lunes, febrero 09, 2009

Salve, estrella de los mares


Las plazas grandes con palmeras me recuerdan a Cádiz, me parece. Entrar en una iglesia y que haya una Virgen del Carmen me recuerda a El Puerto, me parece. Me siento en el segundo banco y me recojo en el fervor de la gente que me rodea. No sé cómo llamarlo. Es un grito mudo del espíritu lo que respiras y codicias ahí sentada. Hay una puerta abierta a un patio muy bonito, soleado y con palmeras, en la capilla. Entra la corriente, la gente está en silencio. Me acuerdo de la plaza de afuera, con sus banquitos y la pérgola con las mesas de ajedrez, las palmeras, las estatuas. Miro el patio, es tan raro que una iglesia no esté en la penumbra. Y luego me acomete eso, un celo de tener una madre a la que confiada decir en vos confío. No sé cómo llamarlo, porque no es eso, a mí, atea irredenta, me pasaría lo mismo en un templo dedicado a Gea, aunque me baste entrar y sentarme en el segundo banco y sentir que todos a mi alrededor sin resquicios se entregan al ofuscamiento y a una clase de amor apacible que desconozco para sosegarme. Debe de ser eso que se llama gracia, en lo que yo no creo pese a mi nombre, dogma supremo de la gracia. Debe de ser que he aprendido a respirar.

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