jueves, mayo 28, 2009

Amor entre gato y persona no es ninguna broma

El levante sopla hoy a 70 kilómetros por hora, no han podido salir los barcos y no se puede poner un pie en la calle, doy fe, en la playa menos todavía. Encuentro en el bolsillo de mi chaqueta negra un pasaje de bondi, del 64, en el bolsillo de mi abrigo rosa otro del 110, en el de mi pantalón gris uno del 60. Cargo con una saudade digna de Amália Rodrigues, me digo que estoy en el tiempo de diapausa. Leo el Washington Post. Leo The Guardian. Leo un libro gordísimo de dragones y caballeros. En la consulta del ginecólogo miro las fotos de las sandalias de Letizia, todas iguales pero de distinto color. Tengo una afectación tan crecida que al darle a Calígula un poco de leche de mi taza con el dedo se me saltan las lágrimas. El resto del tiempo lo dejo al bicho a su amor sobre la colcha, sobre mi maleta verde maltrecha, sobre la que fue su alfombra en Aduana y que ahora tapa alguna de mis cajas. Me digo que tengo que encontrarle un sitio a esas cajas antes de irme el domingo, día oficial de entrada en la quiescencia, día en que Calígula se muda de nuevo a otra casa y a otras gentes y se volverá a volver loco y yo me sentiré tan mal cada vez que lo deje maullando tras la puerta. Irse, eso no se le hace a un gato.

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