jueves, mayo 07, 2009

Llenita de arena y sal

Ayer quizá por descuido quizá por inclinación llevada despaciosamente de querusa hasta su consecución, terminé haciendo algo que me gusta mucho hacer y que puedo permitirme pocas veces, como el Moët Chandon, que es quedarme llenita de arena y sal después de una tarde en la playa. Me dirán que es una guarangada o una marranada, pero así me fui a ver el partido con José Ángel y Mario a un bar de Micaela Aramburu, aunque vestida de punta en azul (sobre la mesa se iban cayendo las arenas de mi pelo), y luego a comer pescaíto al Gonzalo (cada vez que me toqueteaba una orejita sentía la sal repegada), y luego al bar de Eugenio a tomar un Absolut con Judit (sobre la barra iban cayendo las arenitas de mi pelo), y así me acosté, con la melena enredada y desgraciando las sábanas. Esta mañana mi madre me ha recriminado la pinta con la que yo pretendía acompañarla a la quimioterapia. Yo ingenuamente asumí que se refería a mis ojeras, hoy he pasado cinco escasas horas acostada, llenita de arena y sal (me noto seriamente exhausta, deseo fervientemente un descanso de siete horas seguidas, pero me contravienen las circunstancias), y a mi pelo infecto llenito de arena y sal sujeto con un ganchito, pero ella se ha encargado de aclararme que lo que le molestaba era mi minifalda y mi camiseta celeste viejísima (comprada en Nancy para ir a ver la retrospectiva de de Staël), y el cordón del biquini atado a la nuca (al menos era otro biquini). No me ha importado lo más mínimo. Después de cinco horas de hospital me he venido a la Caleta. Me quedé arriba sentada en el poyo mirando un rato las barquitas y la luz, y después me he paseado por la orilla, me he bañado para añadir más sal sobre mi sal, y ahora estoy sentada en el balneario, sobre la arena para añadir más arena sobre mi arena.

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