miércoles, febrero 11, 2009

Apollinaire se fue a la guerra qué dolor, qué dolor, qué pena


El río Mapocho corre frente a mí. Me apoyé un rato en el pretil de un puente, evocación sous le pont Mirabeau. La cordillera a mi espalda, el puente de cemento horroroso, el río barro veloz rodeado por el parque Uruguay donde los pasos suenan en la gravilla, son Santiago, soy yo y no soy yo entrando y no entrando en el río domado por el dique, son todos los puentes en los que me haya apoyado en la vida y que ahora se convierten en éste. Me siento a insolarme en un banco y oigo el ruido del agua marrón. Llevo el uniforme del verano austral puesto (falda azulina y la camiseta negra que me ponía para los conciertos) porque es día de ríos Mapochos y Rubicones.

No puedo ir al norte. Porque este viaje mío no es sólo viaje, es un intento de demostrar algo y me he cansado de que sea así. Me reconozco, débil en mi fortaleza, fuerte en mi debilidad. No puedo sola, no quiero sola, pero tampoco quiero sostener la pose de que sí puedo, de que sí quiero. El norte es para los otros, para los hambrientos de artesanías y amigos australianos encontrados en Copacabana, yo me voy al mar. Me vuelvo con mi Babayaga chilena Chantal y luego bajaré por la costa hasta Valdivia. Porque ese viaje sí es mío, ese trayecto no optimista es mío. Y así ahora puedo mirar al río de frente, y seguir sin pretensiones, sin fibrina, sin coraza-máscara, yo.

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