuerza para humillarlo; y los puntos en que su semejante es débil y, por esta debilidad, despierta compasión. Con agudísima percepción, el histérico descubre en el otro la señal de una potencia humillante que lo hará desdichado, o de una impotencia conmovedora que le suscita piedad, pero a la que no podrá poner remedio. En síntesis, se trate del poder del otro o de la falla en el otro, con el Otro de su fantasma o con el otro de su realidad, lo que el yo histérico se empeñará en reencontrar como su mejor guardián, será siempre la insatisfacción. El mundo de la neurosis, poblado de pesadillas, obstáculos y conflictos, se convierte en la única muralla protectora contra el peligro absoluto del goce.

No es Bimini pero

La marea estaba llena, el mar picado, soplaba el poniente, hacía frío, no había nadie en el agua más que yo y las algas pardas, muchísimas, mar de los sargazos. Me metí sólo para sentir las olas romperme encima, para acordarme otro día, quizá alguna tarde mirando el río Paraná, y porque hay una tranquilidad que sólo se siente cuando flotas en el agua de las olas recién rota.
También me bañé porque fui a la playa a releerme la parte de Bimini de Islands in the stream, y por eso meterme en el agua tan movida me daba miedo, ¿y si venía un marrajo?
También me bañé para que se me quedara el cuerpo lleno de salitre, porque ahora que soy una yonqui de la felicidad, estar tirada en la arena sin pisar, mojada, leyendo diálogos gloriosos, escuchando el mar incesante sin voces de señoras detrás, sola, es gloria en vena.
Y no era Bimini pero era El Puerto, y a saber cuándo vuelvo.

jueves, septiembre 04, 2008

Se rebela la poblachada

La primera vez que me monté en el tren del oeste camino a Castelar, el Sarmiento,  me enfadé muchísimo, no entendí cómo la gente no le prendía fuego a todo, me dieron ganas de agarrar una metralleta, de hacerme sandinista. Bien, parece que al fin se le encendió la sangre a unos pocos, no sé cómo han podido aguantar tanto.

Islas en el Golfo

Estar contra el mal no hace que uno sea bueno. Esta noche yo estaba contra la maldad y después la maldad se adueñó de mí. La sentí subir como una marea.

Mecanismo de la máquina trastornada

Introduzca una moneda A en la ranura correspondiente. La variación del momento lineal de la máquina debiera corresponder a la fórmula que todos etc., pero en la máquina trastornada el estímulo A nada más entrar se tranforma rápidamente en D, sin pasar por B o C. Al ponerse en marcha el muelle real, D tarambulea y ahora es E. Luego en el tren de ruedas se vuelve F, el mecanismo escape le da vuelta y lo vuelve G, una horquilla lo malmete y se hace H, esto empuja el volante, estirando al pelo, y en un segundo tenemos I, J, K, L, M. Los piñones de embrague, locos, mastican con sus rueditas, N, Ñ, O, los imanes hacen oscilar la bobina que transforman en P lo que era O, y sin saber cómo la rueda graduadora se desgradúa (Q), el tren de engranajes recuerda y se come la Q, vomita R, S, T. La máquina trastornada en vez de reducir a la velocidad menor requerida, sola y sin mecanismo, devenga la moneda en U, se olvida del índice preciso y de la V y la W, transmite fuerza equivocada, y le devolverá X, Y o Z, según la temperatura exterior.
Le recomendamos que tire la máquina y se busque otra que responda a la moneda A comme il faut, o sea un A' o en todo caso:

En caso de que le tenga un cariño especial a la máquina, le damos un truco, recítele bajito el siguiente encantamiento:
You must turn your mournful ditty
to a merry measure,
I will never come for pity,
I will come for pleasure.
Vuelva a introducir una moneda A (siendo A el amor). Si la máquina le devuelve algo ≤H, y usted tiene empeño y ocho monedas de sobra, repita el encantamiento y el mecanismo hasta conseguir algo que le satisfaga y no X, Y, Z (portazo, veneno, calamidad, respectivamente). Si la máquina le devuelve algo ≥I, háganos caso y lárguese rápido antes de que le estalle el mecanismo en la cara.

miércoles, septiembre 03, 2008

Tragedia optimista


La décima de Shostakóvich en las Proms, escucho, su gran hito, que diría Paquita, por usar sus iniciales cual juansebastián. Bien, señor ruso gafotas, seguro que usted no sabía dónde estaba la "ventalacueva", que dicen por aquí (lo escuché en El Pelotazo anoche y se me vinieron a la cabeza los bares de paso de la provincia: la venta el maca, el ventorrillo el chato, la venta de vargas, el bar piriñaca, el sanatorio, me entraron ganas de vivir en Barbate y tener coche).
En las carreteras paraguayas, ¿habrá ventas? Tengo ganas de ir, estoy como al comienzo de cualquiera de mis traslados, preguntándome quiénes serán mis amigos, a qué editorialucha convenceré de que me deje pintorroquear de rojo sus galeradas, con qué pianista loco cantaré (que por cierto, Nico, la gran promesa porteña, ya tiene disco y todo, y mola y todo), cómo será mi casa, adónde mirará mi ventana, qué será babor y qué será estribor (Martín, en Aduana no colgamos los carteles y a lo mejor por eso encontramos rumbo con otra brújula). Mucho paréntesis y Shostakóvich está esperando ahí arriba solo a que yo diga que ahora en la balanza más que siempre está la Ítaca inexistente gaditana (Ítaca por isla y porque es mía, inexistente porque nunca la saborée, porque quién es mi Penélope, si existe, la verdad, no me interesa, yo soy más de Éowyn que de Arwen, ¡más de Lisa que de Minmei!), y en el otro lado el picapica en la planta de los pies, el caminito, más caminito todavía porque mi bienamado me anunció Santiago de Chile para el año que viene (y es maravilloso que por dos veces seguidas no tenga que andar pidiendo becas al azar para mudarme de país, alguien conquista países por mí, un rato, la próxima pido yo Río de Janeiro o San Petersburgo). Y eso, Dimitri, que sea lo que sea, vaya donde vaya, yo no he escrito ni una puta sinfonía, y que ya me llega el turno tictac de sentarme a escribir y a llenarme de pintura. Deja de correr, nadie te persigue, me digo, ve entrando tranquilita en la Perspectiva Nevski (¿cómo se llama la avenida principal asuncena?), te paseas un rato y luego a componer, no hay Stalin para ti, el poder establecido lo llevas dentro, antes de enfrentarte busca tu posición (y es que mi posición siempre ha sido la opuesta a lo que haya en el pináculo). Empiezo a entender que las técnicas de actuación frente a cámara son las que he estado usando para vivir todo este rato que llevo viva. Quiero guionar y dirigir yo, un rato, y ver por la lente lo que me gusta. Dimitri, hermosa sinfonía, querido.

Harlot


Volvió el brillo a su mirada. Tuve la sensación de que nadie jamás llegaría a ver ese fulgor en sus ojos, a menos que hubiera subido con él hasta la cima del Annapurna.

martes, septiembre 02, 2008

Cemetry gates


Hacía frío en el cementerio así que me apoyé y me calenté en el sol pequeño de las nueve de la mañana. Vino mi tío a decirme que estaba pisando a mi abuelo, y es que habían metido los huesos en una bolsa de basura que estaba ahí en el suelo al lado del árbol como si tal cosa, mientras habrían el nicho de mi abuela para ponerlos dentro.
La parte sentimental, otro día.

Amor fraternal

Mi hermano fue a casa de los vecinos a pedir un poco de perejil. Fernando no le abrió la puerta porque por la mirilla vio a alguien que le asustó. "Pensé que me iba a dar un palo para robarme", me comentó esta mañana mientras regaba el jardín.
Mi hermano en la actualidad es una versión engordada del Brad Pitt de Kalifornia, gorra incluída. Yo tampoco le abriría la puerta.

lunes, septiembre 01, 2008

Dry Martini


Un matrimonio como el de Nora y Nick Charles en The thin man no estaría mal, aunque no sé quién podría aguantar ese ritmo de dry martinis y whiskys con soda. Me pregunto si Frances Goodrich y su tercer marido el señor Hackett, diez años más joven que ella, tendrían una vida marital tan divertida como para escribir esos guiones. Por sus caras creo que sí.

La Zarzuela, pedanía

Por ahí por los campos de Tarifa, cerca de lo que fue Zahara pueblito marinero y es ahora un complejo de recreo para los foráneos, hay un caserío chiquito que se llama La Zarzuela, si vas por la carretera que pasa por debajo de Vejer, te pasarás el desvío porque el nombre está escrito en una tabla con rotulador o pintura negra poco potente bajo el cartel verdadero de tráfico que pone Zahara de los Atunes. Es un pueblo con de todo lo que debe de tener un pueblo: su bar con café estupendo cruzando la carretera, su ermita que llaman iglesia, sus molinos de viento energía eólica renovable, sus perros, sus ingleses, sus niños en bici, su verbena resurgida gracias al encono de José María, el hijo valenciano de un emigrado del pueblo que ahora ha vuelto. El grupo de David tocó el sábado y fuimos en patota, nos lo pasamos francamente bien, hacía mucho frío nocturno campestre y mucha humedad marinera, pero valió la pena escuchar a todos los espontáneos que al final del concierto concertado se fueron subiendo al escenario ataviado con la bandera española: la argentina que horriblemente cantó un tango acompañándose a sí misma, el señor que cantó estupendamente por fandangos y milongas su vida lejos del pueblo como camionero y el regreso con su gente, los amigos sevillanos de Fede que pensamos que iban a versionar a los Red Hot Chili y salieron por Operación Triunfo y por cantes de campiña.