sábado, marzo 28, 2009

Desde el alma hasta la boca se me sube el corazón


Me meto los vaqueros por dentro de las botas y en ese gesto se agolpan muchos significados, uno puede ser que el placer nace de una repugnancia superada, otro es la dejadez supina que he adoptado estos días. Me largo a la Colorá con el termo y el mate y la latita con la yerba y la bombilla de plata que me regaló Aquél cuando nos separamos el año pasado, el cuaderno de tapas duras negras y la Parker y un libro que se me mojan dentro del bolso porque el termo que me deja mi madre está roto. Avenida del Descubrimiento, indolentemente la recorro tarareando la canción nueva que me estoy aprendiendo, dándome cuenta de que aunque suena muy bien musicalmente es de parvulario armónico. No me importa, hay una frase que me gusta tanto que la repito como mil veces. Entonces el mar, el típico sol refulgiendo gaditanamente y la arena color arena sin tocar por pie humano. Me tiro cual rano, leo mi librito, entiendo, ENTIENDO, al fin, que una ruptura consiste en romper y pasar a otra cosa, me tomo unos mates en mi mate chiquito de El Bolsón que estrené con Fede en aquellos días bonaerenses de conmoción emocional y previaje chileno, añoro cantar un poquito de jazz complicado y dejarme de tanto folclore doloroso, añoro una casa a la que volver para tirarme en el sofá y mordisquear galletitas mientras hablo por teléfono, me gustaría poder sacar el juego de té que me compré en Cerámicas Bariloche de sus envoltorios protectores pertinentes pero no puedo, todo esto mientras recrudece un viento malvado del que mi jersey celeste desmerece. Me pregunto. No me cuestiono. No me doy permiso para deslizarme por esa lingüística tobogán fácil de los trabajos de amor perdidos porque ya he abandonado esa carretera y una prueba irrefutable es que uso el pretérito perfecto compuesto y no el simple. Me levanto y me sacudo la arenita y por el camino de vuelta oigo el acento de aquí, veo los bares llenos de hombres solos, el dejo de amargura en las comisuras de los labios de todas las mujeres que me cruzo, las malvas moradas y las vinagretas amarillas flores de mi infancia tan distintas de las flores sudacas, arranco una hojita de eucalipto, canturreo la misma frase, la disfruto, reniego del rictus cuaresmal propio de la tierra.

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