miércoles, octubre 22, 2008

Concentrado paraguayo de Loulou

No puedo separar las sensaciones, es el ir en el coche, sentada, ver pasar las cosas o pasar por las cosas mientras las veo, y es la inflamación del ver y de acumular lugares, visiones, casas en cuyos patios las mujeres toman tereré en sillas plegables, palmeras distintas, hombres llenos de barro que transportan ladrillos con la cabeza tapada con un trapo que les cuelga detrás sobre la nuca y una gorra encima, puestitos de remedio para el agua del tereré (y me gustaría saber cómo se piden los remedios, tengo que averiguar, seguro que César me explica), los niños fuera de la escuela a la hora de la escuela, las dos escuelas que hemos visitado hoy (la señora de la cantina que nos preparó café soluble), las canchas de fútbol de barrio (pura tierra roja y porterías de malla de alambre oxidado), llamar a palmadas delante de las puertas de las casas siempre abiertas. Y es que de pronto, al ver casas con la puerta pintada de azul, o aquella precariedad sin cristales en las aberturas para las ventanas, las telas distintas que tapaban los agujeros (una marrón, otra de flores celestes, otra de rayas de colores amarillos), la chica que descalza y vestida de rosa subía los peldaños hechos de ladrillo de la escalera que subía por fuera de la casa hasta la planta de arriba, necesito contar para ver mejor, y adoro esa sensación de estar mirando y anhelar sentarme frente a un papel, aunque rara vez, luego, lo haga. Y aquella nube negra inmensa como todo el cielo que venía mientras yo daba saltitos en la pista de baloncesto y un chico miraba sentado en un banco, echado hacia delante, sin nada que hacer. Y los perros que andan sueltos, y las tienditas misteriosas con estantes vacíos y una balanza, los señores que vigilan las cuadras sentados en las esquinas con sus sillas de plástico y termos o jarras de agua fría para el tereré.
Hay algo paraguayo que nace fuera de Asunción o en el centro centro de Asunción, fuera de los shoppings y las estaciones de servicio, en Ñamby o Luque o Lambaré o Caacupé, ese barro rojo y esos carteles de se vende hielo colgados en las cancelas de todas las casas, las flores amarillas o rosas o violetas que crecen a los lados de la carretera (a los costados de la ruta, dicen aquí, tengo que averiguar los nombres), algo que nace bajo los palos de las porterías de los campos de fútbol donde los niños se embarran de rojo, en las empanadas de los comedorcitos de madera, los camiones y camionetas Chevrolet o Mercedes de los años 50 pintados de celeste, morado o rojo carreta que aparecen por todas partes, y me llega a mí, despeinada y sola dentro del coche en mi visión, y me lleva a pensar que lo que sólo soy es mil ojos y una voz, y descubrir que tengo una Esencia y que mein Essenz es ésa, mirar y contar, me hace llorar, ya.

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