domingo, febrero 01, 2009

Singladura


Este viaje empezó desde donde empiezan siempre mis viajes últimamente, saliendo de la estación de Retiro, pasando por delante de la Villa 31 con sus puestitos en el suelo, dejando atrás la Torre de los Ingleses, dejando atrás Buenos Aires, mientras me arrellanaba en el asiento y recordaba que crucé Yrigoyen a la altura del Congreso, que miré nuestra antigua ventana y me reí, porque no me dolió nuestra casa, no me dolió lo que me queda por vivir sin ti, sino que límpida y mía y luminosa como luminosa era aquella cocina me vino la aceptación (y la palabra sería serenidad pero serenidad es palabra de cementerio) de la hermosura del transcurso, no sé decirlo de otra manera. Y ahora estoy en la frontera con Chile, ahora crucé los Andes, esa piedra impresionante, con esas montañas marrones que no me gustan y esas montañas que sí me gustan porque son negras o se ven azules a lo lejos o están coronadas de nieve. Dormí tapada con la gabardina y al despertar, al fondo, al frente, por todos lados, vi la cordillera, me volví para recostarme en tu hombro y seguir durmiendo, comportamiento aprendido en tantos autobuses, pero al volverme veo que no eres tú el que va sentado a mi lado, es uno de esos chicos que se te sienta al lado en el autobús, uno de ésos a los que quieres matar porque se te sientan al lado y no son tú.

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