miércoles, abril 22, 2009

Harmsworth o viajar sola

No sé cómo sería el mundo para mí si tuviera que compartir mis viajes en toda su extensión. Porque entre las vidas sociales que amo tengo mis paseos y el picnic que invariable compro en los supermercados del planeta para llevarme a los parques y a las plazas, mi picnic secreto que sólo yo conozco. Ahora en el Geraldine Mary Harmsworth Park (Harmsworth, menudo nombre), mordisqueo entre el césped inglés con el sol asombroso para estas latitudes en la cara, y me doy cuenta del gusto extraño que he desarrollado por andar sola, y de que lo he refinado hasta un extremo de su extremo, hasta las cafeterías y otros bancos que no son éste desde donde he mirado a la gente vestida de traje out to lunch, hasta mis muchas formas distintas de caminar según el barrio y la canción que tarareo, hasta las barandillas y los puentes en los que pienso cosas que no puedo escribir como ¿cómo se me ocurre embarcarme en esto?, ¿cómo se me ocurre embarcarme en mi propia vida?, ¿tan muerta estoy? Aunque anoche me apoyé en la barandilla que da al meandro del río y no estaba sola y me dejé besar, y me apoyé en la barandilla del río y me dejé besar. Y besé, que es aún mejor. Y tengo tanto rato luego para estar luego, sentada en otro banco frente al Támesis pero fuera del meandro, sentada junto a una chica guapa vestida rara y con una pluma de pavo real en el pelo que también escribe en su cuadernito, como yo, y ver que estoy en Londres, sólo eso, que ocupo más espacio, sólo eso, que me alimento el espíritu a ver si me crece un espíritu, que hago como si estuviera viva, sólo eso, después de cruzar el Cabo de Hornos y el de Buenaesperanza me arrimo a las costas de Chipre. Y viajo sola pero al menos me dejo espacio para ser otra cosa y le dejo espacio a los otros para que me vean ser otra cosa, y me despierten ser otra cosa. Sólo eso.

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