jueves, noviembre 20, 2008

La señorita del mostrador

Se levanta por la mañana tal y como podría no levantarse, suspira y no se peina. Elige una de las faldas de flores que llevan en su ropero desde el 82, se toma un café soluble y unas galletitas sin sal. Sale a la calle siempre con paraguas y coge el autobús para ir al hospital. Tiene una hora y media de viaje para mirarse las uñas, subirse el asa del bolso en el hombro y pensar en cómo se preparará el huevo de la cena. Cuando llega a la quinta planta caminando encorvada pero etérea, limpia el polvo de las rosas de plástico, besa el rosario, se sienta en su silla tapizada de skay y va llamando a las pacientes por el numerito de madera que les repartió. Con su letra pulcrísima escribe escribe, permanece en su mundo de oficina que en el resto del planeta desapareció en 1982, el año del colapso para la señorita del mostrador.

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