domingo, mayo 17, 2009

Las derrotas consentidas de mi padre

Mi padre viene con un manojo de corbatas que ya no quiere y me las va enseñando, se las he pedido para hacer mis bichitos (también pienso en lo que agradecería Chantal esos estampados abigarrados y pasadísimos de moda). Luego mi padre trae otras corbatas que ya no usa pero de las que no se quiere desprender, me las va enseñando mientras yo lo miro, a mi padre, y pienso en todos esos años de vida nuestra que nos hemos perdido y en esa manía mía tan arraigada anclada dentro de intentar salvarlo, esa obsesión de defenderlo y llevarlo hasta la orilla que marca todas mis relaciones con los hombres del planeta, o sólo pienso en que mi padre me está enseñando sus corbatas, o sólo me doy cuenta luego de que cuando voy por el pasillo y digo papá, él me contesta desde la cocina, de que mi voz llamándolo tiene eco y podría no tenerlo, de que mi padre morirá irredento porque su vida es suya y él elige su modo y su manera, de que aunque me pida socorro es injusta y tramposa esa llamada. Porque ahora en esta edad en la que estoy instalada sólo quiero sentarme y escucharle decir borgianamente "a mi padre no le gustaba eso de dos cuchillos cruzados", mientras mi madre en el sofá se cubre los hombros con una mañanita rosa que encontré en una maleta, una mañanita que le tejieron a ella cuando yo nací. Sólo tengo que escucharlo a mi padre cantar un cante que dice tiene la cara morena la mujer que yo más quiero, se lava con agua clara y hojitas de limonero esa cara deseada para no sentirme deshauciada.

No hay comentarios: