miércoles, febrero 25, 2009

Operarse, atreverse, estar furiosa

Una se tumba y se encama con el cirujano y el anestesista porque cuando le dijeron hay que cortar, o no, quizá, podemos esperar, supo que hay decisiones que no hay que tomar porque vienen sin el precio. Lo que hace daño hay que arrancarlo y tirarlo a la basura, aunque invade tan fácilmente la fiaca, ese estupor de saber que te van a pinchar, cortar, remendar, ese sentimiento impotencia tan raro de verte cosida y desamparada, cuerpo, carne que puede venderse al peso shylock, que durante cinco segundos te piensas si seguir un rato más con el bicho anidado dentro y usarlo para tenerte lástima y arrastrar cadenas lastimeras por el planeta. La enfermedad viene del alma y te trastea el alma, es inútil rabiar por tenerla y es más inútil aún culparse por crearla. Hay sólo que matar al monstruo y empezar limpia de nuevo, desintoxicarse, dejarse cuidar, que nos abotononen las blusas y nos cepillen el pelo, saber que el dolor va a doler, pero saber también que el dolor va a pasar, luego la cicatriz será medalla del logro fortaleza. No quiero estar enferma así nunca más, no quiero que nunca más me alcance el daño, no quiero nunca más que me tengan que sacar cosas feas de dentro.

sábado, febrero 21, 2009

Cinco semanas


No sé si soy una esteta o una imbécil, porque tengo ganas de llorar y subo al baño del restaurante El Gallego de Tunuyán, el gallego que no es gallego sino de Íllora, y está tan sucio y cochambre que se me pasan las lágrimas y vuelvo a la mesa a comerme mi carne en salsa riquísima (por qué será que en los bares sucios de carretera hacen las mejores carnes en salsa). Afuera llovizna y el hijo del gallego hace cuentas en la mesa de al lado, hablamos de mesa a mesa sobre el calor que hace en Granada en el verano mientras me como las rebanadas de pan mendocino y me trago pragmática las lágrimas.

jueves, febrero 19, 2009

Valparaíso abandonado


Mi última noche porteña es cena no cenada en el bar de la croata y termómetro hasta el 40. Para calmarme me canto agudo y flojito Il bianco e dolce cigno de Arcadelt, el Sicut cervus de Palestrina, los O magnum mysterium y O vos omnes de Victoria, y Chantal aunque piensa que estoy delirando me trae infusiones y tostaditas con queso y miel, pañitos de agua fría. Parto al amanecer camino a Mendoza, ardiendo con la maleta a cuestas y el anillo en el dedo (me lo tengo que poner siempre para viajar). Atravieso de nuevo las montañas que se deshacen chocolate en los ríos y en el autobús no se escuchan los chillidos de las gaviotas ni el ruido de mi fiebre a borbotones. Valparaíso mi puerto seguro ha sido, esperando que zarpe mi barco pasé tres semanas. Ahora tendré que confiar en que si llega mi barco me esperará a que vuelva para zarpar o irá a buscarme a otros puertos. Ahora tendré que confiar en la fortaleza de esta porfía de no dejarme intoxicar más y ahuecar de su significado tantas cosas para que dejen de ser catástrofes humanas y se crezcan nuevos momentos por dentro las palabras, los túneles, otros besos, las canciones del All things must pass.

lunes, febrero 16, 2009

Aduana


Recuerdo perfectamente el olor o la atmósfera de mi casa de Aduana en abril del año pasado. Recuerdo perfectamente el movimiento de las cortinas blancas de mi cuarto cuando dejaba la ventana abierta y el gato echado en las baldosas. Recuerdo la postura que adoptaba contra los cojines del sofá cuando hablaba por teléfono. Recuerdo la tetera, los azucareros, las tazas sobre la mesa que tapicé de fotos de mi colección de cine. Recuerdo la música que ponía y caminar en calcetines. Recuerdo mi vida recobrada, entonces, en la que era mi casa, entonces, pero sobre todo recuerdo la atmósfera o el olor, o las dos cosas, el piso limpio, los libros en los estantes, la gente que venía a casa, la cafetera grande negra, la visita de Arianne y Riki, la cena con Maite el día que nos encontramos la mesa de café, los platos, los vasitos para el vodka que guardaba en el congelador, las noches, Calígula. Recuerdo que la casa era mía y que él no estaba. Recuerdo mi casa cuando venía Edu los domingos, Alex los sábados, recuerdo a Bea comiendo croquetas, a Elena durmiendo en el salón. Pero éramos la casa y Calígula y yo, el tiempo de respirar juntos los tres, de bajar la persiana morada de juncos del salón cada noche antes de ir a acostarme, los cuadros en las paredes, el faro pintado frente a la cama, el mate.

sábado, febrero 14, 2009

Exchileo o sin que yo le cebe mate


Se para el tiempo frente al mar, frente al óxido de las calaminas de la casa de las lucernas del Paseo Atkinson, frente a los turistas verdaderos que pasan en grupo o por parejas, con sus cámaras y mochilitas y chanclas complicadas, a hacerse fotos delante de las cancelas de las casas. Hoy miro los buques de guerra, hoy se nubló y vino la bruma y me arrebujé en un echarpe boliviano. No vendrías tú hasta este banco y tampoco yo te llamaría. No puedo negar que mataría por cebarte unos mates, hic et nunc, sin embargo es otra mi desmelancolía, no sé cuál, pero no tú. Si la pudiera delimitar, triangular, la contaría, pero no sé dónde está ni como cazarla. Llevo a Jorge Teiller en el bolso, a lo mejor lo único que me pasa es que él me ha contagiado.

viernes, febrero 13, 2009

Los Vitrola


Bailoteando en el fango de la cubierta de una de las barcas pintadas de amarillo estaban las merluzas, todavía boqueando. Compré cuatro porque querían venderme una docena. Quédese en Chile y así nos compra el pescado siempre a nosotros, me dijeron los dos pescadores, acuérdese de nuestro nombre, somos los Vitrola. Hacía frío de pronto en la Caleta Portales, donde compré machas, choritos que son mejillones, almejas, camarones que son gambas, jibia que es un calamar gigante, en la parte de los camiones con pescados que vienen de Temuco o de más al sur, y las merluzas a los Vitrola, a los que no pregunté el nombre porque me había vestido con tirantas y escote de verano Saint Tropez y me sentía en desventaja, no sólo de temperatura

Le dieu abandonne Antoine

Quand soudain, sur les minuit, tu entendras
Le cortège invisible,
Ses musiques singulières et ses voix,
À quoi bon pleurer ton destin qui s’effondre, ton œuvre
Qui a échoué, tes projets
Qui n’étaient que chimères?
En homme averti de longtemps, en homme courageux,
Fais tes adieux à cette Alexandrie qui s’en va.
Surtout ne t’abuse pas, ne dis pas que c’était
Un rêve, que ton oreille t’a trompé,
Écarte ces faux espoirs.
En homme averti de longtemps, en homme courageux,
Digne d’une telle ville,
Approche-toi de la fenêtre sans trembler;
Écoute avec ton cœur, mais sans
Les prières ni les plaintes lâches,
Comme un dernier plaisir, les échos,
Les instruments singuliers du cortège mystique
Et fais tes adieux à cette Alexandrie que tu perds.

Herencia de los caracteres adquiridos


Yo soy vasco, me dice el señor bajito con cuerpo en forma de pera, camisa amarillo huevo abrochada hasta arriba, pelo blanco largo peinado tras las orejas con las puntitas saliéndole hacia afuera a la altura de la nuca. Nosotros los vascos trabajamos para que ustedes los del sur puedan cantar y bailar, me dice muy serio. También me explica cómo los primeros barcos de la conquista llegaron del sur de España hasta las Islas Caribes, cargados de morralla y de gentuza, de cómo en los años siguientes fue mejorando la selección de las tripulaciones y de que ya cuando se decidieron a bajar a las costas de Argentina y después cruzar a Chile, eran los hidalgos vascos los que se llegaban hasta aquí. Huelga decir que este señor no es vasco, es chileno, y aunque alguno de sus antepasados hace unos dos siglos decidiera trasladar su apellido hasta este lugar, ese desprecio genérico por la gente de mala catadura del sur dudo que le venga de ahí. Salto por encima de su montículo, la confrontación es tan absurda como en ocasiones anteriores; además este señor frente a una silla descuajaringada dice raulí, dice caoba, dice 1945, dice los sesenta, dice mejor tapizar con chintz, habla de ellas las sillas como si fueran libélulas y es mejor disfrutar de ese discurso irreproducible del enamorado del objeto y olvidarse de la máquina parlante perniciosa que le reverbera sola en la caja torácica. De todos modos, para mí que Chile también es el sur.

jueves, febrero 12, 2009

Santa Ema Merlot Reserva 2006

Hace un rato que vengo pensando que soy la menos equivocada. Y miro el puerto desde el balcón de Chantal o miro la bahía desde el living de Alex y Jorge, oigo chillar a las gaviotas y me dicen que es por hambre, recuerdo el taxi compartido que aquí se llama colectivo que tomé en la plaza Aníbal Pinto para subir al cerro, leo el tarot a los desconocidos con una creatividad certera y vuelvo a saber que soy la menos equivocada: éste es el mejor vino que he tomado en años y te quiero a ti.

miércoles, febrero 11, 2009

Apollinaire se fue a la guerra qué dolor, qué dolor, qué pena


El río Mapocho corre frente a mí. Me apoyé un rato en el pretil de un puente, evocación sous le pont Mirabeau. La cordillera a mi espalda, el puente de cemento horroroso, el río barro veloz rodeado por el parque Uruguay donde los pasos suenan en la gravilla, son Santiago, soy yo y no soy yo entrando y no entrando en el río domado por el dique, son todos los puentes en los que me haya apoyado en la vida y que ahora se convierten en éste. Me siento a insolarme en un banco y oigo el ruido del agua marrón. Llevo el uniforme del verano austral puesto (falda azulina y la camiseta negra que me ponía para los conciertos) porque es día de ríos Mapochos y Rubicones.

No puedo ir al norte. Porque este viaje mío no es sólo viaje, es un intento de demostrar algo y me he cansado de que sea así. Me reconozco, débil en mi fortaleza, fuerte en mi debilidad. No puedo sola, no quiero sola, pero tampoco quiero sostener la pose de que sí puedo, de que sí quiero. El norte es para los otros, para los hambrientos de artesanías y amigos australianos encontrados en Copacabana, yo me voy al mar. Me vuelvo con mi Babayaga chilena Chantal y luego bajaré por la costa hasta Valdivia. Porque ese viaje sí es mío, ese trayecto no optimista es mío. Y así ahora puedo mirar al río de frente, y seguir sin pretensiones, sin fibrina, sin coraza-máscara, yo.

Berenjenas rellenas


Éste es un plato que se hace para cenas de mujeres solas. Es importante que revoloteen a tu alrededor en la cocina contándote todas esas cosas indiscretas que nos contamos las mujeres, y que te llenen la copa de vino y te pasen trocitos de pan con exquisitos quesos y patés mientras cocinas. Se necesitan berenjenas de tamaño medio, una por comensal, preferiblemente hay que elegirlas que estén derechitas. Se abren por la mitad más larga y se les saca la pulpa. El vestido morado de las berenjenas se coloca en una fuente de horno con un poco de aceite de oliva y se mete a fuego bajito. Al mismo tiempo sofreímos cebolla, ajo, carne molida, tomate, la pulpa de las berenjenas. Le añadimos un poco de vino de la copa de la que estemos tomando, sal y un poco de orégano y hacemos una bechamel (mantequilla, harina, leche, sal, pimienta y nuez moscada). Rellenamos las mitades de las berenjenas con la mezcla, le ponemos bechamel y queso rallado (parmesano o reggianito) por encima, y lo metemos al horno unos diez minutos. Es una receta sencilla que da gloriosos resultados, siempre que las amigas y el vino sean buenos.

Le hizo ¡crack! ¡crack! el hueso al final

Por fin caí. En un recodito fácil del camino, caí. Hemos incubado concienzudamente un huevito dolor, nos hemos asombrado de que no eclosionaba sa robe de pourpre au soleil, y aquí está, plumífero y cruel, presumiendo de su talento pico en mis ojos. Pienso en las vastas extensiones de tierra americana a mis pies. Pienso en trayectos, en rutas, en horas miradas por la ventanilla, en la Cruz del Sur, en los compañeros raros de viaje. El pollito maléfico me tutea, y me quiebra varios fémures. Y tú dónde estás. Y tú que desde donde estás me caminas la ceniza. Y tú que desde no estás no vienes a estar conmigo, tú que desde donde estás no me llamas a tu lado.
El pollito se señorea, porque sabe que puede, recorre a caballo mis bañados. Yo lo crié, para esto, para que me matara un poco un día miércoles como hoy, para que fuera mi traspié y mi artefacto asesino. Me dicen que estaré mejor. Francamente, me cuesta considerar otra posibilidad, porque si se afila más las garritas este bicharraco, me mata.

Trayecto optimista

De Valparaíso a Santiago, una hora cuarenta y cinco de autobús.
De Santiago a Calama, veinticuatro horas de autobús.
De Calama a San Pedro de Atacama, una hora y media de autobús.
De San Pedro a Arica, once horas de autobús.
De Arica a Tacna, una hora y media.
De Tacna a Arequipa, siete horas de autobús.
De Arequipa a Cusco, doce horas de autobús.

martes, febrero 10, 2009

La Unión Chica


Estoy en el Café Bar La Unión, todo con mayúsculas, que se conoce en Santiago como la Unión Chica, porque está al ladito del Club La Unión. Parece que aquí venía la flor y nata de la literatura chilena de los 70. No sé si cuando la gente es de izquierdas se puede usar con ellos la expresión flor y nata, digamos más bien la интеллигенция. Tienen una foto de Jorge Teillier al lado de la puerta. Hace unos años hicieron una recopilación con textos de los que pasaban por aquí que se titula Vagabundos de la nada y que vamos a leer. Me senté un rato con los dos camareros viejitos en sus sillas de descanso a charlotear y luego me decidí y entré en el salón; el camarero con los tres bolígrafos Bic azules en el bolsillo de la chaqueta blanca me acompañó a una mesa de mantel rojo de crepé de algodón muy grueso, y me retiró la silla. Hay sólo hombres en el bar. Pido té con limón y me traen una taza enorme rebosando y dos limones cortados por la mitad en un platito. Aquí estoy bien: los manteles tienen quemaduras de cigarrillos, la taza y los dos platos son de juegos diferentes, las paredes son de ladrillo visto pintado con un barniz oscuro, las sillas de madera son pesadas y cómodas. Respiro. Respiro después de caminar por el centro de Santiago varias horas, esperando encontrar un lugarcito para quedarme. Volví al Precolombino hoy pero sólo para sentarme en un banco del patio, porque es como los patios de los sitios donde crecí, el colegio San Agustín, Bellas Artes donde iba a clases de solfeo, el Hospital de Micaela Aramburu, el típico patio cuadrado descubierto con columnas y galería alrededor y puertas que dan a esa galería, y en el spleen o esplín del viaje te da por refugiarte en esos remites. Pero aquí estoy mejor, en la Unión Chica, protegida por el camarero y los agujeros del mantel y el azucarero enorme para mí sola.

lunes, febrero 09, 2009

Carretera y manta


"O where are you going?" said reader to rider,
"That valley is fatal when furnaces burn,
Yonder's the midden whose odors will madden,
That gap is the grave where the tall return."

"O do you imagine" said fearer to farer,
"That dusk will delay on your path to the pass,
Your diligent looking discover the lacking
Your footsteps feel from granite to grass?"

"O what was that bird" said horror to hearer,
"Did you see that shape in the twisted trees?
Behind you swiftly the figure comes softly,
The spot on your skin is a shocking disease?"

"Out of this house"‚ said rider to reader,
"Yours never will"‚ said farer to fearer,
"They're looking for you"‚ said hearer to horror,
As he left them there, as he left them there.

Salve, estrella de los mares


Las plazas grandes con palmeras me recuerdan a Cádiz, me parece. Entrar en una iglesia y que haya una Virgen del Carmen me recuerda a El Puerto, me parece. Me siento en el segundo banco y me recojo en el fervor de la gente que me rodea. No sé cómo llamarlo. Es un grito mudo del espíritu lo que respiras y codicias ahí sentada. Hay una puerta abierta a un patio muy bonito, soleado y con palmeras, en la capilla. Entra la corriente, la gente está en silencio. Me acuerdo de la plaza de afuera, con sus banquitos y la pérgola con las mesas de ajedrez, las palmeras, las estatuas. Miro el patio, es tan raro que una iglesia no esté en la penumbra. Y luego me acomete eso, un celo de tener una madre a la que confiada decir en vos confío. No sé cómo llamarlo, porque no es eso, a mí, atea irredenta, me pasaría lo mismo en un templo dedicado a Gea, aunque me baste entrar y sentarme en el segundo banco y sentir que todos a mi alrededor sin resquicios se entregan al ofuscamiento y a una clase de amor apacible que desconozco para sosegarme. Debe de ser eso que se llama gracia, en lo que yo no creo pese a mi nombre, dogma supremo de la gracia. Debe de ser que he aprendido a respirar.

Missing


Vestidito verde. Chanclas plateadas regalo de Ale, pies por lo tanto bendecidos. Salgo. Camino por la Avenida Suecia hasta el metro Los Leones. Me compro una tarjeta de transportes. Bajo al andén. Subo al vagón cuando llega el tren. Me siento en un lugar libre. Estoy en Santiago de Chile, pienso, voy a pasearme por las calles de Missing. No pienso nada más porque estoy devastada. Así, como una ciudad arrasada por las bombas, como una Beirut cualquiera. Me daría igual estar en el metro de Berlín, las calles tendrían otro nombre y en vez del vestidito verde hubieran sido unas botas y un abrigo, un jersey azul. No caminaría al salir en La Moneda hacia el Museo Precolombino sino a la Neue Nationalgalerie. Seguiría devastada. Y es que hoy se me han parado las obras de reconstrucción.

domingo, febrero 08, 2009

Mil dolores pequeños

Si te sobra el tiempo
no lo tires
que yo te lo uso.
Si me prestas media hora
te devuelvo hora y veinte.
Si me dejas diez minutos
me los quedo para siempre.

El aventón


Es una palabra fea, convengamos. Convengamos en que es feo no encontrar pasaje para Santiago (hay una convención de pastores evangélicos y no queda sitio en ningún autobús) y también es feo para Daniela y para mí ir preguntando con la maleta a cuestas en la gasolinera (aquí se llama bomba de bencina), si alguien nos lleva, porque este país es aplastantemente católico y dos mujeres que hacen autostop son sin duda alguna putas, delincuentes peligrosas o ambas cosas. Un señor que se presenta como César Ramírez, precisamente evangélico e ingeniero automotriz, nos lleva. Estamos contentas del paisaje y del trayecto resuelto y de que el señor sostenga que el Belgrano lo hundieron los chilenos y que él era el radio operador que escuchó el S.O.S. y de sus nueve hijos con nombres de profeta. Yo estoy contenta porque me decidí y seguí viaje, después de coserle una tira bordada a un trozo de tela para que Chantal tuviera un pañito decente para su panera, y así me premia la luna casi llena flotando sobre la cordillera y los viñedos, frente a nosotros, en la carretera.

Adónde irá ese barquito


La señora morena y grandota se sienta con todos sus dibujos y recortes rojos de papel en el sofá y habla de lo que quiere hacer con Brecht. La señora guapa y morena me pregunta de dónde soy y cuando le digo se pone a cantar las carceleras del Penal. La cantamos a dúo para regocijo de Chantal y luego yo sigo cosiendo el muñecote que estoy haciendo. La señora morena hizo de tupamara en État de siège.

Yéndome


Me entraron ganas de seguir viaje. Después de esta noche de insomnio que he ocupado en leer entrevistas a escritores argentinos (no me los puedo tomar en serio, leo las preguntas y las respuestas que les hacen a Aira o a Fogwill y me parece que están choteándose, nadie en su sano juicio puede mantener esas conversaciones vacuas pretendiendo que además lo suyo no es vacuidad sino fatuidad) y en trazar algún itinerario pausible, me parece que parto, que dejo esta ciudad cuna arrorró y me mando a la vorágine. Es imposible sentir temor ni sentirse pionera cuando cada tramo del terreno está registrado en fotos, en blogs, en foros por trescientos millones de turistas poco intrépidos. Estoy así incisiva y maléfica porque quiero dormir y no puedo.

sábado, febrero 07, 2009

Los titiriteros

Me apoyé en la barandilla de la plaza Bismarck. Me acerqué a la barandilla aunque no tenía por qué entrar en la plaza siquiera, pero elegí mirar desde allí el mar. Tengo una forma rara de sentirme ahora, una manera triste sin tristeza, y es como si esa forma de sentirme no fuera un sentimiento sino que yo me hubiese convertido en esa manera de caminar y de mirar las cosas. A veces me atrapa sin aviso la languidez, es como una convalescencia después de una enfermedad larga, y miro con ojos grandes y me contento porque puedo, de nuevo, mirar, y reconocer mis propios ojos en mi forma de mirar. Allí, mirando, vi, bajando la calle, el Museo del Títere. Entré y un chico de Mendoza que actuaba esa noche misma me invitó a sentarme en el escenario a tomar mate. Y conocí a Pepa, que es una porteña de Valparaíso que estudió con Roberto Docampo, mi padrino, en el Teatro San Martín de Buenos Aires. Los que hemos hecho títeres con Roberto y nos encontramos por el mundo nos abrazamos como si fuéramos hermanos retornados del exilio, el que probó lo sabe. A la sombra de su amor por los títeres es tan bonito resguardarse... Yo, que caminaba por Valparaíso sin más rumbo que mirar, recolecté el agradecimiento por el cariño que Roberto dejó en otra persona, me coleccioné un momento de sentarme sobre las tablas que luego por la noche fueron mágicas, cuando Oscar se disfrazó de titiritero y les dejó sacar el alma a sus bichitos, igual, igual que Roberto cuando tantas veces que lo vi agarrar un cacho miserable de gomaespuma y darle vida.

jueves, febrero 05, 2009

Los disidentes


Bajo por Cumming desde la Plaza Bismarck para llegar a los cementerios. Entro en el número 2 y en el número 1, me gustan mucho porque están desordenadas las tumbas y no hay calles cuadriculadas y las verjas de entrada están cerradas con cerrojo pero entras lo mismo. Dejo el de los disidentes para lo último (se llama así porque los católicos no dejaban enterrar a los protestantes en su terreno bendecido y hasta el 1825 cuando los ingleses apóstatas tuvieron su hectárea sus cuerpos apóstatas se tiraban al mar), porque parece que es el más bonito de los tres. Cuando llego a la cancela no puedo abrir el cerrojo, aparece el guarda y me dice que no abren hasta las tres, que son menos cuarto, así que me parece que no son tan tan disidentes estos muertos, y me quedo sin ver los mármoles blancos y la vista magnífica de los cerros y el mar y los barcos de la que gozan los muertos disidentes.

Mercado Puerto


Estuve sentada en la escalinata de la Iglesia de la Matriz, preguntándome cómo sería sentarme ahí si viviera en Valparaíso. Y luego entro en el mercado y paso por delante del mismo puesto de verduras donde la gatita gris que se sienta en el mostrador se abrazó a Gugu cuando vinimos con Loro Corión. La gatita está abrazándose a un señor con la misma intensidad y arrobo, casquivana. Subo la escalera ruinosa de peldaños desgastados por tantos años de ser pisada, por generaciones de pies, dijo Loro. Entro en el mismo restaurancito de la otra vez, hay muchos en toda la planta, pero quise que me reconocieran y sentirme un poco cuidada por la señora pelirroja que cocina. Todos los manteles de las mesas son amarillos menos uno que es azul, y ahí me siento, frente por frente al frigorífico. Pido pastel de choclo, el otro día en festín de Babette comí machas parmesano, pastel de jaiba, reineta rebozada y ensalada chilena. Me traen pan, mantequilla, pebre, limón y sal. Y aquí estoy a salvo, no sé de qué porque las calles de esta ciudad no son calles de ciudad y no hay que hacerse dueño, sólo hay que pasear un rato marinero, y si hay un lugar insalubre para comer pescado sobre la faz de la tierra es éste. Quizá sean los sobremanteles, que parecen pañoletas rusas o el lugar con referencia previa que al repetir se convirtió en costumbre. Siempre se necesitan coordenadas, pero más ahora que ando tan descuidada y vagabunda, mi única patria la mar. Recomiendo este lugar, pero hay que darse prisa, en marzo gracias a los fondos de la Unesco empiezan a «rehabilitar» y esta decadencia descatalogada se prostituirá al plástico, a la normalización Aenor.

Con su camisita y su canesú


Hago muñecas y cuando encuentro a otra persona que también hace muñecas (no sé por qué digo personas, no conozco a ningún hombre que haga muñecas, los títeres no son muñecas, me desvío) y además sus muñecas me gustan, es más sencillo saber que nuestras relaciones van a ser de calidad para exportación (no entiendo por qué siempre dejan los mejores productos para exportar, pero así somos los humanos, me desvío) y la relación en sí también se hermosea, se aliviana como humo azul subiendo subiendo hacia el cielo. Aparecen las muñecas y suspiras aliviada, hay una común unión, como dijo el juez en la boda de Simón y Ana, me desvío. Así, conocí a Alejandra en una cena en su cocina, Gugu y yo llegamos con vino y queso y nos fuimos más felices y hermanadas con las mujeres asalvajadas de la tierra y por supuesto alcoholizadas (os recomiendo el vino chileno, ojalá pudiera dar referencia nominal de alguna de las tres botellas que nos tomamos pero no recuerdo, me desvío). Y Alex me regaló una de sus muñecas LuLú, ésta, porque yo al verla sentí que era mía, y desde entonces duerme al lado de mi almohada y la siento realmente para mí.

miércoles, febrero 04, 2009

El mundo de la orilla

Los niños marítimos son iguales en todos los puertos. Rompen las olas y ellos se bañan y le juran a sus madres que los llaman que la próxima ola grande será la última. Bajo a la orilla del Pacífico, sembrada de chiquillería, la corriente de Humboldt congela y asalvaja el mar. La multitud de niños espera afuera del agua a que venga la ola para chillar y correr de cabeza hacia ella; es tan grande que cuando llega al sitio donde se te cubrían los tobillos te cubre hasta los hombros. Me quedo lejos un rato estudiando el mecanismo, intentando descifrar las maneras de esta agua que no es mía. Pero esto también es un océano y yo también fui una niña marítima, así que entro, me sumerjo, me limpio el pecado de ser la única persona mayor de 15 años que se baña, el mar y los niños me aceptan, y aprendo a saltar entre estas olas extranjeras que llegan y se rompen tan distintas a las mías. Y a lo lejos barcos verdaderos gigantes cargados y viajeros, barcos con chimenea y sin velas, barcos oceánicos.

Ayer en la cocina de Chantal


Esto es lo que pasó: ella hablaba de pie en su cocina, rodeada de su casa frente al puerto tapizada de chapa pintada con pintura para barcos color caterpillar, rodeada de sus vasos de cristal rojo y sus tazas de té desparejadas y sus cuadros en la pared tras el sofá, de sus plantas y aisladores de postes de la luz, de su papel de pared floreado, de sus miles de vidas vividas, del echarpe de telar que me presta cuando me entra frío. Y eso que indisolublemente es ella y habla de algo, es un señalador del acontecimiento escisión que a mis 33 años da comienzo a otro transcurso de las cosas que me conducirá hasta la edad de Chantal, cuando yo estaré en mi propia cocina y en mi propia casa y habré vivido mi vida desde los 33 años hasta entonces sin ti. Ese habré vivido me cubrió primero de vértigo y luego de sombra que me ensombreció la tarde, el viaje, la intención, la vida.

Viña del Mar


Vergara Echevers decidió hacer una ciudad chic con los terrenos que eran la dote de su mujer, aunque tuvo que esperar a que se murieran sus suegros los imponentes Alvares. Y dijo Vergara Echevers: aquí tenemos un océano que embate y no somos Valparaíso, ese puerto de perdición y salitre, nosotros somos balneario, una ciudad de recreo ordenado y casas con jardín y sin olor a brea. Vinieron las santiaguinas y las porteñas comme il faut y Viña fue la Niza del sur. Después del terremoto de 1906 ese sueño de dilettante se convirtió en una ciudad fea que sirve para que el turista sienta que viene a hacer turismo. Tuvieron Casino, pensaron que como en Biarritz, como en Deauville, sólo que los pasamanos no son de bronce auténtico. Levantaron edificios con paredes y balcones de cristal, hoteles horrorosos y restaurantes veraniegos. Es un alivio subirse en el trencito y volver a Valparaíso, cuya única pretensión es vivir desgreñada mirando cómo llegan los barcos a su puerta.

martes, febrero 03, 2009

Otra ciudad


Valparíso es puerto, huele a sal y las gaviotas chillan, hay mercado de pescado, hay barcos, hay brisa marina, hay marineros, hay trasiego de hombres que se marchan lejos, hay mujeres maravillosas alegres de quedarse juntas cuando esos hombres parten. Hay cerros a los que se sube por escalerillas empinadas, rotas, sucias. Hay barrios vividos y botillerías, tienditas, plazas con palmeras, calaminas oxidadas o con su pintura deslavada por el sol cubren las paredes de las casas, aunque se siente ya ese síndrome tupperware del Barrio Gótico y de San Telmo en el cerro Concepción, en esos colorinches de paleta titanlux y en esos restaurancitos fusión adornados con lo que en sus tiempos fueron bombillas de navidad y ahora son luces de diseño. Valparaíso, puerto de promisión antes de que se inventara el salitre artificial, puerto de perversión a partir de entonces, ahora es una ciudad caos delicia desordenada que se bebe el viento tumbada al sol.

Robar una intención en Valparaíso

Ayer desde el ventanal blanco del cuarto del segundo piso vi al Queen Mary II zarpar del puerto con todas las luces encendidas.

domingo, febrero 01, 2009

Hombres en mangas de camisa


Puede que sea por la intoxicación juvenil de cine, puede que en general a la humanidad ciertos momentos se le guarden en imágenes, momentos que al evocarlos se vuelven fotogramas o recortes de revista. Tuyos, querido, tengo a montones, pero ahora en este autobús que me lleva de Santiago a Valparaíso quisiera evocar dos. El primero de noviembre del 2004, tú de espaldas a mí, cara al Cantábrico, al lado del Peine del Viento, con las manos metidas en los bolsillos de aquel abrigo. Y el segundo es de ahora, enero del 2009, tú de espaldas a mí, metido en el Gutiérrez hasta la cintura, con la camisa blanca de cuello Mao que tan poco, equivocadamente a mi entender, perdona que te diga, te pones, arrojando las cenizas de Gustavo al lago, con el cerro Catedral enfrente. Y no eras mío ninguna de las dos veces, y, de hecho, ninguno de esos dos fotogramas vistos desde tu cámara me pertenece. Contemplabas tus vidas sucesivas y yo te contemplaba contemplar, y al mismo tiempo contemplaba mi propio Cantábrico, mi propio Gutiérrez, mis propias vidas sucesivas. Sentiste mi mirada, estoy segura, pero me gustaría tanto, tanto, conocer que en tu memoria también existen imágenes mías, fotogramas chiquititos de tu contemplación de mí.

Singladura


Este viaje empezó desde donde empiezan siempre mis viajes últimamente, saliendo de la estación de Retiro, pasando por delante de la Villa 31 con sus puestitos en el suelo, dejando atrás la Torre de los Ingleses, dejando atrás Buenos Aires, mientras me arrellanaba en el asiento y recordaba que crucé Yrigoyen a la altura del Congreso, que miré nuestra antigua ventana y me reí, porque no me dolió nuestra casa, no me dolió lo que me queda por vivir sin ti, sino que límpida y mía y luminosa como luminosa era aquella cocina me vino la aceptación (y la palabra sería serenidad pero serenidad es palabra de cementerio) de la hermosura del transcurso, no sé decirlo de otra manera. Y ahora estoy en la frontera con Chile, ahora crucé los Andes, esa piedra impresionante, con esas montañas marrones que no me gustan y esas montañas que sí me gustan porque son negras o se ven azules a lo lejos o están coronadas de nieve. Dormí tapada con la gabardina y al despertar, al fondo, al frente, por todos lados, vi la cordillera, me volví para recostarme en tu hombro y seguir durmiendo, comportamiento aprendido en tantos autobuses, pero al volverme veo que no eres tú el que va sentado a mi lado, es uno de esos chicos que se te sienta al lado en el autobús, uno de ésos a los que quieres matar porque se te sientan al lado y no son tú.