martes, marzo 31, 2009

En Cádiz pulso el botón revivir de Marco Aurelio


Veintitrés años después de los franceses nosotros declaramos los derechos del ciudadano, abolimos el santo oficio e instauramos la libertad de imprenta, mientras que los vecinos predecesores nos invadían el territorio. Cuando yo era chica el monumento a las Cortes que con orgullo y levitas color canela, morado, verde azul, café y negro plantaron los permisos de la independencia americana (nosotros, como los franceses, mucha proclama pero luego también mucho te quiero perrito pero pan poquito) no estaba vallado y mis hermanos y yo nos repechábamos a las gradas. Nuestro objetivo verdadero era el sitial, aunque además de venirnos enorme para nuestros esfuerzos de enanos estaba prohibidísimo.

Lo miro todo desde el banco y la libreta. Ya me vine vestida como cuando en el instituto me vestía para ser yo: vaqueros, camiseta blanca, chaqueta negra, pañuelo de flecos al cuello, botas, pendientes largos (para la ocasión agarré los alicates pequeños y desmonté mis dos pares de pendientes bereberes, uno liejense con cuentas celestes y otro granadino con cuentas rojas, para hacerme un solo par al que no le faltara ningún colgantito de plata), me monté en el barco y vine todo el trayecto con los ojos cerrados, siguiendo el vaivén arriba y abajo de las olas con concentración feliz de participante convencida, desembarqué en Cádiz y fue como si llegara a Aduana, me sacara las botas en el recibidor y escuchase maullar a Calígula al otro lado de la puerta de cristales amarillos que daba al salón. No sé de qué modo esta ciudad se me convirtió en ese remanso por el que camino despaciosa y desmayada de un síndrome de Stendhal personal, mío y sólo mío, pero es así y así la miro cada vez que vuelvo bajo esta luz que no hay en ningún otro sitio que yo conozca.

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