lunes, febrero 16, 2009

Aduana


Recuerdo perfectamente el olor o la atmósfera de mi casa de Aduana en abril del año pasado. Recuerdo perfectamente el movimiento de las cortinas blancas de mi cuarto cuando dejaba la ventana abierta y el gato echado en las baldosas. Recuerdo la postura que adoptaba contra los cojines del sofá cuando hablaba por teléfono. Recuerdo la tetera, los azucareros, las tazas sobre la mesa que tapicé de fotos de mi colección de cine. Recuerdo la música que ponía y caminar en calcetines. Recuerdo mi vida recobrada, entonces, en la que era mi casa, entonces, pero sobre todo recuerdo la atmósfera o el olor, o las dos cosas, el piso limpio, los libros en los estantes, la gente que venía a casa, la cafetera grande negra, la visita de Arianne y Riki, la cena con Maite el día que nos encontramos la mesa de café, los platos, los vasitos para el vodka que guardaba en el congelador, las noches, Calígula. Recuerdo que la casa era mía y que él no estaba. Recuerdo mi casa cuando venía Edu los domingos, Alex los sábados, recuerdo a Bea comiendo croquetas, a Elena durmiendo en el salón. Pero éramos la casa y Calígula y yo, el tiempo de respirar juntos los tres, de bajar la persiana morada de juncos del salón cada noche antes de ir a acostarme, los cuadros en las paredes, el faro pintado frente a la cama, el mate.

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