miércoles, marzo 25, 2009

Hometown waltz


Me he puesto el Want One de Rufus Wainwright y los 2 Standards del trío de Keith Jarrett en el ipod para esta salida portuense. Con la música resonándome en los oídos por primera vez en meses y marcando mis pasos y cerrándome los ojos y abriéndome las aletas de la nariz en los momentos más inapropiados salgo de casa camino a ninguna parte. Todo sigue igual, igual que todo seguirá igual en los sitios que sólo visité para la gente que sea de allí y vuelva como yo vuelvo ahora a este sitio. Compro henna en la tiendita de siempre, me asombra que yo espere que siga allí y que realmente siga allí. Compro jabón de Clinique en la perfumería de siempre desde la que al salir ves la plaza de toros a lo lejos y es asombroso. Decido encaminar mi camino al Milord. En medio de la calle de Los Moros un chico le ajusta al otro la faja de costalero para el ensayo mientras sus novias se ríen apoyadas en la cancela de una casapuerta. Subo por San Bartolomé y admiro los soportales. Me cruzo con unos mormones que me sueltan su charla que yo intento interrumpir y consigo preguntándoles de dónde vienen (Venezuela y Minnesota) y adónde van. Llego al bar y me siento en la barra y le pido al padre de Mario un manchaíto. En una cesta de mimbre tienen masas reales, cortadillos de cidra, tortas de Inés Rosales, mis magdalenas de Proust que todavía no estoy preparada para meterme en la boca, bastante es pasearme por las calles de esta ciudad y admirarme de haber paseado por Valparaíso o Asunción, acordarme con esa nostalgia Oblivion de que hay un Buenos Aires mío y de nadie más. Luego voy por la calle Luna y en la placilla compro un ramo de flores para mi madre, entro en la Prioral que huele a incienso y a humedad, bajo por la calle Santa Lucía y camino despacísimo mientras se hace de noche y sé que me espera la casa de mi adolescencia, mis cepillos y peines que se quedaron años en el mismo armario del mismo baño, una foto de cuando tenía cuatro años y me disfrazaron de mexicana en el aparador de la entrada, Calígula enajenado y resguardado sobre mi edredón con la funda azul barcelonesa porque no le gusta nada venir aquí y busca con ojos grandes los trocitos esparcidos que fueron de mi casa y su casa, nuestra última casa juntos. Volver no es garantía de volver, pero andar por el mundo tampoco es garantía de marcharse. Yo sé que en realidad cuanto más ensanchas la circunferencia más el centro se convierte en centro. Cómo me gustaría ser mi propio centro, cómo me gustaría dejar de molestarme en ocupar tanto espacio y recoger velas y sentarme en el malecón a ver los barcos pasar y no querer embarcarme en todos, de Gibraltar a Maracaibo, de Algeciras a Estambul.

2 comentarios:

Calvin dijo...

Una de las muchas frases que nos das para enmarcar: Volver no es garantía de volver, pero andar por el mundo tampoco es garantía de marcharse.

Un placer leerte.

Loulou dijo...

Flattered and blushing.