jueves, febrero 05, 2009

Mercado Puerto


Estuve sentada en la escalinata de la Iglesia de la Matriz, preguntándome cómo sería sentarme ahí si viviera en Valparaíso. Y luego entro en el mercado y paso por delante del mismo puesto de verduras donde la gatita gris que se sienta en el mostrador se abrazó a Gugu cuando vinimos con Loro Corión. La gatita está abrazándose a un señor con la misma intensidad y arrobo, casquivana. Subo la escalera ruinosa de peldaños desgastados por tantos años de ser pisada, por generaciones de pies, dijo Loro. Entro en el mismo restaurancito de la otra vez, hay muchos en toda la planta, pero quise que me reconocieran y sentirme un poco cuidada por la señora pelirroja que cocina. Todos los manteles de las mesas son amarillos menos uno que es azul, y ahí me siento, frente por frente al frigorífico. Pido pastel de choclo, el otro día en festín de Babette comí machas parmesano, pastel de jaiba, reineta rebozada y ensalada chilena. Me traen pan, mantequilla, pebre, limón y sal. Y aquí estoy a salvo, no sé de qué porque las calles de esta ciudad no son calles de ciudad y no hay que hacerse dueño, sólo hay que pasear un rato marinero, y si hay un lugar insalubre para comer pescado sobre la faz de la tierra es éste. Quizá sean los sobremanteles, que parecen pañoletas rusas o el lugar con referencia previa que al repetir se convirtió en costumbre. Siempre se necesitan coordenadas, pero más ahora que ando tan descuidada y vagabunda, mi única patria la mar. Recomiendo este lugar, pero hay que darse prisa, en marzo gracias a los fondos de la Unesco empiezan a «rehabilitar» y esta decadencia descatalogada se prostituirá al plástico, a la normalización Aenor.

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