domingo, septiembre 21, 2008

Eduardo Cabrera

En febrero del 98 estaba sentada con mi uniforme de pordiosera (pantalón gris de espiga, de vestir, camiseta azul descolorida, rebeca negra llena de agujeros, las Callaghan), en uno de los bancos de la Fuente de las Batallas, en Granada. Yo en realidad vivía en Estrasburgo ese año, y el por qué de mi viaje es otra historia. Leía una antología de Tuñón mientras esperaba a Dani y a Jose, era rubia y tenía 21 años. Un chico se me sentó al lado y me dijo en argentino que sentía interrumpirme, que estaba de viaje por Europa, de mochilero, y que era la chica más guapa que había visto en el continente y que por eso tenía que hablarme necesariamente. Creo que cuando sabes que el discurso es repetido en cada puerto no sólo te divierte sino que te subyuga, es el mecanismo de conquista marinero clásico. Charlamos, le enseñé el libro y él no sabía quién era González Tuñón pero tocaba el bajo. Sus amigos se reían espectadores desde otro banco, luego supe que Dani y Jose también, así que bien podríamos haber vendido entradas. No sé por qué ese encuentro se me marcó, seguramente porque después de mucho rato él se fue a coger el tren de Barcelona, un tren que tendría que haber perdido para que nos fuéramos a un hostal de la calle San Matías.
Tres meses después recibí en Estrasburgo una carta desde San Justo, provincia de Buenos Aires, en un sobre de correo aéreo bordeado de celeste y blanco. Todavía la tengo.

1 comentario:

Q. dijo...

Es bueno saber que todavia escribes. Que tal buenos aires?