domingo, mayo 31, 2009

De Utrera a Carmona

Mientras en el asiento de delante mi madre despelleja sin piedad a su víctima, y por lo tanto a sí misma, y ésta agacha la testuz, aceptando la retahíla y en su interior creyendo que así se engrandece, yo miro los cuatro o cinco cortijos de estos 22 kilómetros, con sus torres, sus caminos de entrada sembrados de adelfas, eucaliptos y palmeras, y la tierra de labor, con el trigo en sazón para segarse, los girasoles tan amarillos entre su verde oscuro, el calor de las dos de la tarde que se siente a través del cristal, esta Andalucía recorrible a caballo. Le dejo a Calígula que me chupe el dedo a través de la jaulita, con el estado catastrófico de esta carretera lo va pasando tan mal como todos nosotros. No pienso en la capital que me espera (porque enmedio de la campiña me siento con una pueblerina llegando perdida a la inmensidad de la urbe con su maleta y sus viandas metidas en una caja de cartón sujeta con cuerdas), no pienso en más que en las pocas ganas que tengo de emprender, porque ya he empezado a emprender, en las muchas ganas que tengo de quedarme más rato con mis padres (y mi padre dijo paletos que se han criado entre los lentiscos, como para ilustrar mi estado de Aunque sea un instante).

viernes, mayo 29, 2009

Jóvenes buceadores perdidos y ritos de iniciación

La ilustración es de Jacobo Muñiz

(Lista móvil)
Adiós al otoño, de Witckiewick.
Cerca del corazón salvaje, de Lispector.
Viaje al fin de la noche, de Céline.
La montaña mágica y Confesiones del estafador Felix Krull, de Mann.
Crimen y castigo, de Dostoievski.
Alrededor de la jaula, de Conti.
El hombre sin atributos y Las tribulaciones del joven Törless, de Musil.
Los niños terribles, de Cocteau.
Los galgos los galgos, de Gallardo.
Últimas tardes con Teresa, de Marsé.
Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero, de Casariego.
El amante, de Duras.
Los detectives salvajes, de Bolaño.
El examen, de Cortázar.
Roberte ce soir, de Klossowski.
Ala de mosca, de Balzola.

jueves, mayo 28, 2009

Amor entre gato y persona no es ninguna broma

El levante sopla hoy a 70 kilómetros por hora, no han podido salir los barcos y no se puede poner un pie en la calle, doy fe, en la playa menos todavía. Encuentro en el bolsillo de mi chaqueta negra un pasaje de bondi, del 64, en el bolsillo de mi abrigo rosa otro del 110, en el de mi pantalón gris uno del 60. Cargo con una saudade digna de Amália Rodrigues, me digo que estoy en el tiempo de diapausa. Leo el Washington Post. Leo The Guardian. Leo un libro gordísimo de dragones y caballeros. En la consulta del ginecólogo miro las fotos de las sandalias de Letizia, todas iguales pero de distinto color. Tengo una afectación tan crecida que al darle a Calígula un poco de leche de mi taza con el dedo se me saltan las lágrimas. El resto del tiempo lo dejo al bicho a su amor sobre la colcha, sobre mi maleta verde maltrecha, sobre la que fue su alfombra en Aduana y que ahora tapa alguna de mis cajas. Me digo que tengo que encontrarle un sitio a esas cajas antes de irme el domingo, día oficial de entrada en la quiescencia, día en que Calígula se muda de nuevo a otra casa y a otras gentes y se volverá a volver loco y yo me sentiré tan mal cada vez que lo deje maullando tras la puerta. Irse, eso no se le hace a un gato.

martes, mayo 26, 2009

Telas, vestidos, armarios

Me pongo a coser y embarco a las mujeres de mi familia en mi intención. Con mi madre revuelvo bolsas de su armario y encuentro cortes de tela que llevan generaciones guardados, y con cada corte una historia de mi madre, un cansancio. Y muchas telas que fueron para mí en mi adolescencia, aquella adolescencia en la que yo siempre vestía con traje de chaqueta. Y después mi tía me pone a poner alfileres, dibujar con el jaboncillo, marcar los piquetes, cortar, hilvanar, medir las pinzas, hacer vivos. Y es todo tan complicado, agarrar la aguja y empujar con el dedal, probarte el resultado y que haya que rehacer todo de nuevo, volverte a probar y volver a ajustar, sobrehilar los bordes, hacer cortecitos en la tela que sobra en las costuras, pegar la cremallera, quitar hilvanes. Horas de nuestra vida cosiendo para un vestidito tan poca cosa que da gloria verlo. Horas de nuestra vida escuchando a las mujeres de mi familia despotricar contra todo bicho viviente y contra todo bicho muerto, y viéndolas cómo saben de su oficio. Horas no queriendo irme tan lejos porque necesito un escaloncito mío en el que ovillarme un rato, una playa en la que suspirar al tirarme en la arena, una taza de té con un chorrito de limón sobre la que soplar para que me llegue el calor, más vestidos creados uno a uno según y a medida del alma de su tela.

Fronteras

¿No habías dicho que no te importaría el dolor de luego? ¿No quisiste drain to the lees esta copa que no estaba tan rota? ¿No te paraste alguna vez en mitad del exceso del banquete, reflexiva, al saber? ¿No probaste antes de ahora este amargor? ¿No supiste cada vez, cuando veneno que él te diera? Ahora, Babilonia, la ceniza que te pones sobre la cabeza es del hogar en el que tú misma colocaste los leños. Querida, querida Lou que miras por la ventana del autobús mientras cruzas Despeñaperros y ni por un momento dejas de pensar en tu dolor y de decirte cínica que quizá tu dolor sea otra cosa, la rabia de no poder dormir con la puerta abierta para que Calígula salga y entre a su antojo, o el asombro de haber sido abandonada. Bien sabes, Lou, que no es fácil, bien sabes que aún desintoxicada la inclinación y ese amor te seguirán bajo la piel, dispuestos al salto, dispuestos al hambre de ser voluntariamente guillotinada (sin resistencia hacia el cadalso y cantando more). Pequeñita Lou a la que sólo le queda sacudirse las migajas de tristeza y levantarse y seguir, seguir hasta la sangre.
Quizá tu dolor, te dices, no sea más que esa confianza ciega truncada que siempre siempre siempre le tuviste a vuestra literatura. Te dices, Lou, que esperaste en TU literatura, en TU cariño, que siempre siempre siempre quisiste que fueran para siempre aquellos sentirse renewed, disabled by those bonfires in YOUR spine. Sabes cuánto le debes a los que te quieren y a ti misma ponerte a salvo. Sabes la fortaleza que te costó reunir para largarte de tu adicción. Y ahora cuentas los días como una alcohólica, y cuentas estos días en que la vida es infinitamente mejor, sin saber de dónde viene y adónde va, ahora que no está al final de ningún trayecto, que no hay ningún extraño camino que te conduzca hasta él. Compruebas que no es fácil olvidarse, a pesar de todos los horrores, a pesar de que el resto del planeta concuerde en entregarse, a pesar de tu disposición. Pero ¿sabes una cosa, Lou? Sí, la sabes. Sabes que ya estás del otro lado del cristal, sabes que ya miras desde el otro lado la frontera. Cruzaste. Y ése, Lou, es tu dolor.

Qué buen vasallo si hubiera buen señor

Mi historia de amor favorita de todos los tiempos es la de Rodrigo Díaz de Vivar por Alfonso VI, claro que la que cuenta el Cantar, tan lejos de la verdad como cualquier otra literatura. Alfonso destierra a Rodrigo por haberlo puesto en evidencia en el juramento de Santa Gadea. Rodrigo, lejos de la ofensa y de decirle con tu pan te lo comas, tu orgullo, se va a conquistar terreno musulmán para su rey. Campea y aplasta y ciñe la espada y toma plazas para hacerse digno del amor de ese bastardo. Se convierte en el señor más poderoso al norte de Despeñaperros, y los habibis non te tolgas de mibi, que por aquella época eran noble enemigos de sus enemigos, a pesar de estar jugando en casa le rinden pleitesía y admiración a Rodrigo, porque para tal señor es un honor ser vasallo, y le pagan tributo a Alfonso. El Cid, que se llama Cid por esa incomprensible manía castellana del ceceo (Sidi, lo llamaban sus cautivos, señor señor) por fin logra ser recibido por Alfonso, que se sigue haciendo el inalcanzable porque sabe que está en falta, y le lleva regalitos y le rinde pleitesía aún sabiendo que es un villano pagador de Bellido Dolfos y que él, Díaz de Vivar, es mucho mejor. Y no afloja, el tirano rey, y Rodrigo persiste en su amor, y conquista Valencia, y nunca se corta el pelo ni se corta la barba, no hasta que me dejes volver, Alfonso.

viernes, mayo 22, 2009

En la feria


A una chica con un traje de gitana horroroso de colorinches, corto, se le descose una tiranta. Su amigo recorre la caseta pidiendo un imperdible. Nadie tiene. Yo tengo dos, uno doradito enganchado en el bolsillo de las monedas del vaquero y otro plateado enganchado en el escote para que no se me abra más que hasta donde yo digo basta. Le doy el dorado a pesar de que la chica lleva medias de rejilla beis y unos tacones fucsia de poligonera y un bolso de la misma tela del vestido (y es que yo, la plus snob qui soit, envuelvo mis tazas en las mudanzas con Le Monde diplomatique). Y además, se lo abrocho.

Y hago maletas

Me arranco el modo y me sale la intención bruja. Quiero matar. Y hago maletas. Y estuvimos en Puerto Real, paseando frente a ese marcito con barquitas y sin arena, paseando en paralelo a las palmeras, cruzando la plaza del ayuntamiento que más que plaza es explanada y se duele de los naranjos que no hay y los bancos que no hay y los parterres que no hay pero se canta en su pamplina y su verdad y su cartel. Y hago maletas. Y un Shostakovic 4. Y comprobar que me he pasado a los morados y los malvas. Encontrar mi gato polaco rojo del año 97. Y Calígula que sabe que nos vamos. Y mi cicatriz que ahora se desmejora, la hemos descuidado. Y mis películas y mis libros (los que me quedan). Y hago maletas. Y encuentro sábanas guardadas con jabones, sábanas azules Bac de Roda. Y mi lápiz de ojos azul perdido encontrado. Y un pañuelo rojo perdido visto por última vez en una foto de diciembre de 2006 (y era vodka, y era otra casa desmontada, y era de noche y había ventanas) encontrado. Y saber que si no me llevara nada sería lo mismo. Y hago maletas y no sé en el principio de qué estoy, o si estoy en otro principio o si sigo en otros finales, o si hay alguna diferencia en el ahora de ahora y el ahora de cuando me iba a Paraguay (los del septeto de jazz tocaban hoy en Asunción, les he mandado saludos con el director de cine maldito), y Calígula acaba de tirar una cajita de metal y se han salido los billetes de metro de París que había dentro desde el 2003. Y hago maletas.

martes, mayo 19, 2009

Cotilleo bohemio

Utrillo y Modigliani (Derain cuenta que Vlaminck decía que Modigliani bebía más allá de toda medida humana), eran compañeros de borrachera. Una noche se dieron de trompadas porque uno decía que el otro era el mejor pintor vivo y el otro decía que el uno era el mejor pintor vivo, y no se ponían de acuerdo. Falta la foto.

Batracio, desagradable criatura salida de un pantano

La Comuna prohibió vestir de verde porque Charlotte Corday llevaba cintas de color verde en el sombrero cuando asesinó a Marat, o porque el cadáver de Marat también se puso verde.

El mar es verde

Después de tres días de pop desalentado me arrojaré hija pródiga en brazos de la deliciosa depravación de Mingus y Gesualdo. Es como si después de sostenerme a base de ricota pidiera un trozo de Cabrales. Y no es un juicio de valor, es una descripción, como decir que el mar es verde y la arena color arena, que luego de muchas páginas de Belano y Lima me siento y miro a una gaviota que se deja llevar por los círculos del aire, y que el día está tan despejado que desde aquí veo todo Cádiz, la Catedral, el castillo de San Sebastián, las grúas de Astilleros. El caso es que me puedo alimentar de muchas vidas, pero francamente, me alegro de estar aquí y en ningún otro sitio, me alegro de estos días sin caviar, de estos días de mayo larguísimos de luz en los que vivo en un cuarto que más parece bazar, de estos días de jugar con Calígula sin horarios y de guitarras sin complicaciones metafísicas.

lunes, mayo 18, 2009

El efecto Trasbur

No veía Estrasburgo desde el 98, y la verdad es que esta ciudad de la película, soleada, llena de muchachas preciosas que pasean en tirantas y escriben en sus cuadernos o sólo posan, esta ciudad de sonidos y voces, de parejas en los bancos y de terrazas donde la gente charla animadamente (aunque me acuerdo del café del TNC, mucho más silencioso y lleno de personas alsacianas con gafas), nunca jamás la conocí. Veo las calles que paseé (yo cantaba Tomara, Sem fantasia y Lamento no morro mientras iba y venía a la BNU, a la Poste, con mucha menos gracilidad y mucha más ropa que Pilar López de Ayala), el tram en el que me subía los jueves para ir a ver a Salvador, la iglesia de Saint Thomas cuyo puente sobre el canal era mi favorito, y lo único que me recuerda a Estrasburgo verdaderamente es el desencuentro, el ruido de los pasos de la muchacha que va sola, caminando.

Los bajos de Metrópolis

He pasado muchas horas en los bajos de la librería Metrópolis, y no me acordaba. He encontrado un marcador dentro de un libro, y así me vinieron muchas tardes allí dentro, allí abajo. Ahí estaban todos los libros de otros tiempos, desordenados, y encontrar algo al azar, mirando lomo por lomo o sacando las montañitas de detrás de los estantes, era lo que me gustaba. Creo que la última vez que fui ya habían hecho limpieza porque recuerdo un dolor de corazón cerúleo. Allí me compré algunos libros que he perdido para siempre: Mi vida de Alma Mahler, Mi vida de Kokoschka (Oskar como es obvio, detrás), Cosmos de Gombrowicz, El cine según Hitchcock, Estrella distante, La literatura nazi en América, El examen, Garden party y sabe dios cuántos más. Ahora puedo ir a la Fnac o a Casa del libro, pero no es lo mismo, ni siquiera las librerías de segunda mano son lo mismo, en los bajos de Metrópolis eran todos libros sin estrenar sólo que llevaban arrumbados años (los de Bolaño no, ésos estaban arriba), y daba emoción pensar que te estaban esperando, te nacía el cariño por el tomo antes de crear lazos con lo de dentro. Quizá por eso me haya olvidado de Metrópolis, porque después de tanta mudanza había anestesiado ese amor al objeto libro. Se está despertando, el condenado.

Meter la hoz en mies ajena

Qué has hecho, loca, arrojarte al mundo,
como si el mundo fuera amable,
como si el mundo fuera a devolverte el ímpetu convertido en fuerza,
como si las estrellas.

Chau número tres

Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres.
Sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
segura sin seguro.
Te dejo frente al mar
descifrándote sola
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota.
Te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía.
Pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono.
Estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos.
Estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra.
Estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen.
Y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.

domingo, mayo 17, 2009

La historia de la casa

Un día en un viaje de ocho horas de autobús conocí a Manuel, que ahora es el guitarrista con el que voy a cantar tangos. Manuel, que es bonaerense pero no porteño, tiene un amigo Andrés latinoamericano y guitarrista que se vuelve a América, y deja su cuarto, y Manuel me da su teléfono, y yo, una porteña del Puerto, voy a casa de Andrés, que me abre la puerta, y allí mismo nuestra conversación vericuetosa sobre cerros y escuelas de música que surge cuando él me dice que es un porteño de Valparaíso, termina con él preguntándome ¿conoces a la Chantal?, así que me quedo con el cuarto sin haber visto la casa. De todas maneras la visito, mi futuro hogar, y conozco a Santiago, mi futuro compañero, un porteño de Buenos Aires, y nos tomamos los tres un café, y salen las guitarras y nos hacemos un concierto bossa nova, los tres porteños, en el que va a ser durante un rato nuestro salón, Calígula.

Las derrotas consentidas de mi padre

Mi padre viene con un manojo de corbatas que ya no quiere y me las va enseñando, se las he pedido para hacer mis bichitos (también pienso en lo que agradecería Chantal esos estampados abigarrados y pasadísimos de moda). Luego mi padre trae otras corbatas que ya no usa pero de las que no se quiere desprender, me las va enseñando mientras yo lo miro, a mi padre, y pienso en todos esos años de vida nuestra que nos hemos perdido y en esa manía mía tan arraigada anclada dentro de intentar salvarlo, esa obsesión de defenderlo y llevarlo hasta la orilla que marca todas mis relaciones con los hombres del planeta, o sólo pienso en que mi padre me está enseñando sus corbatas, o sólo me doy cuenta luego de que cuando voy por el pasillo y digo papá, él me contesta desde la cocina, de que mi voz llamándolo tiene eco y podría no tenerlo, de que mi padre morirá irredento porque su vida es suya y él elige su modo y su manera, de que aunque me pida socorro es injusta y tramposa esa llamada. Porque ahora en esta edad en la que estoy instalada sólo quiero sentarme y escucharle decir borgianamente "a mi padre no le gustaba eso de dos cuchillos cruzados", mientras mi madre en el sofá se cubre los hombros con una mañanita rosa que encontré en una maleta, una mañanita que le tejieron a ella cuando yo nací. Sólo tengo que escucharlo a mi padre cantar un cante que dice tiene la cara morena la mujer que yo más quiero, se lava con agua clara y hojitas de limonero esa cara deseada para no sentirme deshauciada.

viernes, mayo 15, 2009

Alegría callada

Mientras abajo las mujeres juegan al parchís, los hombres repintan las barcas boca abajo, y los niños se bañan, yo sentada en la piedra ostionera miro y masco lacasitos. Y luego apoyada en la balaustrada de más allá escucho esta canción de Chano que nunca estalla, que se contiene y está siempre a punto de sobrevenirse, que se retiene y sin embargo lleva una bomba de relojería dentro, una bomba de amor por la vida, amor por esta playa, y por ese relumbrar único del sol entre el cabeceo de las barquitas. Después camino como siempre por Campo del Sur con la Catedral y sus azulejos amarillo ocre al fondo, hasta mi baluarte donde me siento y me derramo humana, planeta y amarilla, amarilla ocre.

Me convertí en un souvenir

¿Te acuerdas de cuando estábamos sentados en aquel banco con Calígula, los pies enfangados, un sitio tan bonito? Eso sí fue una despedida. ¿Te acuerdas de cuando cayó aquella tormenta y salimos a la calle a quedarnos de pie bajo la lluvia hasta que no podíamos más de frío? ¿Te acuerdas de cuando me lavaste el pelo en el lavadero? ¿Te acuerdas de cuando nos sentábamos en el tronco caído enmedio del bosque? ¿Te acuerdas de cuando cebamos mate para medio autobús? ¿Te acuerdas de cuando cenamos en Nochebuena rodeados de amados señores homosexuales? ¿Te acuerdas de cuando llegué? ¿Te acuerdas de cuando hacíamos carbón? ¿Te acuerdas de aquella noche en que acabamos mezclando Glenlivet y vodka ruso y lo bebimos del mismo vaso? ¿Te acuerdas de cuando canté tangos en el restaurante chino cuando estaban cerrando y salieron de la cocina a escucharme? ¿Te acuerdas de cuando me trajiste una tableta de chocolate? ¿Te acuerdas de cuando cocinamos tanto para mi cumpleaños? ¿Te acuerdas de mí? Yo sólo quería que me dijeras quiero estar contigo y que al decírmelo me estuvieras diciendo la verdad. Pero no se puede tener todo, parece. Al menos ahora empiezo a recordar cosas bonitas de aquellos últimos meses de mierda.

jueves, mayo 14, 2009

Serendipity

Estoy sola en la playa y la mariquita decide llegarse hasta mí. Viene volando a mi rodilla, la veo venir desde muy lejos, contra el viento.
Son las nueve de la mañana y al salir de hacerme la resonancia (los ruidos de ese túnel son Ligeti o Xenakis), mientras me abrocho los botones del abrigo en la puerta de la entrada, una cigüeña cruza volando todo el aparcamiento frente a mí.
Camino por la calle Durango de vuelta de tomar té con Lupi y una pelusita de color azul me pasa por delante de la cara.

miércoles, mayo 13, 2009

Cómo hay que comportarse cuando te asesinan lo más vivo que tienes

Estos dolorcitos pequeños de ausencia sé que son necesarios. Este visitar médicos para que me revisen sé que es necesario. Dormir cinco horas. Caminar con el vestido azul por el medio de la calle. Leer novelitas (Pablo Giordano, Julian Barnes, Eugenides). Escuchar a Kenny Dorham y Christina Rosenvinge. Aliñar patatas y darle cachitos a Calígula. Ir sola a la playa y bañarme a pesar del poniente y las olas. Comerme todas las palmeritas de hojaldre, todas las fresas con nata. Comprarle rosas a mi madre moribunda por dentro y por fuera es necesario. Decidir en algún momento rebuscar en las cajas del altillo las cosas que se vienen conmigo a mi nueva casa de la Latina es fangosamente necesario. Recostarme muellemente en mi pasmosa tranquilidad, ser feliz. No haber tomado mate desde que llegué de Argentina. Ver Only angels have wings por tercera vez en una semana. Ir a ver el Barça-Athelic es divertidamente necesario. Que mi muñeca Margarita ahora se llame Arlette y duerma con Antoine con un pijamita que él le ha hecho. No ir a Viena. Retocar la cintura de los dos vestidos que me compré en Chile, encontrar unos famous blue trousers en un cajón y decidir que serán los pantalones de este verano, después de diez años de su primer verano. Reconstruirme la espina dorsal, darle rienda al sentimiento (make them play til the stars that were there above), aceptarte la petición de divorcio.

lunes, mayo 11, 2009

Mano entregada

Pero otro día toco tu mano. Mano tibia...
Tu delicada mano silente. A veces cierro
mis ojos y toco leve tu mano, leve toque
que comprueba su forma, que tienta
su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso
insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca
el amor. Oh carne dulce, que sí empapa del amor hermoso.
Es por la piel secreta, secretamente abierta,
invisiblemente entreabierta,
por donde el calor tibio propaga su voz, su afán dulce;
para rodar por ellas en tu escondida sangre,
como otra sangre que sonara oscura,
que dulcemente oscura te besara
por dentro, recorriendo despacio como sonido puro
ese cuerpo que resuena mío, mío poblado de mis
voces profundas
¡oh resonado cuerpo de mi amor!, ¡oh poseído cuerpo!,
¡oh cuerpo sólo sonido de mi voz poseyéndole!
Por eso, cuando acaricio tu mano, sé que sólo el hueso rehúsa
mi amor -el nunca incandescente hueso del hombre-.
Y que una zona triste de tu ser se rehúsa,
mientras tu carne entera llega un instante lúcido
en que total flamea, por virtud de ese lento contacto
de tu mano,
de tu porosa mano suavísima que gime,
tu delicada mano silente, por donde entro
despacio, despacísimo, secretamente en tu vida,
hasta tus venas hondas totales donde bogo,
donde te pueblo y canto completo entre tu carne.

Seducción sentimental ultramarina

Estoy en alma abierta y con hambre tan grande de dejarme abarcar que no te extrañe que cualquier palabra que no sea cualquier palabra sino peso y ruido y algo que llega me llegue, en violín y cristal llovido contra el que apoyo mi cabecita loca y exangüe y me acuerde así de un tiempo en el que mi vida era esa casa del cerro Concepción frente al puerto y las gaviotas al amanecer y un pensamiento tan espeso que me lo tenía que apartar con las manos de delante de la cara. Y un dolor. A veces me da miedo ser capaz de seguir yirando, de hecho sé que soy capaz de seguir yirando, sé que me gustaría ese trayecto París Viena Bratislava, sé que después de ése se me ocurrirían otros, sé que me importa tan poco mi maleta como si es lunes jueves sábado. Aunque y porque es verdad que ya no huyo y ya no busco, sólo me recojo en la extensión de mis kilómetros, amo las llaves que me dejan para que lleve en mis bolsos, y las otras, las que me dan de sus ojos a mis ojos. También amo las llaves que regalo, amo saberme amarrada a mi intención, que todo lo que me dices está aquí conmigo, que todo lo que me digas estará aquí conmigo.

sábado, mayo 09, 2009

Alma y Calígula y yo

Hoy me ha tocado quedarme sola con Alma, la bretona loca de mi hermano, y con Calígula, el gato enloquecido mío. Tres bichos encerrados en la casa. A Alma no se la puede dejar sola porque puede llegar a morirse de la tristeza. Calígula suele mandarse solo muchas horas sin que sepas dónde está. A Calígula lo agarras y se suelta, Alma se te agarra y te tienes que soltar. Saco a pasear a Alma y es como llevar a un huracán al otro lado de la correa, nada que ver con Calígula metido en algún bolso. Es curioso que mi hermano eligiera la hembra blanca francesa, perro, y yo el macho negro argentino, gato. Es curioso que mi hermano eligiera el nombre purificado y yo el nombre sanguinario. Es curioso que los dos no vivamos en casa de nuestros padres y que sin embargo nuestros bichos estén aquí en nourrisse.

viernes, mayo 08, 2009

Esta noche no alumbra

Con el traje de gitana todavía puesto, aunque bajada la cremallera, me he sentado aquí y me he puesto a acordarme de cuando llegué a Madrid hace algunas semanas, no puedo fechar, eran las seis y media de la mañana y yo subía con mis dos maletas y la mochila por la cuesta de la calle Lavapiés hasta San Carlos, pasando un mal rato, escuchando canciones indebidas, las maletas la peor de las molestias, pero pasando un buen rato al mismo tiempo, acababa de amanecer y yo iba sola por la calle, y estaba volviendo a Madrid. Y de pronto se apagaron las farolas, ya había pasado la calle Caravaca, y me paré un rato para conocer mejor ese momento, y paré la música para conocer mejor ese momento, me quité la mochila y me senté sobre la maleta verde para conocerme mejor dentro de ese momento. Es obvio que se puede vivir si el planeta se comporta así con una.

jueves, mayo 07, 2009

Llenita de arena y sal

Ayer quizá por descuido quizá por inclinación llevada despaciosamente de querusa hasta su consecución, terminé haciendo algo que me gusta mucho hacer y que puedo permitirme pocas veces, como el Moët Chandon, que es quedarme llenita de arena y sal después de una tarde en la playa. Me dirán que es una guarangada o una marranada, pero así me fui a ver el partido con José Ángel y Mario a un bar de Micaela Aramburu, aunque vestida de punta en azul (sobre la mesa se iban cayendo las arenas de mi pelo), y luego a comer pescaíto al Gonzalo (cada vez que me toqueteaba una orejita sentía la sal repegada), y luego al bar de Eugenio a tomar un Absolut con Judit (sobre la barra iban cayendo las arenitas de mi pelo), y así me acosté, con la melena enredada y desgraciando las sábanas. Esta mañana mi madre me ha recriminado la pinta con la que yo pretendía acompañarla a la quimioterapia. Yo ingenuamente asumí que se refería a mis ojeras, hoy he pasado cinco escasas horas acostada, llenita de arena y sal (me noto seriamente exhausta, deseo fervientemente un descanso de siete horas seguidas, pero me contravienen las circunstancias), y a mi pelo infecto llenito de arena y sal sujeto con un ganchito, pero ella se ha encargado de aclararme que lo que le molestaba era mi minifalda y mi camiseta celeste viejísima (comprada en Nancy para ir a ver la retrospectiva de de Staël), y el cordón del biquini atado a la nuca (al menos era otro biquini). No me ha importado lo más mínimo. Después de cinco horas de hospital me he venido a la Caleta. Me quedé arriba sentada en el poyo mirando un rato las barquitas y la luz, y después me he paseado por la orilla, me he bañado para añadir más sal sobre mi sal, y ahora estoy sentada en el balneario, sobre la arena para añadir más arena sobre mi arena.

miércoles, mayo 06, 2009

Cosas para hacer en la playa un día de levante

Bancarse el viento cargado de arenitas pinchantes.
Bañarse aunque el agua esté muy fría pero gélida transparente.
Pisar la arena mojada secada y cubierta por esa capita de arena arrastrada, sintiendo el quiebre en la planta del pie.
Leer Los detectives salvajes, otra vez.
Escuchar el III sides to every story primero y el Clube da esquina después.
Quedarse mirando el mar una hora entera sin creer que sea posible tanto privilegio.
Nada de nada, absolutamente nada.

martes, mayo 05, 2009

The cook, the thief, his wife & her lover

Estuve en Londres, Londres con su escafandra inglesa y sus parques, sus tés, su río, sus double-decker buses, sus botellitas de pinta de leche riquísima, sus minitabletas de chocolate belga y sus músicos perfectos, sus cielos Turner, sus cuadros al alcance de la mano, sus bancos dedicados con plaquitas in memoriam, el azul hermosísimo del reloj de Saint Martin, su tolerancia casi holandesa y su estado policial. Londres, me han gustado mucho todas tus barandillas.

Why is this joy not allowed

Tengo que asistir espantada al ataque del monstruo contra mi prima Elena. Lo veo así: la oscuridad contra la luz, ataque mortal aseteado y vómito de Medusa, ganas de asesinar, anular, poner la zancadilla, los Nueve contra Gandalf, el odio extremo del que se encierra en su propia mazmorra contra el que vuele o no vuele quiere volar. Y la lucecita que ha de seguir brillando, porque Long John Silver, el cardenal Richelieu, James Moriarty, no nos podrán. Luego llego a mi propia casa y después de vaciar los cubos y palanganas con agua sucia y estancada (quien quiera puede tomárselo como metáfora para que no se le suban las transaminas y pueda seguir su vida sin horror), tengo que sufrir también el ataque del monstruo encadenado a su propia piedra que guardamos en nuestro trastero personal.
Se toman decisiones en la vida importantes: ser bueno o ser malo, estar vivo o estar muerto, brillar o pudrirse, amar o despechar, no es fácil sostener una lucha constante contra la fuerza que se te opone y que quiere arrastrarte hasta la pocilga de decisiones contrarias a las tuyas y a todo lo que hace que la vida sea algo sagrado y glorioso. Yo siempre digo que quien quiera tener una vida de mierda que la tenga, pero que no salpique y que nos deje a los demás sobrevivir sin dolor. Que no pretendan que las salvemos o que nos hundamos con ellas en ese rencor venenoso de las que han sufrido y no saben vivir fuera de ese sufrimiento, no saben elegir un mundo mariposa en vez de ese empeño oscuridad de la polilla que quiere apagar la luz de la lámpara, nodriza bájamela un poco más. Y ahora, sentada en el suelo del andén de la estación de Renfe, lloro con rabia y con ganas contagiadas de destruirlo todo, de echar abajo mi casa natal, de deshacer con mis propias manos ese andamiaje del terror, ese grito de silencio que desgarra nuestras vidas estancadas como ese agua recogida. Y me gusta rendirme aquí, al sol, esperando el tren, escuchando a Zimerman disfrutando del largetto, sabiendo que tengo que estrujarme el corazón para que sangre sangre y así después tenderlo aquí, a este mismo sol, para que se reponga y engorde, nuevo, sólo mío, libre de ella, corazoncito chiquito para tanta cosa.

Con el gesto de quien se ha muerto mucho

Mi padre ve unas fotos que me hicieron el domingo mientras cocinaba una paella para muchos, y me dice "estás triste". Y no sé, quizá sea cierto, aunque la reunión fuera jolgorio y mi cara sea de asombroso contento. Quizá todo este ruido que hago, como cuando me disfrazaba de princesa existencialista o zarista rusa exiliada y me paseaba puente arriba y puente abajo en Pont à Mousson con todas aquellas pulseras y zarcillos tintineantes, sea para tapar esa corriente por debajo de todo. Y me coloco los cascabeles en los tobillos y los crótalos en los dedos, y me bailo creando el caos entre mis pies y pido Salomé la cabeza de alguien, y no quiero parar y me acuesto tarde y me levanto temprano, y mi cuerpo me pide descanso y no se lo doy, mi cuerpo me pide amor y no se lo doy, y no puedo dejar de coger trenes, aviones, autobuses, no puedo dejar de derretirme sobre los días, derretirme bajo este sol del sur sentada en la parada del Comes para ir a Jerez una hora entera, porque aquí los horarios no sirven para nada. Sé que si me paro la tristeza subyacente, lo que he sufrido, me vendrá oleada y aunque sé que resistiré el embate no me da la gana, que me echen un galgo, andaré por ahí.

48 heures de la vie d'une femme


Me levanto a las cuatro y media, me ducho y me encremo con la Nivea inglesa por última vez en la vida. Me tomo el 135 en Maconochies Road hasta Liverpool Street donde me subo al Stanted Express hasta el aeropuerto, cojo el avión de Ryanair hasta Barajas, la línea 8 hasta Nuevos Ministerios y combino con la circular hasta O´Donell. Dejo mi mochila en Peñascales y me voy a almorzar con Aurora, nos sentamos al sol en el Parque Eva Perón a comer fresas, que compartimos con unos señores vagabundos. Luego me tomo un café con Maribel, Iván y Karlos, antes de darles tres horas de clase a Jean Pierre, Katy y Andrea. A las ocho de la tarde después de canturrear un poco en público me vuelvo en la línea circular hasta Barajas, salgo de la estación de metro y espero un ratito a que pase el 214 hasta Paracuellos de Jarama. Ceno con Marcos y me acuesto tardísimo. A las ocho y media de la mañana me disfrazo con la falda gris de cheviot, la camisa negra de alforcitas y las botas de tacón, y Marisa me acerca a la estación de Pinar de Chamartín, desde donde viajo en el metro ligero dos paradas. Camino una mijita y me meto en una cafetería modernísima a desayunar, Cola Cao al fin, como dios manda, y tostadas con muchísima mantequilla. Me dedico a pasar en limpio en la Moleskine todas las notas cochinas que llevo en el bolso hasta las once menos cuarto, cuando recojo campamento y me voy a la entrevista. En el ascensor del edificio de ventanas verdes me doy cuenta de que me han quedado bigotitos monos del Cola Cao. Me divierto mucho en la entrevista, con tres personas distintas me hacen charlotear en idiomas distintos. Desciendo otra vez bajo tierra, metro ligero primero y después la línea celeste hasta Gran Vía. Camino hasta la Plaza de Oriente, me encanta patearme la calle del Arenal con los tacones, llegar hasta el Real y sentarme un ratito al sol, aunque sé el trayecto que me espera de vuelta a Paracuellos (Ópera-Alonso Martínez-Nuevos Ministerios-Barajas en metro y el 214 que pasa una vez cada hora). Rehago mis maletas y hago de nuevo ese trayecto infame, esta vez hasta Acacias, tengo cena de mujeres, vino y mezcal, y luego me quedo a dormir en casa de Montaña, entre sus telas senegalesas y su amorosa calidez. El día siguiente sería otro día.

lunes, mayo 04, 2009

La chica de la mochila azul


Son las ocho de la mañana y camino despacito por la estación de Nuevos Ministerios, arrastrando la maleta, todavía con el biquini debajo de la ropa, con el bolso paraguayo en bandolera y Rufus gritándome desde el oído artificial cool this body now. Cientos de personas pasan en exhalación por mi vera, con prisas, con una vida, Brooklyn girls, sin mi abrigo rosa, sin ese contento que tengo de estar en esta ciudad aunque me esté yendo un rato. Estorbo a la gente que camina detrás mía porque soy la única que no tiene prisa en el metro hoy, me paro delante de un violinista que se hace el verano de Vivaldi a esta hora tan temprana, dejo pasar tres veces los trencitos, me veo las botas moribundas desde arriba, me doy cuenta de que hace muchos trayectos que no me coloco la alianza a modo de vade retro, tengo ganas de llegar y ver a Calígula, el mar, zamparme un par de polvorones, vestir de faralaes y pasear la feria.

Madrid es gay

Alfonso me prepara un sandwich chic.
Alex me pasa Lola Beltrán.
Antoine me hace un rooibos para desayunar.
Edu me da la llave de su casa.
Mesa me ensalza el talle.
Juan me espera en Callao.
Bosco me presta a sus camareros para que les cante Summertime.
Beto pincha para que yo baile.

sábado, mayo 02, 2009

Madrid nocturnamente me idolatra

Y es porque me siento cuando camino Gran Vía abajo como Natalie Portman al final de Closer, por la música que me recibe al entrar en esta casa de la que tengo llave (y ya llevo cuatro llaveros en el bolsito violeta), porque la noche usurera esta noche será generosa conmigo y con mis medias verdes caladas, porque a mi alrededor se congregan los que me quieren ver bailar, porque la vida sigue con repique de campanas, porque no importa dormir o no dormir, porque los subjuntivos son absurdos, porque mañana no existe, porque bajar una acera ya es un cruzar un Rubicón. Porque hoy me veo tan hermosa que todos deberían matar por lo que se interpusiera en su camino hasta mí.

Beautiful girls

-You know how it is at the beginnings when you first fall in love? You can't eat. You can't sleep. Getting a call from her makes your day, like seeing a shooting star.
-It's the best.
-But inevitably, it goes away. So, this is my thing, you see. Why get married now? Why not have two, three more of those beginnings before I settle into the big fade?
-The big fade? That's an awful way to put it.
-She's coming tomorrow.
-That's obvious.
-I got no feeling about that. I got a feeling of overwhelming ambivalence. But I would rather dread her arrival than not give a shit. It's amazing that there's a guy that gets to do things with you. He gets to make you happy, spend evenings with you...
-Make me martinis, listen to Van Morrison...
-Smell your skin...
-...after a day at the beach.
-And read the papers...
-...on a Sunday morning.
-A rainy Sunday morning. And pepper your belly with baby kisses. Sorry...
-There's a guy out there that thinks the same thing about Tracy. He's jealous of you, you getting to do all that with her.
-Can you think of anything better than making love to an attractive stranger on a frozen lake with just an oil light to guide your way? Can you think of anything better?
-Going back to Chicago. Ice-cold martini. Van Morrison.
-Sunday papers. Got you.