viernes, noviembre 14, 2008

A veces un no niega

Si te sientas varias horas en el mismo sitio a realizar una actividad aburrichenta, digamos terminar de corregir un libro un poco infame que alguien escribió y aunque sea infame te da envidia, si te levantas a hacer café, a ver si Martín duerme, a mirar la plaza, pero el grueso del rato se consume en estar desde una hora hasta las horas siguientes cinco horas en el mismo lugar, y ves como la luz cambia despacito en el balcón, cómo se enfría el café en la taza tan fea, como mejora muy poquito el libro infame con los acentos puestos, cómo Martín se despierta y se duerme después de habernos acostado a las siete y media de la mañana por quincuagésima vez en la semana, te acuerdas de la chica que anoche cruzó Juncal a las cuatro de la mañana con las llaves en la mano y abrazada a si misma, entonces, bueno, te imaginas que quizá sea posible salvar la vida no sólo para salvarla sino para hacerla tuya de ti, tuya sola, para seguir tejiendo la trama de los síes lentamente y no temerle al bisturí del nunca.

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