martes, abril 21, 2009

Tánger, la flor del lirio real


Nos sentamos en un sofá tapizado con una tela de rayas que nos encanta. Afuera llueve a mares, estamos empapadas. El pañuelo que me puse en la cabeza deja charquito ante mis pies. El vendedor número uno nos habla en español mientras su ayudante nos va sacando kilims y alfombras y jarapas y tapices. El vendedor número uno lleva un gorro como de estibador y barba blanca muy bien recortada, a mí me cae bien enseguida. Dice que los nómades del desierto no saben ni leer ni escribir y que los dibujos que tejen en las alfombras sin embargo los sacan todos de su cabeza, el sin embargo me conturba así que me pongo a charlotear con él, animada como urraca ante la cueva de Alí-Babá. Él me pregunta de dónde soy y no sé por qué extraña razón la vecindad le despierta un amor por la copla que debería llevar dormido desde los tiempos del protectorado y me canta un trozo de María de la O. Como francamente me divierto allí entre las alfombras, cuando él me alaba los ojos y me tararea Ojos verdes me pongo a cantarla con él, mientras Montaña en el sofá no sé si se ríe o no se lo puede creer, y el otro señor sigue desplegando tapices frente a nosotras y dejándolos en el suelo. Me gusta una colcha, morada y malva y aunque es obvio que no la voy a comprar y que estamos allí porque afuera llueve, el estibador/vendedor y yo jugamos tácitos a que sí y a regatear un rato y medirnos hasta dónde llega cada uno. Ganamos los dos. Luego Montaña y yo nos intentamos ir y en el soportal de la tienda como despedida él y yo nos cantamos Campanera.

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