jueves, marzo 12, 2009

La Munich

Me quedo sola en el 110 las últimas ocho cuadras de Las Heras hasta Callao. Me encanta quedarme sola en el bondi, miras por la ventana diferente y te parece que Buenos Aires tiene ese qué sé yo, viste. Al salir me sopeo entera porque diluvia. Llego a Rodríguez Peña y me siento en uno de los sillones de mimbre que nos regaló Alejandro hace cuatro años a quitarme los vaqueros mojados y a secarme el pelo, y ahí, en ese instante, ínclita paráclita, me ataca la pena casi bruna Miguel Hernández. Me llamas. Yo no puedo pensar en términos que no sean quién nos dirá de quién, en esta casa, sin saberlo, nos hemos despedido, así que salgo hacia la Munich con ropa seca dispuesta a cualquier cosa porque me invitéis Alejandro y tú a una copa de vino. En Guido y Callao me atrapa de nuevo la lluvia, meto los pies en el agua desbordada, renuncio al paraguas bajo la fiereza sudestada y me gusta así. Llego y el camarero viejo y asturiano me recibe y me quita el paraguas de la mano y me sienta y yo ruego por el vino y un revuelto Gramajo. Y esto es Buenos Aires para mí, los viejos restaurantes donde yo no me hallo no se haya, los camareros, la lluvia, los trayectos en bondi, las cosas que se terminan constantemente se terminan y nunca recomienzan, una niebla Discépolo, encontrarme contigo en tregua con la ciudad que odias, hacernos un momento juntos en algunas noches, en algunos rincones Buenos Aires. Entonces mis lágrimas se lloran solas y de pie, porque hay un espejo que nos aguarda en vano, esta noche, y siempre.

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