viernes, marzo 06, 2009

De la boue j'en ai fait de l'or


El universo sabe cuándo te tiene que consentir, aunque siempre lo haga de maneras estrambóticas. El alma urraca sabe escarbar en la montaña de rastrojos y basuras para sonsacar un brochecito brillante después de épocas de hambre y escasez. Siempre que me siento en un banco final de bancarrota sé que estoy en la estación terminus de la saison en enfer. Espero algo que necesito, el farol de Diógenes para salir del pozo del infierno, y en esta ocasión, 21 de febrero, en San Rafael, provincia de Mendoza, se me aparece un médico evangélico de dedos amarillos nicotina y alquitrán que me habla de Salomón hijo de David y de las niñas de los ojos, de las madres que mueren de cáncer los días de cumpleaños de sus hijos, de la realidad inequívoca de mi vida que prosigue pese a todo. Me mira dentro de los ojos y sabe bien que le oculto la verdad terrible de lo que me pasó anoche, pero como es buen médico no dice nada y me abraza, me da un ansiolítico, ordena inyecciones ranitidina y dos días de caldo, y luego me suelta con cariño el piolín para que vuelva a ese mundo tan glotón que me come el corazón y la fe y me va quitando poco a poco lo bueno que me dio para que pueda despedirme de este país con otras penas distintas a las penas que traje. Atravesaré las montañas sujeta a sus dedos amarillos, doctor deus ex machina.

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