viernes, febrero 13, 2009

Herencia de los caracteres adquiridos


Yo soy vasco, me dice el señor bajito con cuerpo en forma de pera, camisa amarillo huevo abrochada hasta arriba, pelo blanco largo peinado tras las orejas con las puntitas saliéndole hacia afuera a la altura de la nuca. Nosotros los vascos trabajamos para que ustedes los del sur puedan cantar y bailar, me dice muy serio. También me explica cómo los primeros barcos de la conquista llegaron del sur de España hasta las Islas Caribes, cargados de morralla y de gentuza, de cómo en los años siguientes fue mejorando la selección de las tripulaciones y de que ya cuando se decidieron a bajar a las costas de Argentina y después cruzar a Chile, eran los hidalgos vascos los que se llegaban hasta aquí. Huelga decir que este señor no es vasco, es chileno, y aunque alguno de sus antepasados hace unos dos siglos decidiera trasladar su apellido hasta este lugar, ese desprecio genérico por la gente de mala catadura del sur dudo que le venga de ahí. Salto por encima de su montículo, la confrontación es tan absurda como en ocasiones anteriores; además este señor frente a una silla descuajaringada dice raulí, dice caoba, dice 1945, dice los sesenta, dice mejor tapizar con chintz, habla de ellas las sillas como si fueran libélulas y es mejor disfrutar de ese discurso irreproducible del enamorado del objeto y olvidarse de la máquina parlante perniciosa que le reverbera sola en la caja torácica. De todos modos, para mí que Chile también es el sur.

No hay comentarios: