martes, mayo 26, 2009

Qué buen vasallo si hubiera buen señor

Mi historia de amor favorita de todos los tiempos es la de Rodrigo Díaz de Vivar por Alfonso VI, claro que la que cuenta el Cantar, tan lejos de la verdad como cualquier otra literatura. Alfonso destierra a Rodrigo por haberlo puesto en evidencia en el juramento de Santa Gadea. Rodrigo, lejos de la ofensa y de decirle con tu pan te lo comas, tu orgullo, se va a conquistar terreno musulmán para su rey. Campea y aplasta y ciñe la espada y toma plazas para hacerse digno del amor de ese bastardo. Se convierte en el señor más poderoso al norte de Despeñaperros, y los habibis non te tolgas de mibi, que por aquella época eran noble enemigos de sus enemigos, a pesar de estar jugando en casa le rinden pleitesía y admiración a Rodrigo, porque para tal señor es un honor ser vasallo, y le pagan tributo a Alfonso. El Cid, que se llama Cid por esa incomprensible manía castellana del ceceo (Sidi, lo llamaban sus cautivos, señor señor) por fin logra ser recibido por Alfonso, que se sigue haciendo el inalcanzable porque sabe que está en falta, y le lleva regalitos y le rinde pleitesía aún sabiendo que es un villano pagador de Bellido Dolfos y que él, Díaz de Vivar, es mucho mejor. Y no afloja, el tirano rey, y Rodrigo persiste en su amor, y conquista Valencia, y nunca se corta el pelo ni se corta la barba, no hasta que me dejes volver, Alfonso.

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