martes, marzo 31, 2009

En Cádiz pulso el botón revivir de Marco Aurelio


Veintitrés años después de los franceses nosotros declaramos los derechos del ciudadano, abolimos el santo oficio e instauramos la libertad de imprenta, mientras que los vecinos predecesores nos invadían el territorio. Cuando yo era chica el monumento a las Cortes que con orgullo y levitas color canela, morado, verde azul, café y negro plantaron los permisos de la independencia americana (nosotros, como los franceses, mucha proclama pero luego también mucho te quiero perrito pero pan poquito) no estaba vallado y mis hermanos y yo nos repechábamos a las gradas. Nuestro objetivo verdadero era el sitial, aunque además de venirnos enorme para nuestros esfuerzos de enanos estaba prohibidísimo.

Lo miro todo desde el banco y la libreta. Ya me vine vestida como cuando en el instituto me vestía para ser yo: vaqueros, camiseta blanca, chaqueta negra, pañuelo de flecos al cuello, botas, pendientes largos (para la ocasión agarré los alicates pequeños y desmonté mis dos pares de pendientes bereberes, uno liejense con cuentas celestes y otro granadino con cuentas rojas, para hacerme un solo par al que no le faltara ningún colgantito de plata), me monté en el barco y vine todo el trayecto con los ojos cerrados, siguiendo el vaivén arriba y abajo de las olas con concentración feliz de participante convencida, desembarqué en Cádiz y fue como si llegara a Aduana, me sacara las botas en el recibidor y escuchase maullar a Calígula al otro lado de la puerta de cristales amarillos que daba al salón. No sé de qué modo esta ciudad se me convirtió en ese remanso por el que camino despaciosa y desmayada de un síndrome de Stendhal personal, mío y sólo mío, pero es así y así la miro cada vez que vuelvo bajo esta luz que no hay en ningún otro sitio que yo conozca.

lunes, marzo 30, 2009

Descorazonada aunque llena de vivencia

Llaves que han estado en mi bolso en los últimos siete meses:
La llave de mi casa de Aduana, en Madrid.
La llave de Machado, casa de Gloria, en Castelar.
La llave de Juncal, casa de Alejandro, en Buenos Aires.
La llave de la casa de Diego, en Asunción.
La llave de la casa de Jorge y Cristina en Neuquén.
En Bariloche no había llaves.
La llave del estudio de Ecuador, en Buenos Aires.
La llave del cerro San Juan de Dios, casa de Agustina, en Valparaíso.
La llave de Pierre Loti, casa de Chantal, en Valparaíso.
La llave de la calle Suecia, casa de Daniela, en Santiago de Chile.
La llave de Salguero, casa de Luciana, en Buenos Aires.
La llave de Rodríguez Peña, casa de Chana, en Buenos Aires.
La llave de Paracuellos, casa de Marcos, en Madrid.
La llave de casa de mis padres, en El Puerto.

domingo, marzo 29, 2009

Lo que ella se aprende en estos días

Ain't misbehavin'
All of me
Body and soul
Come rain or come shine
Easy to love
Embraceable you
Fascinating rhythm
How long has this been going on?
I can't get started
I'm old fashioned
In a sentimental mood
It never entered my mind
I was doing alright
Lush life
Night and day
On green dolphin street
Satin doll
Stormy weather
These foolish things

sábado, marzo 28, 2009

Vivir es importante. Pero respirar es más

Todo el mundo me habla de la crisis. Me parece que lo que les pasa es lo mismo que le pasa al señor al que su médico le dice que le quedan seis meses de vida, de pronto se da cuenta de que se va a morir, cómo si no se fuera a morir antes de tener la enfermedad. El mundo se puso a existir como si fuera a estar vivo para siempre, se olvidó de ese espacio que hay entre una exhalación y una espiración, ese vértigo de espera que se llama instante entre el robo de aire, la apropiación ensanchante, la obligatoria devolución enriquecida al planeta y la siguiente inspiración. Un día llega la última exhalación, para ella sola tiene un nombre, Expiración, y ese cachito de tiempo que se llama instante y solía venir después y despreciamos, no nos existirá más. Señores, respiremos porque sí.

Desde el alma hasta la boca se me sube el corazón


Me meto los vaqueros por dentro de las botas y en ese gesto se agolpan muchos significados, uno puede ser que el placer nace de una repugnancia superada, otro es la dejadez supina que he adoptado estos días. Me largo a la Colorá con el termo y el mate y la latita con la yerba y la bombilla de plata que me regaló Aquél cuando nos separamos el año pasado, el cuaderno de tapas duras negras y la Parker y un libro que se me mojan dentro del bolso porque el termo que me deja mi madre está roto. Avenida del Descubrimiento, indolentemente la recorro tarareando la canción nueva que me estoy aprendiendo, dándome cuenta de que aunque suena muy bien musicalmente es de parvulario armónico. No me importa, hay una frase que me gusta tanto que la repito como mil veces. Entonces el mar, el típico sol refulgiendo gaditanamente y la arena color arena sin tocar por pie humano. Me tiro cual rano, leo mi librito, entiendo, ENTIENDO, al fin, que una ruptura consiste en romper y pasar a otra cosa, me tomo unos mates en mi mate chiquito de El Bolsón que estrené con Fede en aquellos días bonaerenses de conmoción emocional y previaje chileno, añoro cantar un poquito de jazz complicado y dejarme de tanto folclore doloroso, añoro una casa a la que volver para tirarme en el sofá y mordisquear galletitas mientras hablo por teléfono, me gustaría poder sacar el juego de té que me compré en Cerámicas Bariloche de sus envoltorios protectores pertinentes pero no puedo, todo esto mientras recrudece un viento malvado del que mi jersey celeste desmerece. Me pregunto. No me cuestiono. No me doy permiso para deslizarme por esa lingüística tobogán fácil de los trabajos de amor perdidos porque ya he abandonado esa carretera y una prueba irrefutable es que uso el pretérito perfecto compuesto y no el simple. Me levanto y me sacudo la arenita y por el camino de vuelta oigo el acento de aquí, veo los bares llenos de hombres solos, el dejo de amargura en las comisuras de los labios de todas las mujeres que me cruzo, las malvas moradas y las vinagretas amarillas flores de mi infancia tan distintas de las flores sudacas, arranco una hojita de eucalipto, canturreo la misma frase, la disfruto, reniego del rictus cuaresmal propio de la tierra.

miércoles, marzo 25, 2009

Hometown waltz


Me he puesto el Want One de Rufus Wainwright y los 2 Standards del trío de Keith Jarrett en el ipod para esta salida portuense. Con la música resonándome en los oídos por primera vez en meses y marcando mis pasos y cerrándome los ojos y abriéndome las aletas de la nariz en los momentos más inapropiados salgo de casa camino a ninguna parte. Todo sigue igual, igual que todo seguirá igual en los sitios que sólo visité para la gente que sea de allí y vuelva como yo vuelvo ahora a este sitio. Compro henna en la tiendita de siempre, me asombra que yo espere que siga allí y que realmente siga allí. Compro jabón de Clinique en la perfumería de siempre desde la que al salir ves la plaza de toros a lo lejos y es asombroso. Decido encaminar mi camino al Milord. En medio de la calle de Los Moros un chico le ajusta al otro la faja de costalero para el ensayo mientras sus novias se ríen apoyadas en la cancela de una casapuerta. Subo por San Bartolomé y admiro los soportales. Me cruzo con unos mormones que me sueltan su charla que yo intento interrumpir y consigo preguntándoles de dónde vienen (Venezuela y Minnesota) y adónde van. Llego al bar y me siento en la barra y le pido al padre de Mario un manchaíto. En una cesta de mimbre tienen masas reales, cortadillos de cidra, tortas de Inés Rosales, mis magdalenas de Proust que todavía no estoy preparada para meterme en la boca, bastante es pasearme por las calles de esta ciudad y admirarme de haber paseado por Valparaíso o Asunción, acordarme con esa nostalgia Oblivion de que hay un Buenos Aires mío y de nadie más. Luego voy por la calle Luna y en la placilla compro un ramo de flores para mi madre, entro en la Prioral que huele a incienso y a humedad, bajo por la calle Santa Lucía y camino despacísimo mientras se hace de noche y sé que me espera la casa de mi adolescencia, mis cepillos y peines que se quedaron años en el mismo armario del mismo baño, una foto de cuando tenía cuatro años y me disfrazaron de mexicana en el aparador de la entrada, Calígula enajenado y resguardado sobre mi edredón con la funda azul barcelonesa porque no le gusta nada venir aquí y busca con ojos grandes los trocitos esparcidos que fueron de mi casa y su casa, nuestra última casa juntos. Volver no es garantía de volver, pero andar por el mundo tampoco es garantía de marcharse. Yo sé que en realidad cuanto más ensanchas la circunferencia más el centro se convierte en centro. Cómo me gustaría ser mi propio centro, cómo me gustaría dejar de molestarme en ocupar tanto espacio y recoger velas y sentarme en el malecón a ver los barcos pasar y no querer embarcarme en todos, de Gibraltar a Maracaibo, de Algeciras a Estambul.

lunes, marzo 23, 2009

Asun Balzola

Acabo de leer que te moriste hace casi tres años aquí, en Madrid. No me lo puedo creer, yo que siempre ando detrás tuya, me pregunto si es que en todo este tiempo no te busqué. He buscado tu Txoriburu aquí, en Madrid, el año pasado, sin encontrarlo. Cuando estuvimos en San Sebastián la última vez le regalé a Martín un libro tuyo, en euskera. Asun, yo te quería conocer. Recuerdo cuando mi prima me dio La cazadora de Indiana Jones porque decía que hablábamos igual Cristi y yo. Recuerdo cada una de las veces que he regalado ese libro, recuerdo cuando me compré Ala de mosca en un saldo, la Historia de un erizo que rodaba por casa, los libros de Munia, esa forma tuya de ser traslucida en tu forma de escribir, de dibujar. Asun, yo quería tomar el té contigo y ya no podrá ser. Al menos tengo tus libros, que son un cachito de tu luz.

Otras vidas

Solecito en el balcón, té de canela, un libro. Es lunes por la mañana y yo permanezco en una casa ajena con el gato en el regazo, tirada en las baldosas y dejando la vida pasar sin desmanes. A veces lo mejor es quedarse quieta y mirar las montañas azules a lo lejos, mientras un grupo de albañiles a mis espaldas se afana en construir construir construir más casitas iguales a ésta en la que otras personas se resguardarán cualquier otro lunes, y se imaginarán otra vida, más posible, más apacible, aunque sea sólo un rato ese rato sin espinas. Y es así como se va reposando mi vuelta: como los posos condensados del tanino, me decanto. Me llaman y me aclimato a las horas y a lo que me viene por hacer. Piolita, voy, como Calígula ahora hacia el sol castellano.

domingo, marzo 22, 2009

Encontros e despedidas


Alcira me regala el segundo tomo de Borges y me ensalza esa energía que dice que tengo. Para volver de su casa me tomo el tren que viene del Tigre y camino desde Retiro, aporteñada por el trayecto, cruzo la 9 de julio por Juncal, me apoyo en el semáforo a leer un mensaje que dice ¿dónde estás?
Papic me regala De Dioses, hombrecitos y policías y fumamos tanto prensado paraguayo que cuando bajo por Canning caminando hasta Salguero no sé si camino ese minuto o el minuto anterior o un minuto del día siguiente. Me apoyo en el semáforo a leer un mensaje qué dice ¿dónde andas?
Luciana me prepara la cena y me regala un disco de tangos.
Mi madrina me regala Autobiografía de Irene, viene a Villa Crespo a despedirse de Calígula y de mí. Nos tomamos una botella de champán y luego me acompaña hasta la parada del 15.
Alejandro me regala una cajita turca de esmalte y una mariposa china de jade. Me toma la mano y me dice que de amor nadie se muere.
Marcos me regala una camiseta azul petróleo. Me recoje en Barajas el viernes y en la puerta de Urgencias el sábado.
Juan me regala las hojas de su periódico que hablan de Bolaño y de Tom Waits. Desde su casa camino por Lavapiés y Embajadores hasta la Puerta de Toledo.
Yusef y David me conversan generosos y nocturnos durante mi sábado marmota jet-lag en Paracuellos de Jarama.
Patricia me invita a té verde con cardamomo. Salgo de su casa y paseo hasta la Filmoteca. Me apoyo en una esquina de la calle Ave María a leer un mensaje que me habla de un viento lejano como si fuera nuestro. Ay. Sin embargo, estoy indudablemente en Madrid y no sopla ningún viento, y así de pronto me poseo de ese mood castizo que me hace caminar de manera madrileña, divina tontería, y me sacudo esa mufa por haber venido que no me puedo permitir.

sábado, marzo 21, 2009

El monstruo antiguo modernizado


Cuando te conocí, cuando mi amado me llevó a tu casa, te temí, porque eras monstruo y eras tortura, eras capaz de daño, y mirabas lo que yo más quería con la codicia con que la mujer barbuda mira al domador de caballos. Aún así te canté un tango en tu balcón mientras empezaba a llover en la primavera porteña de hace casi cinco años porque te vi chiquito en tu pueblo, sucio de barro y solo en la infancia, porque reconocí en tus lanzas sangrientas la soledad del que sufrió mucho y se convirtió en alimaña. Abandonaste tu gata, grácilmente, como quien no quiere más una camiseta que antes nunca se quitaba, como un torito de pasta de sal que llevase en una estantería cuatro años. Ahora sufres por ese abandono, y así a mis ojos aunque sigues siendo aquél de pies retruécanos, entiendo más, te veo más, te veo equivalente a ese monstruo que se pasea por los pasillos de cierta casa con un mechón de pelo cayéndole sobre la frente y bufando atacante su dolor. Lucho denostadamente contra vuestro método. Es tanto mejor el amor...

jueves, marzo 19, 2009

Alicia ya no vive aquí

Anoche estaba en Buenos Aires, contigo. Fuimos a El Yugo. Fuimos a la casa de Juncal. Me abrazabas, anoche, al cruzar la plaza Vicente López. Ahora estoy en Madrid, caminé por Chueca, me senté en el suelo de una plaza a comer un trozo de pizza con Juan mientras unos cubanos tocaban la canción ésa de anoche te esperé bajo la lluvia mil horas. Anoche estaba en Buenos Aires y ahora estoy en Madrid, incuestionablemente, con el clamor y el maremágnum bajo mis pies, mente cataclismo pero pies firmes sobre la inseguridad terrestre, con el orto abierto pero la frente alta. La extrañeza geográfica no es más que una excusa que utiliza caradura mi asombro para no asombrarse por otras cosas. Me acabo de encontrar un punto de sutura no quitado en mi organismo y tengo ganas de tomarme el avión de vuelta y romper toda la planta quinta del Clínicas. Me acabo de encontrar un punto de sutura no quitado en mi corazòn y me dan ganas de subirme a un avión y volver y gritar por qué en medio de Plaza de Mayo, con esta desesperación que nace sólo de teclear sobre una mesa de café que fue mía y perteneció a mi casa y ahora está en otra casa y no es mía, a una hora de la madrugada en que es imposible resguardarme en tus brazos para llorar hasta que no me queden fuerzas para llorar y preguntarme por qué.

domingo, marzo 15, 2009

El brunch del Alvear

Al caminar por el pasillo pisoteo con mis sandalias rojas de tacón chino de corcho, se me balancea la falda del vestido, me subo la tiranta, pienso en travelling. Porque es el champán un poco hoy la vida, la irrealidad del Alvear, comer ostras y descubrir que la novena es la última, este estado éxtasis en el que vuelo por el pasillo y las arañas del techo me parecen lo más normal del mundo. Último domingo en Buenos Aires.

jueves, marzo 12, 2009

La Munich

Me quedo sola en el 110 las últimas ocho cuadras de Las Heras hasta Callao. Me encanta quedarme sola en el bondi, miras por la ventana diferente y te parece que Buenos Aires tiene ese qué sé yo, viste. Al salir me sopeo entera porque diluvia. Llego a Rodríguez Peña y me siento en uno de los sillones de mimbre que nos regaló Alejandro hace cuatro años a quitarme los vaqueros mojados y a secarme el pelo, y ahí, en ese instante, ínclita paráclita, me ataca la pena casi bruna Miguel Hernández. Me llamas. Yo no puedo pensar en términos que no sean quién nos dirá de quién, en esta casa, sin saberlo, nos hemos despedido, así que salgo hacia la Munich con ropa seca dispuesta a cualquier cosa porque me invitéis Alejandro y tú a una copa de vino. En Guido y Callao me atrapa de nuevo la lluvia, meto los pies en el agua desbordada, renuncio al paraguas bajo la fiereza sudestada y me gusta así. Llego y el camarero viejo y asturiano me recibe y me quita el paraguas de la mano y me sienta y yo ruego por el vino y un revuelto Gramajo. Y esto es Buenos Aires para mí, los viejos restaurantes donde yo no me hallo no se haya, los camareros, la lluvia, los trayectos en bondi, las cosas que se terminan constantemente se terminan y nunca recomienzan, una niebla Discépolo, encontrarme contigo en tregua con la ciudad que odias, hacernos un momento juntos en algunas noches, en algunos rincones Buenos Aires. Entonces mis lágrimas se lloran solas y de pie, porque hay un espejo que nos aguarda en vano, esta noche, y siempre.

miércoles, marzo 11, 2009

Llueve en Buenos Aires


Me tumbo con cuidado de no maltratar mi cicatriz recién estrenada en el puf blanco para ver el diluvio sobre las baldosas rojas de la terraza. Calígula se sube en mi espalda y me muerde el pelo. He visto pasar tres estaciones en esta casa que no es mía pero es el refugio de mi gato. Mucha de nuestra biografía última entre estas paredes, broncas, llantos, decisiones, mates, rupturas, la lavadora que fue nuestra y la mesa de tapa azul que usábamos para desayunar en Yrigoyen. Pero ahora que Calígula juega con mi pelo recuerdo más las alegrías de reencontrarlo cada vez que he vuelto del extranjero, el amor de mi amiga Patricia, la noche que releí La señorita Cora. Diluvia en Buenos Aires y así no llueve en Europa. Recuerdo el sol del mes pasado en la terraza. Recordaré cuando esté lejos esta tarde. Yo me tengo que estar bien.

lunes, marzo 09, 2009

Scarface

Voy cambiando de canal pero veo las escenas amatorias que me gustan, cuando Pacino baila patético macho con Elvira, o cuando se pone su sombrero en el coche, cuando se le declara en la piscina, o cuando se la disputa abiertamente a López. Luego ya no quiero ver más porque después de la boda se torea diferente, y todo se empieza a putrefaccionar, y porque lo que siempre construye la historia son los preliminares, y porque me voy a la calle por primera vez en dos semanas y me desfaso hasta límites inalcanzables en cualquier otro tiempo de mi vida.

Lo mismo que lluvia de mayo y abril


A una le gustaría ser Álvar Fáñez Minaya, pero no es. A una le gustaría contar que la otra noche se vio Henry V dos veces seguidas en el cable cause the dj is asleep sólo para ver la parte de la batalla y el discursito we band of brothers y la cursilada del Non nobis domine y fue así estúpidamente feliz y no contar que está maltrecha su almita y que le duelen los zapatos. A una le gustaría ser como Turner u Odiseo y atarse a los mástiles desafiando tormentas y cantos de sirena, y lo hace y se le hunde el barco. Me gustaría en esta noche de insomnio caminar por las calles de Buenos Aires pero no puedo. Me gustaría haber estado a la altura de las circunstancias esta semana, pero no lo estuve. Dentro de tres horas me quitan los puntos y seré libres. Ahora que todavía tengo los puntos puedo decir que estoy empezando a darme cuenta de que una no tiene que ser Álvar Fáñez Minaya ni Turner ni Odiseo y de que hay que borrar las coplas de Valverde, León y Quiroga del imaginario colectivo.

Arenales y Riobamba


Mi voz es cantar, es asomarme a la noche y prestar mi voz a un dolor para que en vez de crecerse en mi barriga hasta alcanzarme hiedra el corazón se crezca en la nocturnidad para el sentimiento de los que duermen. Mis equivocaciones son el encierro, la palabra, el fango del recuerdo. Mi voz es cantar, el fin de la convalescencia, la semana que empieza mañana, última semana completa en Buenos Aires. La mano que me suelta es la tuya, la misma que me peinó, la misma que me ayudó a cruzar la calle, la misma que me pasó el mate y me apartó el pelo de la cara. La mano de la que me suelto es la tuya, la misma que busqué tantas veces, la misma que conozco, la mano tuya. Nos hemos ido el uno del otro, y la pena ahora es una canción que se puede cantar para que no nos duela. No te podía dejar ir antes de reencontrar mi voz.

domingo, marzo 08, 2009

Síndrome Papillon


Aquí estoy en Recoleta entre jarrones chinos y cuadros criollos, caminando descalza por el parquet, por las alfombras mullidas y tomando té de bergamota. Releo los clásicos que encuentro en el armario empotrado del cuarto de la plancha, mateo con las visitas, me siento en la terraza a mirar las cañas y ver llover, me atrevo un Glenlivet.

Mujeres presuicidas


Hay dos mundos simultáneos, un mundo en el que por el Nilo bajan las barcas y en China una señora limpia un mueble lacado con una gamuza, y otro mundo en el que el desvarío te nubla un ojo y el otro ojo. Hay un mundo ser y hay un mundo morir. Hay un mundo elegir y un mundo deselegir. Hay un mundo miedo y hay un mundo posibilidad, hay un mundo sabiduría y hay un mundo indulgencia. En el mundo ciego todo se confunde, no hay tictac, hay mermelada de tiempo, se pudren las luces, se exalta la moderación. En el mundo que transcurre el camino se anda siendo andado y la flor saudade crece ordenadamente en su costado sin embarullar el paso caminante. Hay mujeres que cruzaron el umbral desde la cordura hasta esa promesa falsaria de tranquilidad, hasta el colmillo de esa serpiente que zalamera te bisbisea que no importa si lo haces hoy o mañana porque no importa nada que estés o no estés. Hay mujeres que descruzaron el umbral desde ese infierno calmoso hasta esta promesa cierta de dolor. Hay mujeres que me cuentan que la puerta a tu espalda se cierra dependiendo del lado donde estés. Hay mujeres que intentaron salvarse de estos pantanos voces, de estas noches malvividas, de este desnorte avieso desapareciendo en una nada de pastillas. Luego estoy yo que sólo quiero borrar ese cachito de tiempo que se me fue en odiarme monstruo, y seguir brillante, hasta que desfallezca, viva.

viernes, marzo 06, 2009

La casa del grifo que gotea


                                                                                                                                  A Jorge y Alexandra
A borbotones chorrea el agua desde la cruceta. A nadie le importa, se enrolla un trapito para que no se moje el poyo y listo, porque en esta casa a borbotones se derrama el amor y a nadie le importa ni enrolla un trapito en derredor, cae cae cae por las escaleras hasta el jardín, baja por la cuesta del pasaje Dickens y la Avenida Alemania hasta la plaza Bismarck, empapa el universo desde ellos dos un amor desbordado y alimento, lujo.

De la boue j'en ai fait de l'or


El universo sabe cuándo te tiene que consentir, aunque siempre lo haga de maneras estrambóticas. El alma urraca sabe escarbar en la montaña de rastrojos y basuras para sonsacar un brochecito brillante después de épocas de hambre y escasez. Siempre que me siento en un banco final de bancarrota sé que estoy en la estación terminus de la saison en enfer. Espero algo que necesito, el farol de Diógenes para salir del pozo del infierno, y en esta ocasión, 21 de febrero, en San Rafael, provincia de Mendoza, se me aparece un médico evangélico de dedos amarillos nicotina y alquitrán que me habla de Salomón hijo de David y de las niñas de los ojos, de las madres que mueren de cáncer los días de cumpleaños de sus hijos, de la realidad inequívoca de mi vida que prosigue pese a todo. Me mira dentro de los ojos y sabe bien que le oculto la verdad terrible de lo que me pasó anoche, pero como es buen médico no dice nada y me abraza, me da un ansiolítico, ordena inyecciones ranitidina y dos días de caldo, y luego me suelta con cariño el piolín para que vuelva a ese mundo tan glotón que me come el corazón y la fe y me va quitando poco a poco lo bueno que me dio para que pueda despedirme de este país con otras penas distintas a las penas que traje. Atravesaré las montañas sujeta a sus dedos amarillos, doctor deus ex machina.

Nunca más será así la vida

En un edificio lejos pero enfrente una tele prendida, desde aquí veo la intermitencia luz. Nosotros en la terraza y tú Life on Mars en la guitarra desbaratada. El momento es frágil y la preciosidad de todos los momentos frágiles y no frágiles es que sin significar nada son sólo ser ellos. Aquí miro la luna a través de las calles y las cañas y sé que mi vida nunca más será esto, esta casa en Buenos Aires que desaparece conmigo (sus muebles y cachivaches se mudan a Brasil), y tú a mi lado con tus acordes en la guitarra, y tú a mi lado.

El alcalde y el loco


                                                                                                                                    A Sergio Vuskovic
El once de septiembre de hace muchos años lo empezaron a someter a tres años de prisión y tortura. Se reconstruyó en el exilio, se convirtió encaminadamente en lo que ya venía siendo, quedó siendo afable pero peleador, grande, pensador, señor, padre. Muchos años de camino y dolor y altanero sostenimiento de los ideales hasta volver a la casa de factura inglesa, hasta esta tarde de café turco en la que cara a cara ha de vérselas con un marino desdoblado, flaco y púrpura, que no sabe cómo expiar tantos años de silencio, su catástrofre humana.