jueves, abril 16, 2009

Buenos Aires revisited


Nadie puede decir que conoce realmente Buenos Aires si no la ha caminado largamente de noche. Conocer de conocer; casi diría: en el sentido bíblico. Porque conocer Buenos Aires no es memorizar sus avenidas, la mano de sus calles, el recorrido de sus colectivos. Así como nadie conoce a una mujer porque sepa que tiene treinta y dos dientes, dos piernas, cinco dedos en cada mano. Ningún hombre sabe nada de una mujer si no la miró dormir. Ese acto religioso y absolutamente incompartible, el de mirar a mansalva la cara de una mujer que se nos quedó dormida, mirarla hasta sentir miedo, es el verdadero acto de amor. Nadie puede saber si ama, si no miró a su mujer así. Cualquiera puede saber que ya no ama cuando no soporta esta contemplación. Contemplación, ahí encontré la palabra: no hay como ponerse a escribir para comprender qué es lo que se quiere decir. Contemplación es una palabra sagrada. Cualquiera mira, ve u observa, pero no a cualquiera le está dado alcanzar la contemplación de algo. Y la contemplación de Buenos Aires sólo es posible de noche. Durante el día es apenas una de las cuatro o cinco grandes capitales del mundo, vale decir, un apelmazamiento de ómnibus, empleados, vendedores de máquinas pelapapas y tirabuzones que cortan vidrio, un mazacote. Como cualquier gran capital del mundo, durante el día es una vasta cámara de gas en la que millones de seres tratan de sobrevivir sin importarles mucho de qué modo. Pero, por fin, a pesar de las vidrieras, a pesar de los tubos fluorescentes, a pesar de toda esa estrategia de la luz que los hombres han inventado para ahuyentarse a sí mismos, por fin hay una hora incomparable en que ya es de noche en Buenos Aires.

No hay comentarios: