miércoles, diciembre 30, 2009

Debo a la conjunción de un espejo

En una noche del Islam que se llama la Noche de las Noches se abren de par en par las secretas puertas del cielo y es más dulce el agua en los cántaros; si esas puertas se abrieran, no sentiría lo que en esa tarde sentí.

Suela Huckleberry Finn

Es de noche y llueve muchísimo fuera, viene Javi con una botella de vino a sentarse con nosotras en el sofá y se habla. Es otra noche y no llueve nada y vamos a buscar a Javi y nos sentamos con él en una barra y se habla. No sé si la gente se da cuenta de que las relaciones se entablan con un hormigón armado en el que el lenguaje es la armadura de acero, luego brota la compañía. No sé por qué ando tan solemne cuando todo es un puro divertimento, una felicidad de que en un salón alguien diga suela huckleberry y llueva o en un bar alguien diga sigue hasta la luz y no llueva. A veces se posee una frivolidad de copa sostenida negligentemente en una mano y se pueden contar las cosas de otra manera, a veces sentarse en un sofá o en unos taburetes de diseño imposible de un bar o en los sillones de una coctelería puede decirse con chisporroteo fiesta y con la noche, y otras veces es así, una ternura que miro desde el afuera de este adentro de nuestro estar los tres juntos.

martes, diciembre 29, 2009

Paseo de los Tristes


La Alhambra está ahí arriba, lo sé sin mirarla mientras atravieso el Paseo de los Tristes por la acera, lejos del Darro. Por un claro de nubes entra una luz, sé que esa luz estará rompiéndose detrás de la Alhambra, ahí arriba, sin mirarla, lo sé. Años subiendo por este empedrado, años viniendo a estos bancos a vivir, a malvivir, a romperme a cachos y reconstruirme, años de la Alhambra ahí arriba con luz y sin luz, entintada de tinta china o esplendorosamente sanguina contra el celeste, años de que ante su marco hayan transcurrido muchas de mis cosas. Al final, porque hoy las dos respiramos tranquilas, me acerco al poyo de piedra y me siento sobre el Darro a mirarla, aunque sin mirarla la sepa, la miro en sus ladrillos y en la luz, nos reconocemos los años, nos demoramos la una en la otra, nos dejamos ser.

lunes, diciembre 28, 2009

Un sillón para morirse


Hay una rendija Cortázar en mi vida, tapada con papel pintado. De cuando en vez despego el papel de la pared y miro dentro sus palabras, miro lo que fuimos, Julio y yo, recuerdo todos sus libros todos menos Fantomas que tuve en ediciones raras, bonitas y coleccionadas (Cronopios y famas robada en una biblioteca de Estrasburgo, ya prescribió el delito) y que no tengo más, recuerdo mi primera Rayuela y lo raro que me parecía que estuviese permitido asombrarse y escribir sobre las cosas con las que él escribía y se asombraba y que a mí me abismaban lo mismo: el café, los tornillos, la pasta de dientes, los bichitos voladores, la tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente de existir, el tiempo como un chicle, andar por la calle, la literatura como único argumento posible para seguir, los gatos, París, Buenos Aires, la necesaria pérdida, el asco que da sobrevivir. Cortázar es un amante antiguo, antiguo y enterrado detrás del papel pintado del que saco, de cuando en vez, una carta amarillenta y en el entonces de leerla vuelve todo aquel tiempo en el que supimos encontrarnos, Julio y yo, y de qué manera. Cuántas cosas nos han quedado al uno del otro, aunque en alta voz nos hagamos los orgullosos y hayamos dejado de elegirnos para pasar el rato.

Invención invernal indoors


Bellezas invernales en la canción de Rufus por dentro del salón, el ruidito de la estufa quemando oxígeno, las montañas, el frío y Granada afuera del balcón, un perrillo acurrucado sobre un almohadón, el yersi más gordo del mundo, una cocina en la que cocinar, con su cajón para los cubiertos y sus tazas en fila sobre el anaquel, sus ollas, sus cazos, sus sartenes. El cielo es gris y es amplio y está lejos, yo vuelvo de la calle, del gorro, los guantes y el abrigo, de lo que queda de Granada, de un frío que corta el alma y te la saca humito de la boca. El ancho mundo espera frente a este trampolín al que siempre desde hace siglos subo antes de saltar, la casa de Fabián y Marisa, en la mano la llave que me dan para que entre y salga y pueda irme y volver a este puerto salvo al que me arrimo carabela, del que me reclaman con amores siempre. Es invierno hoy, se le nota a los cables de la luz y a las nubes y a los humos de las chimeneas, al verde de los árboles, se le nota a Rufus en sus trenes y preparativos de maletas que se cierran con un clac clac brillante que resuena en las intenciones de volver a la carretera, pura melancolía en pie, beautiful queen.

sábado, diciembre 26, 2009

No man is a failure who has friends


Enfrentarme a este mundo que se me rompe es como enfrentarme a un ropero en una mudanza, aunque en realidad me siento más como si mi casa hubiese sido bombardeada. Sé que tengo que elegir, descartar, quedarme con. Sé que tengo que mirar cada cosa en perspectiva y triage al canto (porque las cosas que tiro siguen danzándome en la sala de espera): bolsa de basura, bolsa para regalar, caja para guardar (caja que de todas maneras llegará a alguna otra casa, a algún otro lugar transitorio). Enfrentarme a estos días de mi mundo que se resquebraja es otra mudanza, y es mejor hacerlo con espíritu festivo de mudanza, aunque no me quede en pie ni el quicio de la puerta: música alta (Queens of the stone age, Shostakovic), ganas de que las cosas que no elijo no vengan a atormentarme en sueños, ganas de que la caja que me quedo sea la caja que me quedo y esté llena de cosas que se quieren quedar conmigo. Anoche me preguntaba de dónde viene todo ese cariño que recibo, de dónde mis amigos que me sostienen en pie con sus ganas de verme. La vida es un milagro, dijo ayer mi madrina, será eso.

miércoles, diciembre 23, 2009

Viens, mon beau chat, sur mon coeur amoureux

En cuclillas en la cocina le doy a Calígula de mi dedo lo que queda en el vasito del yogur que me comí. En cuclillas sobre las botas altas de taco chino de Vicente López y Rodríguez Peña, todavía con la chamarreta de cuero puesta y encremallerada, lo miro a Calígula, le pregunto cosas, le aseguro cosas, como que estamos él y yo, ahí, sobre el suelo anaranjado y sobre el planeta, juntos, solos, ambos.  En cuclillas el vestido se me sube y yo cierro los ojos un momento mientras Calígula se golosea de yogur y de mi dedo y siento cómo giran los goznes del universo en derredor del universo y el gato y yo permanecemos en un lugarcito nuestro inconmovible, viendo pasar las corrientes y a veces montándonos en extraños barcos que nos traen y nos llevan y nos vuelven a traer. Siento nuestra mutua compañía, nuestro mutuo pacto de permanecer, lo reconfortante que resulta que exista Calígula en algún lado y la certeza de que está esperando, siempre, que yo vuelva; conocerlo, en sus gestos y maullidos y maneras de tocarme con su pata, morderme, mirar, ser. Abro los ojos, y me veo en cuclillas, en la cocina, con la cuchara en una mano y en la otra mano el dedo regalado a Calígula, afectada de vivir, hambrienta de mundo, convencida de que el gato y yo sólo somos dos, esperando que el gato y yo siempre seamos nosotros dos, agradecida hasta la más sensible de las médulas porque el gato y yo seamos estos dos.

martes, diciembre 22, 2009

Pavo con almendras

En la Nochevieja del año 73 mi abuela Carmen murió mientras preparaba el pavo para la cena. No la conocí a ella pero sí conocí la que había sido su cocina, un sitio enorme de precioso embaldosado antiguo (horas me pasé cuando era chica recorriendo los caminitos de las losas), con un ventanuco y puerta doble en el que me daba miedo entrar sola y que fue derribado junto con la casa que lo contenía hace ya tiempo. Durante años la familia de mi madre no celebró la Nochevieja y la receta de mi abuela del pavo con almendras fue condenada al ostracismo culinario familiar. Pasó el tiempo, ese tiempo repugnantemente sanador, y ahora usamos la receta incluso para guisar el pollo. No es complicada en su versión pura de abuela y yo he ido añadiéndole variantes según las ocasiones. Aquí os la dejo a mi manera, en honor a Carmen Salado, esa abuela que nunca tuve y que murió haciendo su pavito con almendritas.
Dorar el pavo cortado a trozos en aceite de oliva. Colar ese aceite y utilizarlo para sofreír cebolla picada y ajo. Cuando la cebolla pierda su orgullo añadir almendras crudas picadas para que se tuesten. Poner un poquito de maizena para que luego espese la salsa. Echar vino blanco a discreción (por favor que sea un buen vino, cuanto más seco mejor, y si es un fino de El Puerto mejor). Después poner el pavo, un poco de sal, una hojita de laurel, unos granos de pimienta y unos clavos de olor. Dejar que todos los ingredientes se amen bastante rato y ya.

lunes, diciembre 21, 2009

Elizabethtown


Veo mucho esta peli, no tanto como Río Bravo, no tanto como Ser o no ser, pero la veo mucho, desde la primera vez que la vi tirada en el sofá de Yrigoyen con la rodilla quebrada hace tres años  y medio hasta la última del viernes por la noche mientras el viento soplaba feroz y llovía llovía. Me gusta Elizabethtown por: el amor instantáneo, vislumbrante y decidido que le nace a Claire y en el que se empeña hasta tumbarlo sobre la lona, la Sarandon enorme, la familia de Kentucky escándalo y disfunción (como deben ser las familias), ese muchacho desorientado que se encuentra con su hilo rubio de Ariadna, los viajes en coche, la noche telefónica (cómo nos gustan las noches telefónicas), el desprendido regalo de personalidad o de arquetipo de Claire para que él llegue solo a su lugar, la puerta azul venida de Túnez, la locura normalidad de Chuck y Cindy.

domingo, diciembre 20, 2009

Garantía de por vida

No quiero hablar aquí de ti, y lo haré porque luego cuando nos vemos no nos decimos nada y yo tengo que bajar por la calle Carretas sujetándome un ojo y otro ojo y un alma y otra alma. Sabes cuánto me duele lo que me duele, y sabes que estoy obcecada y cerrada a cualquier posibilidad, que vengas a buscarme es como si le arrimaran una cucharada de sopa a alguien que se acaba de achicharrar la garganta con ácido sulfúrico. Y tú, que estás siempre ahí como estás tú, tú que me dices quiero estar contigo, y yo que de verte y no verte me muero de la pena por tener la pena que tengo. Aquel mediodía que salí de tu casa con el vestido de la noche anterior, con los tacones de la noche anterior, con el Givenchy Gentleman de la noche anterior, créeme si te digo que me hubiera llorado hasta la última de las pocas lágrimas que me quedan mientras esperaba allí, al sol, a que pasara el coche a recogerme. Me has salvado la vida muchas veces, tú, con tu mantelito, tus cubiertos, tu lámpara de papel. Me salvas la vida muchas veces, tú, que estás así como estás tú y me quieres ver, y eso para alguien como yo que va perdiendo vidas como si fueran papelitos que se caen del bolsillo es una catedral de Burgos. Puedo darte lo que te puedo dar, que son mis ganas de volver a visitar tu planeta, saber quién eres, sentarme ante tu mesa, asomarme a tu balcón, recostarme en tus cojines, dejar que me vuelvas a rescatar. Ojalá pudiera llenarte esa catedral, pero no puedo, y me duele tanto no poder que no sé hasta dónde seguir traspasándote el umbral.

sábado, diciembre 19, 2009

Morphine


En Estrasburgo en el 97 leí Opium y leí Morphine, los recuerdo tan perfectamente como si los hubiera leído ayer. De esta experiencia literaria que es tan válida como las reales experiencias colijo: yo creo que la gente que se droga mucho debe de sentirse así, al final las dosis no les bastan y el resultado que les provoca una poquita tan poquita cosa es una porquería y ellos, añorando el chute del principio que les dio vuelta como una ola rota, a pesar de saber que no lo conseguirán mismo, se siguen intentando drogar o adorando ese estado previo a drogarse, la abstinencia, que te derriba casi como esa ola rota de la que hablábamos porque es su simetría al otro lado, la medida de su hondura: anhelas más, asfixias más, cuanto más alcanzaste alto alto al regalarte maniatado, sin apoyo, a la corriente bienamada. Pero seguro que yo como ellos hago literatura y la gente que se droga se droga de otra manera distinta, menos Cocteau, menos Boulgakov, menos yo doliente y refulgida a través del quebranto, menos anhelo, menos vehemencia, tanto amor, tanto amor, tanto, en el que quise tanto.
Al menos ya ha pasado esa época en que me dolían hasta las muñecas al respirar. Aún así esta tarde podría escarbar la tierra puñado a puñado hasta llegar a China. Aún así sé que aquellas olas rompientes no romperán más contra mi orilla. Al menos no quiero seguir narcótica marítima, déjame que me prive, maldito dolor, te acallo al vuelo.

Cet amour


Cet amour
Si violent
Si fragile
Si tendre
Si désespéré
Cet amour
Beau comme le jour
Et mauvais comme le temps
Quand le temps est mauvais
Cet amour si vrai
Cet amour si beau
Si heureux
Si joyeux
Et si dérisoire
Tremblant de peur comme un enfant dans le noir
Et si sûr de lui
Comme un homme tranquille au millieu de la nuit
Cet amour qu faisait peur aux autres
Qui les faisait parler
Qui les faisait blêmir
Cet amour guetté
Parce que nous le guettions
Traqué blessé piétiné achevé nié oublié
Parce que nous l’avons traqué blessé piétiné achevé nié oublié
Cet amour tout entier
Si vivant encore
Et tout ensoleillé
C’est le tien
C’est le mien
Celui qui a été
Cette chose toujours nouvelle
Et qui n’a pas changé
Aussi vrai qu’une plante
Aussi tremblante qu’un oiseau
Aussi chaude aussi vivant que l’été
Nous pouvons tous les deux
Aller et revenir
Nous pouvons oublier
Et puis nous rendormir
Nous réveiller souffrir vieillir
Nous endormir encore
Rêver à la mort,
Nous éveiller sourire et rire
Et rajeunir
Notre amour reste là
Têtu comme une bourrique
Vivant comme le désir
Cruel comme la mémoire
Bête comme les regrets
Tendre comme le souvenir
Froid comme le marble
Beau comme le jour
Fragile comme un enfant
Il nous regarde en souriant
Et il nous parle sans rien dire
Et moi je l’écoute en tremblant
Et je crie
Je crie pour toi
Je crie pour moi
Je te supplie
Pour toi pour moi et pour tous ceux qui s’aiment
Et qui se sont aimés
Oui je lui crie
Pour toi pour moi et pour tous les autres
Que je ne connais pas
Reste là
Lá où tu es
Lá où tu étais autrefois
Reste là
Ne bouge pas
Ne t’en va pas
Nous qui sommes aimés
Nous t’avons oublié
Toi ne nous oublie pas
Nous n’avions que toi sur la terre
Ne nous laisse pas devenir froids
Beaucoup plus loin toujours
Et n’importe où
Donne-nous signe de vie
Beaucoup plus tard au coin d’un bois
Dans la forêt de la mémoire
Surgis soudain
Tends-nous la main
Et sauve-nous.

viernes, diciembre 18, 2009

El reencuentro estropeado por la traducción


Con mis disculpas a los dos compañeros traductores, pero es que ésta es MI novela

Liliana le puso la mano sobre el muslo y se lo apretó y él se quedó mirando hacia el extremo del bar, en dirección opuesta a Liliana, más allá de los sombreros de panamá, los rostros de los cubanos y los cubiletes en movimiento de los bebedores. Su mirada atravesaba la puerta abierta y seguía hasta la plaza brillantemente iluminada, cuando vio arrimarse un coche. El portero abrió la portezuela de atrás, gorra en mano, y ella descendió.
Era ella. Nadie más se bajaba así de un coche, de esa forma práctica, fácil y bellísima, y al mismo tiempo como si le estuviera haciendo a la calle un gran favor al pisarla. Todo el mundo había tratado, durante años, de parecérsele y algunas habían estado cerca de conseguirlo. Pero cuando se la veía a ella, todas las otras que se parecían resultaban imitaciones. Estaba ahora de uniforme y sonrió al portero y le hizo una pregunta. Él le contestó muy contento e hizo que sí con la cabeza y ellá cruzó la vereda y entró al bar. 
Thomas Hudson se puso de pie y sintió como si algo le apretara el pecho y le impidiera respirar. Ella lo había visto y avanzaba hacia él, por el espacio libre entre el bar y las mesas.
-Discúlpenme-les pidió Hudson a Liliana y al alcalde peor-, tengo que ver a una amiga.
Se encontraron a medio camino en el corredor que se quedaba entre el bar y las mesas y él ya la tenía en los brazos. Los dos se tenían fuerte y tan apretados como es posible que lo estén dos personas y él la besaba fuerte y bien y ella lo besaba a él, palpándole ambos brazos con las manos.
-Ah, tú. Tú. Tú.-decía ella.

jueves, diciembre 17, 2009

Cerámica Bariloche


Hay días como este día de tarde en que ni siquiera esos cinco segundos de la obertura de la partita cuarta me andan. He estado buscando mi paquetito de Cerámica Bariloche, ése en el que tan bien me envolvieron el juego de té que compré las navidades pasadas, cuando ya sabía que me iba, cuando me quedaba un poquito de arresto para hacer apuestas a una casa futura, mía y de la tetera y de Calígula. El paquete sigue sin desenvolver, en su bolsa roja. Yo sigo sin desenvolver, en mi bolsa crisálida. Siempre uso esa maldita tetera barilochense como metáfora de algo que soy yo teniendo una vida que no fueran esos fuegos artificiales decepcionantes que me siento ser en días como este día de tarde, como metáfora de vida en la que esos cinco segundos de partita y el té tengan un sentido más allá del sentido de ser ellos mismos en una tarde, rodeándome. Y es absurdo eso del sentido, ya lo sé, tienen más sentido el té y el piano per se y que en este momento en que me ahogo de desorientación me llamen desde Munich para decirme que se acordaron de mí, me llegue un paquete con unas hermosas sandalias marroquís y todas las sinfonías de Mahler versión Boulez dentro. Mi juego de té podrá permanecer envuelto y encerrado en su paquete rojo hasta que yo me decida a romper tanta espera absurda, pero yo, plantita cuyo Plantavit es el afecto, debería tirar por la borda tanto cardumen y écloser mon pourpre au soleil.

miércoles, diciembre 16, 2009

La sorcière


En clase de armonía soy la única mujer, y hoy, mientras el profesor invertía tritonos, me preguntaba, y era porque se me descamaba el endometrio y a nadie más en la clase se le podía descamar el endometrio, o a lo mejor era por el empacho de Michelet. El caso es que me preguntaba, y no he encontrado respuesta, pero sí una desazón rayana en el vértigo del descreímiento mientras escuchaba Jeannine, nombre de mujer. Me puse a pensar en si Duke Pearson se habría enamorado de la tal Jeannine o si Jeannine sería la hija de la portera de su edificio o una gata que tuvo de pequeño o su maestra de parvulitos o una hermana que murió a los quince de sarampión, en si Jeannine sabría contar los cincuenta y seis compases de su canción, en cómo lo miraría a Duke desde su mecedora mientras él buscaba acordes en el piano y a ella se le descamaba el endometrio. No sé, me pregunto si Jeannine se preguntaba por qué ese la bemol menor séptima.

Aira por dios


Siempre que leo una entrevista a Aira la leo como si estuviera leyendo ficción, no puede ese tipo relajar un poco y dejar de posar de Aira. Me pasa igual con Fogwill, y en vez de considerar que quedan los dos en ese mismo café donde Aira sólo escribe una paginita al día a prepararse respuestas que apesten a soberbia, fantaseo con la idea de que en realidad no los entrevistan, sino que hay un señor con sombrero hongo que se lo inventa todo y lo publica. Prefiero pensar que existe ese señor que dramatiza escritores primero porque es una idea bonita (el tergiversador con su derby),  y porque aunque Aira la mayoría de las veces me parezca una porquería de escritor y lo digo así, sin santiguarme ni nada, y me da igual que sea un imbécil, Los pichiciegos la leí todas las veces con amor ipso facto, el mismo amor ipso facto que sentí cuando lo vi a Fogwill frente a un auditorio de unas doce personas, haciendo de Fogwill bien porque estaba tan lejos de casa que nadie lo conocía. Borges y Bioy, ésos sí que eran buenos entrevistados, con ellos el amanuense del bombín dudaría de su sí propio ser verdadero o personaje.

Spinster librarian


Voy tanto a la biblioteca que la bibliotecaria, que ya me conoce por mi nombre de pila, me ha dicho que selle yo misma los libros que me llevo.

martes, diciembre 15, 2009

Luces en los árboles


Es diciembre y hace frío, dos proposiciones que no unía con conjunción copulativa hace tiempo. Hay luces en los árboles, puestos de castañas y boniatos asados, platos de pestiños y polvorones sobre las mesas de todas las casas, llevo guantes, gorro y bufanda, ni siquiera tengo que volver a casa por navidad porque ya vuelvo cada vez que vuelvo de la calle a la casa helada de mis padres, aquí en los sures no hay calefacción y tienes que ir igual de vestido fuera que dentro. Desde que he abierto la carpeta con mis pruebas de grabado extraño Avenida de Mayo como loca y me acuerdo de mi estufa catalítica en el pasillo que irradiaba amor combustionado para toda la casita, aunque en esta época del año estaba apagadísima. Buenos Aires en diciembre era muchas cosas que no eran sólo el calor y la navidad en manga corta, pero ahora para no armar más quilombo en mi destemplada cabecita, de lo que me quiero acordar es de un diciembre sin manera de pasar este frío, un diciembre como mi diciembre en Aduana, de volver a casa y encontrar a Calígula ronroneador tras la puerta de cristales amarillos, dentro del calor de nuestra casa sólo del gato y mía, dentro de aquel invierno cálido de mis almohadones y mis colchas y mis teteras y mis libros y los radiadores pintados de azul, mi invierno de termostato perennemente encendido. Entonces también había luces en los árboles, pero ese año no quise volver a casa por navidad y me castigaron los hados: me pasé el 25 sola en urgencias, esperando a que me cosieran la mano que me tajée con un espejo Borges que dejó él en Aduana, después de que los policías de la comisaría de Montera al levantarme el vendaje compresivo casero cuando bajé a preguntarles dónde había un hospital insistieran en meterme en una ambulancia. Seis puntos en Madrid me dio un doctor porteño, de Gallo y Charcas, seis puntos que diez días más tarde me quitaría otro médico porteño en Buenos Aires, a catorce cuadras de Gallo y Charcas, donde también había luces en los árboles pero no había ni pestiños ni boniatos ni Calígula ni amor combustionado.

lunes, diciembre 14, 2009

La montaña mágica


Algunas mañanas hace sol y me siento en la terraza a comer mandarinas, dejar que se me seque el pelo y leer de nuevo Islas en el golfo o La isla del tesoro o El negro del Narciso o Cumbres borrascosas y Calígula hace funambulismos sobre los bordes de las macetas, mordisquea las yerbitas y los tréboles que se han dejado crecer en un par de tiestos de plástico, me huele el pelo, se tumba esfinge sobre la mantita francesa que es su mantita desde la casa de la calle Duquesa de Granada y la casa de la calle Aduana de Madrid, entorna sus ojos verdes como el trigo verde, camina por el poyete del balcón, me deja mirarlo acicalarse, en esta temporada balneario en la que me dedico a ser Hans Castorp y no querer bajar de la montaña.

domingo, diciembre 13, 2009

Que surja algún vengador de mis huesos

El pintor mexicano sentado frente a mí y detrás de nuestros cafés me cuenta los siete años que fue drogadicto y las carreteras de México que recorrió de parte a parte en busca de su país o de cocaína, pastillas, drogas varias. Me cuenta sus cuadros y sus mujeres y sus lápices, sus peleas a navaja, sus nueve meses encerrado en el infierno, sus cicatrices, su nombre, su maldad, sus Oaxaca, Tabasco, Culiacán. El pintor mexicano desde la cumbre de sus vidas demasiado vividas, vividas en otro lado del mundo que sólo pisan los que como él se maldicen de cierta manera y trasiegan con una oscuridad elegida, con sus flores del mal, caminan con compañeros de su misma ralea, hacen divisas y banderas de un carpe diem tan distinto al mío, me intenta convencer de la conveniencia de que pasemos juntos este día, viendo el Guernica o el Palacio Real, ya que nos hemos conocido y que seguramente no nos volvamos a ver nunca más. Ésa línea de diálogo fue mía y al reconocerla anuncio de colonia en boca ajena me río porque la tengo tan asimilada a mi sistema sentimental que no me parece verdad que alguien pretenda utilizar mis convicciones para pasar unas horas conmigo. Lo sopeso, al pintor mexicano, sopeso su interés real por mí, su águila o sol. Sopeso medio día madrileño con un desconocido poco recomendable pero con miles de historias para contarme. Lo sopeso, mi interés real por él, mi águila o sol. El deporte de existir y el café son para mí otra cosa. El pintor mexicano me dice gracias a tu padre y a tu madre y a la muerte que no te ha visto, y yo quiero estar fuera de esa vida rocambolesca que implica desastre y necesita de tempus fugit para consolidarse, y sobre todo, estoy a dos calles de estrellarme de nuevo con la tristeza de haberte perdido a manos de esas vidas demasiado desvividas de las que siempre fui espectadora, estoy a dos calles de recordar con nostalgia tus retornos del infierno. Me pongo triste ahora, en esta cafetería frente al pintor mexicano, al saber que muchos comienzos están para mí condenados porque ahora sí sé lo que quiero.

viernes, diciembre 11, 2009

Verano porteño

Entre noviembre y marzo fueron cuatro veces las que regresé a instalarme en Buenos Aires. Mi a la una a las dos a las tres fue el 17 de enero, la ciudad me recibió con una bofetada de calor y yo me pelée con el tachero que me recogió en Retiro porque quiso darme tratamiento for export y le hice parar el taxi en la isleta de los colectivos, me bajé con mi maletita y me subí a otro despotricando contra los guachos que te quieren cobrar 20 pesos por hacer exactamente once cuadras. El tachero número dos me dijo tranquilamente que cuando él sabía que son extranjeros y le decían desde Retiro que los llevara a Recoleta les daba un paseíto por el Bajo. Me terminé de enfadar y hasta que llegamos a la Plaza Vicente López anduve diciendo qué país. Ahora me imagino que con la inflación esas once cuadras saldrán veinte pesos y que a los turistas les dirán el precio directamente en dólares y sé que yo soy mucho menos beligerante, sobre todo porque no me siento tan porteña. A veces me acuerdo de ese cachito de enero que me parece que pasó hace tres mil años, cuando por la tarde iba a verlo a Calígula a Villa Crespo a casa de Pato y nos salíamos a la terraza a corretear moscas y querernos gato y persona y no entender nada de nuestra separación, de las mañanas pasadas en Palermo con Ana tomando mate y deshilando deshilando, de los días que llovía entre las cañas del balcón, de mi leve temporada en Ecuador y Beruti, de las pizzas que encargaba para llevar a Solís, de las noches de escribir, del día que me fui a Chile. Me gusta mirarme de lejos y verme entonces, tan respirada de haberme escapado, tan San Telmo, tan con intenciones, tan encaminada y desencaminada y no me gusta nada verme de cerca, tropezando mil piedras con la misma vez. Quiero volver a ese taxi bajo el sol porteño, quiero sostener mi intención subiendo por Juncal, año arriba, hasta este diciembre en el que no me tomo ningún taxi para llegar a ninguna parte.

jueves, diciembre 10, 2009

Yet you're my favourite work of art

Atrás del escenario hay una puerta por la que pasas a la parte del bar en la que se puede fumar, y eso aquí significa hachís y vasos de whisky sobre la mesa de billar, significa hombres y muchachos jugando a tararear Night in Tunisia o Lullaby of Birland. Pero yo quiero cantar ahí entre el humo y me retan a un My funny Valentine (mi canción) por soleares, acompañada sólo del cajón flamenco. Es notoria mi incomprensión del compás, aún siendo autóctona, pero me mando, My funny y yo somos una y la puedo cantar del revés si quiero, como hacía la chirigota del Selu con los tanguillos, y no es que me haga la lista, es que realmente hemos pasado muchos años juntas. Es emocionante seguir al percusionista en su un dos tres cuatro cinco seis siete ocho nueve diez once doce e ir encontrando huequitos perfectos para el sentimiento años treinta. Es emocionante cantar así, desnuda de músicos y rodeada de músicos que están metidos en este cuartito esperando que venga la noche, suene la hora. Tan lejos del centro que estoy en el centro, tan geográficamente desplazada que estoy en mi propio sitio, sólo me importa ahora cantar. No quiero literatura, sólo quiero mi voz.

I love the open road

La carretera, un coche, las estrellas. Campo traviesa. Luces de casas en las colinas, lejos. La radio puesta y canciones pop. Sereno el lucero arriba, sereno el ánimo dentro. La carretera, un coche, las estrellas. A veces como dice Joni vienen noches como ésta y sólo hay que dejar pasar a los lados los carteles, fantasear con la idea de que no se va a ninguna parte, de que queda país adelante para seguir toda la noche rodando por encima de los kilómetros, junto a alguien a quien alargarle una galleta, un mate, una historia. Y miro por la ventanilla los ojos de la cabeza de la Medusa, y Orión se acuesta enfrente mía, y yo quisiera por encima de todas las cosas que me dejara de doler, retomar desde esa herida mi existencia y seguir seguir por encima de toda la extensión gigante de mi sangre derramada. Yo quisiera por encima de todas las cosas que este comienzo dejara de comenzarme a cada rato y que la carretera de esta noche no fuera sólo un consuelo sino un camino, lejos de ti, lejos del daño, cerca de las estrellas.

viernes, diciembre 04, 2009

Mezcal


Así como he venido, con una rabia rompedora, me instalo en la silla del bar con mis amigas. Estoy en Madrid, en la mezcalería, rodeada de gente conocida y de gente desconocida, y es que he adoptado el mezcal como licor de duelo para esta temporada. El dueño ceceador del lugar me conoce de otras ocasiones y de otros lugares, y consiente en quitar la música para que yo me desgarre de despecho durante los tres minutos veinte que dura una ranchera. El encono de las rancheras no es rabioso, es triste y derrotado, es difícil de comprender ese estado en el que alguien brama su dolor y se mesa los cabellos frente al malhechor o el descuidado: no sirve de nada, es sólo una demostración gratuita, patética, en el sentido de que sólo quiere vomitar su pathos. Como ese sentido lo conozco estupendamente como descendiente de fenicios, griegos, cartagineses, gitanos y moros que soy, ahí me mando: me duele, querido, me duele aquí.

miércoles, noviembre 25, 2009

It's alright with me


Me apoyo en la marquesina de la parada con apostura Charles Boyer y tarareo It's alright with me. Hace sol y llevo trenca. Exulto porque aparentemente nada tiene ni solución ni importancia. El mundo cargado de promesas: hoy un marino decía que en Somalía había abuelas piratas. Una abuela que se hace pirata es un buen ejemplo de lo que quiero decir: no importa cómo quieres vivir, luego te encuentras haciendo de John Long Silver o esperando un autobús en una ciudad en la que no esperabas quedarte. Podría estar no sé dónde con esta misma trenca (cruzando la 9 de julio, subiendo las escaleritas del Pont des Arts, esperando a que cambie un semáforo en Picadilly o en Cibeles) y en todos los escenarios se me vería mirar a uno y otro lado de la calle con la melena incandescente por la henna y este aplomo de saber que todo da igual. Podría tener alguno de esos trabajos extravagantes que siempre consigo quién sabe cómo pero no, estoy aquí, esperando el autobús para ir a clase de armonía jazzística, con una indiferencia tan grandísima por todo que sola silba por mí apoyada en la marquesina de la parada, haciéndose la canchera cuando a la pobre de tanto que le duele hasta la costura de la costura de la costura, no le duele nada.

Los matapollos

Los matapollos
En Amasa existe una tierna costumbre local: un día cercano al 11 de noviembre, día de San Martín, los jóvenes del lugar recorren los caseríos después del desayuno (no sé por qué insisten en desayunar antes) para recolectar pollos, de grado o por fuerza, acompañados por la alegre música de un acordeoncito y un txistu. Luego se pasan el día gamberreando por ahí con cohetes mientras los pollos se quedan atados a un palo esperando que llegue su hora estelar, a la tarde, cuando uno por uno los van metiendo en una caja con un agujero por el que saldrá su cabeza. El juego consiste en que el mozo que corresponda, con los ojos tapados, blandiendo una espada del siglo XVIII a lo que me dijeron, intentará cortarle la cabeza al animalucho. Es la versión más literal de la gallinita ciega que se pueda concebir. Llegué a Villabona un día después del oilasko joku y me perdí el espectáculo, a ver si el año que viene. En Euskadi parece que a cada pollo le llega su San Martín.

martes, noviembre 24, 2009

Voces y daños


Canto. Sentada y sin sentimiento, canto. El profesor me oye y me mira y me pregunta si me ha gustado cómo he cantado. Le digo que no, que no me sé muy bien la canción y que la canté de cualquier manera. Dice que a él le ha encantado y que no me va a poder enseñar a cantar mejor. Dice que mañana me suba con ellos al escenario. El profesor usa su voz para decirme que canto bonito y que es emocionante la emoción con la que canto. Yo lo oigo y lo miro y entre algodones internos se me estremece de agradecimiento ese corazón que tengo hoy tan machacado porque otras personas eligieron usar su voz para decirme daños bastante distintos, daños malvados, daños. En el camino hasta la clase caminé la Alameda Apodaca, de reojo miré el océano mi mar, mi mar mío, buscándome momentos míos de saña furor enojo ciego lo que diga la RAE para intentar comprender esa saña furor enojo ciego en los otros que decidieron escupir ahí en vez de contar uno dos tres cuatro. Calibro y veo que desde el dolor etcétera. Calibro y decido que con la voz es mejor cantar aunque sea sentada y sin sentimiento o decir en fin a vuestras manos he venido, decir que sólo con que tú borrases una las borraba yo todas. Calibro la importancia de calibrar bien la voz, apunten fuego. Nunca, nunca más un daño nacido de mi boca, nunca, nunca más un daño que no pueda vomitarse hermoso en forma de canción dañada dolida doliente. Nunca, nunca más voces y daños. 

domingo, noviembre 22, 2009

Vernissage


En mi paso fugaz por la capital del imperio se quieren poner las estrellas de mi parte y me regalan un local de encuadernaciones puesto con mimo y primor y empacho de André Bréton lleno de mi lobby gay privado y de dibujos de Hisae y de botellas de mezcal y de artistas mexicanas. La intensidad artística adquiere un tono de ph ácido diametralmente opuesto al tono básico de cualquier párrafo Belano y Lima y sin embargo me siento como si estuviera dentro de su DF. Estoy cargada de un dolor que también podemos llamar mexicano o de Perla Avilés, y que más que dolor es una melancolía dolorosa por lo perenne de su encono. Cuando tomas mezcal rodeada de esos hombres que aman a otros hombres y te aman a ti y están encantados de que te conviertas en una divorciada y te apartan el pelo de la cara y te piden que cantes Te solté la rienda cantas Te solté la rienda porque todas esas mexicanas venidas desde México van a ser las únicas capaces de sorberse ese sentimiento al unísono contigo. Y las estrellas quizás no sean esas izarrak gurekin daude que querría, pero son otras estrellas que me enseñan sus puertitas y como tales las reverencio y espero seguir existiendo para vivir atardeceres a caballo y noches mezcaleras y escribir poemas en servilletas de papel que meterme en el bolsillo de detrás del pantalón y encontrarme billetes del 106 en algún bolso y cantar dolores mexicanos con mi voz y que me vengan a decir que les desperté una puertita terrena y que me busquen en mis ojos las estrellas que brillarán para algunos nosotros que seré y que haya alguna vez un consuelo para esas lágrimas negras que te lloro.

Hoy tiene la hache triste hoy


A veces te guardas las historias para contarlas otro día o para al despertar junto a ti sola recordar bajito. A veces es tan triste quedarse viva y que sigan pasando cosas, que haya calles empedradas bajo la lluvia y pendientes de plata patagónicos que se te pierden en los trayectos de larga distancia en autobús y bombones franceses que te ofrecen en una antigua oficina transformada en casa en Tolosa, esa hermosa ciudad. A veces es mejor no escribir si no estás dispuesta a sacar una historia hermosa de la chistera, y otras veces es tan triste quedarse viva cuando te has muerto que tienes que escribir esto: me siento en un banco de la que se ha convertido en mi plaza, bajo el cuarto creciente, entre la lavanda y el romero, y tú estás en otro banco bajo otro cuarto creciente y nos ponemos tan tristes de destrozo al mismo tiempo desde tan lejos que sería bonito consolarnos al saber que los dos masticamos la misma mágoa. Parece que no es el mecanismo normal de la tristeza ése de disminuirse al tener su simétrico, pero al menos ahora sé que también a ti se te caen los sentimientos.

miércoles, noviembre 18, 2009

Euskadi


En los valles, árboles, entre los árboles, caseríos. Los montes van a dar sobre el mar o están en el mar, o de pronto salen al mar y en las islas rocosas a las que puedes llegar caminando cuando la marea está baja pequeños faros desafiarán con su calor a los temporales. Los pueblos pescadores en sus barcas o en alta mar balleneros. Y en los bosques otros hombres interiores fabricaron hierro o prepararon carbón. Y las vacas y las ovejas y los amaneceres y la sombra sin sol. Y Euskadi es verde árbol y es rojo óxido y es plúmbeo mar y es esa roca blanca de algunas montañas y es madera y es piedra y es hierro y son los mandiles sobre las faldas en los que las mujeres se secan las manos al recibirte en el zaguán de los caseríos vizcaínos o en el camino de los caseríos guipuzcoanos o en las fuentes de los pueblos navarros. Y es el agua que corre por todos los ríos y son las ciudades hermosas de faroles labrados y de bancos en los paseos y esculturas modernísimas, son los puentes y los siglos, los monasterios cargados de esa religiosidad vasca sólo vasca. Euskadi es el amor por sí mismo, por sus pueblos, por sus clanes, por la lluvia que llueve tres semanas o tres meses, las comidas interminables con los amigos, los cantos. Por el apellido te conocen, por las fiestas de tu pueblo, por tu euskera. Amo este país, amo a los vascos, amo venir y que me duela irme. Amo el viento de esta tierra y amo su mar Cantábrico, las suaves colinas y las encrespadas montañas, amo sus cuatro tejados, saber la diferencia entre berria y barria. Amo el amor de esta gente por el trabajo incansable y su amor incansable por lo que es suyo.

martes, noviembre 17, 2009

Orio, Zarautz, Getaria, Zumaia, Mutriku, Ondarroa, Lekeitio

De San Sebastián a Bilbao por la carretera de la costa: un camino para hacer en coche con alguien a quien quieras mucho al lado. Hoy no me quedan palabras ni fuerzas ni nada, pero me gustaría mucho poder decir lo que quiero decir sobre esta carretera. Quizás mañana.

lunes, noviembre 16, 2009

Membra Atari nostri

Unas montañas pueden ser unas montañas de Guipúzcoa. Puedes ir acercándote al Txindoki y después darle la vuelta, pasar de valle a valle por carreteras curvas curvas y que sea otoño y los árboles verdeen amarilleen naranjeen enrojezcan. Puede que a pesar de ser noviembre haga sol y que vayas escuchando el Membra Jesu nostri en el coche y te acuerdes de Rodrigo y lo llames. Puede que te dé vuelcos la vida. Viva voce cordis clamo. Subes a San Martín en Amezketa donde ayer inauguraron una escultura hecha con vigas de caserios derruidos. Ante el sol los sesenta troncos son un Stonenhenge vasco demasiado hermoso como para seguir respirando. Te puedes escalar a una de las vigas y abrazarte a ella y ennegrecerte de carbón el abrigo, la falda, la cara, romperte las medias. Te puedes sentar en un banco frente a los montes guipuzcoanos y tomarte un café. Puede que te dé vuelcos la vida. Viva voce cordis clamo. Pero también puede ser que en esa voz que grita esté tu voz y que esa voz remonte las montañas de Guipúzcoa y llegue adonde tiene que llegar: a ese mismo corazón del que se sale. Y que en vez de no querer seguir, en ese eco recibido se aposente, un minuto, ut te quaeram.

Honrar el sentimiento


Hay muchas formas de estar viva, la que más me gusta es esa forma en la que estás tan viva que te das cuenta y te despeinas conforme a cierta locura vertiginosa de existir. Y coges aviones y trenes y bajas y subes de metros y autobuses hasta llegar a una dirección y llamas a una puerta que alguien te abre y tú le dices, mira, me he recorrido tres kilómetros, cuatrocientos kilómetros, mil kilómetros, para pasar un ratito contigo, para honrar el sentimiento, vamos de paseo. Luego se te puede sofisticar el viaje: puedes estar esperando sentada en tu maleta en una plaza en el barrio de Tetuán a que Aurora venga a buscarte y escuchar cómo un señor le dice a otro que qué le parece la idea de intentar robarse mi maleta; te puedes aprender una canción en euskera para cantarla de sorpresa en la boda de Garbiñe y Karlos; puedes ir a cenar con Unai en Pamplona y haceros una foto con Andoni Goicoechea que está esperando a que os vayáis para quedarse con vuestra mesa; puedes pasear por Oñati con Amaia y que en la puerta de esa iglesia cuyo atrio está sobre el río esté el antiguo cura de su pueblo que amorosamente os deja entrar y enciende las luces nuevas de teatro que han puesto en los altares contraviniendo en buena hora las normas de conservación del patrimonio (parece que los policromados, la piedra y el pan de oro se llevan fatal con las dicroicas); también puedes encontrarte con alguien a quien a pesar de que le aporrees la puerta hasta desgastarte los puños no te deje entrar, y que frente al Peine del Viento, en San Sebastián, sepas que lo que te más duele es que él no quiera estar vivo para ti.

jueves, noviembre 12, 2009

De viaje


Me voy al norte: una maleta chiquitita donde meter ropa para unos días. Hará frío: bufandas que aquí no se usan, chamarreta de cuero, tapadito rosa. Habrá calefacción: camisetas pequeñas bajo los jerséis de cuello vuelto. Habrá una boda: mi vestido morado y los tacones que me compré en Santa Fe y Rodríguez Peña para mi propia boda. Habrá mañanas en casas extrañas: un pijama con pantalón a cuadros. Habrá horas de viaje: Chopin, Bill Evans, Bethânia, Jenn Grant, Joni, Thelonious y Los lanzallamas. Habrá bares y más bares: los vaqueros y las botas. Habrá que verte a ti: para eso no sé qué meter en la maleta.

miércoles, noviembre 11, 2009

Quando em você tudo se complicou


El dibujo es de Nicoletta Ceccoli
La calle. El sol de las once insoportable bajo el jersey. El mercadillo de los gitanos, que ahora las mallas se llamen leggins (aunque en los carteles de los puestos pusiera leguis). Los muchachos afirmando que Cristiano Ronaldo quiere jugar, que para eso es jugador de fútbol, para ir tras la pelota, que es el Madrid el que no le deja. Las antiguas vecinas ahora abuelas que me encuentro por todos lados quienes de vendedoras de oro a domicilio con peceras y pentateucos anudados con cintas de raso rosa en el salón (recuerdo infantil: cuatro tomos en rústica del Reader's Digest al lado de La mujer rota que pedí y me regalaron junto con esta frase: llévatelo, es marrón y los otros son verdes) hayan pasado a ser profundas conocedoras de Brasil una y de Estados Unidos la otra.
El hospital. La rutina de volver a hacerme las mismas trescientas pruebas (qué ganas de que me saquen la etiqueta oncológica, un año más sin bichos y chau), la rutina de aprenderme el color de los azulejos, la rutina del banco de la sala de espera donde me dedico a la leve conmiseración autofágica solitaria cuatro, tres, dos, uno, hasta que recupero lo de siempre en la calle y en mí.
La calle. Encontrarme con Yolanda después de dieciocho años, Yolanda que es esa persona que me mandan para liberarme del desconsuelo con la herramienta hoy consuelo yo.
El corazón. Mi maquinita presa de su caja que por este rato no es peligrosa pero se hace peligrar.

lunes, noviembre 09, 2009

Recuerdos chilotes

Sopla el Poniente y de pronto, en noviembre, el otoño. Me encaramo al altillo a ver qué jerséis dejé hace quizá tres años, no puedo fechar, no llevo bien la paleontología de las mudanzas y las maletas removidas, pero sí llevo bien la cuenta de lo que hay en mi única valija traída de Madrid (mi verde salvadora belga): sólo rebequitas y un par de chaquetas nocturnas. Encuentro el jersey de cuello vuelto que Cristina me regaló en Chiloé, aquella vez que en transbordador nos cruzamos a la isla, mi primer océano Pacífico. Como todas esas cosas que guardas en altillos ajenos y que encuentras al cabo de los trabajos y los días, el jersey es una madalenita de Proust, si tiras de la hebra te salen diez tomos. Ahora sólo quiero dejar a la sombra de la muchacha en flor que fui los caracoles morados que recogí en la playa, las señoras tejiendo en la calle, el gato de lana que compramos en Ancud y que fue el primer Calígula aunque estuviera relleno de relleno, el frío de mar nocturno, las tejuelas de alerce de las casas alemanas, los tés con kuchen, el volcán Osorno desde El Frutillar, un paseo que dimos en un cochecito a pedales que fue más thomasmanniano que nicolasparriano, la señora despeinadísima que nos alquiló las habitaciones y su salón abigarrado, el carabinero felicísimo de fecharme el pasaporte con el sello multicolor de los chilenos en el Paso (fui su primera española), lo feliz y nuevo que era todo al cruzar los Andes.

Traerá el olvido puesto

Cuando para evitar tener que desinstalarte decides no instalarte. Cuando para evitar desvivir eliges desvivir. Cuando lo que se es está lleno de ecos sutiles de versos y frases y música apoyada en las ventanas y ventanillas. Cuando se mantienen relaciones intensas y verdaderas con personajes inexistentes. Cuando dentro de esa vasta extensión mundial que es tu mundo encuentras una vasta extensión de terreno Rimbaud, colinas Mitchell. Cuando la luna adelgaza y te abandona a tu suerte mortuoria. Cuando con cucharitas de café mides tu vida. Cuando en un banco al sol estableces el campamento de invierno. Cuando Calígula vuelve a buscarte el regazo. Cuando cierto viento sopla entre ciertos pinos y no quieres caminar.

domingo, noviembre 08, 2009

Anda, Andalucía, anda

Anoche fui a una tómbola benéfica de AFA (me tocó el único libro de la rifa), en la hermandad del Rocío. Albero en el suelo, cuadros flamencos, chocos fritos y tortilla, la carreta del simpecado, las mujeres vestidas de gitana: feria en noviembre. Yo que desde que soy extranjera muero por los cantes por cantiñas y porque llegue abril para enfundarme en el traje, me siento en este tipo de cosas como Nancy en la tesis de Sender, sobre todo cuando aparecen como posibles y ciertas cosas como los bordados de las monjas trinitarias, el ratonero bodeguero andaluz, las seguiriyas, la solera, el trapío, el petifoque, las puntillitas, el sol cayendo a plomo sobre el mar frente a tu vaso de café con leche, los pasodobles de las comparsas. Yo quiero renunciar al jazz y cantar como la Perla de Cádiz.

sábado, noviembre 07, 2009

Mis hombres del momento

Ronald Colman
Roberto Arlt
García Lorca