domingo, febrero 08, 2009

El aventón


Es una palabra fea, convengamos. Convengamos en que es feo no encontrar pasaje para Santiago (hay una convención de pastores evangélicos y no queda sitio en ningún autobús) y también es feo para Daniela y para mí ir preguntando con la maleta a cuestas en la gasolinera (aquí se llama bomba de bencina), si alguien nos lleva, porque este país es aplastantemente católico y dos mujeres que hacen autostop son sin duda alguna putas, delincuentes peligrosas o ambas cosas. Un señor que se presenta como César Ramírez, precisamente evangélico e ingeniero automotriz, nos lleva. Estamos contentas del paisaje y del trayecto resuelto y de que el señor sostenga que el Belgrano lo hundieron los chilenos y que él era el radio operador que escuchó el S.O.S. y de sus nueve hijos con nombres de profeta. Yo estoy contenta porque me decidí y seguí viaje, después de coserle una tira bordada a un trozo de tela para que Chantal tuviera un pañito decente para su panera, y así me premia la luna casi llena flotando sobre la cordillera y los viñedos, frente a nosotros, en la carretera.

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