lunes, mayo 18, 2009

El efecto Trasbur

No veía Estrasburgo desde el 98, y la verdad es que esta ciudad de la película, soleada, llena de muchachas preciosas que pasean en tirantas y escriben en sus cuadernos o sólo posan, esta ciudad de sonidos y voces, de parejas en los bancos y de terrazas donde la gente charla animadamente (aunque me acuerdo del café del TNC, mucho más silencioso y lleno de personas alsacianas con gafas), nunca jamás la conocí. Veo las calles que paseé (yo cantaba Tomara, Sem fantasia y Lamento no morro mientras iba y venía a la BNU, a la Poste, con mucha menos gracilidad y mucha más ropa que Pilar López de Ayala), el tram en el que me subía los jueves para ir a ver a Salvador, la iglesia de Saint Thomas cuyo puente sobre el canal era mi favorito, y lo único que me recuerda a Estrasburgo verdaderamente es el desencuentro, el ruido de los pasos de la muchacha que va sola, caminando.

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