sábado, septiembre 27, 2008

Djavan me devuelve mi vida

Se va el día, el día que fue largo, mañana (mi única fuerza es la palabra), tarde (lo envilezco llamándolo espera), y mediodía (no te puedo pedir nada y sin embargo necesito). Es como que no quiero vivir en Buenos Aires, me he olvidado de los códigos de esta ciudad, o de este país, y no sé si me apetece volver a aclimatarme. No sé si es eso, la caída previsible de llegar, o las puras ganas de ver a Martín y que todo este malestar se dehaga desvanezca alto alto. He sido muchas Loulous y puedo ser muchas otras Loulous, me digo cruel apoyada contra la loneta blanca del silloncito de la terraza, el mismo desde el que me dijeron en enero que no me inmolara, que me mirara en el espejo y me viera bien. También me digo otras cosas, amarguras a la mañana, belicosidad en el vermouth, sosiego en la sobremesa. Las plazas en las que leí hoy, hasta llegar a la puesta de sol tras el edificio altísimo en esta terraza, el viento que poco a poco se hace fuerte, entrar cada vez de la calle y pisar mi alfombra favorita de las seis, la mullidita persa. Se va el día que fue las plazas en las que leí, el otro café en la Biela, Djavan que me devuelve un trocito sereno de clarividencia, preguntarme a qué aspiro, la tarde quieta.

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