jueves, noviembre 20, 2008

Una medialuna no es un croissant

Buenos Aires a veces quiere ser París, a veces hay un edificio (Ayacucho y Paraguay), a veces una casa hermosísima (Paraguay y Ayacucho) en la que nos gustaría despertar en negligé y descorrer las cortinas. Pero un porteño no es un parisino, quien nunca diría Esta ciudad es una mierda. Pero Buenos Aires no comprende que ser Buenos Aires es más que suficiente, e insiste e insiste en querer ser París, y ahí se putrefacciona, en su insatisfacción.

La señorita del mostrador

Se levanta por la mañana tal y como podría no levantarse, suspira y no se peina. Elige una de las faldas de flores que llevan en su ropero desde el 82, se toma un café soluble y unas galletitas sin sal. Sale a la calle siempre con paraguas y coge el autobús para ir al hospital. Tiene una hora y media de viaje para mirarse las uñas, subirse el asa del bolso en el hombro y pensar en cómo se preparará el huevo de la cena. Cuando llega a la quinta planta caminando encorvada pero etérea, limpia el polvo de las rosas de plástico, besa el rosario, se sienta en su silla tapizada de skay y va llamando a las pacientes por el numerito de madera que les repartió. Con su letra pulcrísima escribe escribe, permanece en su mundo de oficina que en el resto del planeta desapareció en 1982, el año del colapso para la señorita del mostrador.

Interludio en beis

Las siete señoras se visten de beis, marrón, gris, verde cazador, azul marino, salmón y berenjena. Yo voy de celeste. Todas son viejas y me miran protectoras, una lee Reflexiones parael alma, otra me recuerda que no me olvide el paraguas, algunas se tiñeron de colores inexistentes en la naturaleza, y otras se dejaron hermosos grises tribales. Por primera vez quiero llegar a vivir tanto como ellas como para tener eso en la mirada, esa capacidad de transmitir abuelitud.

miércoles, noviembre 19, 2008

Vaivén

Yo he viajado en el furgón de carga del tren del oeste, sentada en el suelo con Calígula en los brazos, con los ojos cerrados pensando en no pensar más que en el viaje con Calígula como cosa emocionante, con los ojos abiertos observando la bicicleta que colgada del manillar oscilaba pendular, asustada como el gato del ruido desproporcionado del traqueteo. Hemos hecho viajes más largos, Calígula y yo, pero éste nos gustó, nos gustó ver los carteles de las estaciones en otro sesgo distinto desde el suelo, el de Flores bien porteño, nos gustó llegar a Once y que hubiera sol, nos gustó el trayecto del taxi, Viamonte al 2518, no nos importaron las colillas en el suelo, ni el atasco en Mitre, ni el desatino apasionado que son nuestras vidas.

lunes, noviembre 17, 2008

Un Buenos Aires privado

Porque hoy te has ido juego a tomar bondis desconocidos, el 7 hasta Congreso desde Retiro, el 17 desde Piedras hasta Juncal, recorro Avenida de Mayo en el subte desde Rivadavia hasta la Plaza, camino bajo los jacarandás, miro escaparates, reconozco mi Buenos Aires privado, entro en la Legislatura en el día del militante a una conmemoración viva Perón carajo con una bolsita con lencería sexy de regalo para la mucama paraguaya, así que contraveniendo el espíritu revolucionario me siento traidora y por lo tanto feliz, me preparo una cena de soltera mientras me acuerdo de cuando sentada con la cortina de muselina blanca transparente ondeándome delante de la cara y el altavoz taladrándome el tímpano, cada vez que te vi en la pantalla me puse colorada como un tomate.

domingo, noviembre 16, 2008

Peceto al horno

Buscar por las alacenas ajenas las especias que se puedan encontrar y ponerlas en un cuenco con un poco del vino que se pueda encontrar, en nuestro caso: romero, tomillo, ají molido, pimienta, dos generosas cucharadas de mostaza de Dijon y Chardonnay, juramos que con cualquier otra cosa que le pongan estará bueno. Mezclar con un par de dientes de ajo picaditos y cubrir con esta mezcla el peceto. Dejarlos que se hagan amigos unas cuantas horas, luego freír el exterior del animal en manteca de cerdo o aceite de oliva en una olla honda para que no nos salpique la cocina.
Cortar en trozos grandes las cositas que se compraron el día anterior en el supermercado con las pupilas dilatadas por accidente estúpido con el colirio: zanahorias, champiñones, calabaza, patata, por ejemplo, pero puede ser cualquier otra cosa (unos níscalos y unas setas y unas judías verdes estarían bien). Poner todo en una fuente con el aceite o la grasa colado de haber dorado el peceto, un poco de caldo que habremos preparado con verduras y laurel y pimienta, por ejemplo, y medio vaso del mismo vino que usamos para el aliño. Meter en el horno unos cuarenta o cincuenta minutos, a fuego medio, y procurar no enojarse si nuestro invitado llega tarde, o se caerá el soufflé.

sábado, noviembre 15, 2008

Ambiciones

Quiero una casa. Quiero tener a mi gato a mi lado. Quiero escribir dos libros. Quiero que algunos señores escriban canciones para que yo las cante. Quiero ser luz y almohada para los que quiero. Quiero estar contigo.

Haciendo oposición

Por un lado y por el otro, por los dos lados, como siempre fue, la gente opina que no se debe apostar, las personas nos dicen y sentencian, por tu lado, por el mío, por los dos lados, tal y como fue antes, nos aseguran que es mejor que apaguemos las luces más arriba y nos vayamos, que este caballo asmático no llega a ningún lado. Pocos cambiaron su discurso, y los un día entusiasmados caen en un cansancio, ya va para cinco años que nos preguntamos si nos estamos empeñando en algo que no puede ser. Oídos sordos tanto no se puede, el ruido y la furia de la oposición actúan en el tímpano como gota china o como veneno para el papaíto de Hamlet. Y si nos empeñáramos, ¿sería? Y si nos nos empeñamos, ¿será? Y si dejamos de empeñarnos y de patalear y dejamos que un río nos lleve, ese río running undergroung, underneath the town towards the sea.

Café de los Angelitos

Café de los Angelitos, con terrones de azúcar y servilletas en las que se pintan muñequitos con mi pluma. Es la una de la mañana y estalla la tormenta. Llueve llueve llueve la lluvia sobre la marquesina de la entrada. Llueves llueves llueves Buenos Aires sobre mí, sobre la tristeza difusa del futuro naufragio, sobre el contento de estar en el Café de los Angelitos un viernes de noviembre, sobre él dibujando su rosa de los vientos frente a mí, sobre el ristretto, sobre la serenidad moriture. Y llueve llueve la lluvia fuerte fuerte sobre los que corren por la avenida Rivadavia vestidos de verano, sobre Calígula que solía arrebujarse a mi lado cuando llovía, sobre la vida que se dibuja de otra manera y de la misma manera, chiquitita y brillante, mía, y para los que quieran, nuestra.

Intentos

Hay un hilo entre los días, un hilo que a veces pretendemos cortar, y sin embargo no se puede, persiste la tanza entre un día y dos días y tres días y cien días. Y así se suceden con compás, es como sin que lo supiéramos nos hayamos quedado pasando cuentas, y hace un año que te fuiste y seis meses hace que volviste, y seguimos sin descanso hablando de romper el collar, de andar cada uno otro camino, y sé que cuando dices que no vas a desaparecer es porque pensaste mucho en recibir mis mails, visitar mis casas, presentarme a tus mujeres, y sé que cuando digo que voy a desaparecer es porque si nos vamos y vuelvo a verte querré volver. No sé, a veces yo también me muero de hambre y pienso en una vida París era una fiesta, un fugaz segundo que dura su segundo de hartazgo, pero es cuando me despierto y veo el pi de tu espalda, la razón de mi circunferencia, y pienso en nuestro privilegio y que no hay hambre que no se pueda saciar dentro de este faro, cuando pienso que si se rompe el hilo entre los días no estaremos desayunando más juntos, te acaricio la cabeza y cerrando los ojos no comprendo que sea posible que seamos tan estúpidos. Neuquén, dices. Será Neuquén. Luego dirás Madrid, y será Madrid. Y tú que fuiste cachorro cuando te conocí ahora eres algo muy distinto, algo que tiene un hambre solitaria que sé que no puedo saciar, un hambre loquita igual que mi propia hambre de sola, y recuerdo que siempre, aquel siempre pequeñito que nos embaucó, nos quisimos acompañar en los banquetes comunes y en los banquetes individuales y la vida era una fiesta sin hartazgo artificial. Qué hacemos, niño, y si no hacemos nada y nos quedamos un rato en este fin de semana, porque no podemos perder la partida sin desbaratarnos, porque debe de haber alguna manera aunque no haya ninguna. Yo sólo te quiero, no puedo hacer más, pero tampoco puedo hacer menos.

viernes, noviembre 14, 2008

A veces un no niega

Si te sientas varias horas en el mismo sitio a realizar una actividad aburrichenta, digamos terminar de corregir un libro un poco infame que alguien escribió y aunque sea infame te da envidia, si te levantas a hacer café, a ver si Martín duerme, a mirar la plaza, pero el grueso del rato se consume en estar desde una hora hasta las horas siguientes cinco horas en el mismo lugar, y ves como la luz cambia despacito en el balcón, cómo se enfría el café en la taza tan fea, como mejora muy poquito el libro infame con los acentos puestos, cómo Martín se despierta y se duerme después de habernos acostado a las siete y media de la mañana por quincuagésima vez en la semana, te acuerdas de la chica que anoche cruzó Juncal a las cuatro de la mañana con las llaves en la mano y abrazada a si misma, entonces, bueno, te imaginas que quizá sea posible salvar la vida no sólo para salvarla sino para hacerla tuya de ti, tuya sola, para seguir tejiendo la trama de los síes lentamente y no temerle al bisturí del nunca.

Some days are bigger than others

Hay días pequeños y hay días grandes, hay días de andar por la plaza o cruzar la 9 de julio hasta el bajo, hay días de no ir a Palermo y días de volver a mi antiguo barrio de Congreso para tomar mate con Enrique. Hay días que han sido ir al Botánico con Petiso y la que fue su única novia mujer, ir a los bosques de Palermo a hacer yoga mientras el sol se ponía y llegaban las estrellas y la luna casi llena y los jacarandás que morados se derretían hacia el suelo, han existido días de reuniones de primos y días de Drambuie, días de hospital y días de tren hacia Moreno para ver a mi pequeño gato trastornado, existió un día de ver invitada el musical de Nacha Guevara, una noche El Yugo, una noche Bomba del tiempo. Y es que hay días grandes y días pequeños y me parece que ya llevo dos semanas en Buenos Aires y que antes, lo recuerdo, me recorrí tres mil kilómetros desde Asunción a Bariloche, y que los días entonces no tenían nombre y eran montaña y fue un lago y fue un paseo por la carretera, y a veces los días son no pensar y dejar que los días no sean días y a veces es pensar o sentir demasiado o las dos cosas al tiempo y entonces me hago un lío y así estamos, así seguimos, así respiramos.

Calígula

No se debe abandonar lo que se ama, pero sin casa dónde pones tu casa. Porque tú Calígula que ahora gruñes entristecido y no comprendes fuiste antes feliz y fuiste lo que hacía de mis casas una casa, y yo te abandono aunque te deje en el lugar desde el que me ayudaron a sanar, en la cueva de la bruja que me amainó, en el corazón de mi corazón en internado, y me duelo Calígula de abandonarte, en pos de algo que no sé si será nuestra casa, pero sé que llegará un tiempo para los dos, bichito negro, en el que volvamos a ser casa, en el que tú y yo.

Las personas se casan y se descasan y se vuelven a casar

Estuve en un aniversario de boda, cuarenta años, Yacht Club, una vista de Buenos Aires como una Manhattan bajita al otro lado del canal, aniversario de personas que saben bailar juntos y quieren celebrar. Estuve en una boda primeriza, el juez de paz era el mismo que hace años me enlazó en judicial matrimonio a mí, Club de golf, una vista de las afueras de Buenos Aires como un Melrose pequeñito, boda de personas que no sé si saben bailar juntos porque en el momento del vals estaba sentada en un banco del jardín mirando las estrellas y dejando que un mosquito me picara el pie. Y no sé, son hombres y mujeres que se embarcan en esa cosa viscosa y fiambrera del coleccionamos basuritas mutuas o en esa cosa emocionante del os juramos que queremos estar juntos contra viento y marea y que un rayo nos parta en dos si mentimos, y son emocionantes las fiestas porque tienes que ir disfrazada como si la vida fuera siempre champán, y a veces viene bien sentirse Scott Fitzgerald unos cuantos días, volver a casa al amanecer con un traje largo en un taxi, quitarse los tacones y los ganchitos del pelo en el ascensor, desmaquillarse los ojos, dejarse caer en un sillón cuando los putos pájaros empiezan su día, acordarse con nostalgia de lo que puede ser desintegrarse en la emoción de estar enamorado.

Lo primero es salvar la vida

Tengo una doctora, me pertenece, aunque sólo la he visto una vez, es oncóloga biológica, o sea contradictoriamente oncóloga y homeópata, y me dijo que lo primero es salvar la vida, que luego ya pensaremos en lo demás, en si me dan miedo las tormentas, en si no escribo, en si la tristeza me agarra por la mañana o por la tarde. Fui a ver al Manitas de plata de la Argentina, el promulgador del en caso de duda es mejor extirpar, quien recto y viril desde su silla de prócer me alargó su edicto sellado en lacre. Tengo otra doctora que es mi amiga y me cuida y es la que me pincha y me corta y me analiza y se reverencia ante el Doctor y es pequeñita y japonesa y siempre la tengo que abrazar. Y es que los hombres son sintéticos y las mujeres simbólicas, como dice la abuela de Luli, y qué duda cabe que nosotras sabemos que además de rajotear hay que cuidar, que además de ser expeditivo y eficiente hay que ser amante y calidez, y qué duda cabe que hay dos maneras de subir una montaña, de carrera y para arriba o en zigzag.

¿Extrañas tu país? Tengo nostalgia de mi sitio

Mi vida es esto que tengo ahora, y no otra cosa, no es antes, no es después, es yo ahora en el sofá de la casa de Alejandro, es Martín permeable y luz de gas, es un libro por corregir, es la cena con Cristina, son mis ganas de coger hasta morir, son mis padres lejos masticadores que me provocan la ternura, son riesgos que no me atrevo a correr, es la ola que me llega hasta los ojos desde la congoja torácica, es la alegría hic et nunc, son todas las noches bonaerenses en la terraza con las cañas, es Ignacio con su dedo en mi pantorrilla, es la tinta de mi pluma sobre el papel satinado de un cuaderno que me hizo mi padre y que encontré en un bolso que dejé aquí cuando me fui de Argentina en el 2006, es la emoción de que dos personas que quiero se reconcilien después de varios años, que en vez de tirar su amor a la cloaca lo disfruten y hagan uso, es un perro que ladra en alguna parte, los autos, la noche que cae, Vissotsky que suena, es tener que operarme de nuevo, es estar contenta de ser yo, de dolerme un hueco, de acordarme invadida de esas ganas de que alguien que me desee me recontra desee hasta la muerte, es estar de nuevo en esta ciudad con Martín, es el gato lejos, es apoyar un ratito la cabeza en el cojín granate y cerrar los ojos.